Capítulo 29
Mateo
Desde aquel día en que me buscó en el hospital, no había vuelto a saber nada de Adriana. Suponía que aquella tarde no tendría más remedio que verla, porque era la revelación del sexo de nuestro nieto o nieta y tenía el mismo derecho que yo a estar allí.
Mi relación con Martina, la pequeña que habían adoptado, no podía ser mejor. Teníamos una complicidad difícil de encontrar entre dos personas que no compartían genes, pero es que era tan bonita, por dentro y por fuera, que resultaba imposible no quererla y sentirla como parte de ti.
No voy a negar que me planteé no acudir a la fiesta, porque os estaría mintiendo. Volver a tener a Adriana delante me provocaba cierta ansiedad. Por otra parte, no había querido que ninguno de ellos me contara nada sobre ella. El último en intentarlo había sido Leo aquella misma mañana.
—Mateo, creo que deberías hablar con Adriana y hacerlo antes de la fiesta de esta tarde.
—Leo, no insistáis más, de verdad. No tengo nada que hablar con ella. Ya estoy harto de tener que ir siempre detrás y creo que ahora le toca a ella demostrarme algo que no está haciendo.
—Está bien, no insisto, pero déjame decirte que te vas a arrepentir. Y luego no quiero lágrimas ni reproches.
Salió de la sala de enfermería, donde estábamos tomando un café, y me dejó allí con toda la cara partida. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue que Adriana estaba saliendo con alguien, que se había enamorado de nuevo, y no puedo negaros que un nudo se instaló en mi estómago.
Desde la última vez que estuve con Adriana no había vuelto a acostarme con ninguna otra mujer. No me salía. La echaba tantísimo de menos que, la única vez que salí a tomar una copa con unos amigos, no pude evitar comparar a cualquier mujer con ella.
Me marqué aquella tarde como límite. Si Adriana aparecía con otro hombre, por mucho que me doliera, tendría que aceptar que había seguido adelante y hacer lo mismo con mi vida.
No sería fácil, nadie había dicho que lo fuera, pero, aunque no fuera a enamorarme de nuevo de la noche a la mañana, podía empezar por volver a acostarme con otras mujeres.
Llegué a casa en cuanto terminé mi turno de trabajo, comí y me puse a envolver el regalo que llevaría para el bebé. Sería algo simbólico, porque ya le había dicho a mi sobrino que yo me encargaría de ir con Sofía a comprar el cochecito, ya que la habitación correría a cargo de la abuela Maruja.
Me di una ducha y me cambié de ropa. No sabía el motivo, pero puse todo mi empeño en arreglarme, como hacía meses que no hacía.
Elegí un pantalón de pinzas verde militar, unas deportivas blancas, una camisa del mismo color y una chaqueta de entretiempo, pues estábamos a mediados de abril y ya se notaba que las temperaturas iban cambiando.
Me subí al coche y puse rumbo al local donde se celebraría la fiesta. En la casa en la que vivían ellos no podían hacerla porque no había espacio suficiente. Podría haberles ofrecido mi jardín y, de hecho, fue lo primero que pensé, pero no lo hice porque no quería que Adriana se sintiera incómoda.
Llegué de los primeros. Solo estaban allí los padres, Martina y la abuela Maruja con Rafael. Me extrañó que Adriana todavía no hubiera llegado, aunque enseguida pensé que aparecería más tarde con su nueva pareja, porque cada vez estaba más convencido de que existía.
Me acerqué a saludarlos y les di un beso a cada uno, pero sobre todo a mi niña, a Martina, que salió corriendo en cuanto me vio.
Había que ver lo que había cambiado desde que llegó a aquella familia.
Ahora sí parecía una niña de diez años, no aquella especie de viejecita que parecía cuando la conocimos.
—¡Abuelito! Menos mal que has llegado tú, porque la yaya Adriana no va a venir —me dijo, colgándose de mi cuello.
Aquello sí que me resultó extraño. Sofía estaba por encima de todo para Adriana y no la dejaría sola en un día como aquel, así que algo tenía que haber sucedido. No sabía si preguntar o guardar silencio, pero preferí hacerme el tonto para ver si la niña me contaba algo.
—¿Está la yaya Adriana malita? —le pregunté.
