Vivir tu mejor vida Capítulo 12
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Capítulo 12

—¡Hola! —me saludó Tia con la mano cuando contesté a la videollamada mientras terminaba mis Frosties el lunes siguiente.

Tenía un ojo cerrado mientras se ponía una tira de pestañas postizas, lo que hacía que sus ojos verdes resultaran aún más llamativos de lo que ya eran.

Yo nunca le había pillado el truco a las pestañas postizas.

La única vez que lo intenté fue en una cita con un chico al que de verdad quería impresionar.

Había puesto toda la carne en el asador y, hasta yo tenía que admitirlo, estaba rompedora.

Él me había llenado de cumplidos y me encantaba cómo sus ojos no dejaban de recorrer mi cuerpo mientras estábamos sentados en el restaurante pijo al que me había llevado.

La cosa se empezó a torcer cuando llegó la sopa.

Llevaba un par de cucharadas de aquella deliciosa creación de berros cuando vi que algo nadaba dentro.

¡Una oruga! O, al menos, eso fue lo que pensé antes de que volviera a sumergirse bajo la superficie.

Horrorizada, llamé al camarero y le expliqué, en voz baja, que había un bicho repugnante nadando de espaldas en mi plato.

Mi cita, que hasta entonces me había colmado de halagos, se quedó sospechosamente callada y parecía mirar a cualquier parte menos a mí.

El camarero se deshizo en disculpas y se llevó el cuenco de un plumazo, ofreciéndome otra cosa.

Llegados a ese punto, mi acompañante recuperó la voz y pidió la cuenta.

A mí me pareció un poco exagerado, pero también había algo ligeramente sexi en su forma de tomar las riendas de la situación.

Estaba claro que el restaurante no le parecía lo bastante bueno si ese era su nivel de servicio, y no pensaba tolerarlo.

Sin embargo, no hubo nada sexi en la forma en que me dejó tirada en la acera en cuanto salimos a la calle, alegando que no valía la pena alargar la velada porque no creía que fuéramos compatibles, o alguna excusa cutre por el estilo.

He olvidado sus palabras exactas, no es que importe.

El resultado iba a ser el mismo, dijera lo que dijera.

Y entonces se largó, sin molestarse siquiera en fingir que le importaba si yo llegaría bien a casa.

Solo cuando entré en casa, solté las llaves en el cuenco de la entrada y me miré en el espejo que colgaba encima, me di cuenta de que solo uno de mis ojos seguía adornado por pestañas postizas.

Toda la noche pasó ante mis ojos medio desnudos como un relámpago.

La repentina falta de interés de mi cita, que entonces comprendí que era vergüenza, el exceso de educación del camarero, la oruga...

que a todas luces no había sido una oruga.

¡Había sido mi puñetera y carísima pestaña postiza!

Si me hubiera dado cuenta, la habría pescado sin dudarlo, aunque solo fuera por la satisfacción de tirarla a la basura de forma dramática.

Por supuesto, a Luca le pareció graciosísimo. Al menos, la parte de la pestaña. Le hizo menos gracia que el tipo me dejara tirada en medio de Londres sin asegurarse de que tenía cómo volver a casa sana y salva.

De ahí que ahora estuviera mirando a Tia con los ojos entrecerrados.

—¿Tienes que hacer eso delante de mí? Ya sabes que me trae recuerdos traumáticos.

Tia terminó de ponerse las pestañas y sonrió.

—No seas tan teatrera. De todas formas, no te merecía. ¿De verdad querrías estar con un hombre incapaz de verle la gracia a que tu pestaña postiza se caiga para darse un baño en la sopa?

Tenía razón, claro.

—Esa no es la cuestión.

—Por supuesto que es la cuestión. ¿Qué tal tu fin de semana?

—Bien, supongo. El sábado fui a cenar a casa de los padres de Luca.

—Ah, qué guay. Entonces ya no necesitas comer en toda la semana.

Sonreí mientras jugueteaba con el mango de la cuchara.

—¿Has hablado con él?

—¿Hoy? Qué va. ¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Es que lo noté un poco raro.

—¿Le preguntaste qué le pasaba?

—Sí. No quiso hablar del tema.

Tia interrumpió su tarea.

—¿En serio?

—Ya. Lo sé. Raro, ¿verdad?

Se apoyó la barbilla en la mano.

—A lo mejor solo le daba vueltas a algo.

—Aun así. Normalmente me contaría qué son esas cosas —volví a encogerme de hombros, con una sensación extraña por dentro—. Simplemente es raro.

Tia ladeó un poco la cabeza.

—Supongo que las cosas pueden cambiar.

Ahí estaba otra vez. Todo estaba cambiando.

—¿Y si no queremos que lo hagan? —pregunté, intentando no sonar ni infantil ni aterrorizada.

—No estoy segura de que siempre podamos elegir. Pero, sinceramente, sois Luca y tú. Estoy segurísima de que lo vuestro está grabado a fuego. No te preocupes por eso. Verás cómo hoy vuelve a ser el de siempre.

