Capítulo 30
Adriana
Estaba en casa, tumbada en el sofá y pensando en lo bien que se lo estaría pasando mi hija con todos allí. Me habría encantado compartir aquel momento con Sofía y su familia, pero no podía ponerme delante de Mateo sin derrumbarme, así que preferí quedarme en casa.
De repente, llamaron a la puerta y, por la hora que era, no podían ser ni mi abuela ni mi hija con su familia. Habían quedado en venir a verme cuando terminara todo, pero todavía debían de estar con la tarta. Por eso pensé que sería alguna vecina que necesitaba algo.
Me levanté del sofá y fui a abrir, pero os prometo que me quedé congelada cuando vi quién estaba al otro lado.
¿Qué hacía él allí? ¿Y por qué no miraba mi vientre con sorpresa? Era como si ya lo supiera, y entendí que alguien de la fiesta se había ido de la lengua.
—¿Podemos hablar?
—¿Ahora te interesa hablar?
—Tienes toda la razón. Me porté como un gilipollas, pero quisiera hablar contigo y, preferiblemente, no en el rellano, por favor.
Me aparté y lo dejé pasar, aunque, si por mí hubiera sido, le habría cerrado la puerta en las narices. Sin embargo, quería enterarme de quién coño le había contado todo para expulsarlo de mi familia definitivamente.
—Tengo que pedirte disculpas. Eso, en primer lugar.
—¿Por qué exactamente? ¿Por tratarme como una mierda, por insinuar que estaba loca o inestable o por no dejarme decirte que ibas a ser padre?
—Por todo eso y por muchas cosas más que ahora mismo seguro que ni recuerdas.
—¿Qué quieres, Mateo? No me apetece perder el tiempo, y mucho menos con alguien que me ha bloqueado de todas partes y del que no tengo noticias desde hace más de tres meses.
—Quiero que me dejes ejercer de padre de este bebé. Quiero que me dejes volver a conquistarte, que volvamos a ser la pareja que fuimos en las Maldivas.
—No quiero ser brusca, ni mucho menos, pero ya no soy la misma mujer que era en las Maldivas. Mis sesiones de terapia me han costado mucho y no pienso volver a aquel punto jamás en la vida.
—Entonces… ¿qué va a ocurrir con nosotros? ¿Y con el bebé?
—Ya sabes que es un niño, y eso solo lo sabía Sofía, así que ya sé quién se ha ido de la lengua. En cuanto a lo que me has preguntado, podrás estar presente en la vida del niño si eso es lo que quieres. Respecto a nosotros, no va a ocurrir nada. ¿Sabes por qué?
—No, no lo sé, aunque me lo puedo imaginar.
—Porque ahora soy yo la que quiere que luchen por ella. Estoy cansada de que los hombres me utilicen y me hagan sentir menos.
—Yo no soy de esos y lo sabes.
—Ah, ¿no? Entonces, ¿cómo llamas tú a lo que me dijiste cuando fui a contarte que estaba embarazada? ¿No fue un desprecio? ¿No fue un comentario completamente fuera de lugar que terminó pisoteando mi autoestima?
—Fue el comentario de alguien que estaba dolido, de alguien que te quería y te quiere con toda su alma, y que no quería que tu inseguridad acabara con lo que estaba creciendo entre nosotros.
—Mi inseguridad no acabó con nada. Lo hiciste tú, alejándome y no permitiéndome hablar contigo, tal y como me había aconsejado mi psicóloga. Pero, después de todo, tengo que darte las gracias.
—¿Las gracias? ¿A mí? ¿Por qué?
—Porque, gracias a lo que hiciste, he sido capaz de resurgir de mis cenizas, de volver más fuerte de lo que jamás habría imaginado y con los cojones suficientes para sacar a este niño adelante.
—Pero ahora estoy aquí y tengo derecho a estar en su vida.
—Por supuesto que sí. Ya te he dicho que no voy a poner ningún impedimento. Pero, si quieres que seamos una pareja, si de verdad deseas que empecemos de cero, porque ya te digo que para atrás ni para coger impulso, vas a tener que trabajártelo.
No sabía de dónde estaba sacando toda aquella fuerza cuando por dentro me temblaban hasta las pestañas. Quizá era mi hijo quien, desde mis entrañas, me daba ese valor que nunca había tenido, pero que no pensaba volver a guardar.
