¡Viva la madre de la novia! Epílogo
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Epílogo

Adriana

Tres años después…

El día en el que di a luz a Alberto, cuando nos quedamos a solas, Mateo me pidió matrimonio.

No sé si le dije que sí producto del cansancio del parto o si, por el contrario, lo hice completamente consciente, pero lo cierto es que nos casamos ese mismo año, el mismo día en que Marcos y Sofía celebraban su primer aniversario de boda.

Nosotros tampoco quisimos una boda multitudinaria, pues éramos prácticamente los mismos que habíamos ido hasta las Maldivas, pero elegimos un lugar mucho más cercano. Hacía apenas unos meses que había dado a luz, Alberto todavía era muy pequeño y no nos apetecía meternos en un viaje tan largo.

Cuando le contamos a mi abuela que nos casábamos, se dio patadas en el culo para reservar la ermita del pueblo cercano, pues decía que, a pesar de haber encontrado en las Maldivas al amor de su vida, no estaba dispuesta a meterse tantas horas en un avión otra vez.

—Lo siento, si la boda de tus sueños es en una playa, nos vamos a Cádiz y te casas en La Caleta, porque yo no me pienso meter en un cacharro de esos ni una sola vez más —dijo mi abuela, haciéndonos reír.

—No, abuela, nosotros nos casaremos aquí, que tampoco queremos meter al niño tantas horas en un avión. Todavía es muy pequeño —le contesté.

—Entonces hablaré con el padre Sebastián para que os case en la ermita. Fue donde yo me casé con tu abuelo y me hace ilusión que lo hagas allí, siempre que a vosotros os parezca bien, claro.

—Abuela Maruja, el caso es casarme con tu nieta. El lugar me da exactamente lo mismo, como si tengo que hacerlo rodeado de tiburones —le dijo Mateo para buscarle la lengua.

—Quita, quita, con tantas moderneces.

Cuando Mateo se fue al hospital para tramitar la baja de paternidad y me quedé a solas con mi abuela, le pregunté algo que, aunque me parecía imposible, me hacía muchísima ilusión.

—Abuela… ¿sigues conservando tu vestido de novia?

—Claro que sí, está en una caja en el altillo. ¿Por qué?

—Porque me encantaría casarme con él.

—¿Me lo dices en serio?

—Completamente. No hay nada que me haga más ilusión que eso.

—Quita, que ahora mismo te lo bajo.

El vestido de mi abuela era precioso, atemporal y demasiado sexy para ser de aquella época, pero ella siempre había sido muy adelantada a su tiempo. Cuando me lo probé y me miré en el espejo, me quedaba genial.

Era de corte sirena, con escote en V y mangas entalladas. No tenía demasiada cola y el único arreglo que le hice fue abrir una abertura en la falda, que era demasiado estrecha y me costaba caminar con ella, consiguiendo que quedara todavía más sexy de lo que ya era.

Casi tres años habían pasado ya desde aquel día y seguíamos tan felices como entonces.

Todavía recuerdo la cara que puso Mateo al verme llegar, con el pelo suelto, recogido tan solo en un lateral con un pasador, y un ramo de lo más original, formado por una sola flor que caía como si fuera una cascada.

Ese mismo día también bautizamos a Alberto y a Santiago, ya que íbamos a reunirnos prácticamente las mismas personas que para la boda.

Sofía también estaba preciosa y Martina fue la encargada de llevar nuestros anillos, con un vestido de princesa, como decía ella, acompañada de Iker, que llevaba las arras, y de Sandra, que portaba un canasto con flores.

Los padrinos de Santiago fueron Leo y Marta, mientras que Susana y Manuel fueron los padrinos de Alberto.

Leo y Marta se fueron a vivir juntos después de nuestra boda y ahora estaban esperando a su primer hijo, una niña que nacería en unos meses y que llevaría el nombre de María, en honor a mi abuela, que seguía dando guerra como siempre.

Susana y Manuel también continuaban juntos y más felices que nunca. Tuvieron que pedir ayuda e hicieron terapia de pareja, ya que, aunque mi amiga quería dejar atrás lo que había hecho su marido, había veces en que todo volvía a su cabeza y se venía abajo.

Les costó, no voy a decir que no, pero lo consiguieron. Si lo hicieron, fue porque ambos remaron en la misma dirección. El amor entre ellos seguía intacto; ese no era el problema, sino precisamente lo que hizo que los dos quisieran superar aquella etapa de su relación.

Tanto la habían superado que Susana estaba embarazada de nuevo y, en unos días, tenía programada la cesárea, pues esperaba mellizos, un niño y una niña que se llamarían Mateo y Sofía.