Esbocé una sonrisa forzada; de repente me sentía incómoda al darme cuenta de que estaba sonando como una niña quejumbrosa.

—Sí, seguro que tienes razón. Bueno, ¿qué te depara el día de hoy?

—Pues tengo una reunión a las diez, de ahí mi necesidad de estar absolutamente divina —hizo un gesto con la mano por delante de su rostro.

—Como siempre, obvio.

Me guiñó un ojo.

—Gracias, cielo. ¿Y a ti, ¿qué clase de día te espera?

Me encogí de hombros para dar a entender que «lo de siempre», sin mojarme mucho.

—Normalito, supongo —dije mientras cogía el móvil y alargaba la mano hacia la chaqueta y el bolso.

—¿Has vuelto a pensar en irte de allí?

—La verdad es que no.

—¿Por qué no?

Llevaba años escuchando esa misma cantinela por parte de todo el grupo, con dosis extra de Luca.

—Lo haré cuando vea algo por lo que sienta que vale la pena el cambio. No es tan malo como lo pintáis.

—Sí que lo es.

Tia tenía razón, pero esa no era la cuestión.

—Ya hemos tenido esta conversación.

—Sip. Y la seguiremos teniendo hasta que veas la luz, aceptes la oferta de Luca y por fin trabajes con gente que sepa valorarte.

—¡Me tengo que ir! —canturreé, dedicándole una enorme sonrisa y despidiéndome de la pantalla.

—¡Esto no ha acabado! —me advirtió, apuntándome con un dedo elegante y de manicura impecable.

Por desgracia, me daba en la nariz que también tenía razón en eso.

* * *

—Así que, en conclusión, estoy seguro de que podrá entender por qué, por desgracia, y muy a nuestro pesar, este año nos es imposible ofrecerle el bonus que nos habría encantado poder darle.

—¿Y el aumento de sueldo que me prometió, ya que el año pasado tampoco me lo subieron?

Mi jefe empezó a frotarse las manos otra vez, mirándome con una mezcla de lástima y condescendencia.

—Como ya le he explicado, la empresa...

Desconecté. Era el tercer año consecutivo que me denegaban tanto el aumento como el bonus a pesar de que algunos de mis compañeros sí los recibían. Compañeros que, y de eso estaba completamente segura, trabajaban infinitamente menos que yo.

—Espero que lo entienda.

Volví a conectar en el momento en que mi jefe terminaba su discurso.

Pues no. No lo entendía. Me dejaba los puñeteros cuernos todos los días por aquella empresa y siempre lo había hecho, solo para ver cómo a otros menos cualificados y dedicados les daban ascensos, bonus y aumentos de sueldo mientras yo seguía estancada exactamente en el mismo lugar. No era justo.

Al ver que no respondía, noté que mi jefe miraba el reloj de reojo y se removía en la silla.

—Si pudiera decirle a Colleen que pase cuando salga, se lo...

Levanté la vista y me encontré con sus ojillos de cerdo.

Su expresión era una mezcla de aburrimiento y petulancia.

Algo empezó a hervir en mi interior y, antes de darme cuenta de lo que estaba pasando, me había puesto de pie, las palabras brotaban a borbotones de mi boca y mi jefe me miraba fijamente, abriendo y cerrando la boca por la sorpresa como una trucha asustada.

—¿Le van a subir el sueldo a Colleen? —pregunté.

Colleen había entrado en la empresa hacía poco más de seis meses, le habían subido el sueldo apenas un mes después y, a juzgar por cómo mi jefe se acababa de poner tan rojo como los gallos que se pavoneaban en su corbata, intuí que estaba a punto de recibir otro aumento.

Colleen era preciosa, alta y con unas piernas largas que no le importaba enseñar, y, sinceramente, si yo hubiera tenido esas piernas, también habría estado orgullosa de ellas.

Pero también era un desastre en su trabajo.

Motivo por el cual yo pasaba buena parte de mi tiempo haciendo tareas que debería haber hecho ella, o arreglando las que había intentado hacer.

Y, sin embargo, yo era a la que ninguneaban constantemente.

Hasta ahora, me había quedado ahí sentada y lo había aceptado.

Sin decir ni pío. Había inventado excusas para defender a la empresa cuando, de forma inevitable, Luca o alguno de los demás empezaba a darme la tabarra sobre por qué me infravaloraban tanto.

Por lo visto, acababa de decidir compensarlo. Y con creces.

* * *

Luca no cogía el móvil. En circunstancias normales no me habría preocupado.

Estaría en alguna reunión o algo así. Pero, desde el sábado, había algo que me reconcomía, y esa mañana había sido la primera vez en años que no me daba los buenos días, ni en persona, ni por videollamada, ni por mensaje.

Hoy no había habido nada de nada. Y, por si fuera poco, mi jefe había elegido precisamente ese día para, una vez más, demostrarme lo gilipollas que era.