Vivir tu mejor vida Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Es la verdad —insistió Tia—. Dice que busca a alguien amable, cariñoso y auténtico, con buen sentido del humor.

—¡Eso lo pone todo el mundo!

Ella me ignoró y continuó.

—Que sepa apreciar la buena comida, los viajes y que entienda la importancia de la familia y los amigos. Tú eres todas esas cosas.

Podía ver los engranajes girando y el vapor empezando a acumularse en el motor del cerebro de mi amiga.

—Mucha gente es todas esas cosas. Es bastante genérico. —Me asomé—. También enumera sus aficiones como «chorradas machistas ridículas».

Vale, no decía exactamente eso. Lo que en realidad decía era «disfruta con los deportes extremos», pero a mis ojos eran cosas intercambiables.

—Y en algún lado debe haber una lista de requisitos rollo «piernas hasta las axilas, cuerpo de modelo de lencería, preferiblemente con un trabajo a juego, y melena larga y sedosa que no desentonaría en un anuncio de champú».

—No es tan superficial —lo defendió Tia—. Y tú tienes el pelo largo y brillante.

—No he dicho que sea superficial. Pero ¿cuándo fue la última vez que apareció con una mujer que hubiese desentonado en una revista de moda o en un anuncio raro de perfumes?

Siempre acabo teniendo que cambiarme sigilosamente al otro lado de la mesa solo para no parecer un orco total.

Solo digo que, incluso si no fuera rarísimo, que lo sería, y mucho, definitivamente no soy el tipo de Luca.

Nos volveríamos locos el uno al otro en menos de una semana, por no hablar de lo incómodas que serían las cosas después.

Cambiaría toda la dinámica... esa del grupo.

—Muy específico todo.

—Sabes a qué me refiero.

—Jesse y Bella acabaron juntos. No ha cambiado nada.

—Sí, pero todos veíamos que estaban hechos el uno para el otro. Era inevitable.

Tia me dedicó una larga mirada.

Solté un suspiro exasperado.

—No es para nada lo mismo. Ni por asomo. ¡Y ni se te ocurra mencionárselo a Luca! Se moriría de vergüenza..., si es que alguna vez pudiera dejar de reírse.

Tia puso los ojos en blanco antes de clavarme una mirada de las que no admiten réplica.

—Pero para tu información, ¿esa maniobra que haces para alejarte de Luca y de su último ligue? No es nada sigilosa. Todo el mundo se da cuenta de que lo haces siempre.

—¿Ah, sí? —dije, con la voz un poco más aguda de lo habitual.

Asintió. Miré a Jono. Él se encogió de hombros y ladeó la cabeza para mostrar que estaba de acuerdo.

—¿Luca se ha dado cuenta?

—Sip.

—¿Cómo sabes que se ha dado cuenta? Estoy segura de que habría dicho algo de haberlo hecho.

—Tia se equivocaba por completo en esto.

Luca me cantaba las cuarenta por casi todo.

El nudo que se me había estado formando en el estómago empezó a deshacerse de nuevo—.

Él siempre dice algo si no está de acuerdo cuando se trata de mí. Que suele ser la mayoría de las veces.

Tia y Jono intercambiaron miradas.

—¿Qué? ¿A qué ha venido esa mirada?

Tia soltó un suspiro, alargó el brazo y me cogió la mano un momento para darme un apretón rápido y tranquilizador.

—Una vez se puso tenso con el tema e iba a cantarte las cuarenta...

—¿Y?

—Y le pedimos que no lo hiciera.

—¿«Le pedimos»? ¿Quiénes se lo pedisteis? ¿Y por qué?

—Todos nosotros.

Fruncí el ceño.

—Pero ¿por qué? No lo entiendo.

—Vale. Cuéntanos por qué te cambias de sitio en cuanto puedes siempre que acabas sentada al lado de una de las novias de Luca.

Jono había bajado el volumen de la tele y, al igual que Tia, ahora estaba centrado en mí. Sentía la cara ardiente y sonrojada, y mi estómago había vuelto a hacer una demostración de nudos marineros que avergonzaría a cualquier lobo de mar, con salto mortal hacia atrás incluido para rematar.

