Vivir tu mejor vida Capítulo 2
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Capítulo 2

—¿Estás menos gruñona ahora que has metido algo de comida en el estómago? —Habíamos cambiado de sitio un par de veces para hablar con unos y otros, y ahora Luca estaba sentado a mi lado, frente a Tia y Jono.

—No estaba gruñona.

Luca no dijo nada.

—No lo estaba.

—Yo no he dicho nada.

—No te ha hecho falta. Tu cara hablaba por sí sola.

—¡Bueno! —Tia apoyó el codo en la mesa y nos observó a ambos, interrumpiendo lo que algunos llamarían una bronca, pero que Luca y yo siempre definíamos como un intercambio de opiniones.

Arqueé una ceja.

—¿Y?

—Que vosotros dos sois los únicos del grupo que quedáis libres y solteros.

Me encogí de hombros. Luca no dijo nada. Estaba claro que ninguna de las dos reacciones satisfizo a nuestra amiga.

—Entonces, ¿qué vamos a hacer al respecto?

—No vamos a hacer absolutamente nada al respecto —dije, mirándola con mucha intención.

La última vez que me organizó una cita a ciegas, me pasé la velada entera tragándome todos los detalles nimios sobre los cómics de Marvel, sus personajes y las adaptaciones cinematográficas.

No tenía nada en contra de que a la gente le gustaran esas cosas, aunque no fueran santo de mi devoción.

Pero después de casi tres horas ininterrumpidas aguantando un monólogo sobre el mismo dichoso tema, necesitaba que mi propio Vengador viniera a rescatarme.

Para colmo, mi breve incursión al baño me sirvió para descubrir que no tenía ventana, lo cual descartaba esa vía de escape.

Volví a la mesa, resignada a sufrir otro asalto verbal.

Sin embargo, mi cita me soltó entonces que él nunca tomaba postre y me preguntó si prefería que dividiéramos la cuenta allí mismo.

No me importaba en absoluto pagar mi parte.

Lo que me fastidiaba era quedarme sin postre: ¡la única razón por la que había aguantado tanto rato!

Y, para rematar, la guinda del pastel de mi postre inexistente fue que, de camino a casa, llamó a Tia para decirle que yo «parecía bastante simpática, pero no daba mucha conversación».

—Nunca vas a dejar que me olvide de aquello, ¿verdad? Sabía que le iban esas frikadas, pero reconozco que no era consciente del nivel de obsesión que tenía. Ya te pedí perdón.

—Lo sé. Pero sigue siendo un no rotundo.

—Vale. Así que, si no hay nadie en el trabajo y no dejas que nadie te organice una cita, solo queda una opción.

—¿Meterme a monja?

Luca resopló, divertido, y le lancé una mirada asesina.

—No sé de qué te ríes. Tampoco es que tú estés muy emparejado que digamos. A lo mejor te encontramos un hueco en algún monasterio.

Abrió la boca para contestar.

—Preferiblemente en una orden de clausura que haya hecho voto de silencio —añadí rápidamente, entrecerrando los ojos.

Luca soltó esa risa grave y profunda suya que solía derretir a cualquier mujer en un radio bastante amplio.

Entendía perfectamente por qué reaccionaban así, la verdad.

No estaba ciega. Pero, aunque tenía un físico y una voz espectaculares, me sobraba experiencia vital para saber que todo aquello no era más que una fachada para ocultar su don innato para ser un pesado de manual.

—En realidad, iba a sugerir las citas online —dijo Tia con una sonrisa de oreja a oreja.

—No creo que hayamos llegado todavía a la fase Sonrisas y lágrimas contigo. —Desvió la mirada hacia Luca—. Y, por algún motivo, dudo que le aceptaran en ningún lado. Es demasiado guapo, y si buscas «hecho para el pecado» en internet, saldrá él con la mirada melancólica en la foto de al lado.

—¡No digas esas cosas! —exclamé, estirando los brazos sobre la mesa para apoyar la cabeza en ellos—. Ya nos cuesta bastante sacar su enorme ego por la puerta.

No era del todo cierto. Para ser alguien tan asquerosamente atractivo y carismático, Luca era asombrosamente modesto. La mayor parte del tiempo.

—Sigo aquí, por cierto. Y no pongo mirada melancólica —afirmó Luca, alternando la vista entre Tia y yo cuando levanté la cabeza para mirarlos a los dos.

Ella desestimó la queja con un gesto de la mano; su dedo, recién adornado, proyectó destellos de luz sobre mi cara.

La verdad era que sí lo hacía, pero yo sabía que era totalmente involuntario y que solo pasaba cuando estaba concentrado en algo.

En esos momentos, la mítica pose de David Gandy tenía un duro rival.

Me incorporé a duras penas y apoyé la cabeza entre las manos. De pronto, el día se me estaba haciendo larguísimo. Probablemente debería ir pensando en salir para aprovechar los últimos vestigios del verano, coger el metro y marcharme a casa.

—¿Qué os parece, entonces? —Tia me miraba a mí, luego a Luca, y luego otra vez a mí.

—¿El qué? —dijimos al unísono.

—¿Las citas online ?

Luca y yo cruzamos una mirada. Mi expresión, estaba bastante segura, encajaba en algún lugar dentro de la categoría de «horrorizada». La de Luca era, por raro que pareciera en él, indescifrable.

