Vivir tu mejor vida Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Ladeó la cabeza detrás de mí y observó el pronunciado escote de la espalda, totalmente al descubierto gracias a que me había recogido el pelo.

Le había dado mil vueltas tanto al vestido como al peinado durante más de una hora, antes de llamar por fin a Tia y que me dijera: «Sí, ponte eso sin dudarlo» y «Pelo recogido.

Así luces el vestido, y luego puedes soltártelo de forma sexi».

No estaba muy convencida de poder conseguir ese rollo de sacudirme el pelo de forma sexi.

Por lo general, cuando intentaba hacer algo así, parecía que trataba de esquivar a una avispa.

Tia, sin embargo, tenía un talento natural y, ante la cara que puse, me había dado un par de instrucciones rápidas y una demostración.

Seguía sin estar muy segura de mi potencial como seductora y decidí que, llegado el momento, simplemente me soltaría el pelo como una persona normal y con eso bastaría.

Mejor eso que humillarme por completo. La última vez que lo había intentado, el hombre en cuestión había puesto cara de preocupación y lo único que conseguí fue darme un tirón en la espalda.

No era exactamente el efecto que buscaba y el incidente me amargó bastante las actividades posteriores de aquella velada.

Pero, de momento, ahora que la atención de Adrian parecía haber vuelto a nosotros, al menos el vestido estaba logrando en cierta medida el efecto deseado.

Seguí al camarero que nos llevaba a nuestra mesa, haciendo todo lo posible por apartar de mi mente la imagen de otros comensales que no estaban en posición de comprar su impuntualidad (¡como yo!) que eran desterrados de «nuestra» mesa y relegados a una al lado de los baños.

—¿Estás bien? —me preguntó Adrian cuando el camarero se desvaneció en un segundo plano, dejándonos elegir.

—Sí. Por supuesto.

—No pareces la de siempre.

Miré de reojo a la mujer de la mesa de al lado.

Un enorme diamante engarzado en una alianza de platino descansaba en su mano izquierda, y varios anillos variados atrapaban la luz de las velas, destellando a cada movimiento que hacía.

Sospeché que solo con sus anillos podría comprar mi piso, y aún sobraría para el cambio.

Escondí mis manos desnudas bajo la mesa, en mi regazo, e intenté no sentirme tan fuera de lugar. Y tan sobrepasada.

—Estoy bien. —Sonreí y empecé a hojear la carta.

—¿Es porque hemos llegado tarde o porque le he pasado dinero a ese tío? —Adrian se había inclinado sobre la mesa, con voz grave y un ceño más oscuro que un momento antes.

Levanté la vista de la carta. —¿Eh? —Pareces cabreada por algún motivo. —Me removí en la silla, consciente de que la mujer de la mesa de al lado había dejado de hablar, jugueteaba con el tallo de su copa e intentaba que no se notara que estaba escuchando a escondidas nuestra conversación.

—Estoy bien, de verdad. Es solo que... estoy acostumbrada a sitios más informales y no quiero meter la pata.

—Ya estaba. Lo había dicho. Podía reírse de mí o compadecerme.

Pero no iba a mentir. Me sentía incómoda.

Había estado en sitios elegantes. Luca tenía dinero y le gustaba la buena comida, pero nunca me había sentido tan observada, tan preocupada por decir o hacer algo malo y dejar a Adrian en evidencia.

Una vez, mis padres salieron a cenar y, por raro que parezca, me dejaron acompañarlos.

Era el favorito de mis padres: un restaurante francés muy pijo escondido en un rincón de Londres.

El silencio que se hizo en el momento en que entré esta noche me había recordado a aquella velada, transportándome de nuevo allí y sacando a relucir todas mis inseguridades.

Pero, en el fondo, ¿qué esperaban, sirviéndole caracoles a una niña de doce años sin consultarle ni explicarle cómo se comen?

Tampoco fue culpa mía que uno se me escapara de las pinzas y golpeara a otro comensal.

El brusco movimiento de su cabeza hizo que su peluquín se desprendiera y cayera sobre el romántico centro de mesa con velas que compartía con su jovencísima acompañante.

Observé con una especie de horror fascinado cómo lo recuperaba de un tirón, apagaba a toda prisa las llamas con una servilleta de lino y se lo volvía a colocar en la brillante coronilla mientras unas volutas de humo se elevaban en el aire por encima de él.

Nunca volví a salir a cenar con mis padres.

Por supuesto, cuando se lo conté a Luca, se partió de risa, me hizo pasar a su casa y me suplicó que le repitiera la historia al resto de su familia, que reaccionó de la misma manera, lo que por fin me permitió ver lo ridícula que había sido toda la situación.

Mientras estaba con los Donato, la tensión que había sufrido durante la comida —que, obviamente, se había multiplicado por diez tras el lanzamiento del caracol— se esfumó.

Me hicieron ver que no había sido culpa mía.

Pero la sensación había vuelto en cuanto regresé a casa.

Y justo ahora, esos mismos sentimientos volvían a asomar la cabeza.

De repente, volvía a sentirme como si tuviera doce años y estuviera aterrorizada por la posibilidad de ponerme en evidencia a mí misma y a los demás.

—Estarás bien. —Adrian sonrió y me apretó el brazo antes de inclinarse hacia mí de nuevo—.

Además, mirarte con ese vestido me hace dudar de que vayamos a quedarnos mucho tiempo aquí.

—Sentí que me subían los colores a las mejillas e intenté esconderme tras la carta—.

Es muy tierno que te sonrojes. Me da la impresión de que vas a hacerlo a menudo...

—¿Pedimos? —pregunté, con la voz un poco más aguda de lo habitual.

Adrian me observó un momento, luego sonrió y asintió. —¿Caracoles de primero? —sugirió, estudiando la carta—. Te gustan, ¿verdad? —Sentí un vuelco en el estómago.