Capítulo 17
—Vale. Es bróker.
Luca les tenía cierta manía a los brókeres desde que uno corrupto había desviado un montón de dinero de varias cuentas, incluidas la suya y las de algunos amigos suyos, y se había fugado a Río de Janeiro con el botín.
Los intentos de extradición seguían siendo complicados y prácticamente ya se había despedido de su dinero.
Por suerte, no había perdido gran cosa en términos generales, pero otro amigo suyo lo había perdido casi todo, incluida su prometida poco después, a la que claramente no le hacía gracia la vida que le esperaba en comparación con la que había planeado.
Luca y los demás habían intentado consolarlo diciéndole que era mejor descubrir ahora las verdaderas motivaciones de la chica, pero el asunto le había dejado un mal sabor de boca.
—¡Precisamente por eso no te lo había dicho!
—¿Qué? Si no he dicho nada.
—Ni falta que hace. Lo llevas escrito en la cara.
—¿Primera cita?
—No. La tercera.
La segunda había sido hacía unos días, cuando quedamos para comer algo después de que él saliera de trabajar y nos pasamos toda la tarde charlando y riendo. Cuando me propuso la tercera cita, me sorprendió lo ilusionada, y emocionada, que estaba.
—Vaya. Ya veo.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—Claro que significa algo, pero voy a llegar tarde y, de todos modos, lo más seguro es que no quiera oír lo que crees que significa, así que mejor me voy.
—¿Dónde has quedado con él?
—En el Bar Rodin.
Asintió.
—No es una mala elección.
—Cuánto me alegro de que lo apruebes.
Se dignó a esbozar una sonrisita.
—Aunque gracias por la invitación.
—Faltaría más. Ya sabes que eres bienvenida cuando quieras.
Miré el reloj de pared, le di un abrazo rápido a Luca, ya que la oficina estaba vacía en ese momento, y me dirigí hacia la puerta.
—Avísame cuando llegues a casa, ¿vale?
Me despedí con la mano para confirmarlo y me marché.
* * *
—Y bueno, ¿qué tal el nuevo trabajo? —preguntó Adrian mientras me sentaba en el taburete a su lado, esta vez de una forma que no le enseñó las bragas a todo el bar.
—Bien. A ver, solo llevo dos días, pero por ahora bien.
—Mejor que el sitio anterior, entonces.
—Sin duda. Aunque seguramente sería difícil encontrar un sitio que no lo fuera.
—Ese tal Donato parece tener la cabeza muy bien amueblada. Parece que tiene el toque del rey Midas.
—Ha trabajado duro para llegar a donde está.
—Supongo. —Se encogió de hombros—. Solo que parece demasiado bueno para ser verdad.
—Te aseguro que no lo es.
Adrian me miró.
—Pareces bastante fan.
—En realidad, es mi amigo.
—Ah, ¿sí?
—Pero no fue así como conseguí el trabajo. Ni siquiera sabía que me habían dado el puesto hasta que llegó hoy a la oficina.
Adrian sonrió. Era una bonita sonrisa. No era despampanante, de esas de estrella de cine como la de Luca, pero poca gente tenía el privilegio de nadar en esa zona vip de la piscina genética. Pero la sonrisa de Adrian me gustaba. Adrian me gustaba, y punto.
—Mejor hablemos de ti —dije, apoyando la barbilla en la mano. Me miró a los ojos y me sostuvo la mirada antes de inclinarse hacia mí.
—He estado pensando en ti todo el día. —Su voz sonó grave e íntima, muy cerca de mi oreja.
Sentí que me ruborizaba, y un calor burbujeante me inundó todo el cuerpo.
—¿Ah, sí?
—Oh, sí —respondió, con los labios todavía cerca de mi oreja, antes de apartarme el pelo suavemente con una mano y rozar sus dedos contra mi mandíbula. El burbujeo aumentó y, sin pensarlo, me incliné más hacia él. Sentí su sonrisa contra mi cuello.
—¿Nos vamos a otro sitio?
