Capítulo 20 #2
Llevaba ya varias semanas saliendo con Adrian y la situación de hacía un par de semanas no había vuelto a repetirse.
Había mencionado que quizá había sido lo mejor, que las cosas habían ido bastante rápido y que le daba la sensación de que yo no estaba del todo preparada.
Me había sentido incómoda y avergonzada, pero él le había quitado importancia, diciendo que, en realidad, le ponía bastante y que la espera lo hacía todo más excitante.
Pero esa noche, las cosas parecían distintas.
Dijera lo que dijera Luca, yo no quería probar a salir con un montón de hombres distintos si me sentía lo bastante feliz con el que estaba.
Con él podía relajarme, y cuanto más lo veía, más me relajaba con él.
Por eso, aquella noche me había puesto mi ropa interior más sexi y había metido un cepillo de dientes en el bolso...
—Guau. —Adrian me repasó de arriba abajo con la mirada cuando nos encontramos en el bar—. Estás espectacular.
—Gracias —dije, aceptando su beso y adorando el tacto de sus manos en mi cintura mientras me estrechaba contra él.
Cerca de allí estalló un grito lascivo y me aparté. Adrian mantuvo el brazo a mi alrededor y, con la otra mano, les hizo un gesto maleducado a los del grupo para que se largaran.
—¿Los conoces? —pregunté.
—Sí. —Se echó a reír, volviendo a mirar al grupo de hombres y negando con la cabeza—. Colegas del curro. Solemos venir aquí a desconectar un poco. Pensé que sería más fácil si quedábamos aquí. No te importa, ¿verdad?
—Eh, no. Claro que no.
Adrian seguía con su traje del trabajo y era evidente que llevaba allí desde el cierre de la jornada.
—¿Quieres que vayamos ya al restaurante? —le pregunté, pensando que tal vez algo de comida le ayudaría a absorber parte del alcohol que ya había empezado a consumir.
—Sí. Claro. Si tú quieres.
Miré el gran reloj de estación que colgaba de la pared.
—Es solo que pensaba que teníamos la reserva a las siete.
Sus ojos siguieron a los míos.
—Oh. Mierda. ¿Ya es esa hora? Sí, claro. Será mejor que nos vayamos. Ja, el tiempo vuela cuando te diviertes, ¿eh?
—Sí —le dije a su espalda mientras retiraba el brazo y me dejaba plantada en medio del bar para ir a despedirse de sus colegas.
Supuse que todavía no estaba preparado para presentármelos.
Me parecía bien. Lo entendía. Los hombres eran diferentes en ese sentido.
Vi que un par de ellos miraban hacia nosotros y luego de vuelta a Adrian, diciendo algo a lo que siguió una sonora y ebria carcajada.
Me cerré más el abrigo y esperé. Un grupo de personas que entraba de la calle chocó conmigo y me empujó hacia delante.
Trastabillé y recuperé el equilibrio. Nadie más parecía haberse dado cuenta.
Me acerqué un poco más a la puerta, apartándome de la marabunta principal de los viernes por la noche, y esperé.
Diez minutos después, Adrian apareció por fin de entre la multitud.
—¿Lista para irnos?
Llevaba lista más de un cuarto de hora, pero me mordí la lengua, esbocé una sonrisa que sentí demasiado tirante en la cara y abrí la puerta, perdiendo el aliento ante el gélido mordisco del viento del norte en el aire nocturno.
Adrian hizo señas a un taxi y empezó a parlotear sobre algo que había dicho uno de sus colegas y que, por lo visto, era desternillante.
Yo no lo pillé del todo, pero le seguí la corriente con una sonrisa y miré de reojo la hora en mi móvil.
Ya llegábamos casi media hora tarde a nuestra reserva para cenar.
Mis tripas rugieron con fuerza, por suerte ahogadas por el traqueteo del típico taxi negro londinense, y recé para que el restaurante no hubiera regalado ya nuestra mesa.
Lejos ya de sus ruidosos amigos, Adrian se volvió más atento y miró su Rolex.
—Creo que vamos un poco tarde.
Me pasó un brazo por los hombros y me plantó un beso en el cuello.
Como sus labios se quedaron ahí, me removí sutilmente para apartarme, sonriendo casi a modo de disculpa.
Lo último que necesitaba ahora que me estaba instalando en mi nuevo trabajo era presentarme con un chupetón gigante en el cuello.
Nunca había sido muy fan de ellos y más bien pensaba que habían pasado de moda, pero la fugaz expresión en el rostro de Adrian demostró que él opinaba de otra manera.
—Lo siento —dije, sintiendo de pronto que debía darle una explicación—. Trabajo nuevo y todo eso.
Él se encogió de hombros.
—Me parece justo.
El taxi se detuvo, él pagó antes de bajarse y esperó a que yo la siguiera.
Al atraparme mientras lo hacía, un brazo posesivo se aferró a mi cintura, atrayéndome hacia él.
Pude oler la cerveza que había estado bebiendo antes de que yo llegara.
Hasta el momento, no estaba siendo exactamente la velada que había imaginado, pero aún había tiempo para que mejorara.
—Supongo que tendré que buscar un sitio que quede menos a la vista...
Sus palabras fueron un susurro suave en mi oído y, de repente, pareció que las cosas podían estar mejorando.
Definitivamente seguía sin ser fan de los chupetones, pero apretada contra Adrian en la fría noche, con su aliento cálido y lleno de promesas, había muchas posibilidades de que me convenciera de lo contrario.
El restaurante estaba abarrotado y parecía estar al límite de su capacidad cuando Adrian me sujetó la puerta. Pasé primero y él entró detrás de mí. Nos recibió el maître .
—¿Desean algo los señores?
—Hola. Sí. Tenemos una mesa reservada a nombre de DeVere. —Adrian hizo un teatro de volver a mirar su caro reloj—. Sé que llegamos un poco tarde.
Le tendió la mano para estrechársela al otro hombre y me di cuenta del sutil intercambio de un billete de alto valor entre los dos.
—Espero que no sea un problema.
—En absoluto, señor. ¿Me permiten sus abrigos y enseguida les acompaño a su mesa?
Me miré los zapatos y cambié el peso de un pie a otro, un poco incómoda por toda la transacción y deseando que, en lugar de eso, simplemente hubiéramos podido llegar a tiempo, saltándonos así toda la necesidad de montar aquel teatro.
Me quité el abrigo y se lo entregué a otro servicial miembro del personal, que había aparecido mágicamente de la nada, dándole las gracias al hacerlo. Adrian entregó el suyo, pero apenas miró al hombre, paseando la mirada por el local antes de posarla en mí.
—Guau. Qué vestido más sexi.