Capítulo 14
No pude evitar la carcajada que acompañó a la cálida sensación que me invadió por completo.
—¿Lo estás?
—¡Pues claro que lo estoy, joder! Todos sabemos que en ese sitio no te han valorado durante años y que podrías estar ganando el doble de lo que te pagaban.
Ahora que había echado un vistazo más en serio a las ofertas de empleo, había descubierto que todos tenían razón, y aunque era algo que en cierto modo ya sabía, no había tenido las narices de dar el paso.
Al parecer, era algo que mi jefe también debía de saber, de lo contrario, supongo que habría estado menos dispuesto a seguir ignorándome a la hora de darme un bonus o un ascenso.
Yo no era de las que se echaban flores a sí mismas, pero en este caso, un poquito de autobombo de vez en cuando no habría venido mal, aunque solo fuera para demostrarle que era consciente de mi propia valía.
—¿Bee?
—¿Sí?
—Sabes que Luca lleva años intentando contratarte como su jefa de informática.
—Lo sé.
—Las condiciones que ofrece a sus empleados son buenísimas.
—También lo sé.
—¿Entonces?
—Ya te lo he dicho antes. Sería raro y punto.
—Últimamente todo parece ser raro entre vosotros dos.
—No lo es. Es solo... diferente. Estamos... madurando.
—Ajá. —Tia me dedicó esa mirada que dejaba clarísimo que no se tragaba ni una sola palabra—. No sé de qué va el asunto. Pero sí sé que no me gusta un pelo.
—Ni siquiera lo vas a notar. Para empezar, tienes una boda que planear.
—Claro que lo notaré. ¿Y acaso toda esta... —agitó las manos en el aire— rareza significa que la apuesta de las citas se cancela?
—¡Por supuesto que no!
—¿Sigues creyendo que vas a ganar?
Me puse a jugar nerviosa con un hilo de mis pantalones de pijama. Y sí, como Tia había señalado, seguía en pijama y sabía que habría quien me juzgara por ello, pero tenía mayores preocupaciones.
—¿Bee?
—¿Sí? —Evité mirar a la pantalla.
—¿Qué te pasa?
—Nada en realidad.
—Te conozco desde hace demasiado tiempo como para que me sueltes bolas, Bee. Venga, suéltalo.
—¿Es raro que quiera ganar esto?
—No. Qué va. No recuerdo ni una sola vez en la que no quisieras ganar cuando se trataba de un reto contra Luca.
—Cierto. Pero... la única manera de que yo gane esto es que termine sola. Hay algo que no está bien en eso, ¿verdad?
El rostro de Tia se suavizó.
—Ay, cariño.
—O sea, cuando empezamos, no lo había pensado de esa manera.
Supongo que ahora he tenido más tiempo para analizarlo y...
—Me encogí de hombros, sin estar segura de cómo terminar la frase.
Ni siquiera lo tenía del todo claro en mi propia cabeza, así que tratar de explicárselo a otra persona no era precisamente fácil.
—Entonces a lo mejor deberías olvidarte de que es un reto.
Olvídate de ganarle a Luca por una vez. Céntrate en ti para variar.
Claramente has dado un paso de gigante esta semana con lo del trabajo.
Tal vez sea hora de replantearse esto también.
Sé que no eres precisamente fan de las citas online , y te doy la razón en que siempre hay un montón de cosas odiables al respecto.
—Dímelo a mí.
—Pero a veces salen cosas buenas de ahí. No es del todo imposible que a ti también te pasen cosas buenas.
—Tal vez.
Ella sonrió.
—Ese «tal vez» es toda una mejora en comparación con cómo lo veías hace unas semanas, así que me doy por satisfecha.
—Aunque creo que probablemente Luca siga llevándome ventaja, incluso si me vuelco de lleno en ello.
—¿Por qué dices eso?
—Oh, vamos, Tia. Lo más probable es que el servidor se caiga cada dos por tres por la cantidad de mensajes que le bombardean la bandeja de entrada.
—¿Y qué si es así? Tú solo tienes que encontrar a uno.
—Sí. Al Indicado. Algo que es más fácil de decir que de hacer.
—Pero sigue siendo uno solo.
—Las probabilidades son mucho mayores si tienes mucho donde elegir.
—O a lo mejor es más difícil. Tener tanto donde elegir no siempre es bueno.
—Supongo. —Me froté la cara con las manos—. No lo sé, Tia. Lo siento. Simplemente me siento un poco descentrada. No he estado en el paro en mi vida.
—¿Has visto algo que te guste?
—He tenido cinco entrevistas en los últimos dos días.
Tia se echó a reír a carcajadas.
—¿Qué?
—¡Tú! Ahí estás, estresándote y haciendo que me preocupe por ti cuando ya te están lloviendo las ofertas de trabajo.
—No son ofertas. Solo eran entrevistas.
Tia se dio golpecitos en los labios, pintados de un color vivo, con una uña larga cuyo tono se daba de patadas con ellos.
