Vivir tu mejor vida Capítulo 5
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Capítulo 5

Mi bolsillo pitó con la llegada de un mensaje mientras estaba sentada en la cafetería esa misma tarde, mirando a los compradores que pasaban a toda prisa por el ventanal.

La acera brillaba por la lluvia y la gente se abrigaba bien con los abrigos, cabizbaja mientras se abría paso por la concurrida calle de Londres, con un sinfín de coloridos paraguas ondeando sobre sus cabezas.

Saqué el móvil y pulsé sobre la app de mensajería. Era de Luca.

«¿Qué haces?».

Dejé el teléfono un momento, dejando que descansara en mi regazo.

Desde que Tia me había dicho que todo el mundo conocía mis tácticas de evasión cuando se trataba de las novias de Luca, me había sentido un poco descolocada.

Con la sorprendente revelación de Luca de que quería sentar cabeza y el hecho de que nunca me hubiera echado en cara mi propensión a poner distancia entre su último ligue y yo, incluso antes de que los demás le pidieran que no lo hiciera, empezaba a preguntarme qué más cosas no sabía de él.

Un presentimiento de que quizá no estuviéramos tan unidos como yo pensaba había empezado a arremolinarse en mi interior y no me gustaba.

La gente suele decir que las amistades van y vienen en la vida, pero yo no quería que esta se fuera.

No podía recordar una época en la que no fuera una parte inmensamente importante de mi vida, y pensaba que Luca sentía lo mismo.

Pero si no sentía que podía compartir conmigo algo tan importante como querer una relación seria o una familia, o enfrentarse a mí sin tapujos por mi comportamiento como siempre había hecho, entonces tal vez no sintiera lo mismo.

Tal vez ya se había alejado uno o dos pasos.

No estaba segura de cómo me sentía al respecto.

En realidad, eso era mentira. Sabía exactamente cómo me sentía. Lo odiaba.

Pero también sabía que no podía evitarlo. No podía aferrarme a algo que no iba a ser, ni a alguien que no me quería en su vida. Había aprendido esa lección por las malas y no estaba dispuesta a luchar contra ello esta vez.

Aun así, me sentía como la mierda por el hecho de que Luca pensara que estaba siendo maleducada con él y con sus citas.

Era solo una forma de autoprotección y mi intención no había sido herir sus sentimientos ni los de nadie.

Por mucho que me hiciera quedar como una idiota, tenía que decírselo. Volví a coger el teléfono.

«Poca cosa. Chocolate caliente y ver a la gente pasar».

«¿Dónde?».

«En el Nero de More London».

«¿Quieres compañía?».

Le envié un pulgar hacia arriba. No hay mejor momento que el presente para aclarar las cosas .

«Vale. Voy para allá lo antes posible».

Poco menos de un cuarto de hora después, Luca empujó la pesada puerta de cristal y un grupo de turistas estadounidenses giraron la cabeza hacia él al unísono.

Era difícil no fijarse en Luca Donato. No solo le había tocado el premio gordo en la lotería genética, sino que medía uno noventa y tres y tenía la complexión sólida y ancha de hombros de un jugador de rugby.

La ligera desviación de su nariz y la cicatriz de un par de centímetros que le dejaba una fina línea plateada en la ceja izquierda eran testimonio de lo mucho que había disfrutado de ese deporte en el pasado.

Aunque esos detalles no hacían más que aumentar su encanto. Por lo visto.

Sus ojos oscuros escrutaron el lugar; la mirada pasó por encima de las mujeres que aún lo observaban con descaro antes de posarse en mí.

Esbozó una sonrisa y levantó una mano a modo de saludo.

Le devolví la sonrisa, consciente de que ahora sus admiradoras me estaban examinando a mí.

Pidió su consumición y cruzó la cafetería con paso seguro y relajado, inclinándose para darme un abrazo antes de sentarse a mi lado en el maltrecho sofá de cuero que yo me había agenciado.

—¿Qué haces en el centro? ¿Ya tienes una cita? —Sonrió mostrando unos dientes blancos y perfectos, cortesía de dos años de ortodoncia.

Solté un bufido de desdén, medio riendo.

—Qué va. Si solo han pasado unas horas. ¿Por qué, tú sí?

—Sip.

—Ah. —La risa se me murió en la garganta—. Ya veo. Vaya. Eso ha sido rápido.

Se encogió de hombros.

No sabía por qué me sorprendía. Cuando Luca se proponía hacer algo, se entregaba en cuerpo y alma.

Esa determinación y compromiso le habían valido una matrícula de honor en la universidad, una relación feliz y estable con su familia y un negocio de éxito.

No había ningún motivo para pensar que, ahora que se había comprometido con esto, le fuera a prestar menos atención o dedicación.

—¿A qué hora es tu cita?

—Aún faltan un par de horas.

—Ah. ¿Vais a algún sitio chulo?

—Un restaurante en el West End que ella quiere probar.

—¿No la llevas al Ginelli’s?

Me dedicó una media sonrisa.

—Qué va. Eso está reservado solo para personas muy especiales.

El Ginelli’s era el restaurante favorito de Luca en Londres.

Conocía al personal como si fueran de la familia y lo trataban igual.

Las celebraciones familiares siempre se hacían allí y yo había tenido la suerte de que me incluyeran en muchas de ellas, incluso en las contadas ocasiones en que mis padres estaban en casa.

