Capítulo 18
—Pareces nerviosa —dijo Adrian en voz baja, deteniéndose mientras sus manos se movían con destreza, bajando despacio la cremallera de mi vestido—. No tenemos que hacer esto, ¿lo sabes, verdad?
Me giré, tiré de él hacia mí y lo besé, dándole todas las indicaciones necesarias para continuar.
Justo cuando sus manos empujaban la tela vaporosa de mis hombros, una melodía estridente y odiosa empezó a resonar por todo el apartamento.
—Es el teléfono del trabajo. Voy a ignorarlo —dijo, agachando la cabeza para besarme el hombro, pero había tensado la mandíbula y se notaba que su mente no estaba centrada en la tarea. El sonido cesó y la paz volvió a reinar. Pero el momento duró poco, ya que el ruido no tardó en empezar de nuevo.
—Deberías cogerlo —dije, dando un paso atrás.
—De verdad que no quiero —rebatió. Sus ojos, por no mencionar otras partes de su anatomía, me dejaron claro que lo decía en serio.
—Lo sé. Pero parecen bastante insistentes. Podría ser importante. —Adrian me sostuvo la mirada un instante, luego cruzó a grandes zancadas el salón de concepto abierto y cogió el teléfono de una mesita auxiliar de cristal.
—¿Sí? —espetó.
Me quedé donde estaba mientras hablaba, soltando preguntas a gritos y algún que otro improperio. Sintiéndome un poco incómoda y expuesta, me volví a subir sutilmente los tirantes del vestido.
—Llegaré lo antes posible. ¡No hagáis nada más! —Apretó la pantalla del teléfono con brusquedad para colgar y se giró hacia mí.
—No pasa nada —dije antes de que pudiera abrir la boca.
—Bee, lo siento muchísimo. Alguien ha metido la pata en los mercados extranjeros y puede que le acabe de hacer perder varios millones a uno de mis clientes.
—Entonces sí que tienes que irte de verdad. —Sonreí—. En serio, no te preocupes. Espero que consigas arreglar el desastre.
—Joder. ¡Yo también! —Se abrochó los pocos botones que yo había deshecho, se atusó un poco la ropa y cogió la chaqueta de donde la había tirado antes sobre el respaldo de una silla, asomándose a uno de los grandes ventanales que, imaginaba, inundarían de luz el apartamento en los días despejados—.
Está cayendo la del pulpo. Deja que al menos te pida un coche.
—Adrian disfrutaba de un servicio exclusivo de limusinas como beneficio de empresa.
—Gracias, sería genial. Aunque tal vez un paseo me ayude a refrescarme un poco. —Me reí, sintiendo cómo se me teñían de rosa las mejillas.
Se detuvo un instante, me rodeó la cintura con un brazo y tiró de mí.
—Prefiero que estés caliente —susurró en mi oído, y el tono rosado evolucionó hasta convertirse en un rojo buzón intenso. Al separarse, me miró a los ojos—. Retomaremos esto en otro momento, ¿vale?
Asentí, sintiéndome algo cohibida y deseando poder mostrarme mucho más segura y confiada, contraatacando con alguna réplica ingeniosa. Adrian me soltó y recogió nuestros abrigos del suelo, donde los habíamos tirado antes, ayudándome a ponerme el mío mientras salíamos a toda prisa del apartamento.
—Tu coche debería llegar de un momento a otro —dijo, al ver que el que había pedido a través de su app exclusiva se acercaba por la calle.
—Gracias. Suerte con los millones. —Me besó en la mejilla, levantó los dedos cruzados y salió corriendo desde el resguardo de la marquesina hacia el coche que lo esperaba.
Me abracé a mí misma mientras veía cómo las luces traseras desaparecían tras la cortina de lluvia y se perdían al doblar la esquina.
Agradecía que Adrian me hubiera ofrecido pedir el coche.
El viento estaba arreciando y la lluvia caía casi de lado cuando me apresuré hacia el elegante vehículo negro que se detuvo, cuyo conductor me informó de a quién venía a recoger.
El recuerdo de mis padres resoplando si necesitaba que me llevaran a alguna parte seguía rondando por el fondo de mi mente; nunca había sido capaz de quitármelo de encima.
Siempre había sentido que era un estorbo en sus vidas y ellos no habían hecho el menor esfuerzo por disipar esa idea.
Me había apuntado a un par de clubes extraescolares, pero la vuelta a casa en autobús siempre corría por mi cuenta.
Si era uno en el que también estaba Luca, sus padres me recogían y me llevaban a casa, repitiéndome una y otra vez que no era ninguna molestia.
Cuando tuve mi recital de ballet a final de curso, mis padres no asistieron.
Me asomé a su calendario y vi que ya tenían un compromiso esa noche.
Era solo una cena informal con amigos que fácilmente se podría haber pospuesto de haberlo querido así, pero para entonces ya había aprendido que si había algo anotado en el calendario, la decisión era inamovible.
En las raras ocasiones en las que tenían el día libre, mi madre solía estar descansando.
Por lo visto, llevar una vida social ajetreada era agotador.
Los Donato, sin embargo, habían venido todos.
Hasta el último de ellos, animando y gritando de alegría cuando salí al escenario.
