Vivir tu mejor vida Capítulo 13
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Capítulo 13

Luché contra el viento un par de minutos, con la cabeza gacha y los ojos medio cerrados hasta que, de repente, amainó y choqué con algo.

Levanté la vista, dispuesta a disculparme, pero entonces vi que el obstáculo era Luca, así que no lo hice.

Su comentario sobre la «familia» aún me daba vueltas en la cabeza.

—No había terminado.

—Pues yo sí. —Hice un amago de esquivarlo. Él dio un paso lateral para cerrarme el paso.

—Está claro que tenemos que hablar.

—Ah, ¿así que ahora sí quieres hablar? —espeté.

—¿De esto? —Luca agitó una mano grande entre ambos—. Sí.

—Creo que ya has dicho todo lo que tenías que decir.

Frunció el ceño; su mente estaba repasando sus propias palabras. Yo no tenía paciencia para esperar.

—Mira. Las cosas entre nosotros nunca iban a seguir siendo iguales. Eso es un hecho. Sobre todo cuando encuentres a tu chica ideal y se la presentes a tu familia.

Abrió la boca para decir algo, pero seguí hablando de carrerilla.

—Y así es como debe ser. Quieres a alguien con quien construir una vida, Luca. Te mereces tener eso. Y creo que yo también.

—¡Claro que sí! —estalló él, incapaz de esperar, y me cogió la mano.

Yo la retiré con suavidad.

—Entonces tal vez tengamos que centrarnos en hacer precisamente eso. Ya sabemos que el hecho de que tengas a una mujer como mejor amiga te ha traído problemas en relaciones anteriores. Ya no quiero ser ese obstáculo, Luca. Ahora no. No cuando es algo tan importante para ti.

—¡Tú eres importante para mí! —dijo, pasándose una mano por su corto pelo de color negro azabache.

—Lo sé. Y tú lo eres para mí. Pero algo ha cambiado.

—¡No, no lo ha hecho! —Lo intentó de nuevo—. Lo del sábado fue... complicado. Ha sido algo puntual.

Negué con la cabeza suavemente, viéndolo todo más claro ahora.

—No, Luca. Solo ha sido el principio de algo que se veía venir desde hace mucho tiempo.

Pensé en contarle que, por fin, me había largado pegando un portazo del trabajo que llevaba pidiéndome que dejara desde una semana después de haber empezado. Y cualquier otro día lo habría hecho, pero ahora mismo no me parecía el momento.

Dio un paso atrás para mirarme y vi comprensión en su expresión. Luca me conocía de toda la vida y sabía interpretar la mirada que tenía en ese momento. No iba a cambiar de opinión.

—¿Así que en qué lugar nos deja eso? —preguntó. Su rostro había adoptado una expresión indescifrable, pero yo sabía que estaba ocultando su dolor. Ya éramos dos.

—En el mismo lugar.

—Pues obviamente no —espetó—. Ayer eras la amiga más íntima que he tenido en la vida y hoy te estás alejando.

—No me alejo. Solo te doy el espacio que necesitas.

—¡No quiero ningún maldito espacio! ¡Te quiero a ti!

Dos transeúntes giraron la cabeza y abrieron los ojos de par en par al escuchar nuestro intercambio de palabras.

Luca me agarró de la mano y nos guió a ambos hacia el umbral de una puerta para darnos un poco de privacidad frente a los curiosos.

A decir verdad, la que ahora estaba mirando con cara de boba era yo. Cerré la boca de golpe.

—A juzgar por la cara de horror que tienes, supongo que eso ha sonado mal, pero, por favor, recuérdame que nunca te pida matrimonio.

—Perdona. No quería... No estoy horrorizada. Solo me he quedado...

—No importa.

A juzgar por su cara, sí que importaba, y mucho, pero su expresión no admitía discusión alguna. Sentí que algo se me encogía en el estómago.

—Luca...

