Vivir tu mejor vida Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Luca negó con la cabeza, me colocó suavemente las manos a ambos lados de las mejillas y me besó la frente.

—Tú, Bee, no eres invisible nunca. Digas lo que digas. Es solo que hay gente que no sabe apreciar lo bueno cuando lo tiene delante.

Esbocé una media sonrisa y sentí que algunas de las inseguridades que las últimas citas me habían reavivado empezaban a desmoronarse como acantilados de tiza a punto de caer.

—¿Quieres ducharte para entrar en calor?

El baño de Luca era como los que encuentras en los hoteles de cinco estrellas: todo sutil y elegante, con una gran alcachofa de ducha efecto lluvia, toallas suaves y esponjosas, y litros y litros de agua caliente.

—¿Seguro que no te importa? Es evidente que has tenido un día largo y se está haciendo tarde.

—¿Y qué? Quédate a dormir. ¿A menos que tengas planes mañana por la mañana?

Negué con la cabeza y envié otra pequeña ráfaga de gotitas.

—Huy. Perdón.

Él le restó importancia con un gesto de la mano.

—Ve a entrar en calor. Tienes algo de ropa en la habitación de invitados. Ya sabes dónde está todo.

Como había habido un montón de noches que acabé quedándome a dormir sin planearlo a lo largo de los últimos... a saber cuántos años, poco a poco había ido dejando algunas cosas allí. Le había propuesto llevármelas de vuelta, pero Luca me dijo que tenía sentido dejar un par de mudas.

—¿A las mujeres no les parece raro que tengas todo esto en tu armario?

Se encogió de hombros mientras se quitaba la chaqueta del traje y la colgaba en el respaldo de una silla. Llevaba una camisa de un blanco inmaculado, que seguía impecable a pesar de habérsela puesto todo el día, y que hacía maravillas con su piel y sus ojos oscuros.

Me dirigió una mirada inescrutable.

—La mayoría de las mujeres, a menos que sean mis hermanas o tú, no se quedan en la habitación de invitados...

—Ah... claro. No. Por supuesto.

Sonrió, ofreciendo una demostración perfecta de por qué las mujeres no se quedaban en la habitación de invitados.

—¿Estás seguro de que no es molestia?

—Que no. Venga, voy a preparar algo de comer.

¿Te apetece algo en especial? —preguntó mientras se remangaba el algodón caro de las mangas justo por debajo de los codos, dejando a la vista unos antebrazos fuertes y bronceados que podrían hacer que la imaginación de cualquier chica se desviara hacia lugares peligrosos.

—¿Vas a cocinar con esa camisa blanca? —pregunté, un poco horrorizada. Gracias a haber crecido en una casa donde la comida se veneraba y se disfrutaba, Luca había recibido buena formación y era un cocinero experto, pero aun así.

Miró hacia abajo y volvió a levantar la vista con una sonrisa maliciosa en su atractivo rostro.

—¿Prefieres que me la quite?

Puse los ojos en blanco, me di media vuelta y puse rumbo al cuarto de baño.

* * *

Me senté con las piernas cruzadas en el sofá de Luca, justo terminando mi segunda copa enorme de vino, y dejé escapar un suspiro.

—Ese ha sido sonoro. ¿Algún motivo en especial?

—¿Por qué las citas no pueden ser como esto?

Cambió un poco de postura para quedar más de frente, con una expresión seria en sus ojos de largas pestañas.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes, relajado. Interesante. Divertido. Sentir que a la persona con la que estás le hace la más mínima ilusión que estés ahí para empezar.

—¿Tan malas han sido todas?

Lo miré.

—Supongo que las tuyas no lo han sido.

Solté otro gran suspiro.

—Por supuesto que no.

—Si hubieran sido tan estupendas, no estaría aquí contigo, ¿no?

Antes de que pudiera abrir la boca, Luca ya se había inclinado hacia mí.

—Ha sonado fatal.

Me encogí de hombros, intentando ignorar los sentimientos que aporreaban la puerta de mi cerebro exigiendo que los dejara entrar. La gente solo se fija en ti cuando le conviene...

