Vivir tu mejor vida Capítulo 8
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Capítulo 8

A las cinco y media ya estaba en pijama, calentando un plato precocinado que había encontrado en el congelador.

Me había desmaquillado y llevaba el pelo recogido de cualquier manera con una pinza, luciendo mi típico estilo de «estar por casa».

Mientras el microondas zumbaba, estuve bicheando Netflix sin prestar mucha atención, buscando algo que me enganchara.

Me decanté por un documental sobre el monte Everest y le di al play justo cuando el microondas pitó; hice malabares para colocar el plato caliente sobre una bandeja para el regazo.

Llamadme Señorita Sofisticación. Estaba a punto de dar el primer bocado cuando sonó el móvil con una videollamada.

Era Luca. Mi mirada vagó un instante hacia mi plato precocinado y luego volvió al teléfono, que seguía sonando.

Pausé la tele, solté un suspiro y descolgué.

—Antes de que digas nada, tengo hambre y esto es lo único que tengo ganas de cocinar ahora mismo. —Luca y yo no opinábamos lo mismo sobre mi afición a los platos precocinados.

—Deberías haber venido a mi casa después de tu cita. Podría haberte preparado algo comestible.

—Es comestible —dije, dándole un bocado. Vale, no era ni remotamente sabroso, pero sí mayormente comestible—. Salí a comer fuera.

—Cierto. Pero como no pudiste terminar de comer, deberías haber venido a verme.

—¿Y tú cómo sabes que no terminé?

—Todos sabemos que no terminaste —me sonrió—. A estas alturas ya sabes cómo funciona la fábrica de cotilleos del grupo.

Suspiré y me metí otro bocado en la boca.

—¿Qué es eso? —preguntó Luca, arrugando la nariz.

—Canelones.

—A otro perro con ese hueso.

—No los has probado.

—No me hace falta. Sé qué cara pones cuando estás disfrutando de la comida y no se parece en nada a esa.

—¿Llamabas por algo o solo para darme la tabarra con mis elecciones culinarias?

—Solo quería ver si estabas bien.

—¿Y por qué no iba a estarlo?

—Tia ha dicho que era un... bueno, no repetiré lo que ha dicho que era, pero me da la impresión de que no fue la mejor compañía.

—Al principio iba bien. Enterarme de que era un fanático de la caza y de saltarse la prohibición a la torera amargó un poco el momento. A partir de ahí, la cosa fue cuesta abajo.

—De todos modos, no merecía tu compañía.

—No. Eso mismo pensé yo. Por muy inculta que sea.

—¿Perdona?

—Me dijo que la razón por la que no estaba de acuerdo con sus decisiones era porque yo era una inculta.

El rostro de Luca volvió a adoptar esa expresión a lo Uno de los nuestros .

—No te preocupes. Estoy bien.

Luca no parecía nada convencido. No era ningún secreto que me acomplejaba no haber terminado la carrera y ser la única del grupo que no tenía título universitario. El accidente de papá había cambiado muchas cosas.

—De verdad que lo estoy, Luca. Te lo prometo. Comentarios así dicen más de él que de mí.

—Es cierto. Siempre y cuando te lo creas de verdad.

—Me lo creo —dije, apartando el envase de plástico casi vacío.

—¿Qué tal los supuestos canelones?

—No te pongas esnob con la comida.

Él sonrió.

—Entonces, ¿qué haces en casa? Pensaba que a estas alturas ya estarías en otra cita. No es propio de ti quedarte tirada en casa.

Enarcó levemente una de sus cejas oscuras y se acomodó mejor en su sofá.

—Hoy no estaba de humor.

—¿Tienes más citas programadas?

Obtuve un gruñido evasivo por respuesta.

—¿Y tú?

—Tengo a otro posible —dije vagamente, abriendo el portátil con una mano y entrando en la versión de escritorio de la página web—. Y, por lo visto, tengo un par de mensajes más. Obviamente, hay gente aburrida por ahí un domingo.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Menospreciarte.

—Estaba bromeando.

—Deberías, pero te conozco desde hace demasiado tiempo. Y no era una broma.

Me rasqué la pierna por hacer algo y para evitar quedarme enganchada en la intensa mirada de «te conozco de sobra» de Luca; una mirada que usaba a menudo y que a veces resultaba increíblemente inoportuna.

—En fin...

—Y bien, ¿cómo son los otros?

—Aún no lo he mirado.

—Míralo ahora.

—No, ya lo miraré luego. Para serte sincera, mi entusiasmo no está en su punto álgido después de lo de hoy, y para empezar tampoco es que estuviera rebosante de ilusión con todo esto.

—Me parece justo. —Se movió de nuevo—. Si quisieras una segunda opinión sobre alguno de ellos, no me importaría dártela. O sea, si quisieras preguntarme a mí, por supuesto.

Volví a mirar la pantalla de mi teléfono.

—¿Te estás ofreciendo a hacer una criba de mis opciones?

—Dicho así suena a que soy un prepotente.

—No lo decía con esa intención. Y gracias. Si no estoy segura con alguien, puede que te tome la palabra.

—Aunque estoy bastante seguro de que encontraré un montón de cosas que criticar.

—Desde luego, en el pasado ya lo has hecho.

Se encogió de hombros, sin rastro de arrepentimiento.

—Nunca eran lo bastante buenos para ti.

—Eso lo dirás tú.

—Sí. Y tenía razón. Todas y cada una de las veces.

—Debe de ser una carga inmensa esto de tener que llevar razón todo el tiempo.

