Capítulo 12 #2
Aunque, por lo visto, eso ya no era algo por lo que tuviera que preocuparme, puesto que acababa de dimitir.
Y no de forma sutil, precisamente. Lo había hecho de una manera dramática, en plan «métase el trabajo por donde le quepa», algo completamente impropio de mí.
¿En qué demonios estaba pensando? Y ahora ni siquiera podía hablar de ello con la única persona con la que quería hacerlo.
Por no mencionar el pequeño detalle de que ya no tenía ingresos.
¡Ay, Dios mío! Estaba mareada. ¿Tal vez podría recuperar mi puesto?
Decirles que había tenido una reacción alérgica al sándwich de gambas del almuerzo y había afectado a mis capacidades cognitivas.
Eso es algo que puede pasar, ¿no? Me dejé caer en un lado del destartalado sofá de cuero de la cafetería que solía frecuentar y me escondí la cara entre las manos.
Nunca me aceptarían de vuelta y, en el fondo, si una se abría paso a través de todo el miedo, el pánico y las náuseas, había una minúscula parte de mí que saltaba de alegría por haber abandonado al fin un trabajo que llevaba años odiando.
Pero el otro noventa y siete por ciento de mi ser solo quería vomitar.
—¿Estás bien?
Aquella voz grave y cargada de preocupación me hizo dar un respingo. Levanté la cabeza de golpe y vi a Luca soltando el maletín del portátil junto al sofá y sentándose a mi lado, escudriñándome el rostro.
—He tenido una reunión a primera hora. Quien inventara las reuniones de desayuno necesita una lobotomía. Intenté llamarte al salir, pero llevas horas con el móvil apagado.
Se dejó caer en el asiento a mi lado.
—Eso no es propio de ti.
Cuando intenté localizar a Luca y no obtuve respuesta, apagué el teléfono en cuanto salí del edificio.
No tenía las ideas lo bastante ordenadas como para hablar con coherencia con nadie más sobre lo que acababa de hacer y sabía que, si alguien me llamaba, me haría la misma pregunta que yo llevaba haciéndome desde el instante en que puse un pie fuera de la oficina.
¿Y ahora qué vas a hacer? Y, sinceramente, ¡no tenía ni puñetera idea!
Mientras mi boca iba a toda velocidad y por libre, mi cerebro y mi sentido común habían salido corriendo detrás, intentando hacerle un placaje digno de rugby para someterla antes de que soltara alguna estupidez.
Por desgracia, habían sido demasiado lentos y mi boca se había marcado un ensayo en toda regla.
Un ensayo que, tal vez, había servido para que yo saliera de allí con la dignidad intacta, pero con el que era muy improbable que consiguiera una carta de recomendación.
Le di a Luca una respuesta vaga diciendo que estaba bien y volví a centrar mi atención en el escasísimo café que me acababan de servir.
La mirada de Luca pasó a la taza y luego volvió a mí.
Por lo general, se habría burlado de mi «leche caliente» (me gustaba la idea de tomar un café, pero no soportaba el sabor, así que me echaban apenas una miseria de café y lo rodeaban de leche espumada).
Pero hoy no hizo ningún comentario al respecto y me dejó en paz para que diera un sorbo.
El cálido y reconfortante líquido me bajó por la garganta, aliviándome por dentro.
No solucionaba nada, pero era un principio.
—Bueno, ¿qué pasa? Tienes el móvil apagado. Tu teléfono del trabajo salta al buzón de voz de inmediato y estás sentada en una cafetería en plena jornada laboral.
Ladeó la cabeza hacia mí antes de agradecerle con un leve gesto a la camarera que le acababa de dejar delante su pedido habitual.
Me quedé mirándola. Era evidente que a ella le habría gustado un poco (o un mucho) más de reconocimiento por parte de Luca, y sus ojos se posaron en mí un instante antes de que se alisara la falda, ya de por sí perfectamente lisa, sobre sus muslos perfectamente torneados y se marchara.
En el pasado, este tipo de situaciones me resultaban divertidas: cuando me sentaba con Luca y las mujeres que estaban interesadas en él me ignoraban de forma silenciosa pero obvia.