Hablar parecía estar temporalmente descartado, así que asentí y le oí reír por lo bajo.
Cogiéndome de la mano, dejó unos billetes sobre la barra y esperó mientras yo me bajaba del taburete.
Por el destello en su rostro, supongo que no logré mantener exactamente el mismo nivel de decoro que había tenido antes.
—Si hubiera sabido que iba a haber taburetes altos de por medio, me habría puesto un vestido más largo.
Adrian sonrió de oreja a oreja.
—Créeme, no me quejo.
Choqué con él y su otra mano se deslizó hasta mi cintura.
—¿Adónde quieres ir?
—Me da igual.
Y, por una vez, era verdad. Por una vez, no sentí la necesidad de planearlo todo. De prepararme para cualquier eventualidad. Me dejé llevar por el momento, y me encantaba.
* * *
Lo que no me encantaba era la resaca monumental que ahora mismo me rebotaba en el cerebro. El champán había parecido una buena idea mientras me relajaba en aquel restaurante de lujo con Adrian. Él había señalado con la cabeza a un grupo de personas en una mesa cerca de la ventana.
—Estrellas de realities —comentó, con un tono de voz que no ocultaba que no lo aprobaba precisamente.
—Ah, ¿sí? La verdad es que no veo nada de eso.
—Sabía que me gustabas por algo. —Sonrió.
—Espero que no sea la única razón —repliqué, envalentonada por el cóctel de antes, al que ahora estaba dando alcance con una copa de Cristal helado.
Un destello de calor asomó a sus ojos y, por debajo de la mesa, una mano cálida me tocó el muslo con cautela.
¿Debería apartarla? La cuestión era que no quería hacerlo.
Quería esto. Nunca había sido de las que disfrutan siendo el centro de atención, y seguía sin serlo.
Pero ser el centro de atención de una sola persona, de alguien por quien empezaba a sentir cosas de verdad, resultaba embriagador y maravilloso.
Me hacía sentir sexy . Ni siquiera estaba segura de saber que podía sentirme así.
Siempre me había parecido que no terminaba de dar la talla.
Pero esta noche, aquí, ahora, sí me sentía así.
Puse mi mano sobre la suya y entrelacé nuestros dedos. Su mano subió un poco más.
—Desde luego que no.
* * *
—Madre mía. Tienes un aspecto de mierda.
La voz de Luca rompió la burbuja de silencio que estaba intentando construir a mi alrededor en la oficina.
—¿No ibas a avisarme cuando llegaras a casa para que supiera que estabas a salvo?
Levanté la vista del escritorio y me encontré con sus ojos oscuros, donde se mezclaban la irritación y la preocupación. Sus labios carnosos formaban una línea severa y llevaba la camisa gris hielo abierta por el cuello, dejando a la vista un triángulo de piel suave y bronceada.
—Ah. Sí. Claro. Lo siento. Se me olvidó. Se me hizo un poco más tarde de lo que pensaba.
¿Estaba gritando? A mí me lo parecía. Me daba la sensación de que todo el mundo estaba gritando.
—Ya veo.
No respondí.
—No creo que sea muy buena idea presentarte en tu tercer día en un trabajo nuevo con una resaca de campeonato, Bee.
Levanté la cabeza de golpe, un movimiento del que me arrepentí al instante, ya que, por lo visto, mi cerebro se había soltado de sus amarras en algún momento durante la segunda botella de champán y ahora rodaba sin sujeción por el interior de mi cráneo.
—Exactamente por esto es por lo que no quería trabajar aquí —susurré—. Pero no te preocupes. Soy más que capaz de hacer mi trabajo. Siento tener dolor de cabeza, pero no me hace gracia que des por hecho que es resaca.
Evidentemente, era una resaca de proporciones épicas, pero no pensaba admitirlo.
—Ya veo —dijo Luca, viendo claramente lo que le daba la gana, que, en realidad, probablemente fuera la verdad.
No tenía intención de emborracharme. Nunca me había presentado a trabajar con resaca.
