Capítulo 24 #2
Unos minutos más tarde, llegó nuestra comida y nos pusimos a cenar, charlando de todo y de nada, disfrutando de la comida, de la compañía y del ambiente de un viernes por la noche en un pub estupendo de una de las mejores ciudades del mundo.
* * *
Sentada en el DLR de vuelta a mi piso, le di vueltas a las cosas en mi cabeza mientras miraba más allá de mi reflejo, hacia la oscuridad de Londres, con sus luces parpadeando, brillando e iluminando el cielo.
En algún lugar allá arriba, en el cielo despejado y frío, se ocultaban las estrellas, escondidas por la abrumadora contaminación lumínica, pero yo las imaginaba en mi mente con la ayuda de las historias que el abuelo de Luca me había contado sobre el pueblo de Italia de donde era su familia.
Cielos de color azul medianoche que se extendían sobre la bahía de Nápoles, millones de puntos de luz de estrellas parpadeando en lo más alto y hasta donde alcanzaba la vista a lo largo de la inmensa oscuridad del mar.
Millones de oportunidades para pedir un deseo , solía decir.
Luca se quedó destrozado cuando su abuelo falleció y, aunque yo no podía ni empezar a imaginar la pérdida por la que estaban pasando él y su familia, cuando Luca me llamó, lo dejé todo y salí corriendo para estar a su lado.
Yo ya estaba llorando cuando me abrió la puerta y sollozamos abrazados durante lo que parecieron horas.
Cuando por fin Luca se quedó dormido aquella noche, con la cabeza apoyada en mi regazo, eché la cabeza hacia atrás contra el sofá y me pregunté qué significaba el hecho de haber sentido más dolor y más pérdida por la muerte del abuelo de Luca que por la de mi propio padre.
Siempre había albergado cierto sentimiento de culpa por ello, pero ahora me daba cuenta de que no tenía por qué.
A veces recibías lo que dabas. Estaba claro que no siempre era así.
Yo había intentado dar y dar a mis padres, pero había recibido muy poco a cambio; aunque tal vez, en lo que respectaba a su hija, mi padre solo había cosechado lo que había sembrado. Y ya era hora de pasar página.
Sonreí al ver el reflejo de mi sonrisa en la ventanilla del tren, ahora surcada por la lluvia.
Había llegado el momento de deshacerme de lo que ya no me aportaba nada, de vivir mi mejor vida y de ir a por lo que quería.
Al fin y al cabo, no era invisible. Solo tenía que asegurarme de que la gente se diera cuenta.
Saqué el móvil y busqué mi conversación con Adrian.
Hola. ¿Qué tal la noche? x
Pasó un buen rato antes de recibir respuesta.
Hola. Bien. Bastante tranquila. Perdona, me he quedado traspuesto un rato. ¿Te lo has pasado bien con tus amigos?
Sí. Al final solo he quedado con Tia y Jono. Los demás tenían planes, ya sabes lo que pasa cuando hay niños.
Aquí añadí un emoticono de una carita riéndose.
Voy en el tren de camino a casa.
¿Ah, sí? ¿No hay rastro de Donato esta noche?
Puse un poco los ojos en blanco. A Luca le gustaba equivocarse con el nombre de Adrian, y me había dado cuenta de que Adrian había empezado a referirse a Luca exclusivamente por su apellido.
Tal vez fuera una costumbre de colegio privado o tal vez se debiera simplemente a que sabía que a Luca no le hacía mucha gracia.
Pero, con suerte, si la cosa avanzaba, eso cambiaría.
No. Tiene una cita romántica.
Lo acompañé con un emoticono guiñando el ojo.
Sorpresa, sorpresa...
Lo dejé pasar y esperé al ver que seguía escribiendo.
¿Tú estarías libre para una cita romántica la semana que viene?
Puede que sí...
¿Quedamos el viernes a las siete en el Bar Rodin? Por desgracia, tengo un curso de «team building» casi toda la semana.
Eso no me daba tiempo suficiente para ir a casa y volver a salir, pero podía remolonear un poco en el trabajo, cambiarme de ropa allí e ir directamente.
Como aquel parecía ser el bar favorito de Adrian, lo más probable era que él también fuera directo desde el trabajo, aunque su piso estaba mucho más cerca del centro que el mío.
Quizá ya iba siendo hora de que yo sugiriera un sitio que nos pillara a medio camino entre los dos.
Claro x Qué ganas x
El indicador de conexión desapareció; parecía que se había desconectado.
Adrian no parecía muy dado a chatear ni a coger el teléfono solo para charlar un rato, ni en la vida real ni por internet.
Había costado un poco acostumbrarse a eso porque mis amigos sí que lo hacían, pero cada persona es un mundo, ¿no?
