Capítulo 22
—No te preocupes por eso —dijo Tia con aire despreocupado cuando la llamé más tarde para ponernos al día y pedirle su sabio consejo.
—Pero ¿y si lo he fastidiado por llamar tan pronto? ¿Llamé demasiado pronto?
—No hay reglas, Bee.
—Claro que hay reglas. ¡Todo el mundo habla siempre de las reglas! Tiene que haber reglas.
—El amor no entiende de reglas.
—¡No creo que estemos en esa fase todavía!
—No, pero tiene que gustarte mucho para acostarte con él. Así eres tú.
—¿Por qué todo el mundo sigue diciendo eso? Hace que suene como una mojigata.
—Tonterías. Lo que pasa es que tienes gusto y clase, y eres un poco tímida. Ninguna de esas cosas es mala. No pasa nada. Deja de preocuparte tanto y cuéntamelo todo sobre anoche.
En la pantalla de la videollamada, vi cómo ahuecaba un cojín detrás de su espalda, se servía una copa de vino blanco de la botella que tenía en la mesa de centro y se ponía cómoda.
—Estuvo... bien.
Tia hizo una mueca.
—Cariño. Tengo una botella entera aquí y me faltan horas para que mi prometido vuelva a casa. Este es el primer hombre con el que te acuestas en a-a-a-a-a-ños. Voy a necesitar mucho más que un «bien».
Negué con la cabeza, medio riendo y medio sonrojada, y Tia señaló la pantalla.
—¡Eso! Eso es lo que busco. ¡Venga, suéltalo ya!
* * *
No vi a Adrian en unos días e intenté no darle muchas vueltas.
Había sido sincero y dulce, e incluso se había disculpado por lo que consideraba sus defectos.
Tenía un trabajo muy absorbente y, aunque Tia y Jono habían estado hablando y mandándose mensajes a todas horas cuando empezaron a salir, eso no significaba que todo el mundo procediera así. ¿Verdad?
—¿Sales con Aidan otra vez esta noche? —La profunda voz de Luca me hizo dar un respingo mientras escudriñaba la nevera buscando algo de comer.
Saqué una especie de barrita energética de frutas y cerré la puerta; detrás me encontré con su imponente figura, enfundada en un traje gris marengo oscuro que le hacía parecer el modelo de la marca que lo había diseñado.
Me erguí. Ese día llevaba tacones, así que contaba con diez centímetros de ventaja sobre mi estatura habitual.
—Es muy infantil por tu parte insistir en decir mal su nombre cada vez que le mencionas, ¿sabes?
Luca se encogió de hombros y esbozó una media sonrisa.
—Lo sé. Pero te saca de quicio y eso siempre es divertido.
—¿Cómo puedes ser el director general de una empresa de tanto éxito cuando en realidad eres un inmaduro total?
—Se me da muy bien engañar a la gente.
—Por lo que parece, sí.
—A lo mejor no soy el único.
Ya estamos. No le sigas el juego. No entres al trapo...
—¿Y qué se supone que significa eso? — A la mierda el plan.
Levantó las manos.
—Tranquila. Solo quería decir que me alegro de que por fin hayamos conseguido ficharte para la empresa después de pasarte años fingiendo que eras feliz en tu anterior trabajo, eso es todo.
Jo me acaba de decir que has firmado el contrato.
Creo que hasta ha dado un gritito de emoción. Me parece que tienes a una fan.
—Solo le caigo bien porque conseguí que le trajeran un ordenador nuevo.
—Le hacía falta. No sé por qué no me lo pidió a mí. —Se encogió de hombros con esa bendita ignorancia que resultaba a la vez dulcemente entrañable y tremendamente irritante, dependiendo de tu estado de ánimo.
—Porque la gente no hace esas cosas. Sobre todo las personas calladas y dulces como Jo. La gente como tú puede intimidar a la gente como ella.
—Tú eres callada y dulce. Y yo no te intimido.
—No, pero yo sé lo friki y lo capullo que eres en realidad. La gente de aquí solo ha visto tu brillante fachada. No te conocen de verdad. Y no soy dulce.
—Ya veo. Y sí, sí que lo eres.
—Que no.
—Apuesto a que Adrian te ha dicho que eres dulce.
