Capítulo 31
Mateo
A partir de aquel día no me separé de Adriana más que cuando nos íbamos a trabajar. Para ella ya había terminado el curso académico, así que enlazaría sus vacaciones, que ya habían empezado, con la baja de maternidad.
Al principio fuimos despacio y seguí el ritmo que ella marcaba, pero, a los pocos días, ninguno de los dos pudo resistirse más y os prometo que tuve el mejor sexo de mi vida. No tenía nada que ver con lo que habíamos experimentado durante el viaje de la boda, ni mucho menos.
Aquel lunes nos traían los muebles del niño, al que habíamos decidido llamar Alberto, porque era el nombre que nos gustaba a los dos.
Sin embargo, en vez de llevarlos a la casa en la que habíamos estado viviendo, decidimos que los montaran en la mía, ya que era más grande y, además, contábamos con el jardín y la piscina.
La abuela continuaba viviendo en casa de Rafael, por lo que, entre las dos, habían decidido alquilar el piso para que ese dinero supusiera una ayuda económica para Adriana.
La abuela decía que no necesitaba los ingresos del alquiler, que con su pensión y la de Rafael podían vivir los años que les quedaran a las mil maravillas.
Aquel día era el cumpleaños de Martina y le íbamos a celebrar una fiesta sorpresa en un parque de bolas junto a todos sus amigos del colegio. Era el primero que iba a celebrar, pues sus padres jamás le habían organizado una fiesta, ni siquiera de manera privada, y estábamos todos emocionados.
—Venga, Adriana, que al final llegaremos tarde.
—Ay, chiquillo, espera un momento, que no puedo ir más rápido.
—Entiendo que eres una mujer pegada a una barriga, pero las piernas son las mismas, ¿no?
—A ti te daba yo el peso que llevo a cuestas. Tu hijo cada vez está más grande y pesa más, y todavía me queda una semana para soltarlo. Cuando lo haga, me va a parecer mentira.
—Anda, quejica, vamos, que te ayudo.
Me encantaba buscarle la lengua, pero lo cierto era que la pobre ya no podía más.
Tenía muy poco hueco y la barriga era enorme.
Si la mirabas por detrás, parecía que no estuviera embarazada porque apenas había cogido peso; sin embargo, si se daba la vuelta, daba la impresión de que la barriga llegaría a la esquina antes que ella.
Metimos todos los regalos de Martina en el coche porque lo cierto era que todo nos parecía poco para la niña. Habíamos empezado a comprarle cosas unas semanas antes y, cuando nos dimos cuenta, parecía el día de Reyes.
Marta y Leo se habían encargado de la organización para que Martina no sospechara nada y, cuando llegamos, ya estaban allí, inflando globos y colocando un enorme letrero de «Feliz cumpleaños» en la sala donde soplaría las velas.
También habían preparado una mesa para los regalos, donde dejamos los nuestros.
Cuando la niña llegó con nuestros hijos y vio todo lo que habían preparado, además de encontrarse allí a todos sus amigos, no pudo evitar echarse a llorar. Era tan bonita y sensible, agradecía tanto cualquier gesto que tenían con ella, que resultaba imposible no quererla.
—Mami, papi, soy la niña más feliz del mundo, pero no por la fiesta ni por los regalos, sino porque me hayáis adoptado. Mi hermano va a tener mucha suerte de teneros a todos desde el principio —les dijo a Sofía y a Marcos, que lloraban abrazados a ella.
—Nosotros sí que somos afortunados de teneros a los dos, y también a los abuelos, a los tíos… —le contestó mi sobrino mientras Sofía se la comía a besos.
La celebración fue de lo más divertida, sobre todo para los niños y, en especial, para Martina e Iker, que no se separaban desde el primer momento en que se conocieron.
El hijo de Susana se había convertido en el protector de mi nieta y había sido el encargado de ayudarla a integrarse tanto en el colegio como en el grupo de amigos, que estaba al completo en el cumpleaños.
Noté que el gesto de Adriana iba cambiando y me acerqué varias veces a preguntarle si se encontraba bien. Lo mismo hice con Sofía, que también hacía gestos de dolor de vez en cuando. Como las dos me dijeron que no ocurría nada, pensé que sería el cansancio propio de la recta final del embarazo.
Hasta que Martina sopló las velas y abrió el último de sus regalos.
—Mateo…
—¿Qué te ocurre?
