Capítulo 23 #2
—¡Ah! —Tia me lanzó una mirada. Se la devolví y volví a concentrarme en la carta.
Ahora que mi sueldo había subido, mis opciones a la hora de cenar fuera también habían aumentado.
Ya no tenía que pedir solo una guarnición y fingir que no tenía hambre.
Ninguno de los demás decía nunca nada, pero sabía que no me creían cuando les decía que solo quería algo ligero.
Luca me pedía a menudo que compartiera parte de su comida, diciendo que había comido fuerte al mediodía y que siempre comía por los ojos.
Sabía que era mentira. Luca podía acabarse cualquier cosa que le pusieras delante si quería.
A menudo me sorprendía que no estuviera como una vaca; pero claro, era bastante activo, con tantas rutas en bicicleta por la montaña, carreras de las Tres Cumbres y eso de quedarse colgado de paredes rocosas, así que suponía que quemaba casi todas las calorías que se zampaba.
Pero esa noche podía elegir lo que quisiera.
Ya se me habían abonado los dos primeros pagos de la agencia de empleo y había firmado el contrato con Donato Solutions .
Pensar que me había quedado tanto tiempo en mi antiguo trabajo, forzándome a situaciones así, me fastidiaba un montón ahora.
Todo aquel tiempo perdido. Pero pensar así no me llevaba a ninguna parte, y ya llevaba bastante tiempo estancada.
Por fin, había empezado a avanzar y ahora solo tenía que mantenerme en el buen camino.
—Hola, Luca. —Una voz suave y grave detrás de nosotros interrumpió mi lectura de la carta. Luca se giró. En realidad, nos giramos todos porque así de cotillas éramos.
—Aneeka. ¡Hola! —La mujer esbozó una sonrisa deslumbrante mientras él se ponía en pie y ella le quedaba casi a la misma altura.
Para alguien que mide uno noventa y tres, eso ya era decir.
Miré hacia abajo con disimulo. Sus tacones eran de quince centímetros y sus piernas constituían la mayor parte del resto.
Probablemente eran, de forma bastante literal, el doble de largas que las mías y estaban embutidas en unos leggings negro mate y ajustadísimos que lucían un culo perfecto, valga la redundancia, a la perfección, y las agujas de sus tacones deberían haber sido catalogadas como armas letales.
Fuera, el tiempo amenazaba con bajar de los cero grados y yo había pensado que mis botas hasta la rodilla y de tacón bajo eran una buena elección.
Pero tal vez llevar unos zapatos que también pudieran servir como piolets para el hielo fuera también un buen enfoque.
Habló en voz baja con Luca un momento mientras él le cogía el abrigo y creí captar un acento escandinavo, lo que podía explicar la reluciente cascada de pelo rubio casi blanco que se balanceaba al moverse.
A diferencia de la mayoría de las mujeres, aquello era lo único que se movía.
Todo lo demás se mantenía firme, y respingón, en su sitio.
—Perdona por llegar un poco tarde —le estaba explicando a Luca—. Se suponía que la sesión de fotos iba a terminar antes, pero el fotógrafo no lograba conseguir la toma que quería ni a la de tres.
Sentí que las cejas me daban un respingo. Si un fotógrafo no conseguía sacar una buena foto de esta imagen de perfección, entonces tal vez necesitaba una cámara nueva. O una nueva profesión. Dios no quiera que alguna vez tenga que hacerles fotos a personas normales.
—¿Quieres algo de beber?
—Claro. Te acompaño. —Y allá que se fueron, con su pelo y su trasero balanceándose perfectamente.
Me volví hacia Tia.
—¿No se supone que el trato es que encontremos a alguien por internet? ¡Es imposible que la haya conocido en una app de citas! Solo míralos. ¡Hay un reguero de babas siguiéndola solo con ir hacia la barra!
Tia se encogió de hombros.
—Pero esas son las reglas, ¿no? El objetivo de este estúpido reto es demostrar que el amor se puede encontrar en internet.
Tia frunció el ceño.
—Si te parece tan estúpido, ¿por qué aceptaste?
—Porque no me quedó mucha opción.
—¿Y porque estás harta de estar sola?
—No. Soy más que feliz yo sola.
Tia empezó a olfatear el aire.
—Sí. Vale. Estaría bien tener a alguien, pero tiene que haber reglas. ¿Digo yo?
—No hay nada que te impida ligarte a un modelo —añadió Jono, asumo que con la intención de ser útil.
—Sí, espera. Tengo a David Gandy en marcación rápida. Está pillado, pero a lo mejor tiene un amigo.
—¡Bee! —me reprendió Tia.
Dejé escapar un suspiro.
—Lo siento. Perdona, Jono. —Me levanté, me incliné sobre la mesa y, de forma estúpida, se me llenaron los ojos de lágrimas—. No quería ser tan zorra. No lo decía en ese sentido.
Jono estiró los brazos y aceptó el abrazo.
—No pasa nada. Sé que no.
Me volví a sentar y Tia me hizo una mueca.