Me di la vuelta y me puse a trastear, preparándome una taza de té que en realidad no quería.
—¿Qué te ha hecho a ti esa bolsita de té?
—¿Quieres uno?
—No estoy seguro de querer ser cómplice del maltrato de una segunda bolsita.
Le fulminé con la mirada mientras lanzaba otra bolsita de té a una taza, reconozco que con más fuerza de la necesaria o de la que se merecía.
—Mala suerte. Ahora ya estás metido hasta el cuello.
—Entonces menos mal que tengo un abogado excelente. —Posó una de sus grandes manos en mi brazo y detuvo mi furioso ahogamiento de bolsitas de té—. ¿Qué pasa?
—Nada.
Me echó la mirada que me llevaba echando desde que éramos pequeños. La mirada de «y un cuerno». Aunque, la verdad, probablemente en aquel entonces no la catalogaba así. Por aquel entonces era más bien una mirada del tipo «eres una trolera».
—Vale. Está bien. Me ha llamado dulce.
—Va-a-a-a-a-a-a-le. Y eso es un problema porque...
Eché un chorrito de leche en las tazas y salpiqué la encimera.
Agarré un trozo de papel de cocina, limpié el estropicio y sequé la taza de Luca antes de tendérsela.
Él no hizo ningún intento de llenar el silencio.
Era una técnica que supuse que habría aprendido en una de las muchas conferencias de negocios a las que había asistido a lo largo de los años, una con un título como «Cómo ser un director general de la hostia» o algo por el estilo, porque, viniendo de la familia de la que venía, rara vez quedaba algún silencio que llenar, y si de forma momentánea se producía una pausa en la conversación, el alboroto de risas y ruido se la tragaba de inmediato.
El silencio no era un concepto con el que Luca Donato hubiera crecido, pero estaba claro que ahora lo manejaba sin problemas. Cedí. Más o menos.
—Da igual.
—No —afirmó en voz baja—. No da igual. Si te pone así de nerviosa, importa mucho. A mí, al menos.
Luca dio un paso hacia mí y levanté la vista.
La preocupación arrugaba sus facciones y su boca, que solía estar siempre sonriendo, formaba ahora una línea que no revelaba nada.
Más técnicas . Cuando éramos pequeños, yo podía leer a Luca como a un libro abierto, igual que él todavía podía leerme a mí.
—De verdad que no importa, Luca. —Pero, hasta para mí, mis palabras no sonaron con la fuerza que pretendía.
—Cuéntamelo. —Su voz era suave, grave y firme.
Apoyó un brazo con naturalidad en la pared, junto a mi cabeza, dejando su cuerpo tenso y tonificado a escasos centímetros del mío.
Si las circunstancias hubieran sido otras, podría haber imaginado fácilmente que semejante postura haría brotar los secretos más profundos de cualquiera como si metieras un Mentos en una botella de Coca-Cola.
Me encontré con su mirada. Y empecé a sonreír.
—¿Qué?
—Esas tácticas no funcionan conmigo, ¿recuerdas? —dije, escabulléndome por debajo de su brazo.
—¿Qué tácticas? —Se volvió, con cara de estar genuinamente confundido. ¿De verdad no sabía que lo estaba haciendo?
No estaba muy segura de cómo describirlo, así que agité las manos señalándole y le solté:
—Eso.
Evidentemente, aquello aclaró muchísimo las cosas, pero Luca siguió mirándome fijamente.
—No estoy haciendo nada.
Oh, vaya . De verdad que no lo sabía.
—Vale —dije, dándole la razón ahora que me daba cuenta de que no lo estaba haciendo a propósito.
—¿Podemos volver a centrarnos en ti? ¿Qué ha dicho Adrian que te haya molestado?
—¡Uf! —Eché la cabeza hacia atrás y miré al techo un momento—. Nada. Soy yo, no él.
—Segurísimo que es él.
—Ni siquiera sabes de qué se trata.
—Y, aun así, sé que es él.
—Solo tienes prejuicios.
—Probablemente. Pero cuéntamelo de todos modos.
Solté un suspiro.
—No vas a dejarlo estar, ¿verdad?
