Capítulo 7 #2
Me quedé mirándolo sin expresión justo cuando él levantó la vista. Un destello de algo le cruzó la cara. Si tuviera que ponerle nombre, habría dicho que se parecía asombrosamente al hastío.
—Perdona... no lo entiendo —empecé a decir—. ¿Te refieres a sabuesos de caza?
Esta vez estaba completamente segura de que era hastío.
—Por supuesto. ¿Qué otra clase iba a ser?
Lo dijo soltando una carcajada, pero su expresión anterior ya había dejado clara su opinión sobre mi lentitud para pillar el tema.
—¿Cazas?
—Cuando estoy en la casa de campo, obviamente. ¿Tú no?
—No tengo una casa de campo y, aunque la tuviera, ¡pues no! Por supuesto que no.
Se le vio sinceramente consternado ante mi respuesta.
—¿En serio?
—Sí, en serio. ¿Te refieres a cazar de verdad?
Su mirada me dio la respuesta.
—¡Pero si es ilegal!
Me guiñó un ojo.
—Hay un montón de vacíos legales para sortear esa ridícula prohibición.
—¡No es ridícula! ¡La caza del zorro es cruel y salvaje!
Oliver dejó caer los cubiertos sobre el plato con un ruido metálico.
—Ay, por el amor de Dios. No serás una de esas abrazaárboles, ¿verdad? Parecías bastante normal en tu perfil.
—¡Soy normal, muchas gracias! Y sí, me gustan los árboles. ¡Y también me encantan los animales, lo cual, te recuerdo, es algo que habías puesto en tu perfil y formaba parte de tu atractivo!
—Y me encantan. Adoro a mi caballo y ya te he hablado de mi sabueso favorito. —Soltó un suspiro.
—¡Un perro al que adiestras para perseguir, aterrorizar y luego matar a un animal indefenso! Y que conste que no le echo la culpa al perro. Eso te lo reservo a ti en exclusiva.
—Sinceramente, Beatrice. Estás haciendo una montaña de un grano de arena con esto. La gente que no comprende la caza monta tanto jaleo, precisamente, porque no la comprende. Es pura ignorancia.
Alargó el brazo y me dio unas palmaditas en la mano.
—No pasa nada. Yo te lo explicaré todo y entonces lo entenderás y verás que estás equivocada.
Retiré la mano de un tirón, volcando mi vaso de agua en el proceso, que chocó estrepitosamente contra el plato; el contenido empapó el mantel y empezó a caer al suelo en un constante goteo.
Oliver me dedicó una mirada tensa antes de chasquear los dedos con fuerza, haciéndole una seña a un camarero que estaba cerca para luego señalarle la mesa.
Sentí que las mejillas me ardían ante su falta de educación.
Al parecer, aquellos modales iniciales no se hacían extensivos al personal, ni tampoco a mí, ahora que había decidido a todas luces que yo estaba por debajo de él.
—Lo siento mucho —le dije al camarero, ofreciéndole una sonrisa de disculpa.
Él me devolvió la sonrisa, evitando ostensiblemente mirar a Oliver mientras limpiaba el desastre.
—No se preocupe. Pasa muy a menudo.
Oliver soltó un bufido. El camarero clavó la mirada en mí un instante.
—¿Le importaría traer la cuenta? —le pregunté.
—Yo no he terminado —bramó Oliver.
—¿Le importaría traer la cuenta de lo mío, por favor? —corregí mi petición.
—Por supuesto, señorita. —El camarero asintió, me dedicó una sonrisa cómplice y se dirigió a la caja.
—¿Te vas a marchar a mitad de la comida? —La voz de Oliver sonaba baja, y la atractiva sonrisa de antes se había torcido en algo que se parecía más a una mueca de desprecio.
—Sí.
—Hay gente que no tiene modales. —Lanzó la servilleta a un lado.
—Tienes razón —dije, clavándole la mirada—. No los tienen. Y, solo por ahorrarle a cualquier otra mujer que pierda su tarde, tal vez deberías ajustar todo ese rollo de «amante de los animales» en tu perfil. Es engañoso.
—Solo para la gente inculta como tú.
Se me quedó la boca entreabierta, lo cual he de admitir que no pegaba en absoluto con la imagen sofisticada y calmada que estaba intentando proyectar.
—Que disfrutes del resto de la comida. Procura no atragantarte.
Con eso, empujé la silla hacia atrás, intercepté al camarero a mitad de camino y fui con él hasta la caja para pagar allí.
Le dejé una propina generosa, tratando de compensarlo por el hecho de que Oliver fuera un capullo tan maleducado, salí del pub y puse rumbo a la estación de metro más cercana.
Al final, apenas había comido nada, así que compré un Twix tamaño gigante en un Smith’s y bajé al andén para coger el tren a casa.
Engullendo chocolate con una mano, tecleé un mensaje para Tia con la otra.
De camino a casa.
Unos instantes después, mi móvil pitó con la respuesta.
¿Ya? Entonces, ¿no es el Señor Perfecto?
Definitivamente no. Es el Señor Completamente Equivocado.
Oh, lo siento, cielo.
No te preocupes. Estoy bien. Solo quería avisarte de que ya iba de vuelta.
Gracias. Llámame cuando llegues y me cuentas todos los detalles.
Envié un pulgar hacia arriba, aunque en realidad no estaba de humor para remover la catástrofe que había sido mi primera cita en años.
Si este era el panorama que me esperaba, ojalá las Navidades llegaran cuanto antes para poder borrar la cuenta y olvidarme de todo el asunto.
Por no mencionar ganarle el reto a Luca.
Suponiendo que él no hubiera encontrado a su Señorita Perfecta para entonces.
Ese pensamiento se me quedó incrustado en el cerebro durante un instante hasta que el tren entró a toda velocidad en la estación, empujando un muro de aire caliente que me arrancó la idea de la cabeza de un soplido.