—¿Todo bien? —preguntó Luca, regresando a la mesa.
—Sep. —Tia sonrió y tendió la mano a la mujer que estaba a su lado—. Soy Tia. Este es mi prometido, Jono, y esta es Bee.
—Hola, encantada de conoceros a todos. —Dobló sus piernas de Bambi con elegancia y ocupó el asiento que había junto a mí.
Me aparté un poco para dejarle más espacio.
Aunque, para ser justos, tampoco ocupaba gran cosa.
Tia, presintiendo que mi habitual maniobra de «aléjate del pibón» estaba a punto de entrar en acción, me dio una patada por debajo de la mesa. Solo que no me la dio a mí.
—¡Ay! —exclamó Aneeka, agachándose para frotarse la espinilla.
—Ay, Dios mío, lo siento muchísimo. Llevo un tiempo con un problema en la rodilla y el nervio me da espasmos —improvisó Tia rápidamente, mientras Jono hundía la nariz en su bebida y yo la mía en la carta—. ¡Normalmente la que se lleva el golpe es Bee! —añadió con retintín.
Levanté brevemente la vista, asentí con la cabeza y volví a fijarme en el menú, haciendo todo lo posible por no estallar a carcajadas. De verdad que no quería que Aneeka pensara que nos estábamos riendo de ella.
—No te preocupes. Conozco a un fisioterapeuta maravilloso. Le daré el número a Luca para ti. Seguro que podrá ayudarte con esa rodilla.
—Oh, qué amable por tu parte. ¡Gracias!
—¿El qué? —preguntó Luca, que se metió a medias en la conversación, tras haberse distraído con un conocido.
Aneeka se lo explicó.
—¿Rodilla chunga? —preguntó él, arrugando la cara—. Tú no tienes ninguna rodilla chunga.
Me eché un poco hacia atrás en el taburete, estirándome de forma ostensible y, a espaldas de la cabeza de Aneeka, le hice una mueca a Luca. Me miró sin comprender durante un instante.
—¡Ah! Claro, sí, la rodilla. Perdona. Lo había olvidado por un momento.
—Y bueno, ¿cómo os conocisteis? —preguntó Tia, yendo directa a la yugular.
Aneeka sonrió y se rio.
—En una app , ¿os lo podéis creer?
Yo sí me lo creía. Solo que no necesariamente en la app que se suponía que usábamos ambos.
¿Pero habíamos estipulado que solo podía ser a través de esa app en concreto?
¿Podría haberme dedicado a deslizar el dedo en Tinder y todas las demás para aumentar mis posibilidades?
Se me escapó un escalofrío involuntario.
Lidiar con una sola app ya era bastante malo.
—¿Una app de citas? —Luca se dio cuenta de por dónde iban los tiros—. Sí. En la que Bee y yo nos apuntamos —dijo, con segundas.
—Hala.
—¿Qué pasa? —Aneeka se giró; unos dientes perfectos asomaron entre unos labios perfectos ligeramente entreabiertos.
Si su top hubiera sido holgado, que definitivamente no lo era, me habría consolado con el razonamiento de que probablemente escondía una chepa ahí o algo así, pero estaba claro que no tenía tanta suerte.
—Emm... Es que. Bueno... —Ahora todos me miraban a mí. Luca tenía una ceja levantada con expresión inquisitiva y una sonrisa a medias divertida en los labios. Intenté ignorarlo—. Es solo que no pensé que alguien como tú usaría apps de citas.
El impecable entrecejo se frunció un poco.
—¿Alguien como yo?
—Sí —añadí a toda prisa, preocupada de que se estuviera preparando para ofenderse—.
Me refiero a que catorce tíos te habrían pedido salir si no hubiera sido por ese bulto —señalé con la cabeza hacia Luca—, y eso solo de camino a la barra.
Supongo que me sorprende que tengas problemas para conocer gente.
Noté la cara caliente y de verdad esperaba que fuera porque la temperatura del pub había subido y no porque ahora estuviera brillando como un faro de puerto, pero sabía por cuál de las dos cosas apostaría mi dinero.
Aneeka me observó durante un momento y luego sonrió.
—Qué detalle más dulce por tu parte. Supongo que tienes razón. Conozco a gente en mi trabajo, pero no siempre son el tipo adecuado de persona. Yo busco...
Hizo una pausa por un instante.
—Algo más, supongo que dirías. La gente que conozco suele querer solo fiesta y más fiesta, pero yo no soy muy así.
La familia es importante para mí. Echo de menos a la mía y vuelvo a casa a verla siempre que puedo.
Muchas de las personas que conozco no entienden eso.
—Se volvió hacia Luca y le dedicó una sonrisa que podría anunciar dentífrico—. Luca sí lo entiende.
Sonreí.
—Sí. Me lo puedo imaginar. Su familia es muy importante para él.
—Eso tengo entendido.
—Bee se sabe todos los secretos familiares.
Recordé aquel sábado en que me lo había encontrado a él y a su madre discutiendo acaloradamente en italiano. No todos...