Les mandaron callar, lo que nos hizo reír a todos, relajándome y dando como resultado, según mi profesora, una de mis mejores actuaciones.
Aquello me había animado a continuar con las clases al entrar en la universidad, cosa que hice, y me encantaba.
Por supuesto, aquello se frenó en seco, junto con el resto de mis estudios, cuando volví a casa después del accidente de papá.
A veces sentía como si alguien hubiera puesto mi vida en pausa aquel día y yo todavía siguiera intentando encontrar el botón de reproducir.
Quizás esta noche, todo esto con Adrian, fuera un comienzo.
Pero había algo que me rondaba la cabeza y no terminaba de descifrar.
Lo aparté, descartándolo como simples nervios, y puse rumbo a casa.
* * *
—¡Madre mía! ¡Vaya tela con el don de la oportunidad! —exclamó Tia cuando la llamé desde el coche.
—Lo sé. Aunque supongo que podría haber sido peor. —Dejé que su imaginación rellenara esos huecos en concreto.
—¡Prefiero ni pensarlo! —Me reí por lo bajo.
—Y bien, ¿qué tal iba la cosa antes del phonus interruptus ?
—Estaba siendo… agradable.
—Ay, no.
—¿Qué pasa?
—¿Agradable? Tienes que admitir que ha pasado bastante tiempo desde la última vez que llegaste tan lejos con alguien, ¿y lo único que se te ocurre decir es que estaba siendo «agradable»? No suena exactamente a una tensión sexual de infarto ni a tirar las paredes abajo a base de gritos.
—No llegamos a la fase de los gritos. —Tia volvió a reírse.
—Me parece justo. Pero ¿qué hay del resto?
—De verdad que me gusta.
—Siento que se avecina un «pero».
—Pero…
—Lo sabía.
—Chis. Pero… ¿es muy raro que haya sentido una especie de alivio cuando lo han llamado para irse?
—Un poco. O sea, no necesariamente raro, pero, Bee, no tienes que llegar tan lejos si de verdad no te sientes cómoda con alguien. —Ahora había preocupación en su tono de voz—. Este reto no iba sobre sexo. Por favor, no me digas que te sientes presionada a…
—No. No es eso. No sé. Supongo que estoy nerviosa sin más. Hace tiempo que no hago esto.
—Cariño, no te preocupes por eso. Saldrá bien.
Pero solo si quieres y cuando tú quieras.
Ya sabes cómo son los hombres con su ego.
Cualquier tío que se crea que es el primero con el que te apetece acostarte desde hace tiempo se pondrá a pasearse como un pavo real luciendo sus plumas.
En serio, no te agobies. Y si de verdad es tan buen chico como necesitas, lo tendrá en cuenta y se asegurará de que te sientas a gusto con todo.
—Sí, supongo. Es solo que no quiero hacer el ridículo.
—Cariño, no lo harás. Madre mía, tía, de verdad tienes que dejar de preocuparte tanto por lo que piensen los demás.
—No siempre es tan fácil como parece, ¿verdad?
—Ya, lo sé. Tus padres te hicieron mucho daño, pero tienes que recordar que vales mucho más que eso. Los demás pueden ver lo que vales y apreciarte. Solo necesitas creértelo, y la única persona que puede ayudarte con esa parte eres tú. —Las lágrimas asomaron a mis ojos de forma inesperada.
—¿Bee?
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Vale… —Alargué la palabra con incertidumbre y se me erizó el vello.
—¿Qué le pasa a Luca? Creía que os habíais reconciliado después de vuestra peleílla o lo que quiera que fuese.
—No creo que fuera una peleílla en realidad, pero ya lo hemos hablado y estaba bien. Hasta que me presenté en el trabajo con resaca, claro. Sé que no fue muy profesional por mi parte y que podía ponerlo en un compromiso, pero me extrañaría mucho que él no haya hecho lo mismo alguna vez.
—Las dos sabemos perfectamente que lo ha hecho.
—Exacto.
—Entonces, ¿cuál es su problema? Intenté preguntárselo cuando te fuiste, pero se cerró en banda.
—Supongo que estaría demasiado ocupado tirándole los trastos a la rubia. Desde luego estaba demasiado ocupado para despedirse en condiciones.
—Ya, me di cuenta. No es propio de él. No sé qué le pasa últimamente. En cuanto te fuiste, se volvió hacia nosotros y ella se marchó poco después. Tampoco es que hablara mucho cuando volvió a prestarnos atención.
—Yo tampoco lo entiendo. Está claro que no le cae bien Adrian; por lo visto cree que es una mala influencia para mí. Pero me da que se debe más a los prejuicios que tiene contra los brókeres que a otra cosa.
—Ya ves. De todas las profesiones que podías elegir… —Tia soltó una carcajada.
—Lo sé —dije, rebuscando las llaves en el bolso mientras aparcábamos delante de mi piso—.
Aunque, para ser sincera, no creo que hubiese importado a qué se dedicase.
Luca seguiría encontrando algo que criticar.
Sé que no es que haya tenido un sinfín de novios, pero cada vez que conozco a alguien, tiene algún defecto, según la Ley de Luca.
—Eso es verdad —contestó Tia en tono pensativo—. Pero, por otro lado, a ti tampoco te ha entusiasmado nunca ninguna de sus novias.