Vivir tu mejor vida Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Le prometí que lo haría y volví a paso ligero por el sendero del jardín, con los brazos cruzados sobre el pecho para entrar en calor, e ingresé por la puerta lateral del cuarto de la colada, que conectaba con la cocina.

Mientras me agachaba para bajarme las cremalleras de las botas, escuché voces altas en la cocina.

Cuando era pequeña, esto me habría asustado, pero pronto aprendí que, en esta casa, las voces altas no significaban necesariamente una pelea, como sí ocurría en la mía.

Me quité la segunda bota y me detuve al reincorporarme, aguzando el oído.

Algo no cuadraba. Había demasiado alboroto.

Y, aunque apenas hablaba unas diez palabras de italiano, conocía a Luca lo bastante bien para reconocer su tono.

No era el suyo habitual, relajado y risueño.

Dudé un instante, sin saber muy bien qué hacer.

Pero no podía quedarme allí plantada toda la tarde, así que avancé desde el lavadero hasta la amplia y cálida cocina, todavía envuelta en los deliciosos olores y en el vaho de la comida.

Luca y su madre movían las manos en el aire mientras hablaban rápidamente en italiano, pisándose el final de las frases ya que, por lo visto, cada uno exponía sus argumentos.

No había sonrisas de por medio, y cuando se fijaron en mí, la conversación se cortó a media frase.

Tenían las caras rojas, los dos claramente disgustados.

Por un segundo, nos quedamos todos ahí de pie, en absoluto silencio.

—¿Va todo bien? —pregunté, dándome de patadas mentalmente por soltar una pregunta tan estúpida. Incluso en otro idioma, estaba bastante claro que las cosas estaban muy lejos de estar bien.

María se apartó el pelo de la cara con el dorso de la mano y me dedicó una inmensa sonrisa fingida.

—Perfectamente —respondió, cogiéndome de la mano—. Madre mía, estás helada. ¿En qué estaría pensando Frank para sacarte ahí fuera con este tiempo?

Me frotó las manos entre las suyas, que estaban calentitas. Luca se mantuvo en silencio y me evitó la mirada.

Si yo fuera una persona desconfiada, pensaría que a Frank se le ocurrió quitarme de en medio mientras vosotros dos teníais esta charla...

El pensamiento se coló en mi cerebro antes de que lo descartara.

La tensión que su madre ahora intentaba por todos los medios disipar no tenía nada que ver conmigo.

Solo había entrado de sopetón en medio de una discusión y, aunque siempre me habían tratado como a un miembro más, la realidad era que no lo era, y acababa de interrumpir lo que a todas luces era una pelea de familia.

—Frank me ha pedido que le guardes café, por favor, y ha dicho que entrará cuando acabe de darles una charla a las plantas.

—Había empezado a balbucear por culpa de los nervios.

Habría ayudado que Luca me mirara, pero no lo hizo.

En vez de eso, se dio la vuelta y empezó a sacar tazas de los armarios, preparándolo todo para el café, la tarta y los biscotti .

—Por supuesto. Y ahora, ¿por qué no pasas al salón y buscas a los demás? Creo que Anthony quería pedirte consejo sobre un portátil que estaba pensando en comprarse. ¿Te importaría?

Esbocé una sonrisa y asentí, con esa extraña sensación una vez más de que me estaban echando disimuladamente de la habitación.

Como si le hubieran dado pie, Anthony apareció y empezó a acribillarme a preguntas sobre capacidad de almacenamiento, tarjetas gráficas y resolución de pantalla.

Lo escuché mientras salíamos de la estancia.

Luca me había dicho muchas veces que le daba demasiadas vueltas a las situaciones.

Tal vez tuviera razón. Pero, al mirar hacia atrás, todavía escuchando al hermano de Luca, vi a Luca y a su madre con las cabezas juntas, hablando muy rápido, gesticulando y con rostros sombríos.

Si intentaba soltarme ese cuento en esta ocasión, sabría que me estaba mintiendo.

—¿Va todo bien? —pregunté mientras conducíamos de camino a casa.

Llevábamos un buen rato sentados en silencio, lo cual ya era inusual en sí mismo.

Para ser justos, los días con la familia Donato podían resultar bastante agotadores, en el buen sentido, así que podía ser por eso.

Pero, aun así, mi sentido arácnido no dejaba de zumbar.

—Ajá.

Lo intenté otra vez.

—¿Todo bien entre tu madre y tú?

—Sí. —Mantuvo la vista clavada en la carretera.

Resultaba evidente que no quería hablar del tema... pero yo sí, así que insistí.

—Es solo que la cosa parecía un poco tensa cuando entré del jardín.

Me miró un instante antes de devolver los ojos al asfalto. Me apresuré a añadir:

—Eso es bastante raro en vosotros dos. Y ahora estás en plan silencioso y enfurruñado, lo que tampoco te pega, así que da la sensación de que ha pasado algo, y, normalmente, ya me habrías hablado del tema, así que...

Luca fue frenando hasta detenerse en un semáforo y se giró hacia mí.

—No hay nada de qué hablar.

—La gente siempre dice eso cuando hay algo gigantesco de lo que hablar, pero, sencillamente, no le apetece.

—Pues, a lo mejor es que no me apetece, entonces. —Su tono era una mezcla de cansancio con un toque de brusquedad impropio de él.

—Ah. —Tragué saliva, intentando no sentirme dolida.

Extendió la mano y me tocó brevemente la pierna.

—Lo siento, Bee. No quería contestarte mal. Es que estoy cansado, ¿vale? Y de verdad que no hay nada de qué hablar. A veces, mamá malinterpreta algunas cosas y puede resultar un poco frustrante.

—Vale. —Asentí. Sentí que sus ojos se demoraban en mí un poco más, como si esperara algo antes de que el semáforo cambiara y tuviera que volver a prestar atención a la carretera.

No lo creí. La madre de Luca era tan aguda como el enorme cuchillo que usaba para cortar tomates como si estuvieran hechos de aire.

No se le escapaba ni una, y desde luego no era de las que malinterpretaban las cosas.

Pero Luca claramente no quería compartirlo conmigo, así que giré la cara hacia la ventanilla y me quedé mirando la oscuridad, viajando en silencio el resto del trayecto.