—Bueno, malita…
—Martina, ve a ayudar a mamá a poner los globos, cariño, que yo me quedo con el abuelo —le dijo Marcos, que se había dado cuenta de que estaba interrogando a la niña.
Mi sobrino me miró como si no pudiera creerse lo que acababa de hacer y, en cierto modo, lo entendía. Utilizar a su hija para averiguar cosas sobre Adriana era caer bastante bajo, pero no quería dar mi brazo a torcer.
—No me mires así, que tampoco estaba haciendo nada malo.
—¿Ahora interrogar a una niña sobre la mujer de la que estás enamorado no es hacer nada? ¿Cuándo te has vuelto tan cobarde, tato?
—No soy cobarde. Tan solo me he puesto en primer lugar, que ya era hora, ¿no crees?
—Pues a lo mejor ella piensa exactamente igual que tú. Solo que, además, ella sí tuvo los cojones de ir a hablar contigo y tú la despreciaste. Así que ahora te toca a ti dar el siguiente paso.
—Yo no desprecié a nadie. Simplemente le dije que no me apetecía que me montara un pollo por estar riéndome con una compañera.
—¿Realmente creías que eso era lo que iba a suceder? ¿O es que te daba miedo lo que pudiera decirte? Porque, claro, el sempiterno soltero de oro no podía dar su brazo a torcer.
—Estás teniendo una reacción que ni siquiera Sofía, que es su hija, está teniendo.
—Ni la tendrá, porque, por encima de todo, ella me ama y tú eres mi familia, aunque ahora mismo te estés mostrando ante todos como un cobarde. Y te vas a arrepentir, te lo aseguro.
—Si tiene a otro hombre en su vida, me alegraré por ella e intentaré pasar página.
—Sí que tiene otro hombre en su vida, pero no de la manera que tú piensas. Si quieres saber la verdad, solo tienes que ir a su casa y lo descubrirás en cuanto la tengas delante —me dijo la abuela Maruja, con una mezcla de decepción e ilusión.
No me moví de allí. Me quedé a la revelación del sexo del bebé, que resultó ser un niño y llevaría el nombre de Santiago, en honor a su abuelo, mi hermano. No pude evitar que se me escaparan dos lagrimones en cuanto Sofía lo anunció.
Esperé a que todos se acercaran a felicitarlos antes de hacerlo yo, pero, en cuanto nos quedamos solos, Sofía me cogió del brazo y me llevó aparte. Parecía querer contarme algo sin que los demás se enteraran.
—¿Qué ocurre, Sofía?
—Mateo, prometí que no me iba a meter en vuestra relación, pero esto no me lo puedo callar. No puedo permitirlo.
—Me estás asustando, Sofía. ¿Está tu madre enferma? ¿Qué le ocurre? Quiero que seas completamente sincera conmigo, por favor. Si tiene algo grave, no quiero que me lo ocultes.
—Ni está enferma ni tiene nada grave. Te lo voy a contar, pero, por favor, no quiero que le digas que te lo he dicho yo, porque la estoy traicionando.
—¿Por qué harías eso?
—Porque yo sé lo que es crecer sin un padre y no quiero que mi hermano pase por lo mismo. Me da igual si volvéis como pareja o no, pero tendréis que entenderos a la fuerza, si no por vosotros, por él.
Me quedé mirándola durante unos segundos, intentando encajar sus palabras.
—¿Me estás diciendo que tu madre está embarazada y que yo soy el padre?
—Eso mismo.
—¿Cuándo coño pensaba decírmelo? Tenía todo el derecho del mundo a saberlo…
—Eh, por ahí sí que no pienso pasar. Eso no te lo voy a permitir. Ella fue a decírtelo en el mismo momento en que lo supo, pero tú, en vez de escucharla, la trataste como el culo.
Me sentí peor que mal porque Sofía tenía toda la razón. De pronto me cuadraron las palabras de todos, pero, sobre todo, las de Adriana cuando me dijo que luego no quería reproches.
¿Con qué cara me plantaba yo ahora delante de ella y le decía que quería ser el padre de ese niño? Os prometo que, cuando Sofía me dejó solo, tuve que sentarme porque todo me daba vueltas. ¿Cómo podía haber sido tan gilipollas y haberla dejado escapar?