—Ni de broma. —Se sentó a la mesa, frente a mí, llenando la silla y el espacio.
—Es solo que... —Hice una pausa y eché un vistazo alrededor—. Se me hace raro hablar de esto contigo.
Luca volvió a fruncir el ceño.
—¿Desde cuándo?
Buen apunte.
—No lo sé. Simplemente, las cosas han estado un poco... raras.
—Lo sé.
—¿Es por el estúpido reto?
Se tomó un segundo antes de contestar.
—No. Y te lo contaré todo. Lo prometo. Es solo que ahora no es el momento adecuado. Espero que lo entiendas.
—Sí. — Más o menos .
—¿Y bien? ¿Adrian te ha llamado dulce? Eso es bueno, ¿no?
Me encogí de hombros.
—Vas a tener que darme más detalles.
—Es solo que... «dulce» no era la reacción que buscaba.
Luca volvió a emplear su técnica del silencio y, como un lemming, me tiré de cabeza por el precipicio.
—La gente siempre me llama dulce, o seria, o estudiosa o... Bueno, hubo un chico que hasta me dijo que le recordaba a una bibliotecaria. Evidentemente, me gustan las bibliotecarias. Les gustan los libros y les gusta la tranquilidad, y a mí me chiflan las dos cosas.
—En ese caso, no veo el problema. Y, créeme, teniendo en cuenta que hablamos de El Bróker, me encantaría ver el problema.
¿A lo mejor el tío que te dijo lo de la bibliotecaria lo decía en plan sexi?
Ya sabes... —Movió las cejas de arriba a abajo de forma sugerente—.
Mirando con desaprobación por encima de las gafas. Ese rollo.
—No uso gafas.
—Quizá deberías. —Luca esbozó una sonrisa de oreja a oreja y luego se detuvo de golpe al darse cuenta de que yo no sonreía—. Perdón.
—No lo decía en ese sentido. Me mandó un mensaje más tarde aquella noche y me dijo que yo era «dulce», pero demasiado callada.
—Entonces es gilipollas.
Di un sorbo a mi té, poco convencida.
—Pero ¿qué pasa con Adrian? Porque... —se aclaró la garganta y jugueteó con el asa de su taza un instante—... os vi salir a los dos la otra noche. Ese vestido es de infarto y él te miraba como si fueras el postre.
—Ya habíamos tomado postre.
—Entonces quería repetir.
Mantuve la vista clavada en mi taza.
—Yo también lo pensé, en cierto modo. Y, por una vez...
—Levanté la mirada hacia Luca y bajé la voz a un susurro—: Por una vez en mi vida, sentí que alguien se fijaba en mí.
Que alguien pensaba que era sexi. No solo callada o dulce o inteligente, sino sexi, además de todo eso.
Y me doy cuenta de que probablemente estoy rompiendo como un millón de reglas feministas, pero me sentí bien.
La verdad es que me hizo sentir bastante empoderada que alguien pensara eso de mí. Sobre todo alguien que me gusta mucho.
—Bee, te garantizo que la gente piensa eso de ti.
—No, no puedes.
—Te aseguro que sí.
—¿Quién?
Luca esbozó una sonrisa tensa y ladeó un poco la cabeza.
—Me temo que no puedo revelar mis fuentes.
Puse los ojos en blanco y di un buen trago al té.
—Sí, eso pensaba.
—Entonces, ¿a Adrian no le pareciste sexi con ese vestido? Necesita que le revisen la puñetera vista.
—No, sí que le parecí sexi. Es solo que... después... —Tragué saliva y Luca se escondió tras su taza de té—. Dijo que yo era muy dulce, lo cual es bonito, por supuesto. Pero supongo que, en realidad, quería que dijera algo... distinto.
—¿Como qué?
Le dediqué una mirada y una media sonrisa curvó la comisura de sus labios.
—A lo mejor simplemente no se le dan bien las palabras. Lo suyo son más los números, supongo. —Se frotó la cara con una mano—. No me puedo creer que esté defendiendo a un bróker.
Yo sabía lo difícil que le resultaba aquello a Luca y sonreí.
—Gracias.
Se encogió de hombros, aunque se le veía un poco tenso. Teniendo en cuenta que no le caían bien ni Adrian ni los brókeres en general, agradecía de verdad que estuviera haciendo aquel esfuerzo.
