Capítulo 21 #2
Adrian se movió y me dejó un beso suavísimo justo debajo de la oreja.
—No sé qué te pasó para que pienses eso, pero me gustaría saberlo.
Lo que sí sé ahora mismo es que tú lo vales con creces.
Deberías tener confianza en el hecho de que eres una mujer guapísima, inteligente y con muchísimo que ofrecer.
—Sus dedos recorrieron mi pelo hasta encontrar la horquilla, soltándola con destreza para que mi cuidado recogido cayera en cascada.
Enredó los dedos en él y tiró de mí suavemente.
Si me hubiera acercado más, habría acabado sentada en su regazo, aunque en ese momento probablemente no me habría importado, salvo por el hecho de que seguíamos en el taxi.
Pero, a lo mejor, era hora de que me soltara un poco.
De que empezara a vivir de verdad, a lo grande.
De empezar a creer a quienes creían en mí y de dejar de dudar tanto de ellos como de mí misma.
Había hecho el cambio en mi vida laboral y, a pesar de todos mis miedos y reservas, me estaba yendo francamente bien.
A lo mejor, había llegado la hora de intentarlo también en mi vida personal...
—Siento haber hecho que llegáramos tarde antes, por haberte dejado ahí plantada esperándome.
Te prometo que no volverá a pasar. —No pasa nada.
—Sí pasa —dijo, mientras deslizaba una mano por mi espalda y me apretaba contra su muslo—.
Vaya si pasa. Fue una grosería y te pido disculpas.
No te habría culpado si te hubieras dado media vuelta y me hubieras dejado tirado en ese maldito bar.
—Bueno, pues no lo hice —dije, con una voz que no parecía la mía, grave y con un deje tembloroso, mientras Adrian me besaba la parte delantera del cuello.
—Gracias a Dios —respondió, con voz ronca, volviendo a subir hacia mis labios y rozándolos suavemente con los suyos—.
Y, francamente, de haber sabido entonces lo que había debajo de este abrigo, créeme, ¡ni de broma habría perdido el tiempo con todas esas!
—Apretó su boca contra la mía, con suavidad al principio, antes de aumentar la presión; su brazo me apretó más fuerte mientras nuestros labios se separaban y él empezaba a explorar con su lengua.
Deslizó una mano más arriba por mi muslo hasta encontrar el liguero, y un profundo gruñido retumbó en su garganta al empezar a avanzar más todavía.
—Ya hemos llegado, amigo. —El taxi se detuvo y Adrian se recostó en el asiento, ajustándose sutilmente la ropa mientras cogía la cartera. Me miró mientras yo me arreglaba también y me dedicó una sonrisa perversa que, sin poder controlarlo, le devolví.
—Quédese con el cambio —dijo, al tiempo que le pasaba otro billete grande.
—Gracias, amigo. Que pasen una buena noche.
—Por el espejo retrovisor, capté la mirada de unos ojos sonrientes y sentí que me ruborizaba.
Pero no hubo tiempo de pensar en lo que el taxista pensaría de mí, ya que Adrian me estaba ayudando a salir del taxi hacia el frío aire de la noche.
El coche volvió a arrancar y sus luces desaparecieron por la esquina, dejándome sola en la acera con Adrian.
Solo entonces me di cuenta de que no tenía ni la más remota idea de dónde estaba.
—¿Dónde estamos? —pregunté, mirando los edificios que me rodeaban.
—En mi casa. —Adrian volvió a acercarse—. ¿Te parece bien? —Cerré la minúscula distancia que quedaba entre nosotros.
—Me parece perfecto —susurré, con voz grave y ronca. Él me respondió con una lenta sonrisa y me cogió de la mano.
* * *
A última hora de la tarde del día siguiente, estaba sentada en mi cafetería favorita, bebiendo un chocolate caliente con todos los extras y mirando cómo la lluvia se deslizaba por los grandes ventanales de cristal.
Tenía un libro abierto en el regazo, pero de momento apenas había leído media página, hipnotizada por las gotas de lluvia y, para qué engañarnos, un poco falta de sueño por la noche anterior.
Mi teléfono, apoyado en el cojín del sofá a mi lado, empezó a vibrar.
Rechacé la videollamada de Luca y le envié un mensaje en su lugar.
No puedo hacer videollamada. Estoy en la cafetería.
Inmediatamente, el teléfono empezó a sonar. Lo cogí.
—Hola. —Hola. —Al principio me había enfadado con Luca por comportarse de forma tan infantil con Adrian, equivocándose de nombre en el restaurante a propósito, pero el resto de la noche había provocado que todo eso pasara a un segundo plano, perdiendo importancia.
De hecho, a Luca le había salido el tiro por la culata con su mezquindad, teniendo el efecto contrario al poner sobre la mesa el tema de las citas online y de lo que tanto Adrian como yo queríamos de ellas.
Había forzado la conversación... que había desembocado en la noche anterior.
Intenté no sonreír demasiado al pensar en ello.
