Capítulo 7
Diez minutos después de escribirle al señor Amante de los Animales, recibí una respuesta, seguida de cerca por otra del último chico que me había contactado.
Hice clic en esa última, ¡y lancé el móvil a la otra punta del sofá!
Oí el pitido de la aplicación de mensajes, pero estaba demasiado ocupada preguntándome dónde podría comprar lejía para lavarme los ojos.
¿Por qué haría alguien algo así? ¿En serio?
El teléfono volvió a pitar. Lo cogí. Entrecerrando los ojos todo lo posible, pero lo justo para poder ver algo, borré los mensajes de aquel tío y le di a «bloquear» y «denunciar» en el contacto antes de pasar a la aplicación del chat.
¡Esperando!
Me apremió Tia.
He mandado algunos más. ¡Uno de ellos es un NO rotundo! Te mantendré informada del resto.
Tia me envió un pulgar hacia arriba y unos besitos.
Justo cuando dejaba el móvil sobre la mesa, entró otra notificación.
¿Ya has leído los mensajes?
Era de Luca. Miré el reloj. Supuse que su cita habría ido al baño o algo así.
Sí. ¿Qué tal la cita?
Vi que estaba escribiendo.
Estoy en casa. Al final no era mi tipo.
¿Quieres hablar de ello?
Unos instantes después, mi teléfono cobró vida con una videollamada entrante.
Contesté, y el rostro de Luca, tan irritantemente guapo como siempre, llenó la pantalla.
Y cuando digo que la llenó, es que la llenó.
Debía de tener la nariz pegada al cristal.
Di un respingo hacia atrás y él se echó a reír.
—¿Vas a dejar de hacer eso algún día?
—Qué va. Me hace gracia ver cómo te asustas cada vez. ¿Por qué iba a parar?
—Porque es un fastidio.
—Me acabas de dar otra razón más para no dejar de hacerlo.
—Sabes que ya no estamos en primaria, ¿verdad?
—Una pena. Siempre estabas monísima con aquellas coletas. Deberías volver a hacértelas. Resultaría bastante sexi.
—Ja, ja. Muy gracioso. Así que... ¿por qué estás ya en casa?
Reclinándose contra el suave sofá color crema de su apartamento, se encogió de hombros.
—Lo que te he dicho. No era mi tipo, y no éramos muy compatibles. Al menos, no desde mi punto de vista.
—¿En qué sentido?
—Bueno, porque el único tema de conversación que parecía interesarle tenía un componente económico.
Fruncí el ceño, sin terminar de entenderlo.
—Tendría que haberlo pillado en el momento en el que pidió la carta de cócteles y eligió el más caro. Del que se dejó la mitad, por cierto, antes de pedir una copa del segundo más caro.
—Vaya. Y supongo que no habéis pagado a medias.
Luca me dedicó una mirada. Tenía un lado bastante tradicional.
Si una mujer insistía en pagar la mitad, no montaba ningún numerito, pero por lo general su razonamiento era que había sido él quien la había invitado a salir, así que le parecía justo hacerse cargo de la cuenta.
Él era así. Pero me daba en la nariz que la cita de esta noche no se había ofrecido a pagar a escote.
—Luego dijo que tenía el gusanillo y que lo que de verdad le apetecía eran unas ostras.
—A mí con una bolsa de patatas fritas al punto de sal me suele bastar, pero para gustos, los colores.
—Ya, salir contigo sale mucho más barato.
Hice una mueca.
—Voy a intentar tomármelo como un cumplido. En algún momento de mi vida.
Él sonrió de oreja a oreja.
—Lo era.
—Pues tal vez no sea el mejor piropo para tu próxima cita, en caso de que surja la ocasión. Otra mujer podría no ser tan comprensiva como yo.
—Es cierto. Tú eres única en tu especie —se echó a reír—. ¡En el buen sentido! —añadió rápidamente.
—Buena salvada.
—Gracias.
—Y bien, ¿qué pasó después de las ostras? Supongo que las pediste.
—Sí. Las pedí. Probó una, se puso verde y anunció que, a fin de cuentas, no tenía hambre.
—Ah... —Una imagen empezó a formarse en mi cabeza—. Te ha buscado en internet y se cree que eres rico.
—Intentaba ser generoso y no pensarlo, pero empecé a llevarme esa impresión también. Aun así, que dijera que no tenía hambre me dio la excusa perfecta para terminar la cita antes de tiempo con educación.
Para ser justos, a Luca le iba bastante bien, y unos cuantos cócteles, aunque fueran de los más caros, y un plato de ostras no iban a hacerle un agujero en la cartera, pero odiaba que alguien se hubiera fijado solo en esa faceta suya.
Que su dinero y su éxito fueran lo único que había visto en él.
A ver, vale, no era lo único que habría visto.
Pero aun así, dejando a un lado su atractivo, su físico y su dinero, Luca tenía muchísimo más que ofrecer.
Se estaba riendo de su desastrosa cita con la cazafortunas, pero había algo en sus ojos: una sombra, una duda.
¿Sería por eso por lo que nunca duraba mucho con las mujeres?
¿Por miedo a que eso fuera lo único que buscaban?
¿Acaso temía empezar a sentir algo más, solo para descubrir que, en realidad, de lo que estaban enamoradas era de su cuenta bancaria y su pisazo, y no del verdadero Luca Donato?