Simplemente... pasó. Pero, claro, tenía que pasarme hoy.
Aquí—. A lo mejor sería preferible que te cogieras el día libre para recuperarte.
—No. Estoy bien. Gracias. Me he tomado unas pastillas para el dolor de cabeza y seguro que hacen efecto enseguida.
Me arriesgué a levantar la vista y me encontré con los ojos de Luca clavados en mí. Se inclinó sobre el escritorio un momento.
—Si así es como te deja este tío, no creo que te convenga. En cualquier otro sitio podría haber hecho que te despidieran.
—¡Él no me obligó a beber! —le solté, olvidando por un momento que se suponía que estaba negando lo de la resaca.
—Ese no es el problema. Sabe que acabas de empezar en un trabajo nuevo y las primeras impresiones cuentan. —Dejó un vaso grande de agua en mi escritorio—. Bébete esto y tómate más paracetamol en cuanto puedas. Y come algo. Hay de todo en la cocina. Te ayudará.
Dicho esto, giró sobre sus caros zapatos y caminó a grandes zancadas entre los escritorios de vuelta a su despacho.
Cerró la puerta sin mirar atrás y se sentó.
Tenía la mandíbula apretada e irradiaba tensión.
Le había decepcionado. La fe que había depositado en que yo sería un miembro valioso para su equipo claramente se había tambaleado y, al ver mi reflejo en un panel de espejo de la pared que había cerca, la verdad es que apenas podía culparle.
Luca estaba hablando por teléfono cuando me marché esa tarde y, tras intercambiar unos cuantos mensajes con Adrian —un par de los cuales me pusieron tan roja como el pequeño tren rojo del DLR en el que iba ahora mismo—, apagué el móvil, entré en mi piso y me fui directa a la cama.
* * *
Cuando encendí el teléfono a la mañana siguiente, sintiéndome bastante más humana, vi que me habían llegado varios mensajes perdidos de Luca. Cerré la puerta de la calle a mis espaldas y marqué su número.
—Hola.
—Hola.
—He visto tus mensajes. Lo siento. Tenía el móvil apagado.
—No pasa nada. No pretendía interrumpir tu velada. Solo quería saber cómo estabas.
—No interrumpiste nada. Llegué a casa y me fui directa a la cama.
—Ah. —Hizo una pausa—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí, gracias. Voy de camino al trabajo. Suponiendo que aún tenga un puesto ahí.
—Por supuesto que lo tienes.
—Menos mal.
—Simplemente creo que es un poco irresponsable por parte de Adrian... —dijo con cierto retintín al pronunciar su nombre— ...poner en peligro tu trabajo.
—Simplemente nos dejamos llevar un poco.
Se hizo el silencio por un momento.
—Ya.
—Luca, ¿te pondrías así si estuviera trabajando en otro sitio?
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Vale. ¿Pero puedes dejarlo ya? Fue un error, lo sé, pero tú tampoco eres perfecto.
—Nunca he dicho que lo fuera.
—Lo sé, pero ya me sentía mal y lo estás empeorando.
Me dirigí hacia un asiento libre justo cuando una mujer con un bolso gigantesco, y el móvil en altavoz, se me cruzó y se dejó caer en él.
—Será posible...
—¿Qué pasa?
—Parece que esta mañana llevo puesta la capa de invisibilidad otra vez.
—Pues quítatela.
Esa era siempre la respuesta de Luca cuando decía algo así.
Nunca se lo tomaba en serio, y me frustraba que pensara que era tan fácil cambiar.
Él nunca había sido invisible para la gente.
Su familia se había encargado de ello, y su confianza tenía unos cimientos muy sólidos.
Mis cimientos, en cambio, estaban construidos sobre arena, deslizándose bajo mis pies cada vez que intentaba afianzarlos.
Pero quizá algún día eso cambiara. Había probado un pedacito de ello con Adrian.
A lo mejor eso era lo que hacía falta. Que alguien creyera que valía la pena fijarse en ti.
