Capítulo 24
Luca y Aneeka se terminaron las bebidas y se marcharon.
—Parece maja —dije.
—Mmm, sí —respondió Tia, con la cabeza claramente en otra parte.
—¿Qué?
—¿Qué? Oh, nada. Es que... —Agitó la mano—. Da igual. ¿Has decidido ya qué vas a pedir de comer?
Intrigada por la expresión de Tia mientras observaba cómo Luca y su cita se alejaban, estuve a punto de interrogarla un poco más, pero un fuerte rugido de mi estómago nos interrumpió a ambas. Tras recopilar lo que íbamos a pedir de comer, me dirigí a la barra.
Tratándose de una de las típicas noches ajetreadas, el local estaba hasta los topes.
Me abrí paso por un par de huecos (ser bajita a veces tenía sus ventajas) y llegué a la reluciente barra de granito.
Puse un pie en la barandilla plateada que la bordeaba a unos palmos del suelo para auparme y ganar un poco de altura.
Un camarero pareció fijarse en mí y se acercó caminando con toda la parsimonia del mundo.
Allí siempre caminaban con parsimonia, estuviera el local vacío o a rebosar.
Aunque, para ser justos, rara vez estaba vacío.
No sabía si era una directriz de la empresa (caminar sin prisas para parecer guays) o si se debía a que casi todo el personal estaba compuesto por australianos muy relajados y la parsimonia era simplemente su estado natural. Le sonreí y abrí la boca para pedir.
—¡Ponme un Sex on the Beach ! —se me adelantó una voz con un marcado y ruidoso acento de las afueras.
A esto le siguió una risa aguda y penetrante mientras la mujer se giraba hacia sus cinco amigas, que estaban apiñadas al borde de la multitud, y les levantaba el pulgar.
Para ser justos, el camarero era guapo y no creía que fuera la primera vez que le hacían esa petición.
Él sonrió con amabilidad y me señaló a mí.
—Me temo que esta señorita estaba antes, cielo. —Volvió a centrar su atención en mí, ampliando su sonrisa—. ¿Qué le pongo? —Por el rabillo del ojo, vi cómo a la mujer se le desencajaba la mandíbula.
Le pedí la comida al sonriente australiano y pagué con mi tarjeta.
La mujer a la que había ignorado seguía esperando a que la atendieran y ahora daba golpecitos con su propia tarjeta sobre la barra, visiblemente irritada, irradiando molestia.
Al entregarme el recibo, el camarero desvió la mirada hacia ella, luego volvió a mirarme a mí y sonrió.
—Se ha buscado un buen problema ahí —dije en un tono lo bastante bajo para que no resonara, pero lo suficientemente alto para que él me oyera.
—¡Ja! No se preocupe. Llevo aquí el tiempo suficiente como para saber evitar los problemas.
—Seguramente sea una táctica inteligente —dije, guardándome el recibo doblado en el bolsillo trasero de los vaqueros.
—Aunque no la había visto antes por aquí.
Levanté la vista, sorprendida tanto por que siguiera frente a mí como por su comentario.
Llevábamos años viniendo a ese pub y yo, desde luego, sí que me había fijado en él.
Tenía una de esas estupendas sonrisas australianas (relajada, natural y sexi), aunque ese último adjetivo podía ser de mi propia cosecha.
—¡Ah! Pues... he estado aquí un montón de veces.
—¿De verdad? Quizá sea que nunca he tenido el placer de servirle. —Yo sabía que, de hecho, me había atendido en infinidad de ocasiones.
—Debe de ser eso. —Sonreí.
—Bueno, será mejor que siga trabajando. A lo mejor tengo la oportunidad de volver a servirle luego.
Me sonrió, esta vez con un guiño incluido, y se volvió hacia la mujer, que seguía esperando y ya prácticamente echaba humo por las orejas.
Animada por varias cosas, entre las que destacaba que me hubieran atendido a la primera, me di la vuelta para abrirme paso entre la multitud y volver con Tia y Jono.
Olvidé que había apoyado el pie en la barandilla y me caí de bruces.
O eso habría pasado si no me hubiera estampado de cara contra un pecho amplísimo y, a juzgar por el tacto al despegarme de él, increíblemente musculoso.
Dos brazos a juego me ayudaron a recuperar el equilibrio.
—¿Estás bien?
—Sí, sí. ¡Perfectamente! —dije, sintiendo que me ponía roja de la vergüenza—. Lo siento muchísimo. No estoy borracha. Es que me he tropezado con mis propios pies. — Como si eso lo arreglara todo .
Levanté la vista y me encontré con un rostro sonriente que estaba a la altura de los músculos.
—No hay problema. Me alegro de haber estado aquí.
—¡Pues yo no! —Me eché a reír y su sonrisa flaqueó—. ¡Quiero decir! Yo también, obviamente —dije, alzando la voz por encima del ruido—. Solo pensaba que habría sido menos vergonzoso si no hubieras estado.
—¿Caerte de boca contra el suelo es preferible a caer en mis brazos?
El hombre cruzó dichos brazos y mi estómago dio un saltito de alegría. Su sonrisa había vuelto con toda su intensidad.
—¡No! Claro que no. Solo quería decir que, eh...
Se inclinó hacia mí.
