Capítulo 8 #2
—Sí, pero eres tú —repetí—. Es distinto. Me importaría muchísimo más.
Abrió la boca para decir algo, pero lo detuve.
—De verdad que te lo agradezco, Luca. Sabes que sí. Y me muero por dentro al saber que podría estar trabajando en un sitio tan genial y no tener que escuchar ni mirar a la neumática de Melissa nunca más. Pero no puedo. No puedo arriesgar nuestra amistad. Eso me importa más.
—¿Y si te prometiera que nada afectará jamás a eso?
Mi mirada se desvió hacia la web de citas, que seguía abierta en mi pantalla.
—No puedes prometerme eso. Por mucho que creas que sí. Las cosas pasan. Las cosas cambian. Pero gracias.
Sus ojos oscuros me escrutaron durante un largo rato.
—No voy a hacerte cambiar de opinión con esto, ¿verdad?
Negué con la cabeza, sintiendo una mezcla de tristeza y otras emociones a las que no lograba poner nombre.
—Creo que me voy a ir yendo a la cama, si no te importa. No me encuentro muy bien.
—Seguro que ha sido aquel plato precocinado de dudosa procedencia.
Le dediqué una sonrisa acuosa.
—Tal vez.
—¿Quedamos entonces mañana después del trabajo?
Asentí.
—Vale. Gracias.
—Descansa, Bee.
Me despedí con la mano, le lancé un beso como de costumbre y colgué.
¿Por qué nada era nunca sencillo?
* * *
En mi octava cita en tres semanas, mi mente empezó a divagar mientras el tío que tenía enfrente seguía dándome la chapa sobre sí mismo.
Llevábamos en el bar más de hora y media y aún no me había hecho ni una sola pregunta sobre mí.
Visto en retrospectiva, debería haberme largado hacía un buen rato.
Mi primera pista fue que apareció aparentando diez años más que en su foto de perfil y vistiendo como si tuviera quince menos.
La segunda pista llegó cuando sugerí pedir algo de comida y me dijo que él ya había cenado, así que no hacía falta.
Para ser sincera, no estaba del todo segura de por qué seguía sentada allí.
El hecho de que fuera estuviera diluviando y allí dentro estuviéramos secos era, siendo realistas, el argumento de mayor peso que se me ocurría.
Ninguna de las citas anteriores había ido mucho mejor.
Un chico que en su foto parecía un armario empotrado resultó serlo en la vida real, lo cual era un buen comienzo.
Por desgracia, resultó que no era nada más que eso.
Por mucho que intentara desviar la conversación hacia otros temas, enseguida rebotaba de vuelta a lo que en la práctica era una adicción al gimnasio.
Preguntas como cuánto levantaba en el press de banca recibían miradas inexpresivas por mi parte.
Y no porque no entendiera la pregunta, sino porque no entendía a cuento de qué me lo preguntaba.
En ninguna parte de mi perfil había mencionado yo (o más bien, Tia) que pisara el gimnasio.
En la vida. A ver, intentaba mantenerme más o menos en forma.
Londres tenía unos parques estupendos en los que perderse, y mi piso estaba a veinte minutos andando de la estación, lo que me ayudaba a acumular una cantidad decente de pasos cada día; vamos, que hacía lo que podía por mantenerme ligeramente activa.
—¿Has oído lo que he dicho?
La voz interrumpió mis pensamientos y me trajo de vuelta al presente... y al rugido de mi estómago. ¿Quién cenaba antes de una cita a la hora de cenar, para empezar?
—Ehm... no. Lo siento. No te he escuchado.
Mi cita se reclinó en la silla. Una postura nada favorecedora para su incipiente panza. Si tenía treinta y cinco años, yo me comía el sombrero. De hecho, a estas alturas estaba tan famélica que me comería el sombrero de cualquiera.
—No parece que le estés mostrando mucho interés a esta cita, si te soy sincero.
—¿Ah, no? —respondí, a falta de algo mejor que decir.
