Vivir tu mejor vida Capítulo 3
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Capítulo 3

Sentí que la comida que tanto ansiaba hacía un rato me daba vueltas y más vueltas en el estómago.

—Eso es ridículo. ¡Hay muchísimas variables! O sea, mírale. Es obvio que va a conseguir cientos de citas —le eché un vistazo a Luca—. Bueno, primeras citas, al menos.

—Tú tampoco eres un cardo, Bee —dijo Luca, ignorando mi pulla.

—¡Venga ya! Tú tienes palique de sobra. Tratas con gente a todas horas. ¡Tienes citas constantemente! No es un juicio justo. Yo tengo... menos citas.

Tia y Luca me miraron fijamente.

—¡Vale, de acuerdo! Muchísimas menos. ¡Exacto! Me falta práctica. Y habilidades. Por ejemplo, fijaos en esa mujer de ahí que lleva desnudando a Luca con la mirada desde el momento en que llegó.

Todos echamos un vistazo furtivo hacia la barra.

Tenía las piernas cruzadas de forma sugerente, su lenguaje corporal era lánguido y natural y, sinceramente, me sorprendía que Luca no hubiera ido directo a por ella.

En ese momento estaba hablando con un hombre de mediana edad vestido con un traje a medida que irradiaba riqueza, y estaba coqueteando de manera experta con él; pero eso no impedía que siguiera lanzándole miraditas a Luca.

—¿Qué pasa con ella? —preguntó Luca.

—Yo no sé hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Estar ahí, tan glamurosa y natural.

—Podrías si quisieras.

—No tengo tan claro que quiera. Pero, de todos modos, no viene al caso. Definitivamente, no puedo. Por desgracia, tú estabas en el mismo bar la última vez que intenté esa técnica. Y no te creas que no veo esa sonrisilla, lo cual me da toda la razón.

—Al menos llevabas ropa interior limpia.

—No ayudas.

—Al menos llevabas ropa interior y punto —añadió Tia.

—En serio, no ayudáis nada.

—Solo decimos que podría haber sido peor. A veces los taburetes de los bares pueden ser traicioneros.

Volví a mirar por debajo de las pestañas a la sirena que estaba al otro lado de la sala.

—Parece que ella se apaña estupendamente.

—No necesitas toda esa falsedad, Bee. Tienes otras cualidades. Todos somos diferentes. De todos modos, es solo cuestión de confianza. Esta podría ser la oportunidad perfecta para que la mejores.

—Tengo muchísima confianza —dije, sin absolutamente nada de confianza.

—Sabes que te conocemos desde hace como treinta años, ¿verdad? —dijo Tia, con esa clásica inclinación de cabeza que usaba para indicar a cualquiera que le estaba cantando las cuarenta.

—Vale —dije, demasiado cansada para seguir discutiendo—. Pero, incluso si este tipo de cosas funcionan, podría llevar meses encontrar a la persona adecuada. Si es que tal cosa existe.

Luca me dio una patada por debajo de la mesa.

—Con la excepción de los presentes, obvio —añadí a toda prisa.

Tia aceptó el añadido de mi declaración y continuó.

—De acuerdo. Pero, para los propósitos de este experimento, tenemos que fijar una fecha límite.

¿Qué os parece el día de Navidad? Eso os debería dar tiempo suficiente a los dos para tener una idea clara de si las citas online son prometedoras, incluso si para entonces no os han traído a vuestro hombre o mujer ideal. ¿Trato hecho?

A esas alturas, el resto del grupo había centrado su atención en nuestra conversación y en el guante que me acababan de lanzar.

Sentí cómo sus miradas se clavaban en mí.

Todo el mundo sabía que Luca aceptaría. Él estaba hecho así.

Pero yo no estaba hecha de la misma pasta.

De hecho, ni siquiera estaba segura de que hubieran usado los mismos materiales para fabricarme.

Todo el proceso me llenaba de pavor. Sin embargo, por otro lado, y a pesar de la evidencia que presentaban los amigos sentados frente a mí, sabía que yo tenía razón con todo este rollo de las citas por internet.

Le demostraría a Luca que se equivocaba, y ese aspecto, desde luego, me resultaba muy atractivo.

Llevábamos intentando superarnos el uno al otro desde preescolar y esta vez el triunfo estaba prácticamente garantizado a mi favor.

—¿Trato? —repitió Luca la pregunta de Tia, tendiéndome la mano.

—Trato —respondí, estrechándosela.

* * *

A la mañana siguiente, me despertaron bruscamente los acelerones fuertes y continuos de un motor.

Dejé escapar un suspiro. Vivía en un piso minúsculo al final del DLR, lo cual estaba bien.

Menos mal que no tenía gato, porque no había espacio ni para dar la vuelta, pero lo había puesto muy acogedor y no tenía que compartirlo con nadie.

De todos nosotros, yo era la que vivía más lejos del centro, pero también era la que no había terminado la carrera y la que menos cobraba.

Ambas cosas no estaban del todo desconectadas.

