Capítulo 4
—¡Eso no suena para nada a mí! —protesté cuando me asomé por encima del hombro de Tia veinte minutos después—. No puedes publicar eso.
—Claro que sí, y claro que puedo. De hecho, ya lo he hecho. ¡Tú, mi niña preciosa, ya estás online !
Un gemido que debía haberse quedado en mi cabeza se me escapó en voz alta.
—¡Todo irá bien! —respondió Tia—. ¿Quién sabe? ¡A lo mejor hasta conoces a «El Definitivo»!
—Pero entonces perdería la apuesta con Luca.
Me estudió durante un momento.
—¿De verdad crees que ganar una apuesta es más importante que encontrar a alguien con quien compartir tu vida?
—No, claro que no —dije con sinceridad.
Tia me arqueó una ceja perfecta.
—No lo creo. Es solo... —Me encogí de hombros—... una reacción automática. Es lo que hacemos Luca y yo. Lo que siempre hemos hecho.
Asintió.
—Sí, lo sé. Solo no tires algo bueno por la borda por esto, ¿vale?
—Sinceramente, sigo dudando de la probabilidad de que salga algo bueno de todo esto, pero no, te prometo que, si conozco a alguien fantástico, aceptaré mi derrota con elegancia. Todo ello mientras esquivo a los cerdos que pasen volando bajo a mi alrededor.
Tia puso los ojos en blanco y Jono soltó una risita, con los ojos clavados en un partido de rugby que había encontrado haciendo zapeo.
—Oye, vamos a ver el perfil de Luca.
—Ay, no sé si quiero verlo...
Pero Tia ya estaba buscando y desplazándose por la pantalla y, un instante después, su perfil apareció ante nosotras.
—¡Huy, sale muy bien! —Escaneó la pantalla—. Y suena bien también. Va a tener mucho éxito.
—Podría haber puesto que es un criador de cerdos que vive en una pocilga y aun así conseguiría citas. ¡Míralo! No puedo competir con eso.
Tia me lanzó una mirada afilada.
—No es que todo sea una competición, obviamente.
La mirada se mantuvo inamovible y supe que no la había convencido.
Me senté en la silla a su lado y me llevé las rodillas al pecho, encogiéndome hasta hacerme un ovillo compacto.
—¿Tú sabías que quería algo más de sus relaciones? O sea, por lo que dijo anoche... —Me encogí de hombros—... parece que va muy en serio.
—Nunca lo hemos hablado como tal, pero veía venir lo nuestro, lo de Jono y yo, y se alegró muchísimo.
Hizo un par de comentarios que me hicieron empezar a preguntarme si ya se había cansado de los rollos de una noche y tal vez buscaba algo más serio.
—Ladeó la cabeza hacia mí—. ¿De verdad no tenías ni idea?
Negué con la cabeza.
—Sorprendente. Vosotros dos habéis estado prácticamente pegados el uno al otro desde el primer día de colegio. Pensaba que os contabais todo.
—Yo también lo pensaba.
—Aunque tampoco es una gran sorpresa. Tú, mejor que nadie, sabes lo mucho que significa la familia para Luca. Has pasado bastante tiempo con la suya.
—Cierto.
Y era cierto. Yo era hija única con unos padres muy sociables, pero, como aquellos eventos sociales rara vez me incluían, pasaba mucho tiempo con una niñera, que, a su vez, pasaba mucho tiempo con el novio que se suponía que no debía llevar a casa.
Esto, en la práctica, significaba que pasaba muchísimo tiempo en mi habitación, a solas.
Tampoco me importaba tanto. Mi madre repetía a menudo que siempre se me había dado bien entretenerme sola.
Nunca tuve claro si de verdad lo pensaba o si era algo que se decía a sí misma para mitigar cualquier atisbo de culpa que pudiera asaltarla de vez en cuando.
Y entonces Luca, que era capaz de llevarse un secreto a la tumba pero, por el contrario, también podía ser un bocazas, debió de mencionarle algo a su madre.
Gran parte del tiempo en que mis padres salían, yo me preparaba unos fideos de bote porque la niñera «no tenía hambre».
Ella siempre se llevaba a su casa la comida que le tocaba cocinar para que mis padres no supieran que no la había preparado como le pagaban por hacer y, por alguna razón, yo nunca decía nada.
Supongo que, en el fondo, no estaba segura de que fuera a suponer ninguna diferencia y, en cambio, solo causara discordia y aumentara la incómoda sensación que tenía de que me veían como un obstáculo para sus noches de fiesta.
Mamá siempre estaba tan glamurosa y feliz cuando se arreglaba para salir que no quería disgustarla.
En cuanto la señora Donato se enteró de la situación, intervino.
Le rogué a Luca que la detuviera, preocupada de meterme en problemas por lo de la niñera, pero él me abrazó y me dijo que no me preocupara.
Tenía razón. Aunque estaba claro que sabía lo que había estado ocurriendo, la señora Donato manejó la situación con total tacto y diplomacia, e incluso lo planteó de una manera que les venía mejor a mis padres que el arreglo que tenían.
Le dio conversación a mi madre, dirigió la charla hacia las salidas nocturnas y, antes de darme cuenta, la madre de Luca había organizado todo para que me quedara a dormir en su casa siempre que mis padres tuvieran planes.