—Llévame al hospital lo más rápido que puedas, que ya viene el niño.
—¿Cómo que ya viene el niño? ¿No te quedaba una semana todavía?
—Hijo, qué quieres que te diga. Pues habrá decidido llegar antes. Querrá compartir cumpleaños con su sobrina, yo qué sé.
Empecé a ponerme nervioso y no daba pie con bola, nunca mejor dicho por el lugar en el que nos encontrábamos.
No atinaba ni a encontrar las llaves del coche, os lo prometo.
Menos mal que Adriana era previsora y había metido la bolsa del niño en el coche porque, si hubiéramos tenido que pasar antes por casa, no llegábamos.
—¿Se puede saber qué coño te pasa? —me preguntó Leo.
—Adriana se ha puesto de parto y no encuentro las llaves del coche —contesté.
—O te das prisa o al final nos hacen un dos por uno en este local: cumpleaños y parto —me dijo Adriana, que apenas podía moverse.
—Anda, si las tienes en la mano. Trae, que os llevo yo, que eres capaz de llevarla al supermercado antes que al hospital —me dijo Leo, quitándome las llaves.
Justo cuando nos disponíamos a salir, vi llegar a Marcos con la cara descompuesta y a una Sofía completamente desencajada, agarrada de su brazo.
—Tato, Sofía se ha puesto de parto. Nos vamos al hospital, quedaos con la niña —me dijo mi sobrino, que no se había dado cuenta del estado en el que se encontraba Adriana.
—Me parece que vas a tener que buscar otra niñera. Tu suegra también está de parto —le contestó Leo, porque yo ya no me atrevía ni a hablar.
—Joder, mira que son oportunas estas mujeres. Seguro que lo hacen para ahorrarse las celebraciones de los cumpleaños. El año que viene lo celebramos todo junto —dijo Marta.
—Venga, marchaos ya, que yo me quedo con Martina —dijo Susana con una sonrisa, negando con la cabeza.
Os puedo decir que, en nuestro caso, llegamos al hospital por los pelos.
No dio tiempo ni a ponerle la epidural porque, con dos empujones, Adriana plantó a Alberto en el mundo.
El momento en el que lo escuché llorar y el instante en que me lo pusieron en los brazos, os puedo jurar que fue el más bonito de mi vida.
—Es precioso, cariño. Mira, tiene tus ojos —le dije a Adriana.
—¿Mis ojos? Venga ya. Yo he sido la incubadora porque, tal y como dijo Martina, no sé cómo será mi nieto, pero mi hijo es una fotocopia tuya.
Solté una carcajada. Mientras le hacían las primeras pruebas al niño y terminaban de atender a su madre, que no había necesitado ni un solo punto, salí para saber cómo iba el parto de Sofía.
La mujer de mi hijo todavía estaba en paritorio y no pudieron decirme nada, así que fui hasta la sala de espera, donde se encontraban todos los demás.
Cuando les conté que todo había salido bien y que tanto Adriana como Alberto se encontraban perfectamente, no pude evitar emocionarme. Uno de los enfermeros nos dijo que en breve los subirían a la habitación, pero ninguno queríamos movernos de allí hasta saber cómo había ido el parto de Sofía.
No tuvimos que esperar demasiado, pues, unos minutos más tarde, salió Marcos llorando de emoción y diciendo que Santiago era precioso y que tanto él como Sofía se encontraban bien.
Hablamos con los responsables del hospital y les pedimos que pusieran a las dos en la misma habitación, en vez de asignarles una a cada una.
Al final nos dieron una especie de suite donde estuvimos todos de lo más cómodos. El momento más emotivo y, al mismo tiempo, más divertido llegó al día siguiente, cuando Martina apareció para conocer a su hermano y a su tío.
—¿En serio han nacido los dos el mismo día de mi cumpleaños? Vaya tela, con todos los días que había y ahora voy a tener que soplar las velas con escolta —dijo la niña, haciéndonos reír.
—¿Qué te parecen los bebés, cariño? —le pregunté mientras la tenía en brazos.
—¿Qué me van a parecer, abuelo? Pues dos bebés. Se parecen tanto a vosotros que parecen gemelos —me contestó.
—Es cierto, se parecen mucho entre ellos.
—Y a ti, abuelo. Son como dos fotocopias pequeñitas de tu cara. Por suerte, yo me parezco a mi madre. Somos edición limitada.