Vivir tu mejor vida Capítulo 20
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Capítulo 20

Las semanas siguientes pasaron en un suspiro.

El puesto temporal de dos semanas en Donato Solutions se había ampliado a cuatro, pero ayer Jo, de Recursos Humanos, me había entregado una carta en la que me ofrecían formalmente el puesto de forma permanente.

El sueldo era una mejora abismal respecto a mi trabajo anterior, y además tenía ventajas.

¡Nunca antes había tenido ventajas! Seguro médico privado, aportación al plan de pensiones, cinco días extra de vacaciones y la opción de ganar más cuantos más años te quedaras, por no hablar de la cocina completamente abastecida, que ya me había permitido empezar a almorzar de forma más sana todos los días.

También me había ayudado a almorzar de verdad, lo cual a veces seguía pareciéndome toda una novedad.

La política de la empresa exigía que todo el mundo se tomara su hora de descanso lejos de su escritorio.

Además de la cocina, había una zona de sofás con muchísima luz natural donde sentarse, así como una selección de libros que rotaba a medida que la gente los leía y los intercambiaba.

Un cortés cartel en la pared rogaba que cualquiera que estuviera viendo películas o similares usara auriculares para no molestar a los demás.

No estaba segura de cuándo se había puesto de moda toda esa cultura de «voy a ser un capullo y poner mi vídeo/música a todo volumen para que lo oigan todos quieran o no», pero a mí me sacaba de quicio, y era un alivio ver que allí todo el mundo acataba aquella sencilla norma.

Ahora solo faltaba que el resto del mundo hiciera lo mismo.

Luca y yo parecíamos haber vuelto a nuestra vieja dinámica, y la rareza que había empezado en casa de sus padres aquel día, por suerte, parecía haberse esfumado.

Aunque los dos estábamos sin duda más ocupados últimamente.

Luca estaba trabajando en un proyecto importante para un prestigioso cliente japonés y, por lo que se veía, volvía a salir con casi todas las mujeres de la app en la que nos habíamos registrado.

—¿Aún no has encontrado a la Definitiva? —le pregunté en tono de burla al pillarle mirando perfiles en la cocina mientras esperábamos a que hirviera el agua.

Solo estábamos él y yo allí, así que hablé en voz baja.

A estas alturas, el resto del personal ya sabía que éramos amigos y estaba bastante segura de que había rumores y sospechas de que éramos algo más, pero ninguno de los dos daba pie a esa idea ni dejaba que nos molestara.

No habría sido la primera vez que la gente malinterpretaba nuestra amistad.

En un hotel al que habíamos ido a pasar un fin de semana de senderismo, la recepcionista nos había registrado y luego nos avisó con una sonrisa de que nos había dado la suite nupcial, anunciando con orgullo que ella siempre sabía distinguir a una pareja enamorada.

Yo estaba a punto de corregirla cuando ella siguió con su monólogo, diciéndonos que invitaba la casa y que nos iban a subir unas fresas y una botella de champán frío.

Yo había apoyado la cabeza en el brazo de Luca y él me había apretado la cintura mientras ambos sonreíamos y le dábamos las gracias.

Vale, puede que debiéramos haberla corregido, pero no habíamos querido hacerla sentir incómoda y el champán estaba delicioso.

Luca levantó la vista hacia mí y luego la volvió a clavar en la pantalla.

—Soy exigente.

Solté un bufido en mi cabeza. Bueno, la intención era que se quedara en mi cabeza.

—¿Qué se supone que significa eso? —preguntó.

—Perdona. Se suponía que no debías oír eso.

—Pero lo he oído. Así que explícate. —Le di un empujoncito para que se apartara y preparé una taza de té para cada uno—.

—No significa nada.

—Está claro que sí.

—Vale —dije, dejándole la taza delante—. Supongo que cuando alguien dice que es «exigente», la gente…

—O sea, tú.

—La gente —reiteré— tiende a asociar «exigente» con quienes tienen una lista específica de requisitos antes de salir con nadie. Y eso no pega mucho contigo en estos momentos.

—Es difícil saber cómo es alguien de verdad por un par de líneas en una biografía. ¿De qué otra forma se supone que voy a averiguarlo?

—En eso tienes razón. Y no te estoy criticando. Solo lo digo.

—Pues yo podría decir que tú no eres lo bastante exigente.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Solo has salido con un par de tíos de la app y luego te has conformado con el Bróker ese. ¿Cómo sabes que es el adecuado para ti? El hecho de que sintieras alivio cuando le llamaron justo cuando estabais a punto de acostaros indica que no estás segura.

Agité las manos, ¡mandándole callar!

—Ya sabía yo que no tenía que haberte contado eso —dije, empujando su taza hacia él antes de coger la mía—. Y no me he «conformado», como tú dices. Simplemente me gusta.

—Podría gustarte más otra persona.

Luca se encogió de hombros y luego me observó por encima del borde de su taza.

—¿Y qué sugieres que haga? ¿Que trate la app como si fuera una tienda de chucherías y pruebe una de cada, como haces tú?

