Capítulo 23
—¿Pasa algo? —le pregunté a Adrian mientras paseábamos por el Embankment tras una cena que había sido agradable, pero no exactamente llena de... chispa.
—¿Eh? —Guardó el teléfono en el que había estado tecleando furiosamente—. Ah, no. Perdona. Cosas del trabajo.
—Se te ve un poco distraído esta noche.
—¿Yo? No. Para nada. —Se detuvo y me cogió la mano, apoyándome de espaldas contra la balaustrada—. Solo por ti.
Sonreí. Vale, sí, era la frase más cursi del mundo y, si lo pensaba demasiado, tampoco estaba del todo convencida de que fuera cierta.
Durante casi toda la noche, había parecido más interesado en su móvil que en mí.
Pero la gente tenía vidas ocupadas y trabajos exigentes.
Lo entendía y lo aceptaba. No pensaba convertirme en una de esas mujeres que él había mencionado, de las que exigen todo su tiempo.
Pero que me dedicara un poco cuando estábamos juntos estaría bien.
Estaba bien. Pareció interpretar mi silencio como algo distinto a que mi cerebro estuviera teniendo una conversación absurda consigo mismo.
—Vale, eso ha sonado cursi. —Me eché a reír.
—Un poco.
—Pero lo siento. Y por muy cursi que sea, la verdad es que eres toda una distracción.
Un fuerte pip, pip sonó desde su bolsillo. Ninguno de los dos se movió.
—Aunque puedo entender perfectamente por qué creerías que tengo la cabeza en otra parte esta noche.
—¿Tienes que irte? ¿Tienes algún fuego que apagar?
¿Eran imaginaciones mías o pareció aliviarse un poquitín? Vale, eran imaginaciones mías. Seguro que sí. Recuerda lo que dijo Luca. Soy feroz. Soy mujer. ¡Escuchad mi rugido!
Ñic, ñic.
—¿Ese has sido tú?
—Ha sido mi móvil.
—¿Tu móvil hace ñic, ñic ?
Normalmente ponía el móvil en silencio en las citas, pero esa noche iba con retraso y, después de escribirle a Adrian para decirle que llegaría un poco tarde, había estado tan concentrada intentando arreglarme y llegar lo más puntual posible que, obviamente, se me había olvidado.
—Me pareció mono. En su momento.
—Es tierno. Como tú.
Pensaba cambiar el tono de las notificaciones a la primera oportunidad que tuviera, de eso no cabía duda.
Se hizo un silencio.
—¿Tienes que mirarlo? —preguntó.
—Qué va. Estoy aquí contigo. Si fuera urgente, me llamarían.
—¿De verdad alguien sigue llamando hoy en día?
—Mis amigos y yo sí llamamos.
—¿En serio? ¿No os mandáis mensajes y ya está?
—Bueno, también lo hacemos. Pero sí, hablamos por teléfono y por videollamada.
—Interesante.
No estaba muy segura de qué quería decir con aquello, así que me quedé callada.
—¿De verdad no te importaría si me voy? A ver, me siento como un capullo yéndome antes, pero, como tú has dicho, es un poco un incendio.
—¡Ah! Claro. —Cuando lo dije, creo que no me esperaba que de verdad me dijera que sí—. No. Por supuesto que no. Las emergencias son las emergencias.
—Exacto. Eres genial. Te llamaré.
Me dio un beso fugaz en la mejilla y empezó a alejarse.
Puede que no fuera ninguna experta en esto de las citas, pero hasta yo sabía cuándo algo no cuadraba.
Al menos, a mí no me cuadraba. Levanté la vista al oír unos pasos que se acercaban a toda prisa.
Me preparé para pegar mi mejor grito. Pero era Adrian.
—¡Hala! ¿Se ha cancelado la emergen...? —No pude terminar la palabra porque su boca atrapó la mía y sus manos se colaron bajo mi abrigo, apretándome contra él, mientras su lengua exploraba mi boca de forma apresurada.
Cuando se apartó, parpadeé mirándolo hacia arriba.
—Perdona. Sabía que se me olvidaba algo. Te llamo luego, ¿vale?
—Vale.
* * *
Cuando dijo «luego», no me imaginé que se refería a muy luego.
Sobre las doce menos cuarto, me sonó el móvil y el nombre de Adrian parpadeó en la pantalla.
Me había duchado, me había puesto el pijama y estaba a punto de meterme entre unas sábanas recién lavadas.
¿Quería cogerlo? ¿Debería siquiera planteármelo si de verdad era El Definitivo?
Era nefasta para ignorar llamadas. Hasta cogía las de publicidad y una vez me pasé unos diez minutos intentando explicarle educadamente a la persona al otro lado que no me interesaba un plan de mantenimiento para mi decodificador de Sky; siendo el motivo principal que no tenía, ni nunca había tenido, un decodificador de Sky.
Había mejorado un poco desde entonces. Había conseguido ignorar a mi madre la única vez que llamó por mi cumpleaños.
Digo «por» mi cumpleaños y no «en» mi cumpleaños porque lo hizo con dos días de retraso, algo que sí admitió en el mensaje que dejó, contándome que había estado superocupada.
Demasiado ocupada para felicitar el cumpleaños a su única hija.
Bueno, estaba bien ver que había cosas que no cambiaban.
Aunque bueno, ignorar su llamada había sido más fácil desde que me di cuenta de que mi madre no me caía precisamente bien.