—Sabes que Luca se va a cabrear si aceptas un trabajo en otro sitio cuando lleva siglos ofreciéndote un puesto.
—Se le pasará. Eso solo era Luca siendo Luca. A ninguno de vosotros os gustaba que trabajara en ese sitio, pero él tiene la capacidad de tomar las riendas y solucionarlo.
—Sabes que no se trata de eso.
Me tocó a mí echarle la miradita.
—Vale, puede que se trate un poquito de eso, pero en su mayor parte es porque Luca siempre quiere a la mejor persona para el puesto y, si hablamos de informática, esa eres tú. Por eso no para de ofrecerte el trabajo —hizo una mueca—. Esto podría sentarle como un jarro de agua fría.
—Y por eso precisamente nunca podría aceptar un trabajo con él. ¡Porque solo estaría cambiando un sitio del que sentía que no podía irme por falta de confianza, por otro del que nunca podría irme por miedo a herir los sentimientos de Luca! Mezclar los negocios con el placer nunca acaba bien.
Tia esbozó una sonrisa maliciosa.
—Conozco un armario del material de oficina de hace tres trabajos que no estaría de acuerdo contigo.
Negué con la cabeza, riendo.
—Menos mal que por fin has encontrado a Jono, entonces, y ahora los armarios del material de todo el país están a salvo.
—Oh, venga, no me digas que nunca has robado un momento o dos en uno.
—¡Pues no! Pero bueno, yo no soy tan emocionante como tú.
—Pues es una pena, y no eres menos emocionante que yo ni que nadie. Está claro que simplemente eres más tiquismiquis.
Me dedicó una amplia sonrisa y me guiñó un ojo.
—Que no te oiga Jono decir eso.
Echó la cabeza hacia atrás, con una carcajada sonora, clara y feliz.
—Él está bien. Me he vuelto más exigente con la edad. Ya he superado toda esa fase de los rollos de una noche. Y, para ser sincera, los armarios no son el sitio más cómodo para un encuentro romántico.
Tia me miró con picardía antes de teclear en su móvil.
—Ay, mierda, ¿ya es tan tarde? Tengo una reunión. ¿Seguro que estás bien?
—Sí. Estoy bien.
—Y, ¿Bee?
—¿Sí?
—Tienes que decírselo a Luca. Pase lo que pase entre vosotros dos, querrá saberlo, ¿y enterarse por otra persona? No creo que se merezca eso.
Tenía razón.
—Sí. Lo sé. Se lo diré, lo prometo.
Ahora solo tenía que averiguar exactamente cuándo y cómo decírselo.
—Vale. Bien. Me tengo que ir volando. ¡Te quiero! Hablamos luego.
Me lanzó un beso enorme a través de la pantalla y desapareció.
Me quedé mirando el móvil unos instantes, dándole vueltas a sus palabras.
Lo que había dicho Tia era verdad. Había dado un paso bastante importante.
Había gente que cambiaba de trabajo como de ropa interior, pero yo desde luego no era así.
Por seguir con la metáfora, esto equivalía a pasar de unos pololos victorianos a un tanga.
(Y, en serio, ¿quién inventó eso? Si me dieran a elegir, creo que me quedaría con los pololos).
Tenía que contárselo a Luca antes de que lo hiciera otro.
Tia era una amiga maravillosa, pero no sabía guardar un secreto ni aunque le fuera la vida en ello.
Si no se lo decía pronto, de una forma u otra, Tia lo haría.
Ahora solo tenía que decidir cuál era la mejor manera de hacerlo.
Cogí el móvil, jugueteando con él, deslizando el dedo por los contactos sin rumbo fijo.
Mientras cogía aire, a punto de pulsar el nombre de Luca, el teléfono empezó a sonar, lo que me hizo dar un respingo y cayó al suelo.
Menos mal que aterrizó en la alfombra y siguió sonando.
Un móvil con la pantalla reventada no era precisamente lo que necesitaba en ese momento.
Me agaché, lo recogí, volví a respirar hondo y deslicé el dedo para aceptar la videollamada.
—Justo iba a llamarte.
—Las grandes mentes piensan igual.
Me sonrió desde la pantalla del móvil, pareciéndose más al de siempre. Pero había un deje de vacilación.
—Bee, tengo que pedirte perdón.
—¿Por qué?
—Por lo del otro día. En casa de mis padres y después.
—No, no pasa nada. De verdad que no...
—Sí que pasa. Entiendo que te hiciera sentir excluida. Aunque, créeme, esa no era en absoluto la intención. Puede que tengas un apellido distinto, pero, sin duda, eres parte de esta familia y no quiero que pienses nunca lo contrario. ¿Vale?
—Vale.
—Y no es que no quiera hablar de las cosas. Es que esto es algo con lo que nadie más que yo puede lidiar. A pesar de lo que piense mi madre.
Hizo una mueca y frunció sus cejas oscuras.