—No. Y, para ser sincero, me parece un poco de mala educación.
Una cosa de la que me había dado cuenta era de su tendencia a usar la palabra «sincero» en la mayor cantidad posible de variaciones de frases, lo cual resultaba irónico para alguien que se promocionaba con una foto de hacía por lo menos una década.
Me enderecé en la silla.
—¿Perdona?
—He dicho que es un poco de mala educación. —Habló más despacio, como si a mí me estuviera costando comprender sus palabras. En realidad me costaba, pero no por el motivo que él pretendía—. Tal vez lo mejor sea dejarlo aquí para que no siga perdiendo mi tiempo intentando impresionarte.
¿Impresionarme?
Llamó al camarero con un gesto brusco.
—¿Me traes la cuenta?
El camarero asintió y se dio la vuelta.
Un silencio tenso se instaló entre nosotros. El primero de la noche, pero solo porque por fin había dejado de hablar de sí mismo. Su acusación de que tenía mala educación daba vueltas y más vueltas en mi cabeza hasta que al final se me escapó de la boca.
—Lo siento, pero creo que estás siendo bastante injusto y, si alguien ha tenido mala educación esta noche, has sido tú.
El asombro tensó los músculos de su cara.
—¿Qué?
—Me has acusado de tener mala educación —dije, intentando mantener la calma y la dignidad—. Y creo que eso es injusto.
Soltó un bufido de desdén.
—Ah, conque sí, ¿eh? —dijo, arrebatándole la cuenta al camarero y echándole un vistazo rápido—. Pues a mí me parece injusto haber tenido que sentarme aquí con alguien tan sumisa y sosa y que no da palique, y encima tener que pagar por el privilegio.
Tiró unos billetes sobre la barra. Sentí que me hervía la sangre. Deslicé los billetes por la barra hacia mi cita antes de que el camarero pudiera cogerlos, y en su lugar le entregué mi tarjeta de débito al empleado.
—Por favor, cóbrate todo de aquí. Gracias.
Sonreí con toda la naturalidad de la que fui capaz. La expresión de la cara del chico de mi cita me indicó que no había ganado del todo aquella partida, pero que al menos había hecho un intento valiente.
Me volví hacia mi cita.
—Para tu información, no soy nada sosa y tengo mucho palique siempre que la persona con la que esté tenga los modales de molestarse en intentar darme algo de conversación.
Tal y como ha ido la cosa, no has hecho absolutamente nada en toda la noche más que sentarte ahí y dar la turra sobre ti mismo y sobre un montón de gente a la que no conozco de nada y que jamás conoceré.
Y, sinceramente, a juzgar por tus «divertidísimas»...
—levanté los dedos e hice el gesto de las comillas para dar énfasis— historias, espero no conocerlos nunca.
Para serte sincera, en realidad no tienen ninguna gracia.
De hecho, en el mejor de los casos son aburridas y, en el peor, ofensivas.
»Además, si invitas a alguien a quedar a la hora de cenar, por lo general se da por sentado que os despediréis después de tomaros algo o que pasaréis a cenar.
Tal y como ha sido, te has preocupado mucho de venir ya cenado.
Yo, en cambio, estoy muerta de hambre. Algo de lo que claramente te habías dado cuenta, pero no has hecho ni el más mínimo amago de sugerir que pidiéramos comida, incluso si tú no querías nada.
¡Llevo todo el día trabajando, apenas he comido al mediodía y he acabado cenando un bol de cacahuetes!
Así que, antes de ir por ahí acusando a la gente de tener malos modales, a lo mejor deberías mirarte al espejo.
Ah, y ya que te miras al espejo, intenta hacerte una foto más actual para la web en lugar de usar una de lo que, a todas luces, consideras que fueron tus años dorados.
Se me quedó mirando boquiabierto, como un besugo. Con cautela, el camarero empujó el datáfono hacia mí. Pagué y lo miré a los ojos un instante. ¿Acaso aquello era una sonrisa?