Vivir tu mejor vida Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Me cubrí el rostro con las manos, y luego las deslicé hacia atrás para apartarme el pelo antes de soltar un gran suspiro.

—Vale. Porque todas las mujeres con las que sales me hacen sentir paleta, sosa e insignificante. Siempre son altas, glamurosas y van arregladas de punta en blanco y yo... no. Llegué a la conclusión de que, si no me ponía justo al lado de ellas, la diferencia no sería tan evidente.

Luca se me quedó mirando, pero se mantuvo en silencio.

—Bueno, me alegro muchísimo de habértelo dicho porque este silencio posterior no es para nada incómodo.

Sacudió la cabeza como si estuviera saliendo de un trance.

—Perdona. Es que... supongo que no me esperaba que dijeras eso.

—¿Qué esperabas, entonces? Puesto que, por lo visto, tú y todos los demás os habíais dado cuenta de cómo ponía tierra de por medio con muy poco disimulo entre yo y tu última supermodelo.

Supongo que simplemente pensaríais que era una maleducada de campeonato.

Ya no sé qué es peor. Que piensen que soy una maleducada o ser realmente patética.

—No eres ninguna de las dos cosas.

Le eché una mirada que sugería que yo opinaba lo contrario y, como ya me había comido la mayor parte de la nata y las nubes, desaparecí momentáneamente detrás de mi enorme taza de chocolate caliente, tomando nota mental de añadir un par de kilómetros extra a mi próximo paseo.

—No lo eres. Solo estoy... un poco en shock de que te sientas así. Y también de que nunca me lo hubieras dicho. —Se encogió de hombros—. Creía que nos contábamos prácticamente todo.

Había una mirada de dolor en sus ojos oscuros que me asestó una puñalada en el corazón. Yo había pensado lo mismo, pero parecía que quizá ambos nos habíamos estado guardando secretos.

—No siempre es tan fácil.

—Claro que lo es. Soy yo.

Volví a dejar la taza en la mesa con más fuerza de la que planeaba y sostuve la mirada de Luca.

—¿Y qué se suponía que debía decirte exactamente?

—empecé a decir, en voz baja pero resuelta—.

«Oh, Luca, ¿te importaría no sentar tan cerca de mí a tus novias infaliblemente preciosas, de piernas infinitas y ojazos de modelo cada vez que salimos?

Porque la mayor parte del tiempo ya me siento inferior a vosotros de por sí, y que estén ahí sentadas como recién sacadas de la revista Vogue no ayuda precisamente a mejorar la situación».

Me estaba lanzando esa mirada otra vez.

—¿Qué?

—¿De verdad te sientes así? —preguntó; su voz era suave y la preocupación palpitaba en sus palabras.

Jugueteé con una servilleta de papel, enrollándola y desenrollándola alrededor del dedo hasta que se quedó curvada permanentemente, evitando responder en todo momento.

—¿Bee? —insistió Luca.

—¿Qué? —dije, dándole largas.

Me dedicó una mirada que le había visto un millón de veces.

—Sí. Me siento así. ¿Ya está? ¿Contento? Ya conoces todos mis secretos más oscuros.

—Por supuesto que no estoy contento de que te sientas así sobre este tema. ¿Por qué iba a estarlo?

No respondí.

—¿Te crees que me alegra que yo, o cualquier otra persona, contribuya a que te sientas mal contigo misma? —Se reclinó hacia atrás, en la esquina del sofá—. Supongo que, después de todo, quizá no nos conocemos tan bien como creíamos.

—¡Bueno, tú también te has estado guardando secretos, así que no es todo culpa mía! —le espeté, sintiéndome triste e incómoda.

—¿Yo?

—¡Sí!

—¿Como cuáles?

—Como el hecho de que de repente quieras sentar la cabeza.

Entrecerró un poco los ojos, pero yo seguí adelante.

—Un momento estás con todas esas chicas glamurosas y líos de una noche —dos si tienen suerte—, y al minuto siguiente estás ahí sentado declarando que quieres encontrar a tu Mujer Ideal y vivir felices para siempre.

¡Y nunca se lo mencionaste a nadie, y mucho menos a mí, que se supone que somos mejores amigos!

Eso me parece algo bastante importante y, desde luego, yo te lo habría contado si estuviera buscando algo así.

—Pero no lo estás.

—No es eso... Yo... es solo que no lo veo para mí y, de todas formas, estamos hablando de ti, no de mí.

—¿Y por qué no lo ves para ti?

—No soy de ese tipo.

—Tonterías.

—No son tonterías. Además, imagino que eso es lo que pensaban mis padres también. Pero a ellos tampoco les funcionó a largo plazo, ¿verdad?

—Parecían felices juntos hasta el accidente.

—Ah, sí, claro que eran felices juntos. Su gran error fue tener una hija, lo cual mermó bastante esa felicidad.

Luca se acercó a mí, alargó el brazo y me cogió la mano.

—Nunca pienses eso, Bee.

Solté un suspiro; la actitud defensiva de antes había dado paso a esa conocida sensación de vacío.

—Venga ya, Luca. —Choqué mi hombro contra el suyo—. Los dos sabemos perfectamente que obviamente no fui planeada, aunque ellos nunca lo admitieran.

—Eso no lo sabemos.

—Da igual. A fin de cuentas, allí simplemente no había amor suficiente para tres personas.

—¿Has sabido algo de tu madre últimamente?

—Me llegó una postal hace un par de meses, desde algún lugar del Mediterráneo. No recuerdo de dónde.

—¿Te dijo cuándo vuelve?

—No.

—¿Ningún mensaje? ¿Correo electrónico?

—Por lo visto, «la comunicación puede ser intermitente» cuando estás recorriendo el mundo en uno de los transatlánticos más lujosos y caros del planeta.

Puse los ojos en blanco con tanta fuerza que me sorprendió que no salieran rodando de mi cabeza y por la puerta de la cafetería. Luca no dijo nada. Los dos sabíamos que la excusa de mamá era una gilipollez y que no habría palabras amables capaces de ocultar esa verdad.