—Seguro que solo quiere lo mejor para ti.
Luca soltó un suspiro.
—Sí. Pero a veces quiere lo que ella cree que es mejor, y la vida no siempre es así de blanca o negra, ni así de sencilla.
Le dediqué una sonrisa comprensiva, sin saber muy bien qué más decir.
—Y tú, ¿qué tal estás? ¿Has tenido más citas?
—No, pero tengo una prevista para mañana por la noche.
Su expresión apenas reveló nada.
—No suenas muy entusiasmada.
—Parece majo, pero es difícil que mi experiencia hasta ahora con todo esto no influya en mis expectativas.
—Es comprensible.
—¿Sigues pensando que es buena idea?
—¿El qué?
—Todo este rollo del reto.
—Sí.
Su respuesta fue rápida y tajante.
—Ah.
—Pareces decepcionada.
Me encogí de hombros.
—Al menos te está dando la oportunidad de conocer gente. De ver lo que podrías estar perdiéndote.
—Muy poco, a juzgar por mis citas hasta ahora.
—Alguien podría sorprenderte. A veces tienes que obligarte a salir de tu zona de confort, Bee.
—Me gusta mi zona de confort. De eso se trata. La pista está en el propio nombre.
Sonrió, negando con la cabeza con cariño.
Me alegraba que hubiera llamado. Odiaba esa sensación de tensión entre nosotros, algo a lo que no estaba nada acostumbrada.
Por supuesto, aún tenía que confesarle que, en ese preciso momento y en lo que respectaba al trabajo, estaba tan lejos de mi zona de confort que necesitaría un telescopio con la potencia de los de la NASA para siquiera verla a lo lejos.
—En realidad, hay algo que tengo que...
Me interrumpió el teléfono: entraba una llamada normal. El nombre de la agencia de colocación en la que me había apuntado apareció en la pantalla.
—¿Te llamo luego? —dije, haciendo la forma de un teléfono con el pulgar y el meñique junto a la oreja.
Luca asintió, colgué la videollamada y cambié al modo profesional para descolgar.
—Ah, Beatrice. Bien. Te he pillado. Soy Camilla, de Top People.
Intenté no rechinar los dientes al oír que usaba mi nombre completo, a pesar de que le había pedido que no lo hiciera.
Nunca me había gustado, pero al parecer me habían concebido en medio de una buena borrachera, después de que mis padres hubieran ido a ver una adaptación especialmente buena de la obra de Shakespeare favorita de mi madre, y me habían puesto el nombre de una de las heroínas.
Creo que, para romper una lanza a su favor, al principio les hizo ilusión mi llegada a su mundo, hasta que se hizo evidente que les exigía mucho más tiempo y energía de lo que esperaban o estaban dispuestos a ceder.
En cualquier caso, me había quedado atascada con ese nombre.
—Por favor, llámame Bee —le recordé.
—Ah, sí. Por supuesto.
Si la hubiera tenido delante, estaba bastante segura de que habría podido ver cómo la petición le entraba por un oído y le salía directamente por el otro. Imaginé que trataba con un montón de gente al día, y era comprensible que no se acordara de los apodos que le pedían.
—Tengo un puesto absolutamente perfecto para ti.
Es temporal para empezar, pero si eres la persona adecuada, y estoy convencida de que lo eres, derivará en un puesto fijo.
Ya les he dicho que encajas a la perfección.
Espero que no te importe. Sabía que no rechazarías esto.
Una chica sensata como tú. Con la cabeza bien amueblada.
Unas condiciones fantásticas, un sueldo excelente y unas oficinas preciosas.
Casi nunca surgen vacantes ahí porque a todo el mundo le gusta demasiado como para irse.
Pero alguien se jubila de este puesto, así que voy a colarte mientras haya oportunidad.
Empiezas el lunes. No te importa empezar a trabajar durante tu gardening leave , ¿verdad? Ya me imaginaba que no.
—No, en absoluto. Suena genial, Camilla.
Si mi permiso para hacer «jardinería» de verdad hubiera implicado tener un jardín, un par de semanas libres habrían estado bien, pero, tal y como estaban las cosas, que entrara un dinero extra aliviaría algunas preocupaciones.
—Acabo de enviarte los detalles. Ya deberías tenerlos. ¿Vale?
Cambié de pantalla en el móvil al correo electrónico y vi el de la agencia.
—Recibido —respondí, mientras hacía clic en el enlace para abrir los detalles—. ¡Anda!
—¿Pasa algo?
Sonaba distraída, como si ya estuviera pasando a la siguiente tarea.
—¿La empresa es Donato Solutions?
—Sí. Siempre tengo a un montón de gente suplicándome que la meta ahí, pero supe en el momento en que me llegó la oferta que eras la mejor persona para el puesto. ¡Les encantarás! Me tengo que ir. Hablamos pronto.
Y colgó.
—No puedo aceptarlo... —dije, sin mucha convicción, hacia el silencio de la habitación.