De ese modo, les hizo ver, no tenían que volver con prisas por la niñera, y como ellos ya tenían la casa llena, una más no sería ninguna molestia.
Mi madre protestó por educación, pero no demasiado, y el trato quedó sellado.
De repente, dejé de sentir esa pesadez y ese aislamiento en mi interior cuando sabía que iban a salir.
¡Me moría de ganas! La casa de Luca era un lugar ruidoso y ajetreado, lleno de buena comida y buen humor.
Siempre me había encantado ir, y ahora podía hacerlo aún más a menudo.
Vivían en un caserón inmenso que su abuelo había comprado barato en la época en que aún se podían conseguir propiedades económicas en Londres, y poco a poco lo había ido arreglando y llenando de familia.
Incluso ahora, Luca y sus hermanos pasaban mucho tiempo allí.
De repente, resultaba obvio que con el tiempo iba a querer recrear aquello para sí mismo. Y parecía que ese tiempo había llegado.
Me incliné y volví a la pestaña de mi página.
—¿Tenías que poner todo eso de los ordenadores? Sueno muy friki.
—Sí, por supuesto. Es a lo que te dedicas. Eres un genio de la informática. Por eso te tenemos todos en marcación rápida.
—Es bueno saber que esa es la razón.
—Eso ha sonado fatal.
—Eso espero.
Tia sonrió y supe que no era verdad. Pero tenía razón.
Se me daban bien los ordenadores. Habíamos hecho algunas cosillas en el colegio, pero yo había aprendido muchísimo por mi cuenta, sentada a solas en mi habitación todas aquellas noches, y descubrí que me resultaba bastante fácil.
No era una de las chicas guais ni era deportista.
Pero esto se me daba bien. Aquello, por supuesto, tenía su lado negativo, ya que mis talentos me etiquetaron de inmediato como una friki...
, hasta que alguien quería que le arreglara algo y entonces eran un poco más amables conmigo, pero tampoco me importaba demasiado.
Tenía a Luca y a un grupo sólido de amigos, y con eso me bastaba.
Pero ahora todos nos estábamos dispersando.
Era inevitable, desde luego. Hacíamos todo lo posible por quedar a menudo y teníamos un grupo de chat, así que manteníamos un contacto bastante regular.
Me habría sentido perdida sin él, aunque a veces me preguntaba si todavía encajaba tan bien.
En ocasiones daba la sensación de que todo el mundo avanzaba en la vida y yo seguía estancada donde estaba, sin visos de moverme a ninguna parte.
Pero Luca siempre había estado ahí desde que yo tenía cinco años, y ahora parecía que eso también podía cambiar.
Quería que fuera feliz. Era mi mejor amigo.
¿Cómo no iba a quererlo? Seguía sin tener mucha fe en un proceso que, en la práctica, era como comprar amor por internet, pero la idea de ser la única de nuestro grupo que aparecía sin pareja en las reuniones me revolvía el estómago.
Ya me había sentido compadecida una vez y no quería volver a pasar por aquello.
Mis ojos se desviaron hacia la pantalla y hacia la única foto mía que no me hacía torcer el gesto.
Tal vez esto fuera lo mejor. Tal vez hubiera cosas más importantes en la vida que ganar una apuesta.
* * *
—Me pregunto cuántas citas le habrán pedido ya —comentó Tia, fisgoneando el perfil de Luca.
—Un montón, me imagino, si su historial sirve de algo —respondí sin levantar la vista.
—Ya, pero no olvides lo que dijo. No busca solo un rollo.
—No se puede saber nada por una foto y un par de palabras.
La gente solo pone lo que cree que los demás quieren oír.
¡Acabas de hacer lo mismo con el mío! Estas cosas apenas son representativas.
Incluso si está buscando algo más, estoy bastante segura de que Luca va a hacer un trabajo de investigación exhaustivo igualmente.
Tia se encogió de hombros.
—Tal vez. Y el tuyo sí es representativo.
—No lo es. Has hecho que suene mucho más interesante y exitosa de lo que soy. Incluso si consigo alguna cita, pronto descubrirán la verdad. Ya de paso podrías haber puesto una foto de hace diez años y tirar la casa por la ventana.
Tia me puso los ojos en blanco y volvió a mirar la pantalla.
—¿Sabes qué es lo gracioso?
Negué con la cabeza mientras cogía una libreta de la mesa y repasaba mi lista de tareas pendientes.
—No.
—Leer esto. —Señaló con una uña pintada de forma exquisita y muy recargada a mi ordenador, donde el perfil de Luca seguía sonriendo, relajado, seguro de sí mismo y demasiado guapo para su propio bien.
(Hasta su madre lo decía, así que sabía que era verdad)—.
Bueno, es una pena que vosotros dos ya os conozcáis.
Levanté la vista de la libreta, tras haber tachado a regañadientes «crear y subir perfil para apuesta ridícula».
—¿A qué te refieres?
—Es solo que, según esto, Luca está buscando a alguien exactamente como tú.
Solté un bufido, mitad risa, mitad incredulidad y para nada propio de una señorita. Incluso Jono apartó la vista de los deportes un momento para enarcar las cejas hacia su prometida.