Vivir tu mejor vida Capítulo 15
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Capítulo 15

—¡Tienes que aceptarlo! —dijo Tia cuando la llamé—. ¿Cuál es el problema?

—Sabes perfectamente cuál es el problema. Es la empresa de Luca.

—¿Y? Si no recuerdo mal, una de tus preocupaciones era que los demás pensaran que habías conseguido el trabajo solo por ser amiga del jefe.

—Exacto.

—Bueno, teniendo en cuenta que aún no sabe que te largaste dando un portazo de tu último trabajo ni que estás en la lista de una agencia, puedes tachar ese motivo de la lista, ¿no?

—No me largué dando un portazo.

En realidad, sí que había dado un buen portazo. La única vez que había hecho algo así en mi vida, pero eso no venía al caso.

—Claro que sí. Y si no lo hiciste, deberías haberlo hecho. En fin. Al menos pruébalo, Bee. Te mereces algo bueno después de haberte dejado la piel en ese sitio sin futuro durante tantos años.

—Gracias por el cumplido.

—De nada.

Le hice una mueca a la pantalla, pero Tia le restó importancia con un gesto.

—¿Se lo vas a decir a Luca ahora?

—Supongo que tendré que hacerlo. —Me encogí de hombros otra vez—. Estaba hablando con él cuando llamó la agencia, así que tengo que devolverle la llamada de todas formas.

La llamada sonó durante un buen rato antes de que Luca descolgara.

Hubo un breve destello de su cara antes de que se apartara otra vez; dejó el móvil apoyado en la lámpara de su mesilla de noche, lo que me ofreció una vista de él mientras iba de un lado a otro de su dormitorio y metía varias cosas en una bolsa de viaje.

—¿Interrumpo? —pregunté—. No sabía que te ibas a algún sitio.

—Cosa de última hora —me gritó desde el otro lado de la habitación—. Un par de colegas han organizado una escalada en el Peak District.

—¿Cuándo te vas?

Le vi echar un vistazo rápido a la esfera de su carísimo pero sorprendentemente sencillo reloj. Sabía que se lo cambiaría antes de irse por uno mucho más complicado que parecía hacer de todo menos preparar el té. (Esa omisión por parte de los fabricantes era un grave error, si me preguntabas a mí).

—En unos cinco minutos. ¿Todo bien?

Cinco minutos no eran suficientes para explicar la última semana.

En teoría, podría decir: «Sí. Solo quería avisarte de que por fin me largué de mi curro de mierda la semana pasada y empiezo en tu empresa como empleada temporal el lunes» dentro de ese tiempo, pero sabía que Luca se detendría y querría los detalles, y no estaba dispuesta a fastidiarle el viaje.

—Sí. Nada que no pueda esperar. Te dejo con el equipaje. Pásatelo bien e intenta no caerte de ningún sitio ni dentro de él.

—Haré lo que pueda.

Luca se acercó al teléfono, me dedicó su característica sonrisa y me lanzó un beso solo ligeramente sarcástico. Me despedí con la mano y colgué.

Rápidamente, le mandé un mensaje a Tia.

Lo he llamado para contárselo. Se va de viaje a otra de sus estúpidas aventuras, así que no he tenido ocasión. Se lo diré en cuanto pueda. Por favor, ¡no te vayas de la lengua si hablas con él!

Casi de inmediato, vi que estaba escribiendo una respuesta.

¡Yo no soy una bocazas!

Tres emojis con cara de sorpresa acompañaban a esta declaración.

Vale. Solo aviso de que aún no se lo he dicho por si pensabas que sí xx

Me envió un pulgar hacia arriba seguido de un par de besos.

Veinte minutos más tarde, me mandó una foto de un almuerzo que tenía una pinta deliciosa, acompañado de una copa alta de champán helado, a juzgar por la condensación del cristal.

Le contesté con un gif de «ñam» y seguí con las tareas mucho más triviales y aburridas que se acumulaban a la espera de mi atención.

