Capítulo 16
Luca parpadeó y volvió a mirarme, en una reacción casi cómica, cuando me vio sentada en el escritorio de sus oficinas a primera hora de la mañana siguiente.
Le hice un pequeño saludo con la mano, un tanto avergonzada, y esbocé una sonrisa forzada mientras él cambiaba de rumbo y echaba a andar hacia mí.
Alguien lo interceptó y pude ver cómo intentaba concentrarse en la charla, pero no dejaba de mirarme de reojo, como si quisiera clavarme en el sitio con la mirada hasta obtener una explicación de qué estaba haciendo allí.
Le dio una palmadita en el brazo al chico con el que estaba hablando y reanudó sus largas zancadas hacia mí.
—Hola —dije con toda la normalidad que fui capaz de aparentar.
—Hola —respondió él, con una expresión a medio camino entre una sonrisa y la más absoluta de las confusiones.
—¿Qué tal el fin de semana?
—Bien —contestó distraído—. Muy bien.
—Excelente.
Se hizo una larga pausa y Luca se inclinó un poco sobre mi escritorio; bajó la voz.
—No te lo tomes a mal, pero ¿qué demonios haces aquí?
—Trabajar.
Pestañeó, frunció el ceño y volvió a pestañear.
—Pero... tú no trabajas aquí.
—Ahora sí. Bueno, al menos durante las próximas dos semanas.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
Se irguió.
—Vale. Estoy muy confundido. ¿Quieres venir a mi despacho y explicarme las cosas con un poco más de claridad?
Eché un vistazo a mi alrededor con disimulo.
—¿No va a quedar un poco raro que metas a la temp en tu despacho a los dos minutos de conocerla?
—Bee. Te conozco desde que tenías cinco años, no desde hace dos minutos.
Hizo un gesto señalando su despacho, un enorme cubo de cristal al fondo de la sala.
—Además, siempre intento conocer a todo nuestro personal. No quedará raro.
—Entonces, ¿por qué está todo el mundo intentando no mirarnos fijamente?
—No lo están haciendo. Solo estás paranoica, como de costumbre. Venga. No me obligues a despedirte en tu segundo día.
—Ja, ja. Qué gracioso.
Estaba claro que lo decía en broma, pero no pude evitar que el estómago me diera un vuelco al resurgir mis antiguas reticencias sobre trabajar para Luca.
—Estaba bromeando. —Luca suspiró y se pellizcó el puente de la nariz.
—Ya lo sé.
—Pues intenta decírselo a tu cara. —La sonrisa de Luca asomaba de nuevo.
Tenía que trabajar mi indiferencia.
Luca cerró la pesada puerta de cristal a mis espaldas y me señaló la silla frente a su escritorio mientras él se sentaba en la suya, una butaca grande de cuero suave como la mantequilla, y echaba un vistazo rápido a los memorandos y el papeleo apilados cuidadosamente sobre la mesa de madera de fresno pálido.
—Bueno, ¿de qué me he perdido? ¡Solo he estado fuera cuatro días!
—Mmm... Bueno, digamos que dejé mi trabajo.
—¿«Digamos que dejaste» tu trabajo o lo dejaste de verdad?
—Lo dejé de verdad.
—¿Cuándo?
—Hace poco más de una semana —solté sin tapujos. Ya no tenía sentido andarse por las ramas.
Las cejas se le dispararon hasta la raíz del pelo.
—¿Hace una semana? Y me entero ahora.
—Parecías distraído con tus cosas últimamente.
—Habría tenido tiempo para esto.
—Estuve a punto de decírtelo el viernes, pero cuando te devolví la llamada, después de que me avisaran de que querían a alguien temporal aquí, estabas saliendo a toda prisa por la puerta y no quise retrasarte.
—Deberías haberlo hecho.
—¿Por qué?
—Porque esto es importante.
Me encogí de hombros.
—No es para tanto. —Le miré a la cara—. A menos que te parezca mal que esté aquí.
—Me lo parece.
—Ah.
—Pero no por el motivo que estás pensando, a juzgar por tu cara. Ya sabes que llevo años intentando traerte aquí y siempre te has negado. Solo tengo curiosidad por saber qué suceso trascendental ha ocurrido para que dejaras ese trabajo sin futuro y te vinieras aquí.
Dejé escapar un profundo suspiro.