—Bee, está bien. A lo que me refería es a que yo no estaba pidiendo espacio, pero puede que no sea mala idea.

Tragué saliva y vi cómo sus facciones se suavizaban.

—Siento no haber podido hablar contigo antes. Todo el asunto de mamá... Es algo que necesito aclarar en mi cabeza antes de poder hablar de ello. Con nadie. Siento no haberme dado cuenta hasta ahora de cómo te hizo sentir.

—No pasa nada. —Intenté quitarle importancia con un gesto—. A lo mejor estaba exagerando, como dijiste. Creo que el hecho de que mi madre haya vuelto a escaquearse de la Navidad me ha afectado más de lo que creía y me tiene más sensible ahora mismo.

—Creo que tienes todo el derecho a estar sensible por eso.

Me encogí de hombros antes de ceñirme más el abrigo al cuerpo.

—Creo que ha llegado la hora de imponerme unas cuantas reglas nuevas. La primera de ellas es dejar de permitir que la falta de interés de mis padres me siga afectando hoy en día.

—Parece un buen punto de partida.

—Gracias. —Un escalofrío me recorrió el cuerpo—. Será mejor que vuelva a casa antes de que me muera de frío. Tengo algunas cosas que hacer.

Como encontrar un trabajo nuevo...

—Sí, claro.

Se quedó allí plantado, mirándome desde arriba.

—¿Qué?

—No lo sé. De repente, todo resulta raro.

—¿El qué?

—Todo.

Sabía a qué se refería.

—No pasa nada. —Intenté restarle importancia—. Además, vas a estar lo suficientemente ocupado intentando ganar esta dichosa apuesta como para notarlo.

—Créeme, lo notaré.

Negué con la cabeza.

—Me tengo que ir.

Rápidamente, me puse de puntillas y lo abracé.

Por un instante quise quedarme allí. A salvo entre los brazos de mi amigo, para desahogar todo lo que sentía.

Pero no podía. Tenía que hacer esto por mi cuenta.

Le di un beso rápido en la mejilla, un último apretón, y luego me giré de nuevo para enfrentarme al viento, en dirección al metro.

* * *

—¿Por qué estás en pijama? —Tia me miraba entrecerrando los ojos a través de la pantalla—. ¿Estás mala?

—No.

—¿Entonces qué? ¿Por qué no me dijiste que estabas de vacaciones? Podríamos haber quedado para tomar un café.

—No estoy de vacaciones. Estoy...

—¿Estás qué? —me apremió Tia cuando vio que no terminaba la frase.

—Desempleada.

Abrió mucho los ojos y sus labios carnosos, pintados de fucsia, empezaron a formar una «O» que se iba haciendo más grande por segundos.

—No es para tanto.

—¡Claro que es para tanto!

—No. No lo es. Y por el amor de Dios, no se lo digas a Luca.

La «O», y sus ojos, se agrandaron aún más.

—¿No se lo has contado a Luca?

—No.

Juntó los labios de golpe.

—Vale. ¿Qué os pasa a vosotros dos? Él está rarísimo y distante, y ahora resulta que tú no le has contado un acontecimiento importante de tu vida. Es como si todo el universo estuviera patas arriba.

—No seas dramática.

—Es dramático. Sois como... la Tierra y la Luna. Simplemente estáis ahí. Juntos. Y ahora todo va a implosionar como una estrella moribunda. —Hizo una pausa—. Las estrellas moribundas implosionan, ¿verdad?

—Sí.

—Vale, pues eso, es justo así.

—No, no lo es.

—Si vosotros dos implosionáis, los demás somos como los demás planetas que os rodean: saldremos disparados hacia los confines más remotos del espacio para no volver a vernos nunca más.

O seremos absorbidos por algún agujero negro.

O lo que sea que pase en esas situaciones. El caso es que sé que es malo.

—Creo que estás llevando esta metáfora un poco lejos.

Tia se recompuso un poco.