—¿Crees que de verdad es eso? Es que estaba pensando que a lo mejor no soy tan...
—Sea como sea que vayas a terminar esa frase, no lo hagas.
Tienes que dejar de compararte con otras personas, Bee.
Tú eres tú, y eres brillante, divertida, amable y dulce...
—Puso cara de circunstancias al decir eso—...
y es indiscutible que eres sexi. Esta mañana ya he tenido que apartar un par de lenguas babeantes del suelo cuando has pasado con esos zapatos.
Luca les echó otro vistazo.
—No recuerdo la última vez que te vi con tacones, aparte de la otra noche con Aidan.
Dejé pasar la puya del nombre y me encogí de hombros.
—En la otra empresa siempre llevaba las mismas cosas.
De todas formas, no creo que nadie se fijara en lo que me ponía, y había llegado a un punto en el que me daba igual.
—Volví a levantar la vista—. Es terrible, ¿verdad?
Que tuviera tan pocas ganas de ir a un sitio al que volvía día tras día que ni siquiera me importara la ropa que me ponía.
—Es fácil caer en la costumbre. En la rutina. Abrir un camino nuevo a menudo puede dar miedo, pero tú lo has hecho.
—Lo he hecho. Y supongo que lo de la ropa es solo una parte de todo esto. Intentar salir de la rutina.
—Me alegra oírlo.
—Entonces, ¿cómo salgo de la rutina de ser «dulce»?
Luca negó con la cabeza, sonriendo.
—No sales, Bee. Eres como eres. Pero el hecho de que seas dulce no significa que no seas también todas esas otras cosas. Las personas son complejas. No somos solo una cosa u otra, somos una mezcla de todo. Eso es lo que nos hace interesantes.
—Lo dice alguien a quien jamás le han dicho que es aburrido. —Le guiñé un ojo.
Levantándose, Luca soltó un suspiro antes de coger las tazas ya vacías y meterlas en el lavavajillas.
Le seguí y me dirigí hacia la puerta. Cuando llegamos, me agarró del brazo y me hizo retroceder con suavidad.
En la intimidad de la esquina que quedaba detrás de la puerta, Luca tomó delicadamente mi rostro entre sus manos y clavó en mí su profunda mirada de color chocolate.
—Créeme, a mí me han llamado muchas otras cosas, pero tú no eres, ni has sido nunca, aburrida.
No dejes que nadie te diga lo contrario.
Te diría que, si alguien lo intenta, me lo mandes a mí, pero sé que eres perfectamente capaz de patearle el culo tú sola.
Solo necesitas creer un poco más en ti misma, porque, cuando lo haces, pasan cosas buenas.
Dicho esto, depositó un fugaz beso en mi frente y se apartó.
—¿Vale?
Sonreí.
—Vale.
—Bien. Ahora vuelve al trabajo. No te pago por estar aquí sentada cotilleando.
—Le estaba haciendo compañía al jefe. Pensé que sería de mala educación irme y dejarte tirado.
—Buena respuesta. ¿Ves? Sabes reaccionar rápido... —bajó la vista y sonrió de oreja a oreja moviendo una oscura ceja con picardía—... sobre esos tacones.
—Sabes que puedo quejarme a Recursos Humanos de que acoses a mis zapatos con la mirada.
—No los acosaba. Los admiraba desde un punto de vista estético.
Solo me alegro de que hayas empezado tu programa de patear culos aquí.
De que vayas a por lo que quieres. Esos zapatos...
—les echó otra rápida mirada de apreciación—...
son el símbolo de todo eso. Es normal que tengas altibajos, pero sigue creyendo en ti misma como yo creo en ti.
Igual que hace Tia. Y, desde luego, cualquiera que no lo haga no merece que pierdas el tiempo con él.
—Vale. —Asentí, con más convicción esta vez.
—Vale.
Empecé a salir, me detuve y me di la vuelta, encontrándome más cerca de Luca de lo que esperaba.
—Uy. Solo quería darte las gracias.
Al estar yo más cerca, él inclinó la barbilla un poco más hacia abajo para mirarme a los ojos.
—No hay de qué.