Capítulo 11
Bajo el maravilloso chorro de la ducha, le di vueltas a la pregunta. Luca tenía razón. Él lo sabía y yo lo sabía. Era todo lo que había dicho y más. Entonces, ¿por qué me quedaba? Porque es más fácil... , susurró una vocecilla en mi cabeza.
—No es por eso —espeté en voz alta. Para mi desgracia, tragué agua y acabé balbuceando y tosiendo al mismo tiempo.
—¿Estás bien ahí dentro? —llegó la voz lejana de Luca a través de la puerta.
—¡Sí! —grité una vez que me recuperé.
—¿Con quién hablas? —Podía escuchar la diversión y casi ver la sonrisa en su voz.
—Conmigo misma. Es la única manera de tener una conversación decente en este sitio.
—Te recuerdo que me cuesta muy poco ir a tirar de la cadena...
—No te atreverías.
Se atrevería sin dudarlo, pero también sabía que tenía unas tuberías tan elegantes que, si tirabas de la cadena o abrías un grifo en otra parte, no traumatizabas de por vida a quien estuviera en la ducha; muy distinto a la fontanería de mi casa.
Se me encogió el estómago al pensar que todo esto cambiaría, posiblemente pronto, sin importar lo que dijera Luca sobre tener siempre tiempo para mí.
Las cosas cambiaban. Así era el mundo. Era solo que, a veces, sentía que el mundo me estaba dejando atrás.
Alcé la cara hacia la alcachofa y dejé que el agua me empapara para limpiar los pensamientos y aquellos miedos secretos.
Luca estaba esperando cuando salí de la ducha con unos vaqueros viejos y una camiseta que tenía guardados en su piso. Nos dirigimos a los ascensores y bajamos a la planta baja envueltos en un silencio amortiguado y lujoso.
—Menos mal que tenía esto aquí —dije, tirando de la ropa limpia mientras nos dirigíamos al coche, después de que Luca se hubiera detenido en la recepción para revisar el correo—.
Aunque no creo que a tu conserje le sorprenda mucho que otra mujer salga de tu piso con la misma ropa con la que llegó el día anterior.
Luca desvió la mirada y me miró con paciencia.
—Qué graciosa.
—¿Qué? —Apretó el botón de la llave y las luces de su BMW parpadearon dos veces mientras nos acercábamos a él.
—Tú.
—¿Yo qué? —Esperé, pero Luca se limitó a inclinarse sobre mí para abrirme la puerta. Me quedé donde estaba.
—¿Vas a subir?
—¿Vas a responder a mi pregunta?
Él soltó un suspiro.
—Solo digo que estoy bastante seguro de que te crees que soy mucho más donjuán de lo que en realidad soy.
—No lo creo. Soy bastante astuta.
Luca no contestó, pero la manera en que evitó mi mirada sugería que no estaba de acuerdo. En su lugar, se echó hacia atrás, con una mano en la puerta del coche, esperando a que subiera. Dudé un momento y luego entré en el vehículo.
Había poco tráfico, y el trayecto hasta mi piso fue sorprendentemente tranquilo para ser Londres. Incluso Luca estaba callado.
—¿Va todo bien? —pregunté mientras se metía a duras penas en una plaza de aparcamiento para visitas, diseñada para coches de hace unas cuantas décadas y, por lo tanto, mucho más pequeños. Por suerte, uno de mis vecinos no estaba, lo cual facilitó las cosas.
—Sí. Te esperaré aquí por si vuelve tu vecino y tengo que mover el coche.
—Vale —dije, poco convencida—. No tardaré.
Él asintió sin levantar la vista y sacó el móvil de la chaqueta, concentrándose de inmediato en otra tarea.
En menos de diez minutos volví a salir, enfundada en un vestido informal pero femenino, y con la persistente y molesta sensación de que Luca estaba cabreado conmigo. Me deslicé de nuevo en el asiento de cuero y me eché hacia atrás para coger el cinturón.
—¿Podemos parar en algún sitio para comprarle unas flores a tu madre?
—No hace falta que lo hagas.
—Ya sé que no hace falta, pero me apetece. Si es posible.
Luca pulsó el botón del salpicadero para arrancar el coche y un ronroneo gutural brotó del tubo de escape.
—Vale. Conozco un apartadero en el camino que tiene mucha variedad.
—Siempre me llevas a los sitios más distinguidos.
Tenía la cara medio vuelta hacia el tráfico mientras esperaba para incorporarse, pero pude ver la sonrisa.
—Recuérdalo siempre.
* * *
Había acertado con el vendedor de flores.
Mientras aparcábamos frente a la casa de sus padres, justo detrás del coche de una de sus hermanas, volví a olfatear el ramo que había elegido.
El aroma de las fresias, unas de las favoritas de María, me embriagó los sentidos.
El resto del viaje había transcurrido en el mismo silencio, y cuando Luca apagó el motor, me volví para mirarlo.
—¿Estás seguro de que no pasa nada?
Hizo una pausa, con la mano en el tirador de la puerta.
—Seguro.
—Entonces, ¿por qué casi no has hablado en todo el camino?
—No había mucho de qué hablar.