—Os lo acabo de decir...

Se quedaron esperando.

Me aclaré la garganta.

—Vale, de acuerdo. Me siento feúcha. Todas las mujeres con las que sale son un espécimen perfecto.

Pelazo, ropa fantástica, absolutamente despampanantes y con un cuerpo de infarto.

Y luego estoy yo, sentada a su lado. Y sí, tal vez sea vanidad, pero no es difícil sentir que salgo perdiendo en las comparaciones y, francamente, no necesito que me restrieguen por la cara el hecho de que no soy así, ni que se lo resalten a los demás.

Así que me cambio de sitio. Estoy segura de que Luca ni siquiera se da cuenta la mayor parte del tiempo.

Tia negó con la cabeza.

—Ya te digo yo que sí que se da cuenta. Y nunca deberías sentirte así. No es verdad, ¿a que no, Jono?

Jono negó con la cabeza y volvió a encogerse de hombros.

—Sinceramente, no lo es. Eres... maja.

Las dos nos lo quedamos mirando.

—¿Maja? —repitió Tia.

—¿Qué?

—¡Es mucho más que maja!

—¡Ya lo sé!

—Entonces, ¿por qué lo has dicho? —preguntó su prometida, levantando las manos con las palmas hacia arriba.

—¡Porque pensé que si decía que está bastante buena, que lo está, me tirarías por la ventana, y estamos en un tercer piso!

Tia lo estudió durante un momento.

—Eres un amor. ¿Quieres casarte conmigo?

Ella le guiñó un ojo y él sonrió. Me dedicó un encogimiento de hombros y luego volvió a girarse hacia la televisión con un suspiro de alivio más que audible.

—¿Ves? —dijo Tia—. Eres mona. No sales perdiendo en las comparaciones y eres preciosa a tu manera. Vale. No tienes altura de modelo.

Me miré las perneras del pijama, que me llegaban a la mitad de los pies ahora que me había quitado las zapatillas de estar por casa.

—Tengo altura de maqueta.

Tia se rio, liberando la leve ola de tensión que se había acumulado en la habitación desde que descubrí que Luca (y todo el mundo) me tenía calada. Y que sabían el motivo. Me froté la cara, incapaz de quitarme de encima del todo la sensación de incomodidad.

—Eres un encanto, cariño. De verdad. Nunca deberías sentirte menos que eso.

—Entonces, ¿cómo es que soy la única soltera?

—Luca también sigue soltero, recuerda.

—Luca solo está soltero cuando le conviene y, si lo que dijo el otro día es cierto, no lo estará por mucho tiempo.

—Porque está saliendo a buscar. Algo que tú, amiga mía, tienes aversión a hacer.

—No le tengo aversión a eso.

—Cuando salimos, haces todo lo posible por incrustarte en el grupo como si fuéramos tu escudo protector. Haces que sea bastante difícil que cualquier chico se te acerque.

—Si tanto les importara, harían el esfuerzo. Está claro que no les importo.

Tia me lanzó una mirada exasperada.

—¿Qué?

—Tú.

—¿Qué me pasa?

Negó con la cabeza.

—Quisiera agitar una varita mágica y darte la confianza que deberías tener. Eres inteligente, independiente y, como dice mi prometido, estás bastante buena. —Me sonrió—. Solo desearía que tú misma te lo creyeras.

—Estoy bien. —Le resté importancia con un gesto de la mano, incómoda por el tiempo que parecía llevar bajo los focos—. En fin, ¿has pensado ya en vestidos o en algo para la boda?

Tia era toda una fashionista , así que sabía que pisaba sobre seguro para desviar la conversación lejos de mí.

Hizo una pausa por un momento, con una mirada que me decía que sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero luego se volvió hacia el portátil y lo puso entre las dos.

Escribió rápidamente una dirección web y el perfil de Luca desapareció, sustituido por una página de aspecto sofisticado que mostraba un vestido de novia de estilo etéreo.

Tras comprobar que Jono no podía ver la pantalla, la inclinó un poco más hacia mí.

—¿Qué te parece?