—¿Estás bien? —pregunté, invadida por la preocupación. Odiaba la simple idea de que alguien pudiera utilizarlo.
—Sí. Estoy bien. ¿Y qué tal tú? ¿Has mirado ya esos mensajes?
—Sí. Hasta he respondido a un par de ellos.
—¿Ah, sí? ¿Y te han contestado?
—La primera respuesta que abrí era una fotopolla. Así que me estoy tomando un momento para recuperarme antes de abrir la siguiente.
El semblante de Luca se oscureció, lo que le dio un aire aún más italiano y un pelín amenazador. Obviamente, yo sé que es un trozo de pan, así que no me inmuté, pero para los que no lo conocen, podía resultar sin duda intimidante, aunque no fuera su intención.
—¿Que ha hecho qué?
—No pasa nada. Menos mal que estaba en casa, así que cuando tiré el móvil aterrizó en un sitio blando. Y ya está, ya lo he borrado.
—Esa no es la única cosa que habría que borrarle del mapa —gruñó.
Solté una risita.
—No me dio tiempo a fijarme mucho, gracias a Dios, pero, por lo poco que vi, me sorprende que esté tan dispuesto a ir enseñándola por ahí tan alegremente, la verdad.
Esta vez fue el turno de Luca de reírse, y me alegré al ver cómo su rostro se despejaba, dejando paso a esa expresión relajada que tan bien conocía.
—Tendrás cuidado con todo esto, ¿verdad, Bee? O sea, no asumas ningún riesgo. Asegúrate de que alguno de nosotros sepa adónde vas si quedas con alguien y todo eso.
—Lo haré. Tia ya me ha dado instrucciones estrictas exactamente sobre lo mismo.
—Vale. Bien. ¿Lo has denunciado en la aplicación?
—Sep. Hecho.
—Me alegro. Menudo...
—¿Gilipollas?
—Exactamente.
* * *
Después de hablar con Luca y husmear en los armarios y la nevera en busca de comida, volví a la aplicación de citas.
Relegué mi aprensión a un rincón de la mente y abrí la respuesta del señor Amante de los Animales.
Afortunadamente, no apareció ninguna foto; solo unas cuantas líneas de cháchara amena.
Me descubrí respondiéndole y, a medida que avanzaba la tarde, estuvimos charlando a ratos durante un par de horas, lo que culminó, para mi sorpresa, en que conseguí una cita para comer juntos al día siguiente, domingo.
Como era mi deber, le escribí a Tia para darle los detalles y luego respondí a la avalancha de preguntas que me lanzó, intercaladas con lo que fuera que estuviera viendo en el concurso de talentos de esa noche, su entretenimiento supremo de los sábados por la noche.
Me había sorprendido descubrir que Jono también era fan de esos programas, pero décadas de influencia por parte de Tia aún no habían logrado convertirnos ni a Luca ni a mí en adeptos.
* * *
¿Se suponía que tenía que sentir náuseas antes de una cita?
¿No se suponía que debía estar emocionada o algo así?
Tenía el estómago como si estuviera compitiendo en la prueba de suelo de gimnasia en los Juegos Olímpicos, con la cantidad de volteretas y piruetas que estaba dando.
Lo último que me apetecía hacer era comer, a pesar de los deliciosos olores a asado dominical que, sin duda alguna, emanaban del pub frente al que me encontraba.
Había dudado si encontrarnos dentro, pero llegué a la conclusión de que, si me daba plantón, sería menos humillante irme de la puerta de un local que levantarme de una mesa preparada para dos en un ajetreado domingo.
—¿Beatrice?
Me di la vuelta para ver cómo se acercaba un hombre que, sorprendentemente, se parecía mucho a su foto.
Iba arreglado, aunque su estilo era más propio de una finca en el campo que de la ciudad de Londres; sin embargo, tenía una sonrisa agradable y, al hacerme un gesto para que pasara yo primero por la puerta, parecía gozar de buenos modales.
Hasta ahí, nada tan terrible como había imaginado.
—Hola. Todo el mundo me llama Bee.
Pensé en tenderle la mano, pero me pareció un poco formal, y darle dos besos se antojaba excesivo, así que me hundí las manos en los bolsillos e intenté no parecer tan incómoda como me sentía. Oliver sonrió, me hizo de nuevo un gesto cortés para que entrara al pub y me siguió.
Para cuando llegó nuestra comida, había empezado a relajarme un poco y, para mi asombro, me lo estaba pasando bien. El pub tenía un ambiente cálido y animado, y Oliver resultaba ser buena compañía. A lo mejor Tia y Jono tenían razón. Quizá no todas las citas por internet fueran para salir huyendo.
—Entonces, ¿el perro de tu foto de perfil es tuyo? —pregunté mientras me llevaba a la boca otro trozo de patata asada perfectamente crujiente con el tenedor.
Oliver dio un largo sorbo al vino tinto que había pedido —y que yo había rechazado— antes de responder.
—Ah, no, solo es uno de los sabuesos. Sé que son perros de trabajo y que uno no debería tener favoritos, pero, en fin, a veces es inevitable. ¿Sabes a lo que me refiero?
Hice un esfuerzo por tragarme la patata ardiendo sin provocarme quemaduras de segundo grado en el paladar.
—Mmm... ¿sabuesos?
—Sí —respondió él, cargando de nuevo el tenedor.