Vivir tu mejor vida Capítulo 10
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Capítulo 10

Luca ya estaba despierto y trasteando por ahí cuando salí del dormitorio a la mañana siguiente.

Siempre había sido un madrugador. A mí me sacaba de quicio en las vacaciones que habíamos hecho juntos, cuando me apetecía quedarme en la cama, pero, para ser justa, probablemente había visto muchos más de los lugares que visitábamos de los que habría visto en caso contrario.

Ahora lo llevaba mejor, pero, entre las copas que me tomé en el restaurante con el estómago vacío y las dos copas enormes de un tinto con cuerpo que disfruté con la deliciosa cena de Luca, dormí mucho más profundo de lo habitual.

Además, el cuarto de invitados de Luca transmitía las mismas vibraciones de hotel de cinco estrellas que su cuarto de baño.

Siempre dormía bien allí. No sabía con exactitud cuál era el ingrediente mágico, pero ojalá lo supiera para meterlo en un frasco, llevármelo a casa y usarlo en las noches en las que me quedaba despierta en la oscuridad, deseando que el sueño viniera a reclamarme.

—Buenos días. ¿Zumo?

—Buenos días. Sí, por favor.

—¿Alguna preferencia?

—No.

Asintió y dos minutos más tarde estaba yo sentada en la isla de cocina cubierta de cerámica negra veteada con un vaso grande de zumo fresco y frío de naranja sanguina, mientras unas jugosas lonchas gruesas de beicon se freían de forma tentadora en la sartén, listas para convertirse en la pareja perfecta del pan de molde blanco, recién hecho y untado con mantequilla, que ya descansaba frente a mí sobre una gruesa tabla de cortar de madera.

—Me sorprende que las mujeres que se quedan a dormir aquí se vayan alguna vez —dije unos minutos más tarde, mientras daba buena cuenta del sándwich con absoluta felicidad.

Luca me lanzó una breve mirada interrogante mientras terminaba de prepararse el suyo. Agité el mío en su dirección.

—Ah. Por un momento pensé que te referías a mi encanto y a mi compañía irresistibles.

—Lo siento. Te conozco desde hace demasiado tiempo para pensar que era por eso.

Esbozó una sonrisa tensa.

—Qué graciosa. Y mi afición a los sándwiches de beicon los fines de semana no es que haya sido muy bien recibida por algunas de mis citas.

—¿De verdad? —pregunté, saboreando la perfección del beicon, frito hasta alcanzar el punto exacto de crujiente, y el suave pan de molde blanco con la consistencia ideal—. Me casaría contigo solo por esto.

El sándwich de Luca se detuvo a medio camino de su boca.

Puse los ojos en blanco.

—Tranquilo. No te estaba pidiendo matrimonio. Puedes relajarte, solo era un decir. No hace falta que pongas esa cara de pánico.

—No he puesto cara de pánico. Ya te dije que estaba buscando algo más serio. ¿No se trata de eso este maldito reto?

Tragué el bocado.

—Vale. —Fruncí el ceño—. ¿Qué te pasa? Si no quieres seguir con el reto, dilo, por favor. A mí tampoco es que me haya llenado de alegría hasta ahora y lo dejaría encantada. Pensaba que querías hacerlo..., para encontrar a la mujer de tu vida.

Hice todo lo posible para que no se me notara ni una pizca de sarcasmo en la voz mientras le daba otro mordisco. A juzgar por la expresión que cruzó el rostro de Luca, no lo logré del todo.

—Sí que quiero —dijo.

Esperé a que dijera algo más, pero resultó que eso era todo. Nos quedamos sentados en silencio durante unos minutos, disfrutando de la comida. Luca todavía tenía una sutil arruga en el entrecejo.

—Sigues con el ceño fruncido.

—No es verdad.

—Sí lo tienes. Te estoy viendo la cara.

—Pues te equivocas. ¿Está bueno el sándwich?

—Perfecto, como siempre. Gracias.