—Dejé la taza sobre la encimera—. Yo no soy como tú, Luca.

Lo sabes. No disfruto del proceso de las citas ni en el mejor de los casos, y ahora que nos hemos enzarzado en esta maldita competición, ya estoy muy fuera de mi zona de confort.

—Te obligaste a salir de tu zona de confort con el trabajo, por fin, y mira lo que ha pasado.

Ya se te ve más feliz y realizada, y desde luego aquí te valoran muchísimo más que en tu antigua empresa.

Las zonas de confort están bien, pero salir de ellas puede traerte cosas que nunca habrías imaginado.

—¿Qué es lo que te molesta tanto de Adrian y de mí?

—Nada. Excepto que no es lo bastante bueno para ti.

—Siempre piensas lo mismo. Tendría que ser una maldita monja para que estuvieras contento, y ni siquiera estar casada con Dios te parecería suficiente.

Luca sonrió con malicia.

—Te gusta mucho Sonrisas y lágrimas . Quizá en el fondo tengas vocación de convento.

—Si no recuerdas mal, María dejó el convento y se casó. Así que adiós a ese argumento.

—¿Y tú quieres casarte?

—¡Ay! ¡Oh, lo siento muchísimo! ¡No quería interrumpir!

Gloria, de Contabilidad, estaba de pie en el umbral, sonrojada como un tomate, arrastrando los pies con nerviosismo y haciendo un pésimo trabajo a la hora de disimular la sonrisa que se le había dibujado en la cara.

Luca me miró, desconcertado por su reacción, hasta que cayó en la cuenta.

—Oh, Gloria. ¡No! No has interrumpido nada. Solo estábamos charlando sobre la vida en general.

—Entonces… ¿no he interrumpido una proposición de matrimonio? —La decepción ensombreció sus facciones.

—Eh, no.

—Oh.

Luca volvió a mirarme, con los ojos suplicando ayuda. Yo me encogí de hombros.

—Lo siento —añadió él, encogiéndose también ligeramente de hombros.

Gloria sonrió, pero era evidente que no le ponía muchas ganas.

—Ay, no seas tonto. Es que me encantan las bodas y ver a dos personas enamoradas dando ese paso. Supongo que soy un poco anticuada hoy en día.

Entró ajetreada en la cocina y sacó del armario una taza con la foto de un perro.

—No, en absoluto. —Luca sonrió—. En eso estoy de acuerdo contigo.

Ella se volvió, le sonrió y le dio unas palmaditas en la mano.

—Ya va siendo hora de que encuentres a alguien que te cuide, cielo.

—Que le aguante, querrás decir —murmuré por lo bajo.

Luca me lanzó una mirada y, por encima de la cabeza de Gloria, puso cara de «qué graciosa».

Ella miró de uno a otro, incluyéndome en la conversación.

—Eso también está un poco anticuado hoy en día, supongo, pero ya me entendéis.

—En realidad, creo que lo ideal es que ambos se cuiden mutuamente.

—Toda la razón —dijo, sonriéndome—. ¿Y tú tienes a alguien? —preguntó con un tono inocente, pero para ambos era bastante obvio que estaba tirándonos de la lengua descaradamente.

—Está saliendo con un bróker. —Luca respondió por mí.

—¡Ah! —Gloria removió su chocolate caliente, bajo en grasa, bajo en azúcar y probablemente también sin sabor, haciendo un claro esfuerzo por no parecer decepcionada—. Qué bien.

La vi echarle una miradita furtiva a Luca, pero el rostro de él permaneció impasible.

—Bueno, será mejor que vuelva al trabajo antes de que me despidan. —Le sonreí a Gloria, que me devolvió la sonrisa, esta vez de forma más natural.

—No sé por qué, pero me da que eso no va a pasar.

—Uy, no sé yo. He oído que el jefe de aquí puede ser un auténtico tirano cuando se lo propone.

—Qué graciosa eres. —Luca levantó una ceja hacia mí.

—Lo sé. Lo puse en mi currículum. Estoy casi segura de que eso me garantizó el puesto.

—Te voy a garantizar yo una cosa en un minuto. Vuelve al trabajo y deja de causar problemas.

Me sonrió y regresé a mi escritorio, té en mano. Al mirar atrás, vi que Gloria había acorralado a Luca contra una de las paredes y su conversación parecía bastante intensa. De vuelta en mi mesa, llamé a su móvil.

Me recosté un poco en la silla para poder ver el interior de la cocina.

—Luca Donato.

—Pensé que a lo mejor necesitabas un rescate —susurré por el teléfono.

—Sí. Exacto. Vale. Me parece una idea genial, la verdad. Déjame buscar el papeleo. Si me das un minuto, ahora mismo no estoy en mi mesa, pero te devuelvo la llamada enseguida. Gracias por llamar. Hablamos pronto.

Colgué y, unos instantes después, Luca pasó por delante de mi escritorio en dirección al suyo. Un minuto más tarde, apareció un mensaje en mi teléfono.

Me has salvado la vida. Xxx

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