Vivir tu mejor vida Capítulo 9
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Capítulo 9

Me di la vuelta, salí del bar y me metí de lleno en un aguacero.

En cuestión de instantes, el pelo se me quedó pegado a la cabeza y el vestido se me pegó al cuerpo.

Ninguna de las dos cosas me favorecía. Me puse el abrigo fino a toda prisa sobre el vestido empapado.

Si no hubiera estado tan en racha, igual lo habría pensado mejor y me lo habría puesto antes de salir a la calle.

Aunque el propio abrigo ahora también estaba calado, así que parecía ser uno de esos casos de lo comido por lo servido.

Me abrí paso bajo el diluvio en dirección a la estación de metro.

Pasó una furgoneta Transit que corrigió su trayectoria de manera muy evidente para pillar el enorme charco que se había formado en el bordillo, lo que provocó que un arco perfecto de agua asquerosa surcara el aire y diera en el blanco, es decir, en mí.

Genial. Ahora no solo estaba mojada, sino sucia y mojada.

Y hambrienta. Y por lo visto, era una aburrida, según mi cita.

Menudo día completito llevaba. Al menos no podía ir a peor.

Sentí el móvil vibrar contra mi cuerpo dentro del bolso. Me refugié en el soportal de una tienda que todavía no estuviera ocupado por nadie esa noche y lo saqué. Era Luca.

—Hola.

—Hola. Oye, ¿interrumpo algo?

—No.

—Vale... ¿estás en casa, entonces?

—No. Voy de camino al metro.

—Tu línea está cortada. Por eso te llamaba. Ha habido algún tipo de incidente.

Solté un quejido. Había ido a peor.

—¿Dicen si han puesto autobuses en su lugar? —Me pegué más a la puerta mientras un camión de reparto levantaba otro surtidor de agua cerca de mí.

—La cosa está un poco en el aire por el momento, pero deberían hacerlo.

Dejé escapar un suspiro.

—Vale, gracias. Bueno, iré a la estación a ver de qué me entero. Gracias por el aviso.

—¿Qué es ese ruido?

—¿Qué ruido?

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—¿Te están castañeteando los dientes?

—Mmm... puede. Es solo porque he dejado de moverme. Cuando ando, se me pasa.

—No hace tanto frío, Bee. ¿Te encuentras mal?

—Estoy bien. Solo me he mojado un poco.

—¿Dónde estás?

Se lo dije.

—Quédate ahí. Voy a buscarte.

—No, Luca. De verdad, estoy bien. Ya estoy empapada de todos modos. No creo que sea físicamente posible mojarse más. No salgas con la que está cayendo.

—Ya estoy fuera. Hoy tenía una reunión en Devon. Vuelvo de camino y estoy a unos diez minutos de ti. Dios sabe cuánto rato te tirarías esperando si aún no han organizado los autobuses. Te morirás de frío. Tu madre nunca me lo perdonaría.

—Mi madre ni se enteraría ni le importaría lo más mínimo —respondí con sinceridad.

—Entonces mi madre nunca me lo perdonaría.

Probablemente ahí sí tenía razón.

—Llego en unos minutos. ¿De acuerdo?

—No me importa ir a la estación. Seguro que no pasa nada.

No estaba segura en absoluto de que no pasara nada. Ya había pasado por eso, me conocía la historia de sobra y la espera de tres horas por un autobús o tren fantasma era la prueba, pero bueno.

—Bee. Oigo cómo te giran los engranajes del cerebro desde aquí. Ya estoy en la calle. No es ninguna molestia y la verdad es que preferiría que no te murieras de hipotermia.

—Vale, gracias, entonces. Sería genial.

—Al menos no hasta que yo gane este reto y te demuestre que te equivocas. Otra vez.

—Ja, ja. Solo trae tu dichoso coche hasta aquí, o la palmaré solo por fastidiarte.

Su risa profunda y melódica flotó a través del teléfono y me envolvió en un cálido abrazo de amistad.

—Puede que necesites poner un plástico o algo en el asiento. Estoy goteando literalmente.

—Es de cuero. Se limpia fácil.

—Si tú lo dices. ¡Pero luego no me pases la factura!

—Lo prometo. Venga, intenta no espicharla según nuestro trato. Nos vemos en nada.

—Chao.

Colgó, guardé el móvil en el bolso y me crucé de brazos en un vago intento de entrar en calor.

No estaba funcionando. Entorné los ojos al mirar los coches que se acercaban, pero solo veía faros.

No lograba distinguir los colores hasta que los tenía casi encima, que era más o menos mi límite habitual con los coches de todas formas. El coche de Luca era negro. Qué útil.

Diez minutos y una propuesta un tanto incómoda después, un coche negro y elegante encendió las luces y se arrimó al bordillo.

No podía ver el interior, pero tenía una silueta vagamente similar a la del coche de Luca y de verdad esperaba que fuera él; de lo contrario, había bastantes posibilidades de que aquello se convirtiera en otro momento humillante para rematar la noche del todo.

La ventanilla bajó con un zumbido, apareció la cara de Luca y corrí hacia el coche.

Él se inclinó y empujó la puerta para abrirla.

—¡Joder, Bee! ¡Estás algo más que un poco mojada!

—Bastante mojada, entonces.

—Suenas como esos dientes de dar cuerda que no paran de castañetear.

—Gracias. Esta noche no paro de recibir piropos.

Luca se reincorporó al tráfico y me dedicó una mirada de reojo.

—No ha ido muy allá, ¿eh?