Decían que ellos habían sido sus ángeles de la guarda, los que habían aguantado sus peores momentos, ya que mi marido se había convertido en el paño de lágrimas de Manuel y mi hija en el de Susana.

Sofía y Marcos habían decidido que no querían más hijos. Con Martina y Santiago tenían suficiente, y mi yerno se sometió a una vasectomía en cuanto lo tuvieron claro.

En cuanto a Mateo y a mí, pues, contra todo pronóstico, me había vuelto a quedar embarazada. Después de que naciera Alberto, en una de mis revisiones ginecológicas nos informaron de que mi reserva ovárica era casi nula y de que, si queríamos tener más hijos, tendría que congelar óvulos.

¿Cuándo había ocurrido? Pues durante el último viaje que hicimos a la playa, hacía unos meses.

Mi marido quiso darme una sorpresa y Sofía se quedó con Alberto para que pudiéramos hacer una escapada romántica, según ella.

No os vayáis a pensar que era algo habitual, pero, en alguna que otra ocasión, tanto ellos como nosotros nos escapábamos al menos un par de días y la otra pareja se quedaba con los niños.

Mateo había vuelto a alquilar aquella casa en la que se refugió cuando nos separamos y me llevó allí para pasar una semana a solas. Nuestra pasión seguía intacta y nos bastaba un simple roce para encendernos de una manera desorbitada.

Todavía no se lo había dicho, pues me acababa de enterar y estaba esperando a que los niños soplaran las velas para hacerlo. Por eso estaba de lo más nerviosa. Por eso y porque había recibido una llamada de mi madre dos días antes.

Al parecer, mi padre estaba enfermo y le quedaba poco tiempo de vida. Como suele suceder cuando uno le ve las orejas al lobo, intentaba conseguir el perdón de todos aquellos a los que había hecho daño. Era eso o que no quería que mi madre se quedara sola cuando él se marchara.

Esa noche hablé con mi marido y le conté lo que había pasado. Me dijo que él no podía decirme qué hacer ni qué decirle, pero que, hiciera lo que hiciera, me apoyaría siempre.

—Toma la decisión que te dicte tu corazón, pero asegúrate de que luego no vayas a arrepentirte.

—¿A qué te refieres?

—A que es preferible arrepentirse de lo que se ha hecho que de no haberlo hecho y que luego ya no puedas hacerlo porque no te quede tiempo.

Al final, había quedado con mi madre en que iría a su casa después del cumpleaños. Eso sí, iría únicamente con mi marido, porque a Alberto lo dejaría con Sofía y su familia. A él sí que pensaba protegerlo de la maldad de su abuelo.

Llegó el momento de que los tres soplaran las velas. Por mucho que Martina protestara en su día, estaba encantada de compartir ese momento con Santiago, su hermano, y Alberto, su tío, con los que se comportaba como una mamá gallina, siempre pendiente de ellos y protegiéndolos.

De Javier y de la madre biológica de Martina, lo último que supimos fue que habían fallecido hacía unos meses, ambos por un cóctel de alcohol y drogas.

La niña había recibido una herencia considerable, que administraban Sofía y Marcos.

No quisieron contarle nada todavía; ya lo harían dentro de unos años, cuando consideraran que había llegado el momento.

—Mateo, tengo que decirte algo.

—No hace falta que me digas nada. Lo sé desde hace unos días.

—¿Cómo vas a saberlo si yo me enteré ayer?

—Pues muy sencillo: tus pechos han aumentado considerablemente, devoras la comida como si no hubiera un mañana y el olor del café te da arcadas. Blanco y en botella.

—Joder, ¿desde cuándo eres tan observador?

—Desde siempre, cariño. Ahora vamos a contárselo a todos.

—¿Estás contento? ¿Cómo te ha sentado la noticia?

—Magníficamente, preciosa. Me encantan los niños, ya lo sabes, y, si es contigo, mucho mejor.

Les dimos la noticia a todos y las felicitaciones se sucedieron, en especial la de mi abuela, que decía que ya había conocido a dos bisnietos y a dos tataranietos, así que podía morirse tranquila. Pero la reacción que más gracia nos hizo fue la de Leo.

—¡Viva la madre de la novia! —gritó.

—¿Por qué dices eso? —le preguntó Mateo.

—Porque, si no llega a ser por aquella boda, quizá nunca te habrías dado cuenta de que tenías delante a la mujer de tu vida ni habrías tenido la posibilidad de ser padre, al igual que yo. Por eso, tan solo podemos decir…

—¡Viva la madre de la novia! —gritaron todos mientras Mateo me besaba como si fuera la primera vez.