—De nada.

—¿Pasa algo malo?

—No. —Me devolvió la mirada mientras llenaba el lavavajillas y el ceño fruncido había desaparecido.

O casi. A lo mejor solo estaba cansado después del largo día de ayer.

Fuera lo que fuese, sabía por experiencia que a Luca no se le podía sacar nada a la fuerza.

Si quería contarme algo, lo haría. Pero solo cuando estuviera preparado.

—Entonces, ¿qué querías decir con que la comida espanta a algunas mujeres?

Parecía una estrella de cine, era amable, divertido y cocinaba de maravilla. No estaba muy segura de qué más querían. ¿Quizás que lo bañaran en oro?

—Ah, algunas que estaban haciendo dietas que parecían bastante extremas y no eran precisamente fans de la cantidad de parmesano que le pongo a la pasta.

—Pero lo que tú comas no es asunto suyo. No les estabas pidiendo a ellas que se lo comieran.

Se encogió de un hombro.

—Hubo una vegetariana que me exigió que no pidiera nada de carne cuando la llevé a cenar.

—Vaya. ¿Y cómo acabó la cosa?

—Bueno, no pedí carne, pero no me hace gracia que me digan lo que puedo o no puedo hacer, sobre todo cuando se trata de comida, que me encanta, así que, obviamente, la cosa no iba a ir a ninguna parte.

Y, por supuesto, estuvo el momento incómodo con la vegana.

Para ser sincero, cuando le ofrecí un sándwich de beicon, en realidad no sabía que era vegana. No había salido el tema.

—Huy.

—Nos conocimos en un bar una noche. Y... —hizo un gesto con las manos—, una cosa llevó a la otra.

—Lo que llevó a que le ofrecieras un sándwich de beicon.

—Lo que llevó a que me montara un pollo monumental por mi falta de consideración y mi egoísmo antes de salir echando chispas del piso.

—Ah.

—Tiene gracia, porque un rato antes me había dedicado bastantes cumplidos sobre mi generosidad. —Me dedicó una sonrisa de oreja a oreja y subió y bajó sus oscuras cejas.

Le dirigí una mirada fugaz en la que mezclé la cantidad justa de infinita paciencia y resignación.

—Supongo que la gente puede ser muy apasionada con sus creencias.

—Como tiene todo el derecho a serlo. Lo que me molestó fue que intentara imponérmelas, o que ella actuara como si yo estuviera siendo cruel a propósito cuando no me había dado toda la información.

—Sí, lo entiendo. Bueno, si alguna vez te sobra comida que nadie sepa apreciar, ya sabes adónde mandarla. Y que conste que, si se hubieran tomado la molestia de conocerte, se habrían dado cuenta de que tú jamás menospreciarías los sentimientos o las creencias de nadie de esa manera.

Asomó una versión más tenue de su deslumbrante sonrisa.

—Gracias, Bee.

Me encogí de hombros.

—Es la verdad.

—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó mientras yo empujaba nuestros taburetes bajo la isla de la cocina.

—Buf, no lo sé. Probablemente debería limpiar un poco el piso y luego, a lo mejor, hago algo útil y enriquecedor para la mente, como pegarme un atracón de alguna serie en Netflix.

Sonrió.

—¿Quieres venir a cenar a casa? A papá y a mamá les encantaría verte.

—Oh, Luca, sería estupendo. Pero no puedo presentarme así de sopetón sin que tu madre lo sepa.

—Se lo digo ahora.

—Ya sabes a qué me refiero. Ya estará preparando la cena para un número exacto de personas.

Me hizo una mueca.

—Bee. Llevas viniendo a casa de mis padres desde que tenías cinco años. ¿Cuándo no ha habido comida de sobra?

En eso tenía razón.

—¿Seguro que no les importará?

Luca estaba mirando el móvil. Justo cuando terminé de hablar, sonó otra voz.

—Hola, tesoro. ¿Vienes a cenar al final?