La única forma de haberme podido permitir vivir más cerca de la ciudad y del resto de mis amigos era compartiendo piso, y eso no me iba mucho, valga la redundancia.

Me gustaba poder sentarme a comer patatas fritas en bragas si me apetecía.

También me gustaba el silencio. En general, la zona no estaba tan mal, pero un vecino a la derecha del pequeño bloque en el que yo vivía tenía una obsesión con los coches.

No tenía nada en contra de eso. Los coches estaban guais.

Yo no tenía uno porque no podía permitírmelo y, además, la mayor parte del tiempo ni lo necesitaba.

A lo que sí me oponía era a su propensión a «arreglarlos» a las ocho de la mañana de un sábado.

El coche volvió a acelerar y de repente se oyó un estruendo tremendo, seguido de un momento de silencio que, a su vez, vino seguido de una sarta de insultos kilométrica.

Sonreí para mis adentros y me di la vuelta para dormir un poco más.

Cuando me desperté una hora después, rodé sobre mí misma y busqué a tientas el móvil en la mesilla de noche.

Tras quitar el modo avión, comprobé mis mensajes.

« ¿Ya lo has hecho? ».

A esta pregunta le seguía el emoji de una gallina.

Me fijé en que el mensaje se había enviado a las seis y media de la mañana, hora a la que todos los seres humanos normales, asumiendo que no estuvieran trabajando o fueran padres de niños pequeños, deberían estar en la cama, durmiendo.

Luca ni estaba trabajando ni era padre. Tampoco era normal.

Pero yo ya me había acostumbrado a eso, razón por la cual ponía mi teléfono en modo avión por la noche.

Por eso, y porque los bancos parecían pensar que las tres de la mañana era la hora exacta a la que la gente quería saber cómo iba el saldo de su cuenta.

Peleé para meter los brazos en la bata, metí los pies en unas pantuflas enormes con forma de patas de osito de peluche que Luca me había regalado las Navidades pasadas y arrastré los pies hasta la cocina, algo que me llevó la friolera de dos segundos.

Al encontrar zumo de naranja en la nevera, me serví un vaso y encendí el hervidor antes de fisgonear a ver qué podía estar al acecho que pasara por desayuno.

Hacer la compra no me entusiasmaba y tendía a posponerlo hasta el ultimísimo momento.

Y casi había llegado a ese límite. Luca, curiosamente, lo disfrutaba, pero claro, él también sabía qué hacer con todas las cosas una vez que llegaba a casa.

Había heredado la alegría y el talento de su familia por la cocina, mientras que yo nunca había llegado a dominar ninguna de las dos cosas.

Dicho esto, no me importaba, porque a menudo me invitaba a cenar y tenía la suerte de que la familia me incluyera habitualmente en sus comidas de los domingos.

Había sido así desde que éramos pequeños y me encantaba.

Por desgracia, aunque se me había pegado su aprecio por la buena comida, no había ocurrido lo mismo con sus habilidades para prepararla.

Toqueteé un paquete de fideos instantáneos de marca blanca y debatí si serían adecuados para el desayuno.

Agarrando la taza gigante de té y el vaso de zumo, me los llevé a la mesita y los apoyé. Escribí una respuesta.

« ¿Hecho el qué? ».

Unos instantes después, mi teléfono sonó con una respuesta de un solo emoji: unos ojos en blanco. Luca lo usaba mucho, pero no estaba segura de si solo lo usaba conmigo. Para ser justa, yo también se lo mandaba bastante, así que la cosa probablemente estaba equilibrada. Entró otro mensaje.

« Tu perfil. Para la web de citas. ¿O acaso ya te has... » —aquí había insertado un emoji de gallina— « ...acobardado? ».

Dios, qué pesado era.

« No. No lo he hecho. Porque es fin de semana, es pronto y soy normal. A diferencia de ti ».

« O sea que, básicamente, estás en pijama, bebiendo té e intentando encontrar a la desesperada algo para desayunar al que no le hayan crecido patas y haya salido andando solo de la nevera, ¿no? ».

Uf. Odiaba que me conociera tan bien.

« Mientras que supongo que tú ya has corrido una maratón y has preparado una cena gourmet para dieciséis, ¿verdad? ».

« Nah, solo una media maratón y algo de pasta fresca ».

« Te odio ».

« Yo también te odio ».

Acompañó esto con una carita guiñando un ojo y luego otra sacando la lengua.

Vale, eso significaba que lo más probable era que ya hubiera preparado su perfil en la web de citas acordada y lo hubiera subido.

También era probable que ya tuviera cuarenta y dos citas en espera.

Luca no era exactamente difícil de mirar, dirigía su propio negocio de éxito y, de hecho, le gustaba hacer ejercicio, lo cual ayudaba cuando eras tan buen cocinero como él.

Uf. No podía perder esta apuesta. Me lo estaría recordando toda la vida.

Sabía que yo tenía razón. Tia y Jono eran clarísimas excepciones a la regla cuando se trataba de citas por internet, y lo iba a demostrar.

No sabía por qué Luca no podía simplemente aceptar que se equivocaba.

