Capítulo 19
Al doblar la esquina hacia la estación de tren, vi que el coche de Luca estaba al ralentí sobre una doble línea amarilla. Salió del vehículo y nuestras miradas se cruzaron.
—En las noticias de tráfico acaban de decir que tu línea está cerrada. Han informado de que hay una persona en las vías o algo así. Te puedo llevar a casa —hizo una pausa—. Suponiendo que no tengas otros planes.
Como la mayoría de las cosas en la vida, el metro era excelente cuando funcionaba, pero cuando algo se torcía, era un verdadero coñazo, y últimamente yo no estaba teniendo mucha suerte con mis trayectos.
Esa era otra de las desventajas de vivir más lejos del centro que los demás: siempre había muchas más posibilidades de acabar sufriendo un caos en el transporte.
—No, ningún otro plan.
Adrian iba a estar fuera unos días y mis únicos planes eran llegar a casa, comer y acurrucarme con un libro nuevo.
—Te pilla bastante a desmano.
—No me importa.
Miró hacia el cielo justo cuando empezaron a caernos unos goterones enormes a nuestro alrededor.
—Venga, Bee. Por favor. Además, me van a multar si me quedo aquí mucho más tiempo.
En ese instante, una furgoneta blanca le pitó, acompañando el sonido con un gesto con la mano. De forma sabia, y por suerte, Luca ignoró ambas cosas.
—Seguro que hay autobuses de sustitución.
Me clavó una mirada inexpresiva. Nadie en su sano juicio querría coger un autobús de sustitución si existía una alternativa mejor. Y el coche de Luca, calentito, cómodo y con servicio de puerta a puerta, era, sin duda, una alternativa mejor.
—Vale. Si estás seguro...
—Lo estoy —dijo, rodeando el coche para abrirme la puerta del copiloto.
Me deslicé sobre el suave cuero, poniéndome a salvo de la lluvia, y metí el bolso en el hueco para los pies.
Luca volvió a subir, cerrando la puerta para dejar fuera el ruido de Londres, y se incorporó al tráfico, uniéndose a la lenta y serpenteante cola de vehículos que salían de la ciudad.
De fondo sonaba bajito Classic FM , y por una vez nos quedamos sentados en silencio, sin saber muy bien qué decirnos.
—Menos mal que la situación no es nada rara ni nada parecido —dijo por fin, y se me escapó una carcajada que rompió la tensión.
—No. Eso sería terrible.
Me miró de reojo un segundo cuando el tráfico volvió a detenerse y puso una mano sobre la mía. Su mano grande y bronceada hacía que la mía, pequeña y pálida, pareciera la de una niña.
—Lo siento, Bee.
—¿Por qué?
—Sé que las cosas han estado un poco raras y no debería haber dicho nada sobre que tenías resaca en el trabajo el otro día.
—Era dolor de cabeza, no resaca.
Me lanzó una mirada rápida y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba en una sonrisa. Incluso con la luz tenue del interior del coche, pude ver cómo sus oscuros ojos brillaban de diversión.
—Era una resaca como una catedral.
—Vale, de acuerdo. Lo era. Pero tampoco es que lo tenga por costumbre. Y si me hubiera pasado en mi antigua empresa, no habrías dicho ni pío.
—Ya sé que no lo tienes por costumbre. Simplemente me pareció... que no era propio de ti, y supongo que eso me molestó. Sé que el tipo ese te gusta, pero... —Se recostó contra el reposacabezas, con la mirada clavada en la fila de luces rojas que teníamos delante.
—¿Pero qué? —pregunté.
—Supongo que no quiero que cambies. Me gustas tal y como eres.
—¿El qué? ¿Triste y sola?
El tráfico seguía parado y Luca se volvió hacia mí.
—¿De verdad te sientes así?
—¡Claro que no! —dije, esforzándome por quitarle hierro con una carcajada.
A juzgar por la expresión de su cara, Luca no estaba del todo convencido. Y, a decir verdad, yo tampoco. Las palabras simplemente se me habían escapado. A la ligera y sin pensar. ¿De verdad era así como me sentía?
—Deja de mirarme así. Era solo una broma.
Sostuvo la mirada un instante más antes de volver a mirar a la carretera y avanzar un par de metros.
—No voy a cambiar, Luca. Solo me dejé llevar un poco. No volverá a pasar en un día de diario. Lo prometo.
Negó con la cabeza, pero le vi sonreír.
—Y bueno, ¿dónde está esta noche?
—Fuera. En la despedida de soltero de un amigo. Pero ya sabes cómo va esto. Hoy en día nunca es solo una noche, ¿verdad?
—Rara vez. ¿Por cuánto tiempo se ha ido?
—Cinco días, creo.
—¿A algún sitio chulo?
—A Las Vegas.
Luca no dijo nada, pero claro, tampoco le hacía falta.
—Sé lo que estoy pensando.
—Lo dudo.
—Un puñado de tíos en una despedida de soltero y todo ese rollo de «lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas».
—Vale. Entonces sí sabes lo que estoy pensando. Lo que probablemente significa que tú estás pensando exactamente lo mismo.
—Para nada. —Me encogí de hombros—. Tampoco es que vayamos en serio ni nada de eso. Solo hemos salido un par de veces.
De repente, Luca desvió el coche hacia una calle lateral.
—A la mierda con esto. Vente a mi casa. Podemos cenar allí y te llevo a la tuya luego, cuando el tráfico se haya calmado. ¿Te parece bien? Nos vamos a hacer viejos sentados aquí.
—Sí. ¿Por qué no? Con suerte, mi línea de metro ya estará funcionando para entonces. Siempre puedo cogerlo y así te ahorro tener que volver a salir.