La madre de Luca había nacido en Inglaterra, pero su voz seguía teniendo ese deje cantarín propio de la cadencia italiana.

—Sí. ¿Te parece bien que venga Bee?

—¡Claro que sí! ¡Oh, sería maravilloso! Ya sabes que no tienes ni que preguntarlo.

—Lo sé. Pero Bee estaba preocupada.

—¿Está ahí contigo ahora?

—Sí. Tuvo una cita de mierda anoche y acabó quedándose a dormir aquí.

—Vaya... Bueno, espero que ya esté bien. Será un placer verla. ¿Habéis desayunado los dos?

—Sí, mamá. —Luca se rio—. Nos vemos en un rato, entonces.

—Vale, cariño. Conduce con cuidado. Dale un beso a Bee. Estamos deseando volver a verla. Ha pasado demasiado tiempo.

Se despidieron y él colgó.

—¿Satisfecha?

—Sí. Gracias.

—Ya sabes que siempre eres bienvenida, Bee. Aquí o allí.

—Lo sé —dije, apoyándome en la ventana a la que me había acercado, contemplando Londres desde las alturas mientras la ciudad despertaba a su mañana de sábado.

—No suena a que estés muy convencida. —Se acercó para ponerse a mi lado.

Levanté la vista. A los siete años, yo había dado el estirón y hubo un momento fugaz (probablemente de una semana y media) en el que fui más alta que Luca. No duró mucho y, ahora, midiendo uno noventa y tres, me sacaba casi treinta centímetros.

Lo miré.

—No, en serio. Lo sé.

—¿Por qué me cuesta tanto creerlo, entonces?

Devolví la mirada a la calle.

—Bee, sé que tus padres siempre te decían que no molestaras en nuestra casa, pero nunca lo hiciste. Y nunca lo harás. Allí no. —Inclinó la cabeza, obligándome a mirarlo a los ojos—. Y aquí tampoco.

Le esbocé una breve sonrisa.

—Gracias. Aunque puede que tu próxima cita tenga algo que decir al respecto.

—Entonces no habrá una segunda cita. Eres parte de mi vida. Siempre lo serás.

—Ya.

Dejó escapar un suspiro.

—¿Por qué me da la sensación de que no estás convencida?

—Las cosas cambian, Luca. No sabemos qué nos depara el futuro ni cuánto tiempo libre nos quedará. O qué acabará siendo importante.

Se apartó de la ventana.

—Tú siempre serás importante para mí, aunque tú no sientas lo mismo.

Empezó a alejarse.

—Luca, no me refería a eso.

—No pasa nada, Bee.

—Sí pasa. No quiero que pienses eso. No es lo que quería decir.

—¿A qué te referías, entonces?

—A que... la gente se ocupa. Acaba teniendo otros intereses. Por mucho que digan, las cosas pueden cambiar.

—No soy tu madre, Bee. —Sus ojos se clavaron en mí—. Nunca estaré demasiado ocupado para ti.

Tragué saliva y aparté la vista de él, volviendo a mirar por la ventana.

—Deduzco que has sabido algo de ella.

—Ayer.

—No va a volver por Navidad, ¿verdad?

—No.

—¿Te ha dado alguna razón?

—Algo de un viaje con su marido para ver a la familia de él.

Nunca había sido capaz de considerar al segundo marido de mi madre como mi padrastro.

Solo lo había visto un par de veces y había mostrado un interés nulo en convertirse en cualquier tipo de figura paterna.

Tenía una familia de un matrimonio anterior y, por lo visto, eso era todo lo que necesitaba; igual que era todo lo que mi madre necesitaba, según parecía. Incluso en Navidad.

Luca había vuelto adonde yo estaba de pie, junto a la ventana.

—Lo siento, cariño. No te merece. —Me pasó los brazos por detrás de la espalda y me dio un abrazo.