Luca solía quitarle hierro al asunto y los demás del grupo eran comprensivos y amables, diciendo que esa clase de mujeres ignorarían a cualquiera que no fuesen ellas mismas y que no les hiciera caso.
Y no se lo hacía. Hasta ahora. No de verdad.
Pero ahora, sumado a mi crisis nerviosa, aquello se me clavaba en el pecho, escarbaba en mis inseguridades y hurgaba en la herida.
—Creo que tienes una admiradora. Deberías ir a hablar con ella.
Volví a levantar la taza, aún sin mirarle a los ojos.
—¿Eh?
Hice un breve gesto con la barbilla hacia la barra, donde la mujer se estaba riendo con otro cliente, pero desviando la mirada hacia Luca con una frecuencia tan calculada que parecía estar suplicando que se fijara en ella.
Cuando él siguió mi indicación, los ojos de la camarera se clavaron en los suyos y una sonrisa amplia y blanquísima le iluminó el rostro.
Luca volvió a mirarme a mí. Por el rabillo del ojo, vi cómo su sonrisa se desvanecía y clavaba la vista en mí.
A juzgar por su expresión, decidí que sería más seguro no pedir más cafés mientras siguiera en su turno.
—No me interesa —dijo Luca.
—¿Por qué no?
—Demasiado joven, demasiado coqueta y demasiado obvia. Y supongo que no es muy políticamente correcto decir ninguna de esas cosas, pero tú has preguntado y yo he contestado.
Giré la cara hacia él.
—Hablando de preguntar y contestar, ¿por qué no me quieres contar por qué discutisteis tu madre y tú el fin de semana?
Su rostro se tensó y su ceño oscuro se ensombreció.
—Porque no es nada.
—Normalmente eso no te impide contármelo.
Su continua evasiva ante la pregunta, sumada a los acontecimientos del día, me estaba poniendo más beligerante y con más ganas de discutir.
Debería haberlo dejado estar. Aceptar el reajuste en nuestra amistad.
Pasar página. Mis padres siempre me habían dejado a mi aire, y cuando mi padre murió, las cosas no hicieron más que empeorar.
Me las había apañado entonces, y también lidiaría con que Luca empezara a distanciarse, si eso era lo que quería.
Sentir que verme se estaba convirtiendo en una obligación sería muchísimo peor.
Tal vez los sucesos de hoy fueran, en realidad, una oportunidad.
La ocasión de hacer algo diferente. Irme de Londres.
Era condenadamente caro y yo apenas vivía en las afueras.
Podía sacar más provecho a mi dinero en cualquier otra parte y casi todo el mundo usaba ordenadores.
Los trabajos de mi sector desde luego no se limitaban a Londres...
siempre y cuando no se pusieran muy tiquismiquis con mis referencias.
Respiré hondo. Podía hacerlo. Tenía que hacerlo.
Y tal vez el estanque de posibles pretendientes fuera un poco más variado en otro lugar y, después de todo, lograra conseguir esa cita perfecta para Navidad.
Si mi mente tuviera cejas, las habría arqueado en ese momento.
Nada de todo aquello sonaba propio de mí.
Pero, pensándolo bien, ser «yo» no me estaba funcionando tan bien.
Así que quizás había llegado el momento de que hubiera una nueva yo.
Podía buscar un trabajo temporal hasta que encontrara algo, y algún lugar, al que quisiera mudarme, y, mientras tanto, iba a tomarme esto de las citas más en serio.
Que mis padres, mi ahora exjefe y un abanico de relaciones y citas efímeras no me hubieran sabido valorar, no significaba que yo no fuera digna de que me valorasen.
La vocecilla que había estado saltando de alegría porque por fin había dejado mi trabajo sin futuro se hizo un poquito más fuerte, y un cosquilleo de emoción, aunque todavía mezclado con una buena dosis de náuseas, se arremolinó en mi interior.
—¿Y bien? ¿Me vas a contar qué pasa? —volvió a preguntar Luca.
—Qué va. No es nada.