Siempre que les mencionaba que me habían invitado a cenar, o a una fiesta o celebración —las familias italianas siempre parecían encontrar motivos para celebrar, cosa que me encantaba—, mis padres nunca ponían pegas, siempre me animaban a ir.

Yo iba más que encantada, por supuesto. Pero, en el fondo, a veces deseaba que me propusieran hacer algo juntos, solo nosotros, por una vez, tener nuestra propia celebración.

Pero nunca lo hacían. Las botellas de vino y champán que veía en el contenedor de reciclaje me confirmaban que, desde luego, había celebraciones; el problema es que yo nunca participaba en ellas.

Sin embargo, siempre me había sentido parte de los Donato.

Aquellos preciados momentos que había pasado con ellos eran puntos brillantes de colores vivos en medio de la monotonía gris de los recuerdos de mi infancia.

Sentía que le debía una a Luca. Y por eso tenía que pedirle perdón.

—¿Luca? —dije, girándome un poco más para mirarlo de frente.

Me escrutó un instante.

—Uy, uy. Esto parece serio. ¿Qué pasa?

—Necesito decirte...

—¡Pedido para Luca! —bramó el barista por encima del murmullo de la cafetería.

—Espera. —Me rozó la mano brevemente antes de pasar por delante de mí, cosa que sus largas piernas lograron con facilidad y elegancia.

Un momento después, regresó con un café grande, un chocolate caliente coronado con nata y mininubes, y dos porciones de tarta.

—He pensado que te apetecería, y he notado una evidente escasez de tarta por aquí.

—Estaba intentando portarme bien, por eso no he pedido nada.

Se encogió de hombros.

—Portarse bien está sobrevalorado. —Luego arqueó las cejas para darle énfasis.

Negué con la cabeza y cogí un plato de tarta. Lo puse delante de mí antes de volver a entrelazar los dedos en el regazo.

—Gracias.

—Sigue con lo que estabas diciendo.

Debería haber esperado a que ya tuviera su pedido. Ahora sentía que el momento había pasado.

—No, de verdad, no tiene importancia.

Luca dejó el café junto a su propia tarta.

—Por la cara que llevas, estoy bastante seguro de que sí la tiene. Así que suéltalo. Puedo quedarme aquí sentado hasta que lo hagas. —Esbozó la más breve de las sonrisas—. Sabes que soy capaz.

—Es sabido que, a veces, eres un cabezota.

Su sonrisa se ensanchó. Los dos sabíamos que aquello era quedarse muy cortos. Las mulas se quedaban en pañales comparadas con Luca Donato cuando se le metía algo entre ceja y ceja.

—Pero yo tengo ventaja.

—¿Y cuál es?

—Que, si me da la gana, puedo esperar aquí sentada hasta tu hora límite de hoy.

—¿Hora límite? —Frunció el ceño.

—Tu cita —le recordé.

—¡Ah! —Lo sopesó un momento—. Habrá otras citas. Hay cosas más importantes. Así que dímelo ahora o dímelo luego. Sea como sea, no pienso moverme hasta que lo hagas.

¿Lo veis? Cabezota. Dios, era un incordio.

—Vale, de acuerdo. Pero solo porque no quiero que me eches la culpa si te pierdes tu cita con la Señorita Probablemente Perfecta.

Me dirigió una mirada inescrutable.

Cogí el plato de tarta y jugueteé con el tenedor un momento, cortando un trocito del tamaño de un bocado. Luego lo aparté a un lado y me aclaré la garganta sin necesidad.

—Tengo que pedirte perdón por una cosa.

Luca se metió un trozo de tarta en la boca y entrecerró un ojo en señal de interrogación.

—¿Ah, sí? —preguntó, tras tragarse el bocado.

—Sí. —Respiré hondo y dejé salir el aire lentamente. Me sentía como una idiota, pero sabía que, si no lo hacía, el tema me comería por dentro—. Por alejarme siempre de ti y de tus citas cuando salimos en grupo.

Me observó un momento.

—Ya.

—Pensaba que estaba siendo sutil.

—No. No lo eras. Pero entiendo por qué podrías pensarlo.

No sabía qué se le pasaba por la cabeza. No sonreía.

—Lo siento. Mi intención nunca fue ofenderte, ni a ti ni a nadie. De verdad que no pensé que alguien se diera cuenta.

—Oh. Todos nos dábamos cuenta.

—Sí. Ya me han informado de ello, lo cual es un poco violento.

—Algunas eran chicas simpáticas, que lo sepas.

Levanté la vista rápidamente de donde había estado estudiando los dibujos del bizcocho marmolado.

—¡Si no es eso! Seguro que lo eran. Yo no... No quería ser una maleducada. Es que... —Volví a aclararme la garganta—. Siento muchísimo si te hice pasar vergüenza o si pensaron que era una petarda estirada. Es solo que...

—¿Es solo que qué? —preguntó—. Tengo que decirte que me ha fastidiado durante mucho tiempo, pero los demás me hicieron prometer que no diría nada.

—Ojalá lo hubieras hecho. ¡Estoy casi segura de que no habría sido tan insoportable como lo es ahora!

—Hice una promesa. Me dijeron que tendrías tus motivos.

—Los tenía —dije, bajando la vista.

—¿Y me toca escucharlos?

Alcé la vista hacia sus ojos. Eran oscuros y serios, y estaban clavados en mí.

—No lo entenderías.

—Ponme a prueba.