—No pasa nada. Es la verdad.

—No en el sentido en el que ha sonado.

No estaba segura de que hubiera otra manera de tomárselo, pero Luca parecía decidido a que yo la encontrara y no soportaba la expresión de preocupación en su rostro, así que hice un esfuerzo consciente por demostrarle que lo entendía y le quité hierro al asunto con un gesto.

—¿Entonces no han ido bien?

—Algunas han estado bien. Pero solo eso. Bien. Otras han sido un poco raras. Una mujer se pasó toda la noche sin hablar de otra cosa que no fuera su gato. Literalmente, era su único tema de conversación. Si yo intentaba desviarme hacia otra cosa, al final acabábamos volviendo a lo mismo.

—Supongo que querrá mucho a su gato. —Levantó las manos y se encogió de hombros de una forma muy italiana mientras respondía.

—A mí me encantan los animales, pero aun así...

—¿Un poco exagerado?

—Un poco exagerado.

—¿Alguna otra cita desastrosa?

—Una mujer estaba tan nerviosa que se pasó casi toda la noche en silencio.

—¿No se relajó una vez que empezasteis a hablar?

—La conversación fue, por decirlo suavemente, un poco forzada.

Levanté una ceja.

—¡Tú hablas por los codos!

—Gracias.

—De nada.

—Sigue siendo un poco complicado cuando no recibes casi ninguna respuesta.

—Sí, entiendo que eso pueda hacerlo todo un poco más difícil.

—Me dio pena. Parecía un encanto de verdad, así que espero que encuentre la forma de estar menos ansiosa, o a alguien con quien realmente se sienta cómoda.

—Sí. Yo también. Es una situación estresante hasta en el mejor de los casos.

—Puede serlo.

Solté un bufido sarcástico.

—Luca Donato, a ti tener una cita no te ha estresado jamás de los jamases.

Se irguió un poco.

—¿Quién lo dice?

—Ah, no sé. ¿Todo el mundo? A ti no te estresa nada. Simplemente lo haces. Te lanzas. Coges al toro por los cuernos. Todas esas metáforas.

—¿Qué otra opción hay? Eso no significa que no me sigan poniendo nervioso ciertas cosas.

—Nunca dices que lo estás. Y desde luego no lo parece.

Se encogió de hombros.

—Supongo que a veces las apariencias engañan.

El silencio flotó a nuestro alrededor por un instante. El ruido de la calle que teníamos debajo quedaba silenciado por el caro y eficiente doble acristalamiento. El disco que había puesto a reproducir en su altavoz inteligente hacía un rato ya había terminado. Todo estaba en calma.

—¿Por qué nunca me lo habías contado? —pregunté.

—Porque intentarías solucionármelo.

—¿Y?

—Y no puedes. Igual que yo no pude solucionárselo a mi cita. Algunas cosas tienes que arreglarlas tú misma.

—Eso no significa que no me habría gustado saberlo.

Me sostuvo la mirada.

—No quería que te sintieras mal por mí o que me tuvieras lástima.

—¡Créeme, no te tendría lástima! Eres demasiado guapo y tienes demasiado éxito como para entrar en esa categoría, me temo.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Entonces, ¿cuándo dejé de cumplir los requisitos para eso, según las normas de Bee?

—Oh, más o menos cuando tenías cinco años y medio.

Se rio y se estiró para darme un achuchón.

—Aun así, me habría gustado que me lo contaras —dije cuando se echó hacia atrás, con la mirada clavada en la mía al levantar yo la vista hacia él. Las pestañas largas y tupidas que yo llevaba décadas envidiando proyectaban sombras sobre sus mejillas a la luz tenue.

—Lo siento.

Me encogí de hombros.

—No pasa nada. Supongo que a veces se me olvida que tienes a tu familia para hablar. Imagino que ellos lo saben.

Hizo una pausa, sosteniéndome la mirada un instante más antes de apartar la vista.

—Sí, ellos lo saben todo.