Vivir tu mejor vida Capítulo 6
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Capítulo 6

Dieciocho meses después de que mi padre muriera participando en la carrera de motos TT de la Isla de Man, mi madre conoció a otra persona.

A los seis meses se casaron y apenas la había vuelto a ver desde entonces.

Para ser sincera, al principio fue un alivio, lo cual sé que suena fatal, pero yo estaba agotada.

Mamá se había desmoronado por completo en el momento en que recibió la noticia sobre papá.

Yo estaba en la universidad y volví a casa para encargarme de los preparativos del funeral y de cuidar de la propia mamá.

Esos meses habían consistido básicamente en sollozos desgarradores, silencios de mirada vacía o llantos desconsolados sobre cómo «no tenía nada ni a nadie».

Al principio intenté decirle que me tenía a mí, que siempre me tendría y que no volvería a la universidad hasta que se sintiera mejor.

Pero, por alguna razón, en el único momento en que pensé que ella realmente querría —o necesitaría— formar un vínculo con su única hija, siguió sin haber nada.

Su marido se había ido. Él había sido su mundo.

No quería a nadie más, ni siquiera a su propia sangre. Yo seguía sin ser suficiente.

Pero me quedé y me ocupé de todo, ya que pronto se hizo evidente que mamá no estaba en condiciones de hacerlo.

Todos mis amigos seguían en la universidad, disfrutando de su recién descubierta libertad y experimentando la vida, haciendo nuevos amigos y forjando nuevos caminos, justo como yo había empezado a hacer.

Pero todo eso se había detenido de forma tan brusca como la moto de papá cuando chocó contra el árbol.

Su vida se había acabado desde ese segundo, y la mía también.

Al menos la que me había estado labrando, disfrutando y planeando.

Todo a la mierda. Todo por el simple hecho de sentir un estúpido subidón de adrenalina.

—Lo siento, Bee.

—¿Por qué? —pregunté. La voz profunda y suave de Luca me sacó de mis recuerdos.

—Por cómo se portaron tus padres contigo. Por cómo lo sigue haciendo tu madre.

—No importa. Además, no es culpa tuya.

—Lo sé. Pero tienes razón. Probablemente debería haberte dicho que había empezado a pensar que quizá era hora de pisar un poco el freno con la faceta de playboy.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

—Porque pensé que no lo entenderías. Y porque me preocupaba cómo fueras a reaccionar.

—¿Qué se supone que significa eso? —Mi actitud a la defensiva hizo acto de presencia de nuevo y le solté la mano.

—Acabas de decir que a ti no te interesa nada de eso.

—¿Y qué? ¡Eso no significa que no pueda empatizar o alegrarme por los demás cuando encuentran a la persona que les hace felices! ¡Haces que suene como un… un puto robot o algo así! ¡Tengo sentimientos!, ¿sabes?

—¡Ya sé que los tienes! Es solo que… —Se pasó una mano por la mandíbula, oscurecida por la barba incipiente que probablemente no había visto una cuchilla desde la mañana anterior—. Exactamente por esto no te lo dije.

—¡Venga ya, eso es una gilipollez! Estoy cabreada porque piensas que no lo entendería, ¡no porque me hayas dicho que quieres enamorarte! —Ante esto, las cuatro mujeres estadounidenses de la mesa de al lado giraron la cabeza hacia Luca.

—Quizá deberíamos retomar esta conversación en otro momento, cuando estés un poco más calmada.

—¡Estoy perfectamente calmada! —dije, aunque, la verdad sea dicha, mi tono no respaldaba precisamente mis palabras—.

¡Simplemente es genial saber que mis amigos me ocultan cosas porque creen que no estoy preparada emocionalmente para lidiar con ellas!

—Agarré mi abrigo y me levanté, metiendo los brazos a trompicones por las mangas.

—No se trata de eso y lo sabes.

—¿Ah, no?

—Claro que no. —Luca se levantó y agarró una de las mangas que se negaba rotundamente a obedecer y a dejar pasar mi brazo—. Toma.

—Gracias —dije, forzando un mínimo de gratitud en mi voz—. En realidad ya da igual, ¿no? A lo hecho, pecho. Quizá, gracias a esta estúpida apuesta, los dos estemos descubriendo más sobre el otro de lo que nunca habríamos imaginado.

—Quizá —respondió Luca.

—Hablando de eso, será mejor que te vayas. No querría que llegaras tarde a tu cita.

—¿Seguro que no tienes tú ninguna posible?

—¿Qué?

—Una cita. Es sábado por la noche, y sé que tu perfil ya está activo. Tia me envió un enlace.

—Oh, por el amor de Dios. ¿Por qué? —mascullé, ahora aún más irritada—. Sí, está activo. Y no, no tengo ninguna cita. Ni posible, ni de ningún otro tipo.

—¿Cuándo lo comprobaste?

—¿El qué?

—La bandeja de entrada del perfil.

—¿Qué más da?

—¡Podrías tener un montón de mensajes!

