Vivir tu mejor vida
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Capítulo 1
Algo pasaba. Estábamos sentados en nuestro corrillo habitual en el pub donde llevábamos reuniéndonos desde el colegio.
Con el tiempo, el grupo había ido creciendo a medida que se unían y se integraban las parejas, pero la mayoría nos habíamos quedado viviendo bastante cerca de la zona en la que habíamos crecido.
Por supuesto, lo que en su día había sido un pub cutre lleno de estudiantes, con alfombras pegajosas de estampados oscuros que ocultaban multitud de pecados, y baños que siempre te hacían plantearte cuántas ganas de mear tenías de verdad, se había transformado hacía mucho tiempo.
Ahora era un local luminoso y ventilado, con suelo de imitación de roble y paredes de tonos pálidos, en el que servían comida de gastropub a precios adecuadamente inflados.
Llevábamos años quedando aquí. A nuestras reuniones acudíamos todos los que podíamos y, entre medias, hacíamos combinaciones variadas según quién estuviera libre.
Cuando empezaron a asomar los niños, cuadrar agendas se volvió un poco más difícil, así que en verano solíamos cambiar el local por alguno de los parques para que los peques también pudieran venir.
Me encantaba que todos hubiéramos hecho lo posible por seguir unidos, a pesar de todos los cambios en nuestras vidas.
Al ser los que no teníamos hijos, Tia, Jono, Luca y yo habíamos formado sin querer nuestro propio minigrupo dentro del grupo más grande, y tendíamos a estar más en contacto.
A menudo quedaba solo con Luca para tomar algo rápido o cenar después del trabajo, ya que ambos trabajábamos por la misma zona de la ciudad, lo cual solía ayudar a relajar tensiones después de un día largo y agotador.
Éramos amigos de toda la vida. Bueno, desde que teníamos cinco años, al menos.
Estaba de pie al fondo de mi primera clase en el colegio, asimilándolo todo y preguntándome si alguien se daría cuenta de si me escabullía de nuevo por la puerta.
Mientras sopesaba mi huida, sentí un tirón en una de mis trenzas perfectamente peinadas, seguido de una risita.
Un niño con el pelo negro como el carbón estaba a mi lado, todavía sonriendo de oreja a oreja.
Su sonrisa se desvaneció cuando di un paso atrás hacia la pared y me empezó a temblar el labio inferior.
Unos ojos grandes y expresivos color chocolate se abrieron de par en par mientras una lágrima resbalaba por mi mejilla.
De repente, me vi envuelta en un abrazo inmenso.
—No quería hacerte llorar —dijo al apartarse—. Lo siento.
Asentí con la cabeza y dejé que me cogiera de la mano mientras cruzaba la clase con total seguridad y nos encontraba un sitio a los dos.
Desde aquel día, fuimos casi inseparables.
Incluso los días que nos gritábamos, no tardábamos mucho en volver a abrazarnos y a jugar juntos.
La gente de este grupo era mi gente, y me entendía.
Pero yo sabía que Luca me entendía un poquito más.
Pero esta noche algo era diferente. Tia estaba sentada a mi lado, parloteando de tonterías mientras esperábamos a que llegaran los demás. Entrecerré los ojos para mirarla.
—¿Estás bien?
—¡Claro! ¿Por qué?
—Estás actuando raro.
—¿Qué quieres decir? No estoy actuando raro. ¿Jono? —Se volvió hacia su novio, sentado a su lado—. ¿Estoy actuando raro? Bee dice que estoy actuando raro.
—Tú siempre eres rara. —Se encogió de hombros y luego le dio un beso en la nariz—. Es una de las cosas que me encantan de ti.
Tia sonrió de oreja a oreja, mostrando esa sonrisa preciosa de la que yo siempre había estado un poco celosa.
Yo también tenía una sonrisa amplia, pero, mientras que a ella le quedaba de cine, como a Julia Roberts, yo siempre había sentido que la mía me hacía parecerme más al Joker.
Luca me había dicho que no fuera tan ridícula cuando se lo comenté, y ahí había acabado la discusión.
Pero aún tenía cierta tendencia a guardarme los dientes para mí cuando sonreía.
—Eso es verdad —le di la razón a Jono—. Pero esta noche estás extraña de más. Como si te hubieras atiborrado a Lacasitos antes de venir.
—Bah, tonterías. —Tia agitó la mano, quitándole importancia a mi sospecha.
—Y bueno, ¿hay alguna novedad en el frente amoroso de la que deba enterarme?
—Nop —respondí tras dar un sorbo a la bebida que tenía delante.
—¿Qué vamos a hacer contigo? —suspiró ella.
—No creo que haya que hacer nada conmigo —le advertí, mirándola por encima del borde de mi copa.
Tia me devolvió la mirada. —Estoy bastante segura de que ambas sabemos que hay mucho que hacer. —Me guiñó un ojo de forma lasciva y yo puse los ojos en blanco.