* * *

Me removí en mi asiento e intenté relajarme mientras Adrian hacía una pausa para servir el excelente vino que había elegido. Le había dejado elegir a él porque, al figurar solo los nombres en la carta, mi método habitual de guiarme por la etiqueta más bonita era un poco más difícil de aplicar.

Volvió a colocar la botella de blanco con cuidado en la cubitera antes de clavar sus ojos azul pálido en mí.

—No te lo estás pasando bien, ¿verdad?

—¡No! O sea, ¡sí! Me lo estoy pasando bien.

Sentí cómo la sangre me subía a la cara, y experimenté una segunda oleada de calor al avergonzarme por estar avergonzada.

Puso una cara de desconcierto que resultó adorable.

—Vale. Esto puede sonar raro.

Cruzó las manos sobre la mesa.

—Vale.

—Es solo que estoy disfrutando y parece que la cosa va bien. O al menos eso creo...

Si mis mejillas se ponían más rojas, corría el riesgo de distraer a los aviones que aterrizaran en Heathrow.

—Yo también lo creo. —Me sonrió.

—Ah. Claro. Bien. Qué bien —atropellé las palabras, dándome una bofetada mental—. Es solo que últimamente he tenido unas cuantas citas a través de la app y nunca han ido tan bien.

Él enarcó una ceja inquisitiva.

—Eso es quedarse corta, la verdad.

Adrian empujó la copa ya llena hacia mí.

—Suena a que esto puede ser interesante...

Dos horas más tarde, iba traqueteando en el DLR, mirando por la ventanilla los cuadraditos de luz de los edificios de oficinas y apartamentos, y contemplando las luces brillantes del aeropuerto de London City, antes de envolverme bien con el abrigo a medida que el tren entraba en la estación término, lista para enfrentarme al frío que se había colado durante la tarde y que ya se había asentado para pasar la noche.

Durante todo el trayecto estuve pensando en Adrian, e hice todo lo posible por disimular la cara de boba de campeonato que estaba segura de tener pintada en el rostro.

Habíamos hablado, reído y comido bien. El vino había fluido con la misma facilidad, pero por suerte la comida del restaurante italiano que él había elegido había hecho un buen trabajo absorbiendo gran parte del alcohol.

O al menos lo suficiente para dejarme relajada pero no borracha.

Adrian era interesante y divertido, y parecía pensar lo mismo de mí; me escuchaba cuando hablaba y me hacía preguntas.

Había sido... bonito. Y, tenía que admitirlo, una sorpresa.

Me había acostumbrado a sentirme como una extra o, más a menudo, invisible.

Eso era hasta que alguien quería algo. Entonces, por supuesto, ahí estaba yo: cuando podía ser de utilidad.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez sí tenía algo que ofrecer al mundo después de todo.

Adrian se había mostrado con muchas ganas de volver a verme y se había despedido con un suave, y muy casto, beso en la mejilla.

En secreto, yo había esperado algo más y desde luego no habría puesto pegas.

Algo me decía que él sentía lo mismo, pero había sido un perfecto caballero...

lo cual, en cierto modo, lo hacía muchísimo más sexi.

* * *

—¿Entonces le vas a volver a ver? —chilló Tia emocionada por teléfono mientras yo caminaba a paso ligero hacia el metro para empezar mi primer día como trabajadora temporal en Donato Solutions.

—Así es.

Volvió a chillar y me separé un poco el móvil de la oreja hasta que terminó.

—¿Ya has acabado? —me reí.

—Seguramente no —me devolvió la carcajada—. Me alegro muchísimo por ti, Bee.

—Solo fue una primera cita, Tia —le recordé, intentando que la emoción que burbujeaba en mi interior no se filtrara en mi tono de voz.

—Ya, pero puedo escucharlo en tu voz.

Hasta ahí llegó esa táctica, entonces.

—Estás emocionada. Y, sin ofender, pero eso es bastante inusual en ti.