A ver, Luca siempre lo había dicho, pero le conocía desde hacía tanto tiempo que era diferente.
Estaba claro que él diría algo así. Pero Adrian era imparcial y se había fijado en mí.
Se había fijado de verdad, y cuando estaba con él, por primera vez, sentía que me veían.
Aunque Luca no le diera el visto bueno, lo haría en cuanto le conociera. Estaba segura.
* * *
—No me gusta —dijo Luca en cuanto Adrian desapareció para contestar a una llamada.
Unos cuantos habíamos improvisado una quedada rápida en el pub antes de separarnos cada uno por nuestro lado. No era un encuentro planeado, y le había pedido perdón a Adrian antes de que llegara demasiada gente, diciéndole que nos podíamos ir si quería.
—No quiero que pienses que te estoy forzando a conocer a mis amigos —me había agobiado yo, dudando en la puerta.
Él le había restado importancia con un gesto, me había apartado el pelo de la cara y, en lugar de contestar, me había besado, tirando de mí hacia él al hacerlo.
¿Qué pensaría mi madre de mí, ahí plantada a plena luz del día (vale, debajo de una farola con el frío de finales de otoño), morreándome con un hombre?
Pensé que probablemente estaría horrorizada, y sonreí contra sus labios.
—¿De qué te ríes? —me preguntó.
—De nada —respondí, apoyándome en él, dispuesta a sonreír de nuevo.
—Buenas noches.
El tono grave de Luca rompió el momento y me eché hacia atrás, un poco sobresaltada.
—¡Luca, hola!
Sus ojos estaban fijos en mí; sonrió, pero había algo raro en esa sonrisa. Se inclinó y me dio un beso en la mejilla.
—Ehm, este es Adrian.
—Me lo había imaginado —dijo, tendiéndole la mano, que Adrian aceptó—. Luca Donato. Un amigo de Bee.
—Hola. —Adrian asintió—. Encantado de conocerte. Estábamos a punto de entrar. ¿Te pido algo de beber?
—Claro.
Luca dio un paso adelante, nos sujetó la puerta a los dos y entró detrás de nosotros.
* * *
—¿Por qué no? —pregunté, bajando el tono todo lo que pude hasta convertirlo en un susurro en medio de aquel ruidoso pub.
—No lo sé. Tiene algo.
—Ya, claro.
—Lo digo en serio. Ten cuidado.
—Sé lo que me hago, Luca.
Se recostó en la silla, asintió y levantó las manos con las palmas hacia arriba.
—Es que no le conoces lo suficiente.
Volvió a asentir y yo me di por vencida, poniéndole una mueca a Tia justo en el momento en que Adrian volvía a unirse a nosotros, mirando el reloj.
—Será mejor que nos vayamos si queremos llegar a esa reserva en Nobu.
Por el rabillo del ojo, vi que Luca ponía los ojos en blanco.
—¡Genial! —dije, levantándome y cogiendo el bolso. Abracé a Tia y me despedí de los demás con la mano. Tia le dio un codazo a Luca, que se había girado en la silla y estaba charlando con una rubia de piernas kilométricas de la mesa de al lado.
—Adiós, Luca.
Se despidió con un gesto rápido de la mano y volvió a su conversación. Miré a Tia, que parecía tan incómoda como me sentía yo. Luca nunca dejaba que sus amigos se marcharan sin darles un abrazo o un beso en la mejilla.
Cuando salimos a la calle, miré el mensaje que me había llegado al móvil.
Pasa de él. Solo está distraído. A esa tía le llegan las piernas a las axilas y siguen para arriba .
Bendita fuera Tia por intentar suavizar la situación, pero las dos sabíamos que Luca no estaba actuando como él mismo, y ninguna de las dos sabía por qué.
Sin embargo, no pensaba dejar que eso arruinara mi velada.
En su lugar, me giré hacia alguien que sí tenía el tiempo y las ganas de estar conmigo, y me acurruqué contra Adrian mientras paraba un taxi y nos subíamos en él.