—¿Seguro que no hay nadie que te interese? ¿Nadie del trabajo?
—Nop. —Apuñalé la aceituna de mi copa con el palillo irónicamente retro. Tenía forma de espada, y recordé que mis padres tenían unos de plástico parecidos en su mueble bar hacía años. Hacer de anfitriones era lo suyo; lo de ser padres, bastante menos.
—¿Nadie en absoluto? —suspiró Tia.
—Ni uno. —Me metí la aceituna en la boca.
—Qué decepción.
—Al parecer, más para ti que para mí.
Tia me lanzó una miradita.
—Luca está de acuerdo, ¿a que sí? —le soltó a bocajarro cuando Luca se unió a nosotros y encajó sus largas piernas en el asiento corrido frente a mí.
—Difícil saberlo, teniendo en cuenta que no he oído la pregunta.
—Seguía teniendo la misma sonrisa fabulosa que a los cinco años, pero ahora enmarcaba un rostro de facciones angulosas, una barba oscura de un día y unos ojos color chocolate con pestañas larguísimas en los que una persona podía perderse si no tenía cuidado, como de hecho les había pasado a muchas.
Todo esto venía acompañado por un cuerpo que era un combo letal de genes excelentes y entrenamiento en el gimnasio.
Me guiñó un ojo al sentarse y yo le devolví la sonrisa.
—Bee necesita un hombre. —Bella y Jesse interrumpieron su propia conversación sobre los pros y los contras de un carrito de bebé muy de moda, y sobre si debían comprarle uno nuevo a su hija, para prestar atención a la nuestra.
—Ah. —Luca le dio un sorbo a su cerveza, con pinta de estar menos interesado que ninguno de los demás.
—¿Ves? —Tia se volvió hacia mí—. Luca también está de acuerdo.
—No ha dicho nada, solo «ah». Eso no es estar de acuerdo.
—Tampoco es no estarlo —replicó ella.
—¿Podemos pedir ya la comida? —pregunté con un suspiro, desesperada tanto por conseguir algo de sustento como por cambiar de tema.
—En un minuto —respondió Tia, mirando por encima de mi cabeza—. Jack y Lucy aún no han llegado. Ella me ha dicho que estarían aquí de un momento a otro.
—¿No pueden pedir simplemente cuando lleguen? —gruñí.
—¿Te has saltado la comida? —preguntó Luca, clavando sus ojos oscuros en mí.
Me encogí de hombros. —Tuvimos una reunión.
Él negó levemente con la cabeza.
—Te he visto.
—Esa era la intención. Ya hemos hablado de saltarte el almuerzo. No es bueno para ti y tampoco para nosotros, porque te pones supercascarrabias.
—No estoy cascarrabias. Solo tengo hambre.
—Yo diría que ambas cosas.
—Tú discutirías lo que fuera con tal de no darme la razón.
Él ladeó un poco la cabeza en un gesto de «es posible», antes de sonreír.
Puse los ojos en blanco fugazmente y aparté la mirada, sobre todo porque sabía que tenía razón. Estaba a punto de salir por la puerta a la hora de comer para pillarme un bocata cuando mi jefe me arrastró a una «reunión de cinco minutos».
—No te importa, ¿verdad? —me había preguntado él, indicándome que lo siguiera a la sala de juntas.
Como de costumbre, la pregunta era retórica, así que no respondí; simplemente me senté.
Hora y media después, cuando terminó la reunión, mi estómago se había hartado de rugir, les había dado la espalda a mis demás órganos y había empezado a enfurruñarse, llevándose consigo las punzadas de hambre.
Sin embargo, ahora habían vuelto con sed de venganza.
—¡Aquí están! —Tia prácticamente saltó de su asiento, haciendo que Luca diera un respingo y derramara parte de su bebida. Él me lanzó una mirada inquisitiva mientras limpiaba el pequeño estropicio con una servilleta. Yo le respondí encogiéndome de hombros. Definitivamente, algo pasaba.
* * *
Esperé en la barra, intentando captar la atención del camarero entre la multitud que abarrotaba el local esa noche. Después de servir a otras cinco personas, tres de las cuales habían llegado después que yo, por fin logré que me hiciera caso y me preparé para inclinarme un poco y hacerme oír.
—¿Qué le pongo?
—Tres...
—Dos cosmos , un dirty martini y un vodka con lima. —La mujer se apretujó contra mí, empujándome un poco más hacia el final de la barra para reclamar su sitio.
La mirada del camarero apenas me rozó mientras se giraba para empezar a preparar los cócteles.
Me encogí en el minúsculo espacio que me quedaba, aferrándome a él con uñas y dientes, y apoyé un pie en el reposapiés que recorría la base de la barra.
Gané un par de centímetros de altura y continué con mi batalla particular para que me sirvieran. Odiaba cuando me tocaba pagar la ronda.