—Ahora, si eso es todo lo que tenías que decirme, te pido, por favor, que me dejes sola. Estoy cansada y quiero darme una ducha.
—Por favor, avísame cuando tengas una revisión. De todas formas, pasaré por aquí todas las tardes para ver cómo sigue todo.
Ni siquiera lo acompañé hasta la puerta porque las piernas ya no me respondían. O me sentaba rápidamente o iba a acabar en el suelo, de culo, de lo mucho que me temblaban.
Escuché cerrarse la puerta de casa y entonces sí que no pude aguantar más. Dejé que las lágrimas salieran.
Lo que no esperaba era descubrir que Mateo seguía detrás de mí, que no se había marchado. No dijo una sola palabra. Se sentó a mi lado, me abrazó y los dos empezamos a llorar, dejando salir todo lo que llevábamos dentro.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero lo que sí sé es que, cuando nos separamos, ya no éramos los mismos. No sé si me explico. Era como si con aquel abrazo y aquellas lágrimas hubiéramos dicho mucho más que con todas las palabras anteriores.
Mateo me dejó un breve beso en los labios, casi con miedo a que lo rechazara. No lo hice. Yo tenía las mismas ganas que él, o incluso más, pero no quería correr. No quería que volviéramos a estrellarnos y así se lo hice saber.
—Mateo, quiero ir despacio. No quiero estrellarme de nuevo.
—Estoy de acuerdo contigo. Iremos despacio, pero quiero estar presente, quedarme a tu lado. No necesitamos tener sexo, no me hace falta. Lo único que quiero es poder dormir abrazado a ti y oler el perfume de tu pelo.
—Está bien, pero no todos los días.
—Claro que sí. Ya estás de cuatro meses y no quiero que duermas sola. Si te caes o te ocurre algo, entonces sí que no me lo perdonaría en la vida.
En ese momento escuchamos abrirse la puerta de casa y la primera que entró fue Martina.
Cuando llegó hasta nosotros, se llevó las manos a la boca, como si nos hubiera sorprendido haciendo algo que no debía ver y le diera vergüenza.
Esa niña era para comérsela, con aquella sonrisa de pilla y esos ojos que expresaban tantas cosas.
—¡Toma ya! ¡La yaya y el abuelo son novios! —exclamó, consiguiendo que todos soltáramos una carcajada.
—¿Qué estás diciendo, Martina?
—Ven, ven, corre. Me encanta que mi sobrino, o lo que sea que me toca, también vaya a tener un papá y, encima, sea mi abuelito.
Cuando mi hija y Marcos entraron y nos vieron abrazados, con mi cabeza apoyada en el hombro de Mateo, una sonrisa apareció en sus labios. Pero aquello no iba a quedar así, porque a mi hija le iba a cantar las cuarenta y pensaba hacerlo en ese preciso momento.
—¡Menos mal! Porque vaya dos cabezones que sois. Estabais sufriendo sin motivo —dijo Marcos.
—Sí, y se lo tengo que agradecer a tu bonita mujer, que ha sido la que me ha abierto los ojos —le contestó Mateo sonriendo.
—No. Más bien a tu bonita mujer, que se ha chivado de que estaba esperando un hijo tuyo. Porque mira que hay que ser bocachancla para hacer eso y, encima, con su propia madre.
—Mami, ¿te has chivado al abuelo? Bueno, yaya, piensa que, si mi madre no le hubiera dicho nada, ahora no estarías aquí con mi abuelito, que es tela de guapo, no me lo vayas a negar —dijo Martina como si acabara de pronunciar una verdad universal.
—¿Así que te parece guapo tu abuelo?
—Claro que sí. Como mi padre. Son dos gotitas de agua y seguro que mi hermano también será igual. Yo me parezco más a mi madre y a ti, que también sois un montón de guapas; no te vayas a poner celosa —me contestó, y ninguno pudimos evitar reírnos.
Al final íbamos a pedir comida a domicilio para cenar, pero Martina dijo que prefería una tortilla de patatas de las mías porque era su plato favorito.
Así que Marcos y Mateo se pusieron a pelar las patatas mientras Sofía y yo preparábamos una ensalada y poníamos una sartén para freírlas y otra para hacer las tortillas.
Para Martina aquello era todo un acontecimiento. Decía que no había nada en el mundo que supiera mejor que mis tortillas y mis croquetas. Por suerte para ella, siempre tenía croquetas en el congelador, así que saqué uno de los recipientes para freírlas también.