—No. Probablemente tengas razón. —Forcé un tono de convicción en la voz. Él tenía razón. Ella no me merecía. Pero el dolor me seguía quemando por dentro, incluso después de todos estos años.

—Obviamente, te vendrás con nosotros.

—No, Luca. Está bien. De todas formas, solo es un día. —Apoyé brevemente la cabeza contra su ancho pecho—. Pero gracias de todos modos.

—No era algo que estuviera abierto a debate, pero, si lo prefieres, podemos hablarlo cuando se acerque la fecha para guardar las apariencias.

Me eché a reír y le di un suave golpecito hacia atrás con la cabeza contra su robusto pecho.

—Eres todo un macho alfa.

Oí y sentí su risa vibrar en el pecho cuando me dio un rápido apretón de respuesta antes de que yo me girara y sus brazos me soltaran.

—En fin, si esto de las citas sale bien, puede que lleves a la Mujer Ideal a casa de tus padres. A fin de cuentas, Tia ya dejó claro que la fecha límite era Navidad.

Luca guardó silencio. Levanté brevemente las cejas.

—¿Y quién sabe? A lo mejor para entonces yo también he conocido al Hombre Ideal.

Me miró desde arriba durante un instante antes de apartarse.

—Sí, a lo mejor. Y bien, ¿quieres pasar por tu casa a cambiarte o tienes algo aquí?

—Preferiría ponerme algo un poco mejor que lo que tengo aquí. ¿Es mucho lío?

—Para nada. ¿Quieres ducharte antes de irte o en tu casa?

Todavía llevaba puesta la camiseta que me había prestado para dormir, lo cual se había convertido en una especie de costumbre, y, a diferencia de mi piso, el moderno apartamento ecológico de Luca siempre resultaba muy agradable y cálido.

Nuestra diferencia de altura y de talla hacía que fuera imposible que la camiseta enseñara más de la cuenta, por lo que yo estaba más que encantada de gandulear por ahí llevándola puesta.

En casa, estaría embutida en mi enorme y esponjosa bata.

Sopesé las opciones. Mucha agua caliente con un gel de ducha de olor celestial bajo una alcachofa con efecto lluvia aquí, o agua que con suerte saldría caliente, aunque lo más probable era que estuviera tibia, de una alcachofa normal y corriente parcialmente obstruida por la cal en mi casa.

—¿Puedo hacerlo aquí?

Sonrió.

—¿Aún no has arreglado la caldera?

—Está en la lista de cosas pendientes.

—Lleva en esa lista desde que te mudaste.

—Ya lo sé. Iba a arreglarla con el bonus de aquel año.

—El año que dejaron de dar bonus.

Le hice una mueca.

Él negó con la cabeza.

—¿Por qué te quedaste? Puedes aspirar a mucho más que a ese sitio. Allí estás superinfravalorada, por no hablar de lo mal pagada que estás.

—El dinero no lo es todo.

—Eso es verdad. Y sabes que no pienso así.

Sabía que no, a pesar de que le sobraba de todo para vivir «desahogado» (como suele decir la gente cuando lo de «desahogado» se queda bastante corto, que es como decir que hace un poco de brisa en medio de un huracán de categoría cinco).

Y, por supuesto, la gente con dinero siempre dice que el dinero no lo es todo. Pero, ah, intenta quitarle un poco...

—Si estuvieras siguiendo tu verdadera vocación o en un puesto que te encantara, podría entender que te quedaras, pero no es el caso; ni una cosa ni la otra.

—Me gustan los ordenadores y creo que ya hemos tenido esta conversación —dije, enderezándome de donde estaba apoyada, en el respaldo del taburete, y poniendo rumbo a la ducha.

—La hemos tenido. Y todavía no has dado ni una sola razón decente de por qué te quedas ahí, sin que te valoren y cobrando una miseria.

—Me voy a duchar.

—Bee...

—¿Qué? —respondí, dándome la vuelta pero sin dejar de alejarme.

Luca no dijo nada, pero su mirada lo decía todo.