No tenía la más mínima intención de lanzarme al loco tiovivo de las citas online solo para salir despedida otra vez sintiéndome horriblemente mareada en unos pocos meses.

Si se suponía que iba a conocer a alguien, lo haría.

Luca, por supuesto, enfocaba las cosas de manera diferente.

Para él, tenías que hacer que las cosas pasaran.

Y lo hacía, lo que hay que reconocer que le había funcionado bastante bien, y yo estaba enormemente orgullosa de lo que había conseguido con su empresa.

Sabía que también lo daría todo en este reto.

Luca Donato no era alguien que tendiera, o al que le gustara, fracasar.

Pero, bueno, yo tampoco. Vale, sí, mi tasa de éxito era menor que la suya, pero eso no significaba que disfrutara fracasando.

Simplemente, las circunstancias no siempre habían sido tan propicias para el triunfo como hubiera preferido.

Pero el reto estaba en marcha, me gustara o no.

Acerqué el portátil hacia mí y lo abrí. Hice clic en el icono de internet, tecleé la dirección de la web de citas, respiré hondo y pinché en la pestaña de «cómo unirse».

* * *

—¿Este es tu perfil? —preguntó Tia cuando se pasaron por mi casa más tarde, de camino a pasar el fin de semana fuera de la ciudad. Estaba sentada en el reposabrazos de mi diminuto sofá mientras Jono observaba a mi vecino a hurtadillas por la ventana.

—Buen coche —observó.

—Necesita un motor nuevo a juzgar por el petardazo de esta mañana. Ahora mismo, cuanto más tiempo se mantenga en silencio, más bonito me parece el coche.

Jono sonrió de oreja a oreja y se dejó caer en el sofá, cogiendo el café que le acababa de preparar, mientras Tia me miraba con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—Estás haciendo trampa.

—¡Por supuesto que no! —repliqué al instante.

—¿Está ya publicado?

Me senté en el sofá, me subí la pierna y acaricié el pelo sintético de mi pantufla.

—No exactamente.

—Aquí no hay zonas grises, Bee. ¿Está subido o no?

—No.

—Bien. Eso significa que podemos salvarlo.

—¿Perdona?

—Soy la moderadora de este reto, y necesito saber que se está haciendo de forma justa.

—¿Cuándo te nombraron moderadora?

—Anoche.

—¿Por quién?

—Por mí.

—¿Te nombraste a ti misma?

—Sep. ¿Algún problema?

Me encogí de hombros.

—No especialmente. Ah, aparte de que me has acusado de hacer trampa.

—Esto —dijo, señalando la pantalla—, es hacer trampa.

—¿Por qué? Tengo un perfil preparado. Incluso he elegido la foto más medianamente decente que he podido encontrar.

No me hacía gracia que me hicieran fotos, y los selfis parecían salir aún peor.

Envidiaba a los que siempre salían espectaculares, pero también era consciente de que muchas de esas fotos no eran representaciones reales.

Sin embargo, andar trasteando con apps para recortar esto y suavizar aquello me parecía demasiado esfuerzo.

—Créeme, las había muchísimo peores.

—No es eso. La foto está bien. Es el resto del perfil. ¡Es aburrido!

—Vaya. Gracias.

Tia se había trasladado a una de las sillas del conjunto de bistró que me servía de mesa de comedor. Se giró para mirarme.

—Pero tú no lo eres —añadió a toda prisa—. Por eso parece que estás haciendo trampa. Como si intentaras hacerte pasar por el pato más soso del mundo para conseguir el menor número de citas posible.

—¡No estoy haciendo eso! —Miré por la ventana hacia mi vecino, que ahora miraba fijamente su coche como si eso fuera a arreglarlo. La acusación de Tia me había dolido, pero sabía que no lo decía con mala intención.

Me estudió durante un momento.

—No. Ahora me doy cuenta. Lo siento. Nunca debí haber dicho eso —se inclinó y me dio un abrazo—. Sé que no harías trampa, ni siquiera si eso significara ganarle a Luca. Es solo que esto... —Señaló la pantalla—. Esta no eres tú.

—Sí lo es.

—No, cariño. No lo es. ¿De verdad te ves así?

Me removí en mi asiento.

—Solo estoy siendo sincera. Mi perfil nunca se va a parecer al de Luca. Yo no tengo todas esas cosas a mi favor, como él.

—Tienes muchísimas cosas a tu favor —replicó Tia en un tono que no admitía discusión—. Y que no se te ocurra pensar lo contrario.

Deslicé la mirada hacia Jono.

—En el fondo puede dar bastante miedo, ¿verdad?

Él sonrió, asintiendo hacia mí.

—Sep.

—Vale. Ahora. Vamos a arreglar esto.

No tenía sentido discutir. Conocía a mi amiga desde hacía demasiado tiempo como para darme cuenta de cuándo sería inútil intentar detenerla una vez que se embarcaba en una misión.

Solo esperaba que su intento de «arreglar» algo no acabara conmigo soltando una sarta de insultos tan larga como la del vecino.