—Seguro que no te parece una buena idea, ¿verdad? —le pregunté.

—¡Claro que lo es! —interrumpió Tia antes de que Luca tuviera oportunidad de contestar—. Jono y yo nos conocimos por internet, ¡y mira lo asquerosamente felices que somos!

—Ya, pero vosotros dos sois la excepción que confirma la regla.

Todo lo que oigo sobre las citas online son historias de terror.

Tienes que admitir que un sistema en el que el ochenta por ciento de la gente no pone fotos reales ni fieles a la realidad en su perfil tiene un fallo garrafal. Y ese es solo uno de los problemas.

Luca seguía sin decir esta boca es mía. Le di un codazo.

—Di algo, por favor. A ver si así podemos pasar a una conversación más cómoda y, ya de paso, más sensata.

Se recostó en la silla y se cruzó de brazos sobre su ancho pecho.

Llevaba las mangas arremangadas a medias, dejando a la vista unos antebrazos bronceados y musculosos, y la tela de su camisa blanca entallada se tensaba sobre sus pectorales.

Por el rabillo del ojo, vi cómo una mujer que llevaba toda la noche echándole miraditas se giraba hacia él y cruzaba unas piernas largas y perfectamente bronceadas desde su asiento en el taburete de la barra.

Los ojos de Luca se desviaron fugazmente hacia ella y luego volvieron a centrarse en Tia y en mí.

—No es la peor idea del mundo.

Sentí que se me desencajaba la mandíbula.

—¿Qué? —preguntó Luca.

Me recompuse y recuperé la capacidad de articular palabra.

—¡Claro que lo es! ¡Es, sin lugar a duda, la peor idea del mundo! ¡No existe una idea peor que esta!

—¿Por qué?

—Exactamente por las razones que acabo de dar.

—Pero, como bien ha dicho Tia, también puede salir bien. Que conozcas a alguien en persona y tengas una cita no te garantiza que vaya a ser mejor que si lo hubieras conocido por internet. De hecho, lo más probable es que sepas mucho menos de esa persona.

—Sí, pero al menos sabes cómo es físicamente la persona con la que has quedado y no te encuentras con un individuo quince años mayor que en la foto que te enseñó. —Solté un suspiro exasperado—. Solo te parece buena idea porque a mí me parece mala.

—Mentira. Eso es solo un incentivo extra.

Lo miré de reojo y él sonrió.

—¿Y a ti qué más te da, de todos modos? Tampoco es que te falten pretendientas.

Deslicé la mirada hacia la mujer del taburete, que seguía desnudando a Luca con los ojos. A juzgar por su cara, supuse que ya iba por los calzoncillos.

—A lo mejor busco algo más.

Jono se enderezó un poco en su silla y empezó a mostrar cierto interés, mientras Tia se inclinaba hacia delante con los ojos muy abiertos.

—¿De verdad? —preguntó ella.

Luca me miró un instante y se encogió de hombros.

Yo no sabía qué decir. A juzgar por el silencio, Tia tampoco, lo cual ya era un milagro en sí mismo.

Me quedé mirando a Luca. Siempre había sido el típico chico que buscaba pasárselo bien, sin complicaciones.

Nunca había estado con nadie en serio, y dejaba las cosas claras desde el principio con la esperanza de evitar situaciones incómodas.

La táctica no siempre le funcionaba, pero no por falta de sinceridad por su parte.

Tenía su trabajo, sus amigos y su pasión por la aventura, que canalizaba a través de aficiones que me aterrorizaban por completo, como la escalada en hielo y el parapente.

Esa era otra de las cosas en las que no coincidíamos, así que él procuraba no mencionarlo demasiado y yo intentaba no pensar en ello cuando sabía que andaba por ahí de escapada.

Era consciente de que no era la mejor filosofía de vida, pero me funcionaba casi siempre, así que me aferraba a ella.

Siempre me hacía una videollamada cuando terminaba de jugar a los Power Rangers para que supiera que estaba bien y pudiera comprobar que seguía de una pieza.

Sabía que yo necesitaba esa confirmación.

Llevábamos tanto tiempo siendo amigos que había muy pocas cosas que no supiéramos el uno del otro. Salvo este bombazo, por lo visto.

—¿De verdad? —pregunté, antes de poder contener las palabras que se me escapaban de la boca.

Volvió a encogerse de hombros.

—Nunca me habías dicho nada.

—Nunca me habías preguntado.

Tenía razón. Nunca se me había ocurrido.

A ninguno de nosotros. Simplemente habíamos dado por hecho que era feliz con lo que tenía.

Pero todos nos estábamos haciendo mayores y Luca venía de una familia grande y muy unida.

De repente, parecía meridianamente claro que él también, en algún momento, querría eso para sí mismo.

Y por algún motivo, a pesar del anuncio de Tia y Jono, aquel descubrimiento me pareció la noticia más importante de la noche.

Luca me sostuvo la mirada durante un largo rato y luego miró hacia otro lado. Me removí un poco en la silla, incapaz de sacudirme la clara sensación de que lo había decepcionado.

—¿Entonces qué? —insistió Tia.

—¿Entonces qué de qué? —dijimos Luca y yo a la vez.

Tia paseó la mirada del uno al otro, con una ceja ligeramente arqueada, antes de continuar.