—No estoy del todo segura de si ofenderme por eso o no, porque me hace parecer terriblemente aburrida, pero, como estoy de buen humor, te daré el beneficio de la duda.

Volvió a soltar esa risa tan genial que tenía.

—Gracias. ¿Cómo te sientes con respecto a hoy?

Un pequeño nudo de ansiedad se formó en mi estómago.

—Un poco nerviosa, si te soy sincera. Pero necesito un trabajo y es lo que ha salido. Al menos me dará la oportunidad de ver qué tal es trabajar allí sin necesidad de comprometerme del todo.

—Hala.

—¿Qué?

—Nada.

—Bueno, obviamente es algo. Has dicho «hala».

—Es que suenas... no te lo tomes a mal.

—Eso no suena bien.

—Lo digo con buena intención.

—Suéltalo ya, anda.

—Es que suenas un poco menos aterrorizada por todo. Como si por fin estuvieras asomando un dedo del pie por fuera de esa mantita de seguridad a la que sueles aferrarte con tantas ganas.

No dije nada, pero el hecho de que Luca hubiera hecho un comentario muy similar sobre mí y las zonas de confort estaba revoloteando por mi cerebro.

—¿Bee? ¿Sigues ahí?

—Sí.

—¿Estás enfadada?

—No. Es solo que... no me había dado cuenta de que así es como me veía todo el mundo.

—No es malo. Se llaman zonas de confort por algo.

Nos gustan. Es solo que todos sabemos que tienes muchísimo más que ofrecer de lo que te estabas permitiendo.

Y ahora parece que tú también te estás dando cuenta de eso.

Te queremos, y es difícil verte no exprimir tu potencial.

Este es un gran paso y estoy muy orgullosa de ti.

—¿Estás llorando?

—¡No! Claro que no —dijo, sorbiéndose los mocos de forma ruidosa—. Es fiebre del heno.

—Estoy bastante segura de que vas con varios meses de retraso para usar esa excusa en concreto.

—Alergia, entonces.

Sonreí de oreja a oreja.

—Te quiero, Tia.

—Y yo a ti, nena. Arrasa hoy.

—Haré lo que pueda.

—Avísame de qué tal te va con Luca.

—Mmm. Sí. Serás la primera en saberlo.

Colgamos y me dirigí hacia la entrada de la estación, pasé mi tarjeta Oyster por el lector y me subí a uno de esos trenes sin conductor que se dirigían a la City.

* * *

—Este es tu escritorio —me indicó Jo, la mujer de Recursos Humanos, mientras me acomodaba con una sonrisa y comprobaba si necesitaba algo más.

Era una experiencia nueva para mí, ya que, aunque estaba segura de que había un montón de gente agradable en Recursos Humanos por el mundo, la mayoría de aquellos con los que mis amigos y yo nos habíamos topado parecían andar un poco escasos de simpatía y empatía y, en ocasiones, hasta de humanidad.

Cualidades que, en teoría, deberían ser requisitos indispensables para esos puestos.

Pero parecía que Luca había encontrado para su propio departamento a alguien que reunía todas esas virtudes y más. Faltaría más.

—Normalmente el señor Donato estaría aquí para darte la bienvenida, pero hoy está fuera.

De hecho, yo ya lo sabía, y por eso estaba un pelín más relajada.

Bueno, todo lo relajada que se puede estar cuando eres la chica nueva.

Al salir de la estación, cuando mi móvil recuperó la cobertura, me había entrado un mensaje de Luca diciendo que se iban a tomar un día más para seguir escalando y que, sí, seguiría haciendo todo lo posible para no caerse.

Le había mandado una respuesta rápida deseándole que se lo pasara bien, justo antes de empujar una pesada puerta de cristal para entrar en el vestíbulo de su edificio.

—Ah, no pasa nada —respondí.

—Seguro que viene a verte en cuanto vuelva —añadió Jo—. Se empeña en conocer a todo el personal nuevo. Es un jefe fantástico. Siempre tiene tiempo para todo el mundo.