—Sé lo que querías decir. Pero es divertido tomarte el pelo.
—¿Ah, sí? —respondí, esbozando una sonrisa. Dios mío, ¿estaba coqueteando? Yo nunca coqueteaba. Se me daba fatal coquetear .
Pero esa noche parecía diferente. ¿Había luna llena o algo así?
La gente estaba actuando de manera rara.
¡Se estaban fijando en mí! Vale, de acuerdo.
El chico que tenía delante no podía evitar fijarse en mí porque, literalmente, había caído en sus brazos.
Ay, Dios. Esperaba que no creyera que lo había hecho a propósito.
—Lo es... —respondió, dejando la frase en el aire mientras esperaba a que le dijera mi nombre.
Estaba a punto de decírselo cuando nos interrumpió una mujer alta y esbelta, con un pelo envidiable y unos enormes ojos oscuros. Unos ojos que ahora estaban clavados en mí como láseres.
—¿Quién es esta?
—Ah. Nadie. —Había un deje de pánico en la voz del hombre, que había subido dos octavas.
Auch .
A pesar de su tamaño, pareció encogerse ante la compañía de lo que, a todas luces, era una presencia muy imponente.
Y, para ser sinceros, al fijarme ahora en el diamante que brillaba en su dedo anular, estaba claro que necesitaba ser imponente si su prometido tenía tendencia a ponerse a ligar con mujeres al azar en los bares.
La mujer dirigió sus láseres hacia él.
—Más te vale que sea nadie. Ya te advertí de lo que pasaría si resultaba ser alguien.
Guau. Pero oye, bien por ella .
—Con permiso. —Me abrí paso tanto a través del espacio casi inexistente como de la tensión sumamente palpable, y regresé adonde Tia y Jono estaban acaramelados.
—¡Nada de eso ahora, gracias! —dije, dejándome caer en mi asiento.
Se echaron a reír y se giraron hacia mí.
—Eso ha sido rápido.
Hice una mueca.
—Ya lo sé. Me escurrí por unos huecos minúsculos y ese guapo camarero australiano me atendió casi de inmediato.
—¡Anda, muy bien!
—Y luego un tipo se puso a ligar conmigo cuando me di la vuelta para irme. —Omití la parte en la que me pegué un buen morrazo. A veces no hacía falta dar todos los detalles.
—¿Ah, sí-í-í-í-í? —Tia se inclinó hacia delante en busca de más información.
Di un trago a mi bebida y negué con la cabeza.
—Prometido.
—¿Eh?
Ladeé la cabeza hacia donde el hombre y su prometida se estaban marchando. Ella seguía con cara de pocos amigos, mientras que él tenía una expresión muy arrepentida. No pude evitar pensar que ella se merecía algo mejor.
—Muy prometido.
Tia intentó seguir su recorrido con disimulo.
—¡Ah!
—Pues sí.
—Pero bien por ti. Por lanzarte. Parece que tienes un poco más de confianza últimamente.
—¿Tú crees?
—Sin duda. —Se volvió hacia Jono—. ¿A que sí?
Jono asintió. Recordé lo que Luca había dicho sobre el hecho de llevar tacones al trabajo.
¿Acaso me sentía ignorada porque yo misma dejaba que la gente me ignorara?
Al crecer con mis padres, me había resultado bastante difícil captar su atención, hacer que se fijaran en mí y se dieran cuenta de que tenían una hija, y no solo una molestia.
Los niños no tienen mucho control sobre su entorno, y yo había tenido dos opciones: aceptarlos tal y como eran y refugiarme en mi propio mundo, o tomar el camino opuesto y descarriarme de manera espectacular.
La segunda opción me parecía demasiado trabajo y, francamente, no me atraía lo más mínimo.
Además, tenía a Luca y a su familia. Meterme en líos me habría parecido más una traición a su atención y su amabilidad que un acto de rebeldía contra mis propios padres.
Y siempre cabía la posibilidad de que mis padres ni siquiera se dieran cuenta o, en su defecto, de que lo vieran como una oportunidad para lavarse las manos conmigo por completo y decirles a sus amigos que lo habían intentado todo, pero que simplemente no sabían en qué se habían equivocado.
Con una libreta, un bolígrafo y media hora, yo podría haberles hecho una lista.
Pero eso formaba parte del pasado. Ahora ya había dado el primer paso con mamá.
Estaba claro que su nueva vida y familia eran sus prioridades (al igual que lo había sido papá, incluso cuando se marchó).
Incluso cuando yo renuncié a mi carrera para estar a su lado.
Para que estuviéramos ahí la una para la otra.
Había tenido su oportunidad y la había desperdiciado.
Y, por una vez, por fin, no iba a dejar que me afectara.
A veces, la vida no sale como tú quieres, y simplemente tienes que aceptarlo y no permitir que arruine ni un minuto más del tiempo que te han concedido en este mundo.
Mi vida familiar se había trasladado a mis hábitos laborales, y yo había dejado que ocurriera de nuevo. No hagas olas. No montes un escándalo. No llames la atención . Pero a veces era necesario hacer todas esas cosas... aunque solo fuera para que te sirvieran una copa en un bar.
—¿De qué te ríes? —preguntó Tia.
—De nada —respondí.
—Mentirosa. —Tia me devolvió la sonrisa.