Capítulo 2 #2
—Está claro que conocemos la opinión de Bee sobre el tema de las citas online , a pesar de la imagen de perfección que tiene ahora mismo frente a sus ojos. —Tia pestañeó varias veces y puso morritos luciendo el anillo, y luego prosiguió—: ¿Tú opinas lo mismo? —Miró a Luca.
—Para nada —respondió él, sin apenas dudarlo.
—¿Qué ibas a decir tú si no? —le espeté, resoplando.
Luca se giró un poco para quedar más de frente a mí.
—Ah, ¿sí? ¿Y por qué iba a decir yo eso?
—Porque eres incapaz de darme la razón en algo.
—Claro que te doy la razón.
—Rara vez.
—Lo suficiente en estos últimos treinta y pico años para que sigamos estando tan unidos como siempre, a pesar de lo insoportable que puedes llegar a ser.
—Al menos en ese aspecto, estamos en paz.
Me lanzó una mirada que sugería que no estaba necesariamente de acuerdo con mi afirmación, y luego volvió a mirar a Tia.
—¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, ya que tenéis posturas tan opuestas sobre el tema y sois los dos últimos del grupo que seguís solteros, ¿qué me decís si os propongo un pequeño reto?
—Digo que no, gracias —respondí educadamente.
—Por supuesto —respondió Luca en el mismo instante.
—¿Cómo puedes aceptar un reto cuando ni siquiera sabes en qué consiste? —le pregunté a Luca, incrédula.
—¿Cómo puedes rechazar de plano la idea cuando no sabes en qué consiste? —Levantó los brazos al aire; su sangre italiana estaba aflorando y trayendo consigo toda la gestualidad clásica de su estirpe.
—Porque sé que si tiene la más mínima relación con las citas online , no quiero saber absolutamente nada del tema.
Él hizo una mueca.
—Debería haberlo imaginado.
—¿Qué se supone que significa eso? —salté, irguiéndome de golpe.
Por suerte seguíamos sentados, porque Luca me sacaba unos treinta centímetros de altura y me ganaba por bastantes kilos. Estar sentados, al menos, me daba un poco más de ventaja en el terreno de la estatura.
—Solo significa que estás haciendo lo que haces siempre. No sé de qué me sorprendo.
—¿Y qué es exactamente lo que hago siempre?
—Ir a lo seguro.
—Lo dices como si fuera algo malo. Sinceramente, ir a lo seguro me parece una filosofía de vida mucho mejor que tirarme por las montañas y todas esas otras gilipolleces a las que te dedicas en tu tiempo libre.
—En realidad, intento mantenerme firmemente anclado a la montaña. Es algo así como la regla número uno en la escalada. Tirarse al vacío no es nada recomendable.
—Escalar por paredes resbaladizas y heladas tampoco es recomendable, y sin embargo tú eliges hacerlo.
—Porque es divertido.
—No, es una locura. Y hace frío.
—Yo lo disfruto.
—Eso es porque lo más probable es que te dejaran caer de cabeza al suelo en algún momento de tu infancia y tu madre no te lo quiere contar.
Me lanzó esa mirada que me había dedicado un millón de veces: sus ojos oscuros clavándose en los míos, cobijados bajo unas pestañas que jamás, en la vida, dejarían de darme envidia, y con un atisbo de sonrisa asomando en unos labios carnosos en su justa medida.
—¿Os apuntáis, entonces? —terció Tia, interrumpiendo nuestro pique verbal.
Luca me pasó el brazo por los hombros.
—Nos apuntamos.
—Ni locos —añadí rápidamente—. No nos apuntamos.
Él ladeó la cabeza contra la mía y la apoyó ahí un momento.
—Vive un poco, Bee.
—¡Yo vivo muchísimo, muchas gracias! —protesté, apartándome de él, al ver que las caras de ambos, tanto la suya como la de Tia, dejaban claro que no estaban de acuerdo con semejante afirmación.
—¿Qué pasa? Es verdad. Solo que lo hago de una forma más tranquila y menos llamativa que este de aquí.
—Tan tranquila, de hecho, que resulta casi silenciosa.
—Eres un capullo integral —dije, dispuesta a dar el último trago a mi copa, solo para descubrir que ya me la había terminado—. Vale. —Me volví hacia Tia—. Acepto el reto. Sea lo que sea.
Ella dio palmas con entusiasmo.
—¡Va a ser muy divertido!
Los nudos que se me estaban formando ahora mismo en el estómago no solo demostraban que me parecía sumamente dudoso, sino que seguramente también me harían ganar una insignia de los Boy Scouts.
Era obvio que aquello no iba a tener ninguna gracia, pero no estaba dispuesta a echarme atrás en el último momento.
Sabía que Luca siempre había pensado que yo era muy reservada, pero en comparación con él, casi todo el mundo lo era.
Se llamaba «ser normal». Sin embargo, ahora resultaba que no era el único de mis amigos que pensaba que no estaba precisamente «viviendo mi mejor vida», por decirlo suavemente.
Si no era benévola conmigo misma, podría decir que, en el fondo, creían que era bastante sosa.
En el fondo, no estaba del todo convencida de que se equivocaran, pero a mí me gustaba la tranquilidad, la seguridad y las aficiones apacibles.
Me gustaba ser sensata. Y estar a salvo.
Pasar desapercibida. Tenías menos posibilidades de salir herida de esa forma, por no hablar de que también era menos probable que hicieras daño a los demás.
—¿Estás bien? —Luca me tocó el brazo con dulzura; su voz sonaba suave y había perdido por completo el tono burlón de antes.
—Sí. —Desterré de un plumazo todos aquellos pensamientos inoportunos para enviarlos de vuelta al desván de mi mente y me concentré en lo que Tia estaba diciendo.
—Bien. Luca cree que es posible encontrar la felicidad por internet, ¿sí?
—Desde luego no lo descartaría como método para encontrar a alguien especial. Jono y tú sois el ejemplo perfecto. Hay un par de personas en el trabajo que también han conocido a sus parejas por internet.
—Bee, sin embargo, no tiene ninguna fe en ello. ¿Es correcto?
Resultaba un poco incongruente reconocer mi absoluta falta de fe en el asunto teniendo a Jono y a Tia sentados justo delante de mí, irradiando felicidad.
—Simplemente creo que vosotros dos sois la excepción que confirma la regla, eso es todo —respondí, esperando haber encontrado el equilibrio perfecto entre la sinceridad y el tacto.
—Me parece justo. Entonces, quizá deberíamos poner vuestras teorías a prueba.
—¿Cómo?
—Os abrís una cuenta en la misma app de citas los dos, y os comprometéis a usarla de verdad. —Tia me lanzó una mirada dura, digna del mismísimo oso Paddington, al decir esto—.
—Y, después de un tiempo establecido, comprobaremos de quién es la teoría que más se acerca a la realidad.
Ay, Dios.