Sonreí, sintiéndome un poco incómoda. ¿Debería decirle que lo conocía?

Si no lo decía ahora, ¿se preguntaría por qué me lo había callado cuando se enterara?

Pero también quería demostrar que había conseguido el puesto, aunque fuera de temp , por mis propios méritos y no solo por ser colega de Luca.

Por muy amable que fuera la gente, la naturaleza humana tiende a pensar que no importa lo que sabes, sino a quién conoces. ¡Uf! ¿Qué debería hacer?

—¿Te apetece un té o un café?

—¡Ah! Mmm, no. Estoy bien, gracias. Llevo agua en el bolso.

—Vale. Bueno, no olvides que hay una gran variedad de bebidas y tentempiés en la cocina. Sírvete tú misma.

—Gracias, lo haré.

—Ah, aquí está Colin. Él te preparará todo lo necesario para trabajar. Colin, esta es Bee, nuestra salvadora informática —rio ella, tocándome el hombro—. Le he dicho que tú la instalarías.

Colin sonrió y me estrechó la mano mientras Jo se volvía hacia mí.

—Mientras tanto, estoy en la extensión 232. Si tienes cualquier duda, dame un toque.

—Gracias, Jo. Lo haré.

—Muy bien —dijo Colin mientras Jo se alejaba, con su impecable moñito rebotando alegremente—. He visto tu currículum, así que estoy bastante seguro de que ya podrías darme mil vueltas, pero te prepararé todo para que puedas empezar.

—Seguro que no es para tanto. —Sonreí, sintiéndome un poco incómoda.

Colin rio con naturalidad.

—De verdad que sí, pero no pasa nada. Me gusta lo que hago y lo hago bien, así que todos contentos.

—Me parece justo.

Sonrió, acercó una silla y se dispuso a enseñarme los entresijos del sistema.

* * *

Las cinco llegaron mucho más rápido de lo habitual y, por una vez, no estaba deseando salir corriendo por la puerta, suspirando de alivio porque otra jornada laboral hubiera terminado.

La verdad es que lo había disfrutado, lo cual era una sensación novedosa.

Me había concentrado y había sacado el trabajo adelante, pero no me sentía exhausta como de costumbre mientras caminaba de vuelta a la estación para coger el tren a casa.

Un torbellino de emociones burbujeó en mi cuerpo al pensar que había desperdiciado todos esos años en un trabajo sin futuro que odiaba, simplemente porque, como había dicho Tia, era demasiado insegura como para poner un pie fuera de mi zona de confort.

Ya me encantaba lo que estaba haciendo en Donato Solutions, pero seguía siendo consciente de que aún no le había dicho a Luca que había dejado mi antiguo trabajo, y mucho menos que había empezado a hacer de temp en su empresa.

Además, todos habían sido superamables...

¿Cambiaría la cosa cuando se enterasen de que era íntima de Luca?

Estaba claro que era muy popular, pero no dejaba de ser el jefe; no quería que pensaran que era una espía infiltrada.

—Le estás dando demasiadas vueltas —dijo Tia cuando se lo solté mientras preparaba algo de pasta para cenar. Por una vez, no me estaba atiborrando de un plato precocinado al microondas. Vale, solo era pasta con salsa, pero no dejaba de ser un avance.

—¿Tú crees?

—Sep. Como siempre.

—Gracias.

—De nada. ¿Has hablado ya con Luca?

—No. Me ha mandado un mensaje diciendo que nos pondremos al día mañana, ya que no volverán hasta tarde esta noche.

—Ah.

—Sí. Ah. No creo que espere ponerse al día conmigo en su propia oficina.

—Se lo tomará bien.

—Es que no quiero que sienta que he hecho algo a sus espaldas.

—Ya estás otra vez. Deja de preocuparte. Y ahora, ¿cuándo vuelves a ver al tal Adrian?