Se encogió de hombros e hizo ademán de moverse otra vez. Le puse una mano en el brazo.
—Te conozco desde hace demasiado tiempo para creerme esa excusa, Luca Donato. Tú siempre tienes algo que decir.
Giró lentamente su cabeza morena; sus ojos, del color del chocolate derretido, se encontraron con los míos.
El humor bailaba en ellos, pero había algo más.
Algo que no lograba descifrar. Y que, por lo visto, no quería compartir conmigo.
Volví a sentir el nudo en el estómago. Parecía que el cambio que tanto me preocupaba ya había empezado.
Caminamos hasta la puerta de entrada y Luca me miró de reojo mientras separaba la llave correcta del manojo.
—Deja de darle vueltas a las cosas. Vas a prenderle fuego a algo ahí dentro. Todo está bien.
—No le estoy dando vueltas a nada.
—Sí que lo haces. Tienes esa cara de «mi cerebro ahora mismo está en la fase de centrifugado».
Me detuve.
—Vale, de acuerdo. Es solo que... ¿seguro que estamos bien? Pareces un poco... distante esta mañana, desde que salimos de tu casa.
Me miró desde arriba durante un instante antes de rodearme con un brazo musculoso, acercándome a él para depositar un beso en mi sien.
—No estoy distante. Solo que ayer fue un día muy largo. Supongo que me está pasando factura, eso es todo.
—¿Seguro?
—¡Sí! —exclamó, tomándome la cara con sus dos manos grandes y con sus ojos oscuros clavados en los míos—. Te lo prometo. ¿Cómo podría estar yo distante contigo? ¿A quién tendría para sacarme de quicio y mantenerme con los pies en la tierra?
—Bueno. Tienes razón. —Intenté sonreír.
—¿Quieres intentarlo con un poco más de ganas, a ver qué sale?
—Lo siento. Es que me siento un poco... rara. Seguro que es por todo el desastre de las citas. No es que le esté sentando muy bien a mi autoestima.
—La persona adecuada cambiará eso. Será quien siempre esté ahí para ti. Quien te haga sentir que eres capaz de lograr cualquier cosa.
—Un poco como lo que siempre ha hecho tu familia por ti.
Sonrió y asintió, pero vi la tristeza que se escondía detrás.
—No me mires así. No necesito que me compadezcas. Estoy bien.
—Sé que lo estás. Y ya sabes que siempre serás parte de esta familia, quieras o no.
—¿Por qué no iba a querer? —le pregunté, genuinamente confundida.
Se encogió de hombros.
—No sé. Tú eres la que dice que las cosas cambian.
—Pero ¿y si no queremos que cambien?
Me miró largamente antes de dar un paso hacia mí, de modo que nuestros cuerpos casi se rozaron.
—Mira, Bee, tengo que...
—¡Aquí estáis! —El rostro radiante de la madre de Luca apareció cuando la pesada puerta de entrada se abrió de golpe hacia el interior—. Me pareció ver tu coche. ¿Qué hacéis ahí pasmados? ¡Pasad, pasad!
Nos hizo pasar a empujones y se desató una ráfaga de abrazos y besos mientras más miembros de la familia salían al pasillo para saludarnos.
Liberados ya de los abrigos, la marea nos arrastró hacia el interior, llevándose consigo cualquier cosa que Luca hubiera estado a punto de decir.
La inusual seriedad de su expresión me hizo preguntarme si, en el fondo, no había sido mejor así.
* * *
La mirada seria que le había ensombrecido el rostro justo antes de que entráramos en casa de sus padres se había disipado, al menos por el momento, para dar paso a esa sonrisa fabulosa con la que la naturaleza lo había bendecido, acompañada de un montón de carcajadas.
Era la escena típica a la hora de cenar en esta casa, y me encantaba.
Siempre me había encantado. La gente se estiraba para alcanzar las cosas pasando los brazos por delante de los demás, hablaban unos por encima de otros mientras discutían de broma y disfrutaban de la comida excelente y de la compañía con una naturalidad absoluta.
Pensé que la familia de Luca era perfecta desde la primera vez que me invitaron, aunque, en aquella ocasión, me limité a quedarme sentada en silencio, maravillada por cómo se hacían las cosas allí, tan distintas de las comidas que de vez en cuando compartía con mis padres.
Allí todo era ordenado, silencioso y rígido.
Aquí había ruido, caos y era una absoluta maravilla.
Llena de comida deliciosa, salí al jardín después de cenar con Frank, que me estuvo hablando de las verduras que había cultivado durante el verano y de las que aún crecían en el invernadero.
El tiempo había dado un giro brusco, y el calor de finales de verano del que habíamos estado disfrutando definitivamente había dicho arrivederci , dejando a su paso una brisa helada y un aire frío que cortaba la cara.
—Entra y ponte calentita —dijo el padre de Luca, instándome a salir del invernadero—.
Solo me quedaré charlando un rato con algunas de estas plantas.
Para asegurarme de que saben lo que espero de ellas.
—Me guiñó un ojo—. Enseguida entro yo también.
Anda, ve. Tómate algo caliente. A estas alturas, seguro que María ya tiene hecho el café. Dile que me guarde una taza.