—Me llamaron al despacho de la jefa para decirme que, una vez más, no me iban a dar un aumento de sueldo ni un plus. Varios de mis compañeros sí lo recibieron, a pesar de que siempre era yo la que arreglaba sus desastres y les sacaba las castañas del fuego.
—Deberías haber dejado que limpiaran sus propios desastres.
—Ya lo sé. Pero no soy así. Además, de alguna manera, todo habría acabado salpicándome a mí.
—Pero, corrígeme si me equivoco, esa situación lleva dándose bastante tiempo. Ni siquiera recuerdo la última vez que te dieron un aumento o un plus. Así que, ¿por qué ahora?
—Supongo que simplemente tuve un mal día.
Luca ladeó la cabeza y levantó una ceja. A veces, que la gente te conozca tan bien puede resultar increíblemente fastidioso.
—Vale. Estaba disgustada porque nos habíamos peleado...
—No nos habíamos peleado —afirmó Luca con rotundidad.
—Pues a mí me lo pareció.
Negó ligeramente con la cabeza.
—¡Pues sí! En fin, yo ya no estaba en mi mejor momento y luego pasó eso, y supongo que fue la gota que colmó el vaso.
—Me alegro.
—¿Que te alegras? —repetí—. ¡Pues no es para tanto! Dudo mucho que vayan a escribirme una recomendación decente a corto plazo después de haberme largado dando un portazo.
Sus dientes blancos resaltaron contra el suave tono oliváceo de su piel cuando esbozó una amplia sonrisa.
—¿Pegaste un portazo?
Intenté no sonreír, pero con Luca mirándome así, era difícil no hacerlo.
—Puede que sí.
—Lo hiciste. ¡Te largaste dando un portazo!
Su carcajada llenó el despacho y, al otro lado de las paredes de cristal, vi a unas cuantas personas girar la cabeza con un disimulo bastante fingido.
—¡Chist! Estás llamando la atención.
—¿Acabas de mandar callar a tu nuevo jefe?
—No. He mandado callar a mi viejo amigo. Es completamente distinto.
Luca volvió a reírse.
—Pero ¿cómo has acabado aquí? O sea, obviamente siempre tuviste la puerta abierta, pero...
—¡En la agencia no saben que te conozco! No lo he conseguido así. La semana pasada fui a un montón de entrevistas para puestos fijos y luego, cuando hablaba contigo el viernes, me llamaron de la agencia y me dijeron que tenían un puesto de temp aquí para un par de semanas.
—Cuando no contrato directamente a alguien, me he dado cuenta de que es una buena manera de poner a prueba a la gente y ver si encajan.
—Tiene sentido. —Dudé.
—Estuve a punto de no aceptarlo.
—¿Por qué?
—Por todas las razones que te he enumerado a lo largo de los años.
—¿Y qué tiene de diferente esta vez?
—Que tengo facturas que pagar y no tengo trabajo. A falta de pan, buenas son tortas.
No dijo nada.
—Eso ha sonado fatal.
—No estoy seguro, pero lo dejaré pasar. Lo importante es que estás aquí. Solo que ojalá me hubieras contado que dejaste tu otro trabajo cuando pasó. Como dijiste el otro día, creía que nos contábamos todo.
—Y lo hacemos. Casi todo. —Le dediqué una mirada significativa y un leve rubor le tiñó las mejillas.
—Entendido. Pero esas eran circunstancias especiales.
Me encogí de hombros.
—Estas también. Sabía que querrías arreglarlo dándome un puesto aquí y nunca sentiría que me querían por lo que valgo y por mis habilidades.
—¡Precisamente por eso te quiero aquí! —exclamó Luca, levantando los brazos justo en el momento en que una mujer alta y esbelta, con un cabello rojo fuego y un cuerpo de infarto, llamó a la puerta y entró sin esperar a que la invitaran.
Mantuvo un semblante inexpresivo, pero yo había visto cómo sus ojos iban de mí a Luca al escuchar semejante declaración. Genial. Fantástico.
—Siento interrumpir, Luca. Solo quería recordarte que a las once tienes una reunión con el señor Takahashi sobre el proyecto de Tokio.
—Sí. Gracias, Carrie.
Ella asintió, me dedicó una breve sonrisa y luego se dio la vuelta para salir de la sala, dejando entrever el destello rojo de la suela de sus tacones de diez centímetros.
—Guau.
—¿Qué?
—Es espectacular.
—Es una buena asistente personal. Eso es lo único que me importa.
—Y da la casualidad de que es un cañón. ¿Cómo es que nunca habéis estado juntos?