—Me apaño.

—Quiero postre —dije, cambiando de tema.

—Queda conmigo mañana después de trabajar. Yo cocinaré y me aseguraré de que haya postre. De paso, también puedo ayudarte a evaluar a tus candidatos.

—¡No he dicho que fuera a enseñártelos seguro! De todos modos, ¿no tienes tú una cita mañana por la noche?

—Sí. Contigo.

—Oh, ja, ja. Me refiero con la posible Señorita Perfecta.

—Prefiero pasar el tiempo contigo.

—Nunca la conocerás si malgastas tu tiempo libre quedando conmigo.

—El tiempo que paso contigo nunca es tiempo perdido.

—Creo que mi cita de antes no estaría muy de acuerdo contigo en eso.

—Creo que él y yo no estaríamos de acuerdo en muchas cosas.

—Cierto. Bueno, si estás seguro de que no te importa.

—Claro que no. Ah, y hoy mamá preguntaba cuándo vas a volver a venir a cenar. Te echan de menos.

Le sonreí a la pantalla.

—Yo también los echo de menos.

Y era verdad. Los Donato me habían hecho sentir como una más de la familia, y su cariño y atención jamás habían flaqueado. Al contrario que los de mis propios parientes.

—Iré cuando les venga bien. Diles que siento no haberme pasado por allí desde hace tiempo. El trabajo ha sido una locura.

—¿No hay mejoras en ese frente, entonces?

Se me escapó un suspiro.

—Tomaré eso como un no. ¿Todavía no has contratado a nadie para ayudarte?

—Nop. Melissa no cree que sea necesario.

—Melissa no sabe hacer la o con un canuto.

—Esa es la pura verdad.

Melissa era mi jefa directa. Yo tenía más experiencia, más conocimientos y más destreza que ella.

Ella, en cambio, tenía un título universitario y unas tetas estupendas.

Ambos atributos habían impresionado a nuestro jefe supremo, aunque cuando el puesto quedó vacante (un puesto para el que yo estaba más que capacitada y que, de hecho, llevaba desempeñando gratis durante los últimos ocho meses), el jefe solo había mencionado su título como el factor decisivo para dárselo, pese a que para toda la oficina era obvio que otros factores, con toda seguridad, habían influido.

—Ya sabes la respuesta.

Dejé caer la cabeza hacia un hombro.

—No voy a ir a trabajar para ti.

—¿Por qué no? Eres la mejor informática que conozco, y me frustra muchísimo no poder convencerte de que te vengas a trabajar con nosotros.

Luca llevaba intentando ficharme para su empresa desde que la fundó.

Sobre el papel, parecía una decisión más que obvia.

Siempre que visitaba sus oficinas, se respiraba un ambiente genial y relajado.

Tenía una rotación de personal muy baja y, cuando surgía alguna vacante, les llovían las solicitudes, no solo por el buen sueldo y las excelentes condiciones, sino porque la empresa tenía fama de ser un lugar de trabajo fantástico.

Él había levantado el negocio de la nada y contrataba a la gente no solo por sus títulos, sino que realmente tenía en cuenta su experiencia, tanto laboral como vital.

Yo sabía que quería que dirigiera su departamento de informática.

El encargado actual llevaba un tiempo hablando de jubilarse, y yo podría hacer su trabajo con los ojos cerrados.

Era mucho más dinero del que ganaba ahora, tenía un paquete de beneficios que nada tenía que ver con el de mi puesto actual, y no tendría que rendirle cuentas a Melissa ni cargar con las culpas cuando algo que ella no había hecho nos acabara estallando en la cara.

—Porque...

Él se quedó esperando.

—¿La frase sigue? —preguntó al final.

—Tú ya sabes por qué.

—No. Lo único que sé es que eres la persona más capacitada para el puesto, que es lo único que quiero para mi empresa, y que te niegas a aceptarlo.

—¡Serías mi jefe!

—¿Y?

—Y sería rarísimo.

—¿Por qué?

—¡Porque sí!

Puso los ojos en blanco y me hizo un gesto circular con la mano para que continuara.

—¡Porque sí! Tendría que rendirte cuentas a ti. ¿Y si algo saliera mal? ¿O si no estuvieras contento con algo que yo hiciera? ¿Y si discutiéramos?

—Llevamos discutiendo desde que teníamos cinco años. Me sacas de quicio. Te saco de quicio. Es lo que hay. Y nos va estupendamente.

Ahí tenía razón.

—Pero no es lo mismo en un entorno laboral.

—Entonces... pongo a otra persona en medio como jefe de equipo. Así no tendrás que tratar conmigo directamente, si ese es el problema.

—Seguirías siendo mi jefe, Luca. ¡Eres el dueño de la puñetera empresa!

Luca masculló algo en italiano y soltó un suspiro.

—Odias tu trabajo. Se aprovechan de ti en tu trabajo. Mándalos a paseo y vente a trabajar conmigo. Por favor.

—No.

—Aarg. ¡Mujer insoportable! ¿Por qué te quedas en un trabajo que no te gusta cuando tienes una oportunidad mejor servida en bandeja de plata? Especialmente en una empresa donde en la cocina suele haber un montón de cosas ricas servidas en bandeja para los empleados.

—En circunstancias normales la aceptaría. ¡Claro que sí!

—¿Y entonces?

—Eres tú, Luca. Si metiera la pata, no me lo podría perdonar nunca.

—Bee, eres la persona más aplicada que conozco. Pero todos metemos la pata de vez en cuando. En el trabajo. En la vida. En el amor.