—¿Dónde te habías metido? Llevo siglos intentando localizarte.
—He tenido el móvil apagado un rato. —Toda la mañana —me corrigió Luca—.
Estaba preocupado. —No tenías por qué. Ya soy mayorcita, Luca.
Tengo derecho a apagar el móvil si quiero.
—Pero nunca quieres. —Bueno, pues anoche sí.
—Esto ha sido esta mañana. —Lo de anoche se alargó hasta esta mañana.
—Ya veo. —¿No era increíble cuánto peso se podía cargar en dos palabritas de nada?
Se hizo un largo silencio—. Pero ¿estás bien?
—Sí. Solo estoy aquí sentada, leyendo. —¿Dónde estás?
—En el sitio de siempre. —Vale. —Otra larga pausa.
—¿Qué estás haciendo? —Poca cosa. —¿Ninguna cita ardiente? —pregunté, intentando inyectar un tono de broma en lo que se había convertido en una conversación inesperadamente incómoda por motivos que no tenía del todo claros.
—No. —No había ningún trasfondo de risa en sus palabras, como solía haberlo cuando hablábamos del tema.
Si alguien iba a guardar rencor por algo, esa sería yo hasta que él consiguiera hacerme reír, lo cual nunca tardaba mucho en ocurrir; pero parecía que hoy era Luca quien tenía un palo metido por el culo.
Rememoré la noche anterior. Adrian y yo nos habíamos ido antes que Luca y sus posibles clientes.
Yo había levantado la mano brevemente a modo de despedida cuando él se había girado, viéndonos marchar, pero justo entonces Adrian se había puesto detrás de mí, por lo que no estaba segura de si Luca me había devuelto el gesto o no.
—¿Qué tal fue la reunión de ayer por la tarde? — Quizá ese era el motivo de su mal humor.
—Sí, muy bien, la verdad. —De repente, su voz sonó un poco más animada—. Vienen a la oficina el lunes a firmar el papeleo final.
—Oh, Luca, qué bien. Me alegro muchísimo.
—Sí. Intenté llamarte anoche para contártelo, pero... bueno. Da igual.
Se hizo otro silencio incómodo.
—¿Luca?
—¿Sí?
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Tú no pareces tú. Y nosotros no parecemos nosotros.
Luca dejó escapar un largo suspiro.
—Bueno, supongo que, como tú dijiste, las cosas cambian. Queramos o no.
De fondo, oí sonar el telefonillo de su edificio.
—Jez ya está aquí para ver el rugby. ¿Estás libre luego o vas a salir?
—No, estoy libre.
—Vale. Quizá hablemos luego, entonces.
—Vale.
Y colgó. La conversación me dejó un sabor raro en la boca y una sensación extraña en el estómago; ninguna de las dos cosas me gustó.
Solté un suspiro y abrí los contactos del móvil.
Busqué el número de Adrian y marqué, solo para saludar.
Dio un par de tonos y luego se cortó. Me quedé mirando el teléfono un momento y lo dejé de nuevo a mi lado.
Igual probaría más tarde. Justo cuando volvía a mi libro, el móvil empezó a sonar y el número de Adrian apareció en la pantalla. Sonreí y descolgué.
—Hola.
—Hola.
Había mucho ruido de fondo y me costaba oírle con claridad.
—Perdona. Pensaba que esta tarde estabas trabajando en casa. Solo quería saludarte.
De repente me sentí un poco incómoda. No quería que pensara que era una lapa.
Mi mente voló hacia esas mujeres de las que me había hablado, las que no le dejaban en paz después de salir juntos.
Pero, por otro lado, también había dicho que yo era diferente.
Así que eso significaba algo... ¿no? Mierda .
No tenía ni la más remota idea de qué se suponía que debías y no debías hacer en estas situaciones.
Las normas de etiqueta en el mundo de las citas parecían cambiar cada cinco minutos y, como yo llevaba un tiempo fuera de circulación, no sabía si llamarle ahora entraba en la columna de lo aceptable según las reglas.
Para entonces, la calma que sentía antes se había evaporado por completo y noté que la camisa se me pegaba al cuerpo.
Genial . Debería haberlo dejado estar. Dejar que me llamara él. Si es que iba a hacerlo. Al menos yo...
—Sí —dijo Adrian al otro lado de la línea, alzando la voz para tapar el clamor de lo que sonaba como un pub muy ruidoso—. Al final terminamos más rápido de lo que pensaba, así que me he venido por ahí con los chicos.
—Ah. Vale. Qué bien. Me alegro de que lo hayas terminado.
—Sí.
El sonido del teléfono se ahogó y oí voces seguidas de unas risas antes de que Adrian volviera a ponerse.
—¿Todo bien?
—Sí. Por supuesto. Te dejo para que sigas a lo tuyo.
—Genial. Te llamo.
—Claro —respondí, asegurándome de inyectar toda la naturalidad posible en esa única palabra para compensar cualquier posible metedura de pata que hubiera cometido al llamarle—. Adiós.