—Sería demasiado complicado. Además, nunca mezclo los negocios con el placer.
Le saludé con la mano, irónica.
—Tú eres diferente —se justificó.
—¿Por qué?
—Porque...
—Espero que seas un poco más erudito en tu reunión de las once.
—Sabionda.
—Entonces, ¿por qué es diferente?
—Porque lo es. Eres excelente en lo que haces y te conozco de toda la vida. No es lo mismo que...
Buscó las palabras adecuadas.
—¿Amigos con derecho a roce?
—Algo así.
—Pero ¿y si es la mujer de tu vida?
—No lo es.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Está prometida con un tipo con pinta de vikingo llamado Olaf.
—¿Olaf?
—Olaf. ¿Podemos cambiar de tema?
—Sí, supongo. Tengo que irme y seguir con mi trabajo antes de que me despidan.
—No te van a despedir.
—Solo llevo aquí dos días. Aún hay tiempo de sobra.
—¿Para que te largues dando un portazo?
—No sería la primera vez.
—Bueno. Me alegro muchísimo de que por fin reunieras el valor para pegar ese portazo y les dijeras por dónde se podían meter su trabajo.
Me daba muchísima rabia ver cómo se aprovechaban de ti durante tanto tiempo.
Pero espero que aquí no encuentres ningún motivo para marcharte, ahora que por fin hemos conseguido que entres por la puerta. ¿Te está gustando lo que haces?
—Obviamente todo es nuevo pero, por lo que me han enseñado y las tareas que tengo ahora mismo, sí —respondí con sinceridad—. La verdad es que sí. Sienta muy bien poder volver a usar la cabeza en el trabajo.
Sonrió y echó la silla hacia atrás. Yo también me levanté y me di la vuelta para ir hacia la puerta.
De repente me giré de nuevo, sin darme cuenta de que Luca me había seguido, y reboté contra su ancho pecho.
Unas manos grandes y cálidas me agarraron por la cintura y me estabilizaron por un segundo.
—Siento no habértelo contado todo antes. Fue muy raro no hacerlo. Es que ha sido una semana un poco extraña.
—Lo sé. Y sé que gran parte de la culpa es mía. Lo siento.
Fui a tirar de la puerta de cristal, pero Luca se adelantó y me la abrió.
—Gracias.
—Luego nos ponemos al día.
—Vale. Suerte con la reunión.
—Gracias.
Levantó la mano con los dedos cruzados y yo sonreí antes de volver a mi sitio.
Por inercia, agaché la cabeza intentando no llamar la atención.
Pero algo hizo clic en mi cabeza. No había hecho nada malo.
Vale, conocía al jefe. ¿Y qué? No era así como había conseguido el puesto.
Haciendo un esfuerzo monumental, levanté la barbilla, fijé la vista en mi escritorio y caminé hacia él.
Me había pasado años siendo invisible en el trabajo. Ya iba siendo hora de que eso cambiara.
* * *
—¿Te vienes a cenar a casa? —preguntó Luca mientras yo recogía mis cosas al final de la jornada. Los escritorios de alrededor estaban vacíos, ya que me había quedado un rato más para terminar una tarea pendiente.
—Me encantaría. —Le sonreí y Luca me devolvió la sonrisa; el brillo de sus ojos destacaba bajo la cálida luz ecológica de la oficina.
Los horribles tubos fluorescentes de mi anterior trabajo, junto con los dolores de cabeza que solían provocarme, eran otra de las cosas que no echaba de menos en absoluto—. Pero tengo una cita.
—¡Ah! —Su sonrisa se apagó por un instante—. Claro. En otra ocasión será.
—Sin duda. Aunque me sorprende que tú no tengas planes, la verdad.
—Nadie me ha llamado la atención.
Le dediqué una mirada de incredulidad mientras metía el móvil en el bolsillo lateral del bolso.
Se encogió de hombros.
—Es la verdad.
—Estoy segura de que tendrás otra legión de posibles candidatas en cuanto vuelvas a mirar tu bandeja de entrada dentro de unos cinco minutos. —Sonreí de oreja a oreja.
—Ja, ja. ¿Y con quién has quedado?
—Se llama Adrian.
Luca arrugó la nariz.
—¿Qué pasa?
—Que no te veo con un Adrian.
—¿Ah, no? ¿Y con quién me ves?
Se encogió de hombros.
—Menudo argumento.
—¿A qué se dedica?
—Sector financiero.
—Eso abarca muchos pecados.