—A lo mejor. Pero mi argumento sigue siendo el mismo.

—No podemos ser inseparables para siempre.

—¿Por qué no?

Le dediqué una mirada que ella ignoró encogiéndose de hombros.

—De todas formas, la mayoría de nosotros pensábamos que a estas alturas ya estaríais juntos. Ya me hiciste perder veinte libras por no liaros en Nochevieja.

—¿Habéis estado apostando sobre nosotros?

No se mostró nada arrepentida.

—Tenéis muchísimas cosas en común.

—Discutimos literalmente a todas horas.

—No. No estáis de acuerdo. Eso es distinto.

—No, no lo es.

—Sí que lo es. Pero incluso aunque discutierais, piensa en el sexo de reconciliación...

—¡Tia!

—¿Qué? Oh, vamos. Incluso siendo su mejor amiga, no puedes ignorar que está más bueno que... —Miró por encima del hombro hacia un compañero que acababa de entrar en la sala de descanso de la oficina—. Que algo que no puedo decir ahora mismo.

—Ni siquiera voy a dignificar eso con una respuesta.

—O sea que sí. Lo que yo pensaba.

—No lo estoy pensando. Es Luca. Sería... rarísimo.

—No creo que «rarísimo» sea precisamente la palabra, pero como tú digas.

—De todas formas, nunca ha habido nada de eso. Ya has visto la clase de mujeres con las que sale.

—Sí, y nunca le duran. Tú, sin embargo, le has durado décadas.

—Es diferente. Y, además, las cosas cambian.

—Con vosotros dos no. Vosotros sois... tú y Luca.

—Lo sé.

—¿Y quieres que cambien? —preguntó en un tono de voz bajo y suave. Se había echado sus largas y lisas extensiones hacia delante como si fueran una cortina que la separaba del resto de la sala.

—Como has dicho, no estoy segura de que siempre seamos nosotros quienes decidimos. A veces solo nos toca subirnos a la montaña rusa y ver adónde llegamos.

—Esa respuesta es un escaqueo total.

—Pero es sincera.

Tia soltó un suspiro.

—Entonces, ¿qué vas a hacer con lo del curro? Y, por cierto, ¿cómo demonios me estoy enterando de esto ahora? ¿Te han despedido?

Me puse a la defensiva.

—¡No, no me han despedido!

—¡Vale! —Levantó la mano que le quedaba libre, con la palma hacia fuera—. Solo preguntaba. Es que... bueno, todos llevábamos tanto tiempo dándote la tabarra para que dejaras ese trabajo y nunca lo hacías, así que me preguntaba si te habían... digamos que obligado.

—Nop. Ha sido todo obra mía, me temo.

—¿Y a qué ha venido eso entonces?

¡Buena pregunta!

—Supongo que todo el mundo tiene un límite. Incluso quienes nos dejamos pisotear, como yo.

—Tú no te dejas pisotear.

—Bueno, supongo que, al fin y al cabo, ya da igual. El resultado final es que sigo sin trabajo.

—¿Y qué ha hecho que esta semana sea distinta de cualquier otra?

—No lo sé. Ya de por sí me sentía un poco descentrada y de repente me llamaron al despacho del jefe para hablar sobre mi bonus y mi aumento de sueldo.

Lo que resultó, una vez más, en que no hubiera ni bonus ni aumento debido a un sinfín de factores que, por lo visto, no se aplican si eres un tío bocazas o una rubia de piernas infinitas, y, simplemente... digamos que exploté un poquito.

La expresión de preocupación de Tia se transformó en una sonrisa de oreja a oreja.

—No estoy muy segura de cómo se explota «un poquito». Por lo general, las explosiones suelen ser a lo grande.

Me mordí el interior del labio.

La sonrisa de Tia se ensanchó.

—Solo tengo que decirte algo: sé que probablemente estarás agobiada por lo de no tener curro y todo eso, pero, tía, ¡estoy superorgullosa de ti!