Siempre y cuando estuviera de verdad presente cuando estábamos juntos, todo iba bien.
Aparté de un manotazo la vocecita de mi cabeza que me recordaba las veces que no había estado presente, cuando había tenido que salir pitando o apagar tal o cual fuego.
Como bien había señalado Luca, lo cierto es que parecía tener más emergencias laborales de la cuenta, pero, por otra parte, debía admitir que nunca antes había salido con un bróker (y, que yo supiera, Luca tampoco), así que podía ser lo normal.
Siempre parecía pedir disculpas si los planes cambiaban, y yo estaba segura de que prefería estar por ahí antes que trabajando a las diez de la noche; yo desde luego lo preferiría, a pesar de que me encantaba mi nuevo trabajo.
El trabajo de Adrian ya conllevaba bastante estrés de por sí.
Hacía unos meses había salido una noticia en el Metro sobre un bróker que se había tirado por la cornisa del edificio de su oficina, desde un vigésimo piso, al creer que había cometido un error en una operación.
Lo más desgarrador fue que resultó que no se había equivocado y que la operación había salido adelante, haciéndoles ganar miles de millones a los inversores.
Había muerto para nada. Sin embargo, para haber llegado a ese punto, era evidente que el pobre hombre estaba sufriendo una enorme presión.
Yo no pensaba juzgar a Adrian. Era responsable de una cantidad bestial de dinero ajeno y no era una responsabilidad que a mí me hubiera gustado asumir, al margen de las posibles recompensas económicas, de modo que si acortar alguna que otra cita era su manera de mantenerse cuerdo y feliz, a mí me parecía más que bien.
* * *
Parece que el domingo va a hacer bastante frío y viento para salir a pasear. ¿Qué os parece si hacemos un pícnic en nuestro invernadero? Los niños pueden corretear por el jardín mientras nosotros nos quedamos calentitos dentro.
El grupo de WhatsApp emitió un pitido con el mensaje de Bella.
Varios de los demás respondieron aceptando el cambio, y yo también.
Estaba claro que yo había visto el mismo parte meteorológico que Bella y Jesse, y no tenía ningunas ganas de pasarme la tarde pelándome de frío, así que añadí mi voto de aprobación.
Luca: ¿Pasa algo si llevo a Aneeka?
Jesse: ¡Por supuesto! Cuantos más, mejor.
Tia me envió un mensaje privado.
¿Lleva a Aneeka, eh? Parece que la cosa va bastante en serio.
Para Luca, salir con alguien más de dos veces ya era ir en serio. Teniendo en cuenta que llevaba saliendo con aquella mujer unas semanas y que ahora la estaba incluyendo en actividades de grupo (otra cosa que no solía hacer), era, como sugería Tia, algo verdaderamente monumental.
Supongo.
La verdad es que no sabía qué más decir. Luca no me había hablado mucho de ella y yo tampoco le había preguntado. No sabía muy bien por qué.
¿Tú vas a llevar a Adrian?
No se lo he preguntado.
¿Y por qué no?
Envié el emoticono de encogerse de hombros. ¿Por qué no lo había hecho?
Se lo diría ahora.
Salí del chat de Tia y le envié uno a Adrian para preguntárselo.
Suena genial. ¿Aunque no hará un poco de frío para un pícnic?
Va a ser bajo techo. Unos amigos tienen un invernadero inmenso y un jardín grande para que corran los niños.
Ah. Pensaba que decías tú y yo solos.
Quizá por eso no se lo había preguntado.
Luca no había sido precisamente la personificación de la amabilidad la última vez que había coincidido con Adrian, y tal vez una parte de mí estaba intentando evitar otra situación igual; pero, si iba a estar distraído con Aneeka, a lo mejor no era para tanto.
Los demás tenían mucho mejores modales cuando se trataba de mis novios.
Será divertido. Son muy majos, te lo prometo. Ya sé que Luca estuvo rarito la última vez, pero tiene novia nueva, así que estará muy ocupado.
Envié un emoticono de una carita graciosa después de esto, con la esperanza de que fuera suficiente para convencer a Adrian. Podría haber matado a Luca por haber sido tan maleducado y habernos hecho sentir incómodos en el pub, tanto a Adrian como a mí.
No me preocupa Donato. ¿A qué hora es?
A las doce y media. A media hora de mi casa, más o menos.
Tengo un compromiso de rugby por la mañana, pero ¿podría pasarme un poco más tarde?
Sin problema.
Le mandé el emoji de una sonrisa enorme y cursi.
Qué ganas de verte xx
Yo también. Nos vemos luego x
Se desconectó del chat y volví con Tia.
—Viene, pero nos veremos allí. Tiene un partido de rugby por la mañana.
—¡Genial! ¿Quieres que te lleve yo?
—Me vendría de perlas, gracias.