Ese concepto todavía me encogía un poco el estómago, pero creía que la mayor parte era por tristeza más que por arrepentimiento.
Adrian, por otro lado, sí que me gustaba.
—¡Ey! —Sonaba mucho más animado que antes.
—Hola. ¿Has solucionado la emergencia?
—Oh, sí.
—Me alegro.
—¿Aún estás despierta?
—Bueno, a menos que sea una sonámbula muy erudita, supongo que sí.
Silencio.
Había intentado ser graciosa, pero ahora no estaba segura de si solo había sonado sarcástica.
—Sí, lo estoy —empecé de nuevo—. Aunque justo iba a acostarme.
—¿Quieres compañía? —Su voz había bajado una octava.
Sin venir a cuento, de repente me pregunté si Luca hacía alguna vez ese tipo de cosas.
Nunca le había oído cambiar la voz, pero, por otro lado, Luca ya hablaba de por sí desde el subsuelo, así que habría sido bastante complicado que la bajara todavía más.
De verdad que quería verle, pero...
—Supongo por la pausa que eso es un no. —No sabría decir si estaba cabreado o no, pero, para ser justos, él era el que se había esfumado a mitad de la cita.
—No es que no quiera. Es solo que tengo una presentación que preparar y es la primera que hago en este sitio, así que quiero asegurarme de estar al cien por cien.
—Y crees que te voy a distraer. —Me eché a reír.
—Sé que me vas a distraer.
—Bien. Entonces aún no perderé la esperanza. Será mejor que te deje para que duermas tu sueño reparador. Aunque no creo que tengas que preocuparte por eso.
De nuevo, un poco cursi, pero, de nuevo, bastante tierno.
—Gracias.
—Además, no creo que Donato te vaya a despedir, ¿verdad? No te preocupes por eso.
—Conseguí este trabajo por mis propios méritos —le repetí lo que ya le había contado una vez.
—No, ya lo sé. Solo bromeaba. —Claramente no era broma, pero intenté que no me molestara.
Era inevitable que la gente pensara que había habido enchufismo al estar Luca y yo tan unidos, y siendo Donato Solutions una empresa tan cotizada.
Aunque habría estado bien sentir que el hombre con el que salía tenía un poco más de fe en mí...
A lo mejor solo estaba cansada y le estaba dando demasiadas vueltas a las cosas.
La noche no había salido exactamente según lo planeado, con él largándose a mitad de la cita, así que probablemente eso tampoco ayudaba.
Le había dicho a Adrian que lo entendía, y era verdad.
Pero eso no significaba que me hiciera especial ilusión.
—Lo sé. Solo estoy cansada.
—Vale. Espero que la presentación vaya bien.
—Gracias. Buenas noches.
—Buenas noches. —Y entonces colgó.
* * *
—¡Madre mía! Tuviste una llamada para un revolcón. —Tia se rio mientras me sentaba con ella en el pub a la noche siguiente.
Mis nuevas cejas perfiladas en HD se dispararon hacia arriba mientras dejaba mi copa.
—¡No fue una llamada para un revolcón!
A su lado, Jono hizo un ligerísimo asentimiento con la cabeza.
—Uy, ni se te ocurra unirte a ella. —Le apunté con una uña recién pintada y él sonrió de oreja a oreja.
—¿Qué me he perdido? —El tono grave de Luca se unió a la conversación desde detrás de mí mientras se inclinaba y dejaba la pinta que llevaba en la mesa junto a mi bebida, antes de quitarse el abrigo y dejarlo a un lado, soltando encima la bufanda que llevaba enrollada al cuello.
Había estado de viaje de negocios el par de días anteriores y hasta arriba de negociaciones; también había estado muy callado en línea, así que era la primera vez en unos días que nos podíamos poner todos al día.
—De nada —respondí rápidamente al mismo tiempo que Tia anunciaba con regocijo sus conclusiones erróneas.
—No fue eso —repetí.
Luca expulsó aire por la nariz.
—Lo fue totalmente.
—¡Que no!
—El tío te llama de repente a las tantas de la noche y te pregunta si puede pasarse... —Dejó la frase en el aire mientras tomaba asiento a mi lado.
—No fue de repente. Habíamos salido antes por la tarde.
Luca frunció el ceño, sin entenderlo.
—Se tuvo que ir pronto. Una emergencia del trabajo.
Una ceja oscura tembló.
—¿Qué? —pregunté, girándome.
—Que parece que tiene muchas emergencias de trabajo para ser un bróker.
—No sabes nada ni sobre ellos ni sobre él, salvo que a ti y a tus amigos os hicieron perder dinero, lo que significa que los odias automáticamente.
Lo cual —añadí—, es completamente comprensible.
Pero creo que, tal vez, podrías juzgar a las personas por sus propios méritos en lugar de como a un grupo entero solo por su trabajo.
—Créeme, lo estoy juzgando por sus propios méritos. Desaparece a mitad de vuestras citas y luego te llama más tarde esperando rascar tema, clarísimamente.
—¡No fue así! —reiteré, pero un rápido vistazo a las caras de mis amigos me demostró que esta no era una batalla que fuera a ganar. Y supongo que, planteado así en blanco y negro, no sonaba genial. Pero en la vida siempre había grises, pensaran lo que pensaran los demás.
—¿Entonces cómo es que estás aquí un viernes por la noche rebajándote a estar con nosotros en vez de camelándote a la Señorita Posible Definitiva? —preguntó Tia.
—He quedado con ella aquí.