—Ambos sabemos que eso es muy poco probable. Además, no quiero una cita esta noche. Estoy cansada y solo quiero irme a casa.

—Estás haciendo trampas con la apuesta. Tia dijo que ambos teníamos que esforzarnos.

—¡Lo estoy haciendo!

—¡Ni siquiera estás revisando los mensajes! ¿Qué clase de esfuerzo es ese?

—¡Madre mía! ¡Eres insoportable! ¡Toma! —Le estampé el móvil contra el pecho.

Él lo cogió, tecleó mi código de seguridad y buscó el icono de la app mientras yo me abrochaba el cinturón del abrigo, lista para salir al aire de la calle, que se había enfriado considerablemente desde que se puso el sol.

—Tienes cinco mensajes.

—¿Qué?

—Que hay cinco mensajes ahí.

—¡Oh!

Ladeó un poco la cabeza.

—Pareces sorprendida.

Miré por la ventana, jugueteé con el cinturón y evité responder.

—¿Por qué?

—¿Por qué, qué?

—¿Por qué te sorprende? —Luca se dejó caer de nuevo en el sofá, para gran consternación de una pareja que se dirigía hacia nosotros con los ojos clavados en el premio de un asiento cómodo.

—No lo sé —respondí con elocuencia.

Luca soltó un suspiro que era en parte de frustración y en parte de otra cosa que no supe identificar.

—¿Por qué tienes tan mala opinión de ti misma?

—No la tengo —le espeté, pero incluso a mis propios oídos, esas palabras no sonaron con la suficiente convicción—. De todos modos, será mejor que te vayas. —Recuperé mi móvil y me lo metí en el bolsillo.

—¿No vas a leer los mensajes?

—Luego.

—¿Y si uno, o varios de ellos, quieren hacer planes para esta noche?

—Entonces, uno o varios de ellos pueden hacer planes con cualquiera de las otras muchas mujeres a las que probablemente hayan escrito.

Luca dejó caer la cabeza hacia atrás, con la mirada clavada en el techo.

—Y luego dices que yo soy insoportable.

—¿Qué? ¡No pienso salir corriendo en el momento en que un tío raro me lo diga!

—No me refería a eso. Pero ni siquiera pareces interesada… —No había ganas de pelear en sus palabras.

—A lo mejor es porque no lo estoy. Solo me he apuntado a esta estúpida página web porque Tia nos obligó.

—No nos obligó. Es que no pudiste resistirte a la oportunidad de intentar demostrar que me equivoco en algo. Como siempre.

—Bueno… ¡tú tampoco! —No fue mi mejor réplica, pero era todo lo que tenía.

—Para mí no se trata de eso. Se trata de la oportunidad de conocer a alguien. No de derrotar a nadie.

—Pues más te vale ir a conocer a esa persona. Que disfrutes de la cena.

Luca se levantó de nuevo, encogiéndose de hombros para ajustarse la chaqueta mientras lo hacía, con ese aspecto de tener un estilo impecable sin ningún esfuerzo, como siempre.

—Gracias —respondió.

Le di un abrazo rápido, porque me era imposible no hacerlo.

Incluso cuando estaba enfadada con él, no soportaba la idea de no despedirnos en condiciones.

Y tampoco es que estuviera realmente enfadada con él.

Solo me… sentía un poco rara. El comentario de Luca sobre mi falta de confianza en mí misma me había escocido.

Lo había negado, obvio. Reconocerlo no era una opción, por mucho que fuera verdad.

Odiaba sentirme así. Pero odiaba aún más el hecho de que Luca lo supiera.

Era mi mejor amigo, pero seguía sin ser capaz de admitir algo así.

Ni siquiera ante él. ¿Cómo iba a hacerlo?

Él venía de una familia grande y cariñosa que se interesaba por él, por su vida y por todo lo que hacía.

Sabía que intentaría entenderme porque así era Luca.

Pero era imposible que lo hiciera. No de verdad.

Y, al verle mirar su reloj, empecé a darme cuenta de que ya no podría depender de él como en el pasado.

Las cosas estaban cambiando. ¿Qué sentido tenía intentar explicarle algo así?

Si esta apuesta le salía bien, pasaría a una nueva etapa, y las inseguridades de una amiga de la infancia desde luego no figurarían entre sus principales prioridades.

—Ya sabes que siempre puedes hablar conmigo —dijo, agarrándome de la mano cuando me giraba para irme.

—Sí, lo sé. —Forcé una sonrisa, me despedí con un gesto rápido de la mano y salí de la cafetería sin mirar atrás.

* * *

Me senté en el metro, escuchando el traqueteo del vagón contra las vías, mirando fijamente el anuncio de una bebida vitamínica milagrosa que te garantizaba vitalidad y energía a raudales.

Yo la había probado. Y no había marcado ni un ápice de diferencia.

Había un montón de letra pequeña en la parte inferior del anuncio y supuse que en algún lugar por ahí aclararía que todo lo anterior era una sarta de chorradas. O algo por el estilo, en fin.