Sacudí un poco la cabeza y duché a Luca sin querer.

—Uy. Perdón. Pero no, no ha sido lo mejor del mundo.

—¿Quieres hablar de ello?

—Ahora mismo no, si no te importa.

Frunció el ceño.

—¿Qué ha sido eso?

—Mi estómago.

—¿No has cenado?

—No. Mi cita ya había cenado.

—¿Y por qué te ha impedido eso comer a ti?

—No sé. Me habría sentido rara.

—Vale. Este es el plan. Uno: necesitamos meterte en una ducha de agua caliente y ponerte ropa seca, a lo que seguirá rápidamente una buena cena.

—Para serte sincera, creo que ya se me ha pasado el hambre.

—Odio llevarte la contraria...

—Mentira. Te encanta.

—Es cierto. Pero aun así. Tu propio estómago está en claro desacuerdo con tu última afirmación.

Ahí me había pillado.

* * *

Luca aparcó en su bloque de apartamentos, encontró un hueco en el aparcamiento subterráneo oculto bajo el edificio, y yo caminé chapoteando a su lado hasta el ascensor.

—Siento que la cita no haya funcionado. Parece un desperdicio de un buen vestido.

Me miré de arriba abajo.

—Quedaba mejor cuando no estaba calado.

Luca hizo un gesto con la cabeza como queriendo decir «sí y no» y sonrió.

—No te queda tan mal ahora como tú te crees.

—Ya, a lo mejor en mi próxima cita debería adoptar el look de rata ahogada desde el principio. Igual tengo más suerte.

—No te perdiste nada. No quería decir nada antes, cuando me dijiste dónde habíais quedado esta noche, pero ese sitio tiene unas críticas pésimas sobre su comida de todos modos.

—¿Ah, sí? —pregunté, aceptando su invitación de entrar al ascensor antes que él mientras se abrían las puertas para recibirnos. Dudé y levanté la vista hacia él—. Voy a dejar un charco.

—El trayecto es corto, y ¿a quién le importa?

Seguí dudando. Con un suspiro, Luca me empujó hacia dentro junto a él y se inclinó para pulsar el botón de su planta. Le dirigí una mirada fulminante.

—¿Qué?

—¡Estaba pensando!

—En algo que no merecía ser pensado. Y tengo hambre, igual que tú. No tengo tiempo para que te quedes ahí parada preguntándote si vas a dejar un par de gotas en el suelo. Además, vas a coger una pulmonía si no te quitas eso pronto.

—Ah, no sabía que te importaba —dije, con toda la madurez de una niña de doce años.

Me lanzó una rápida mirada de reojo antes de volver a clavar la vista en los números que cambiaban en la pantalla del ascensor.

—A veces me pregunto para qué me molesto.

—Gracias. —Le dediqué una sonrisa, pero una vocecita minúscula en mi cabeza me pinchó. ¿De verdad pensaba eso?

El ascensor frenó educadamente en la planta correcta y las puertas se abrieron casi en silencio. Luca me indicó con la cabeza que saliera y empecé a deambular despacio por el pasillo hacia su apartamento.

—¿Qué pasa? —preguntó mientras caminaba a mi lado, habiendo aminorado su zancada habitual para que pudiera seguirle el ritmo con mis zapatos de tacón absurdamente altos.

Eran absolutamente preciosos, pero se habían desperdiciado por completo esta noche.

Creo que mi cita ni siquiera se había fijado en ellos.

—Nada, ¿por qué?

—Porque te conozco y puedo oír el engranaje de tu cerebro trabajando.

—No es nada.

—Es lo bastante importante para mantenerte en silencio, así que es algo.

—¡Tampoco hablo tanto!

—Conmigo, sí.

Tenía razón. Yo no siempre era buena para sacar temas de conversación, pero nunca había sido un problema con Luca ni con su familia. Un intento muy de aficionada de hacer de psicóloga me llevaba a suponer que tenía algo que ver con lo relajada que me sentía con todos ellos.

—No es nada. Probablemente solo le esté dando demasiadas vueltas a las cosas porque tengo frío y hambre.

—No sería la primera vez —respondió él, abriendo la puerta y haciéndome un gesto para que entrara. Levanté un pie, apoyándome en el brazo con el que él sujetaba la puerta abierta mientras me quitaba el calzado empapado.

—Bonitos zapatos. —Luca sonrió con aprobación.

—Repito, quedaban mejor cuando no estaban chorreando.

—Te preocupas demasiado. Podrías haber entrado en ese bar con la pinta que tienes ahora mismo y desde luego no te habría faltado atención con ese vestido y esos zapatos.

—Gracias. Para ser sincera, tampoco creo que mi cita se haya fijado en ninguno de los dos.

—Entonces era un imbécil que de todas formas no se merecía tu compañía. Venga, entra y caliéntate.

Me agaché y dejé los zapatos en el felpudo una vez que Luca hubo cerrado la puerta.

Me cogió el abrigo, que había demostrado ser de escasa protección contra el clima, y lo colgó al lado del suyo en una percha al calor de un elegante armario cuya puerta se mimetizaba con la pared.

La primera vez que vine de visita, me pidió que cogiera su chaqueta cuando fui a por la mía al salir a cenar y tardé varios minutos en localizar la dichosa puerta.

Por supuesto, Luca no fue de ninguna ayuda y, cuando se dio cuenta de que yo no volvía, se acercó a apoyarse en la pared para divertirse viéndome intentar encontrarla.

—Creo que hoy me siento un poco... invisible.