—Prefiero llevarte yo.
Luca podía ser un auténtico coñazo a veces, pero tenía un corazón de caballero.
—Gracias, Luca. Sería genial.
Dio la vuelta con el coche y se dirigió hacia el elegante y moderno bloque de pisos donde vivía.
* * *
—Entonces, ¿lo de Las Vegas de verdad no te molesta? Ya sabes cómo es.
Estaba echando ingredientes en una sartén mientras removía.
—Toma, prueba esto. Cuidado, que quema.
—Mmm. ¡Qué rico! ¿Cuándo estará listo? —Me asomé a la sartén desde mi posición privilegiada en uno de los taburetes de la isla de la cocina.
—En una media hora. Pero tengo esto para que vayas aguantando.
Sacó una pequeña bandeja de antipastos de la encimera y la puso delante de mí antes de bajar el fuego y tapar la sartén. Una vez hecho eso, dio la vuelta a la isla, se sentó a mi lado y se unió a mí para picotear.
—De verdad que me sorprende que no estés casado ya —me reí, pinchando un trozo de salami con el tenedor.
—¿A que sí? Soy todo un partidazo.
Mantenía un gesto serio en los labios, pero sus ojos brillaban de júbilo.
—Una lástima lo del ego.
Me hizo una mueca y pinchó un poco de rúcula.
—¿Qué les pasa a los tíos con Las Vegas?
—No sé. Dímelo tú, que eres el tío. Yo fui a la que casi empujaron a un lado para que los relaciones públicas pudieran darte tarjetas de prostitutas cuando fuimos nosotros.
—Sí, la verdad es que fue un poco raro. Quiero decir, podrías haber sido mi novia o mi mujer, y los tipos pasaban por encima de ti para intentar encasquetarme las tarjetas en las manos. ¿Quién hace algo así? —Negó con la cabeza, pinchando un tomate asado relleno de queso—. Un sitio muy raro.
—Obviamente, pensaron que yo no jugaba en tu misma liga como para estar contigo.
—¡Ja, ja, ja! No fue por eso. Y de todas formas, toda esa mierda de las ligas es una estupidez. Lo sabes.
—Eso lo dice el hombre que solo sale con mujeres que podrían protagonizar la portada de una revista de lujo.
—Eso no es verdad.
Le dediqué una mirada de reojo.
—Que no lo es.
—¡Claro que sí!
—Te estás imaginando cosas por culpa de tus propias inseguridades.
—Ni de coña. Vale. Espera. —Me incliné, rebusqué en mi bolso y saqué el móvil. Apoyándolo delante de los dos, hice una videollamada a Tia.
—¡Hola, cariño! ¿Todo bien? Hola, Luc.
Tia estaba recostada contra Jono en su sofá. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera, iba con la cara lavada e increíblemente seguía estando guapísima. Luca la saludó con la mano y me dejó hablar.
—Sí. Una pregunta rápida. Le acabo de decir a Luca que solo sale con mujeres que parecen recién salidas de la revista Vogue , un hecho que él niega rotundamente. ¿Estarías de acuerdo con mi afirmación?
Jono miró un segundo a la pantalla, sonrió y volvió a centrarse en lo que fuera que estuvieran viendo en la televisión.
Tia hizo una mueca.
—Lo siento, Luc, cariño. La verdad es que un poco sí. Tienes un tipo muy marcado, y ese tipo son las mujeres superglamurosas, de piernas largas y aspecto de modelo.
—Yo no tengo un tipo.
—Tío. Tienes un tipo —intervino Jono.
Luca resopló un par de veces.
—Gracias por la solidaridad, colega.
Jono se encogió de hombros y sonrió.
—Vosotros habéis preguntado.
—En realidad, la que ha preguntado ha sido Bee —replicó Luca, poniéndose tiquismiquis, y Jono se limitó a reírse antes de volver a su programa.
—¿En serio no te habías dado cuenta? —preguntó Tia.
Luca frunció el ceño, juntando sus oscuras cejas. Ambas esperamos a que dijera algo, pero parecía perdido en sus propios pensamientos.
—Gracias a los dos. Siento la interrupción.
Se despidieron con la mano y colgué.
—Guau. De verdad que no te habías dado cuenta, ¿eh?
Él negó con la cabeza.
—Oye, nadie te está criticando. No pasa nada. Mucha gente tiene un tipo.
No contestó. En su lugar, se levantó, dio la vuelta hasta el otro lado de la isla, se acercó a la placa y removió la sartén.
—¿Qué pinta tiene? —pregunté, intuyendo que necesitaba un cambio de tema.
—Buena. Entonces, este tío te gusta, ¿no?
Levanté la vista hacia Luca.
—Creo que sí.
—¿Crees que sí? Bee, te has acostado con él. A menos que hayas cambiado de personalidad en las últimas semanas, me imagino que te gusta de verdad. No es propio de ti meterte en la cama a la primera de cambio.
Me sonrojé furiosamente, y el color se intensificó al enfadarme conmigo misma por haberme puesto colorada en primer lugar.
—No me hagas parecer una mojigata.
—¡No lo hago! ¡Estoy diciendo que eres selectiva, no frígida!
—Ah. Pues sí, sí que me gusta. Pero, si tienes que saberlo, no me he acostado con él.
La frente de Luca se arrugó al levantar la vista de la sartén.
—Creí que habías dicho que habíais vuelto a su casa. Di por hecho que eso significaba que la cosa había... —Hizo un movimiento giratorio con la mano que no estaba ocupada removiendo la cena—... pasado al siguiente nivel. Lo cual, como te digo, parece bastante precipitado para ti.