—Joder. ¡Has tardado una eternidad! Empezábamos a pensar que te habías ido —dijo Bella mientras Tia repartía las bebidas y yo volvía a sentarme.
—No lograba que nadie me hiciera caso. Y luego, cuando por fin lo conseguí, se me colaron.
—Vaya. —Pusieron cara de compasión antes de que todos chocáramos las copas.
Afrontémoslo, no era la primera vez que tardaba una vida en conseguir que me sirvieran y tampoco sería la última.
La próxima vez enviaría a Tia. Volvería con las bebidas en menos de cinco minutos.
Podía garantizarlo. La gente se fijaba en Tia.
No era solo que fuera guapísima. Simplemente tenía un no sé qué, un carisma que atraía a las personas.
A mí de eso me faltaba bastante. Me pregunté si lo venderían en Amazon.
Nos apretujamos todos un poco más para que nuestro pequeño clan cupiera alrededor de las dos mesas que habíamos requisado para la noche.
—Vale, ¿podemos pedir ya? ¿Por favor? —Miré a Tia.
Luca soltó una risita. —Ha sacado a pasear los ojos de cachorrito. La cosa debe de ser seria de verdad.
—Un minuto. —Levantó un dedo distraídamente antes de volverse de nuevo hacia Jono.
Miré a Luca. —Yo no pongo ojos de cachorrito.
Uno de los lados de su boca se curvó en una media sonrisa. —Ya lo creo que sí. Lo gracioso es que ni siquiera te das cuenta. Los pusiste el primer día de colegio cuando te tiré del pelo y los acabas de poner ahora.
—¡Eso no son ojos de cachorrito! —resoplé—. Haces que suene a manipulación. Mi cara es así y punto.
—No he dicho que fuera intencionado, ni que tuviera nada de malo.
Ha sido solo una observación. —Luca se encogió de hombros con esa forma tan relajada suya.
No estaba segura de si eran sus genes italianos los que le daban ese aire mediterráneo tan despreocupado a la hora de enfrentarse a la vida, o si simplemente esa era su configuración de fábrica.
A diferencia de la mía, que tendía a ser más bien todo lo contrario.
Yo siempre estaba preocupándome por los «¿y si... ?». Luca era más de «¿y por qué no?».
—Pues tus observaciones son tremendamente inexactas.
—¿Ah, sí? —preguntó, volviendo a dejar su vaso de cerveza, ya vacío, sobre la mesa.
—Sí.
Abrió la boca para empezar a rebatirme, pero antes de que pudiera articular palabra, Jono golpeó su vaso de cerveza con un tenedor.
Al estar medio lleno, hizo un sonido más sordo de lo que esperaba, así que birló mi copa de vino ya vacía y lo volvió a intentar.
Una nota nítida resonó en el aire y el pub entero se sumió en el silencio. Todo el mundo se quedó mirando.
—¡Sigan a lo suyo! —Tia hizo un gesto al resto de la multitud con su mano derecha y, tras un par de segundos, todos menos nuestro grupo volvieron a sus conversaciones. De todos modos, hoy en día nadie tenía mucha capacidad de atención.
Jono la miró a ella y luego al resto de nosotros.
¿Estaba sonrojándose? Desde luego, Tia era la más habladora de los dos.
Jono era un encanto, con un sentido del humor mordaz y rápido; también le gustaba charlar, pero no desperdiciaba saliva y siempre había parecido sentirse más cómodo escuchando, si le daban a elegir.
—Gracias a todos por venir esta noche. Sé que ha sido un poco a última hora, así que os lo agradezco. —Se aclaró la garganta—. Solo queríamos que fuerais los primeros en saber que anoche le pedí matrimonio a Tia y, para mi enorme alivio, y posiblemente sorpresa, ha dicho que sí.
Ante esto, Tia extendió la mano izquierda hacia nosotros con un gritito a duras penas contenido. En el dedo anular lucía un enorme diamante en forma de lágrima, engarzado en una alianza de oro blanco.
En cuestión de segundos, todos nos fundimos en un gran tumulto de gente que se abrazaba, felicitaba y secaba las lágrimas de felicidad y emoción de la futura novia.
Yo no podía estar más encantada por mi amiga de la infancia.
Las cosas no siempre le habían resultado fáciles, con un padre que entraba y salía de su vida de forma intermitente, pero tenía una inmensa fuerza de voluntad que yo siempre había admirado, ya desde pequeñas.
Esa fuerza le había permitido abrirse paso entre quienes querían frenarla, ya fuera por su género o por su color de piel.
Tia luchaba con uñas y dientes hasta conseguir lo que se proponía.
Y yo sabía que una de las cosas que quería era un hombre bueno, amable y formal con el que, con el tiempo, poder formar una familia.
Ahora, por fin lo había encontrado, y sentí que mi sonrisa —con dientes y todo— se ensanchaba ante la evidente alegría de ambos.