Capítulo 28
Adriana
Habían pasado ya casi cuatro meses desde el momento en que Mateo y yo nos separamos y, durante ese tiempo, habían sucedido muchas cosas.
La primera era que mi terapia iba viento en popa, aunque estuve a punto de caer en una profunda depresión.
Pero será mejor que os lo cuente desde el principio para que podáis entenderme.
Una mañana, hacía ya dos meses, empecé a sentirme mal y, por suerte o por desgracia, no estaba sola, porque Marta y Sofía se encontraban conmigo en casa. Mi hija, cuando me vio vomitando, se asustó muchísimo, pues parecía que me había poseído la niña del Exorcista .
—En mi vida había vomitado de este modo. Me voy a morir, os lo prometo —dije cuando conseguí recuperar el aliento.
—Sí que has vomitado así una vez. ¿Sabes cuándo? Pues yo te lo digo: cuando te quedaste embarazada de Sofía —me contestó Marta.
Os prometo que, si vomitando me había sentido mal, en ese momento me sentí todavía peor. ¿Otra vez iba a pasar por lo mismo? ¿Otra vez iba a tener que sacar a mi hijo adelante yo sola? No me lo podía creer y empecé a llorar de manera desesperada.
—Mamá, por mucho que pienses que es igual, ahora todo es muy diferente —me dijo Sofía.
—¿Diferente? La única diferencia es que antes era demasiado joven y ahora soy demasiado mayor, pero, por lo demás, es lo mismo.
—No digas eso, que conozco a mujeres que han dado a luz siendo mucho mayores que tú. Además, ni siquiera sabes todavía si estás embarazada.
—Voy a la farmacia a por varias pruebas de embarazo —dijo Marta, cogiendo el bolso y saliendo de casa.
—¿Varias pruebas? Con que traigas una creo que es suficiente, ¿no? —le indicó Sofía.
—No, traeré varias, porque me da que tú también vas a necesitar una. Te veo de lo más extraña.
Mi hija agachó la cabeza y entonces sí que no podía creerme lo que estaba pasando. Todo apuntaba a que iba a ser madre y abuela casi al mismo tiempo, aunque mi nieto sí llegaría a una familia completa, mientras que yo temía enfrentarme de nuevo a la misma situación.
Después de las fiestas, Sofía me había confesado que habló con Mateo y que él le dijo que me había bloqueado y que, mientras yo no le demostrara que confiaba en él, no tendría ningún contacto conmigo. Os juro que aquello me sentó como dos patadas en el estómago, pero lo acepté.
Tal y como me había dicho mi psicóloga, yo no tenía que demostrarle nada a nadie, sino a mí misma, y no pensaba mover un dedo. Intentaría contarle lo del embarazo en caso de que la prueba saliera positiva, pero no iba a arrastrarme ni a rogar como hice en su día con Javier.
Cuando Marta volvió de la farmacia, tanto Sofía como yo nos hicimos una de las pruebas y las dos dieron positivo. Además, en ambas apareció el indicador de más de tres semanas. Por las fechas, no hacía falta ser muy lista para saber que aquellos embarazos se habían concebido en las Maldivas.
Mientras mi hija llamaba a Marcos para decirle que fuera directamente del trabajo a casa y que ella se encargaría de recoger a Martina del colegio porque tenían que hablar, yo me limité a llamar a Amelia, que me dio cita inmediatamente.
—A ver, Adriana, ¿qué problema tienes con este embarazo? —me preguntó Amelia.
—¿Te parece poco tener que pasar dos veces por lo mismo? Vuelvo a ser madre soltera, sin un padre que me apoye, y eso me trae por la calle de la amargura.
—Adriana, ahora mismo no dependes de nadie, como ocurrió cuando te quedaste embarazada de Sofía. En este momento tienes estabilidad económica, un techo propio y un futuro de lo más alentador. Así que, lo siento, pero no estás en las mismas circunstancias.
Me hizo entender que, durante aquel embarazo, tenía que intentar dejar a un lado todos los problemas que mi cabeza se sacaba de la manga y disfrutarlo. Vivirlo con tranquilidad y preparar las cosas para ese bebé con todo el mimo del mundo.
Cuando salí de allí llevaba una sonrisa en los labios y ni siquiera me lo pensé: fui a buscar a Mateo. Podía aceptar que no quisiera tener una relación conmigo, pero aquello no podía guardármelo. No quería que se enterara por terceras personas porque, tarde o temprano, estaba claro que lo haría.
Me lo encontré en el pasillo, riéndose con una de sus compañeras, que iba enganchada de su brazo. En otro momento quizá me habría dado la vuelta y seguido mi camino, pero la terapia me estaba enseñando a enfrentarme a aquello que me dolía y eso era lo que pensaba hacer.
—Mateo, ¿podemos hablar un minuto, por favor?
—Adriana, no quiero tener contacto contigo, al menos de momento. Así que no, no podemos hablar ni un minuto ni un segundo.
—¿Estás seguro de lo que acabas de decir?
—Completamente. Sé que estás yendo a terapia, pero todavía no ha podido dar sus frutos. Paso, de verdad, de que me montes un numerito por venir riéndome con mi compañera. Ya tengo una edad y eso no es lo que quiero en mi vida.
—Perfecto, pero luego no quiero reproches.
Me di la vuelta y lo dejé allí, con una expresión que no supe interpretar. Era como si no esperara aquella reacción por mi parte, como si creyera que iba a montarle un escándalo, a insultarlo o algo parecido. Pero no. Esa parte de mí estaba muerta y enterrada.
Ahora caminaba con una seguridad que me dejaba pasmada hasta a mí. Incluso mis alumnos me habían dicho que había cambiado mucho, que ya no me hacía falta gritar para hacerme notar e imponerme en una clase, y era cierto.
Desde aquel día no había vuelto a ver a Mateo. Incluso cambié las sesiones de terapia a la consulta privada de Amelia y pedía cita con mi ginecólogo cuando sabía, por Sofía, que él no estaba en el hospital.
Tanto mi hija como su marido, al igual que el resto de nuestros amigos, entendieron mi postura y accedieron a mi petición de no contarle nada.
Si él preguntaba por mí, les pedí que lo enviaran a hablar conmigo directamente.
Si venía, no tendría ningún inconveniente en contárselo todo, pero no pensaba hacerlo a través de terceros.
Aquella mañana había quedado con mi abuela para ir a mirar los muebles del dormitorio de mi hijo porque sí, era un niño, al igual que mi nieto, que también resultó serlo. Por la tarde se celebraría la fiesta de revelación del sexo del bebé de mi hija. Ella ya lo sabía, pero su marido no.
Le pedí que me perdonara, pero no pensaba ir. Al fin y al cabo, yo lo había vivido con ella esa misma mañana y no me apetecía coincidir con Mateo, que también tenía todo el derecho del mundo a estar allí. Le costó entenderlo, pero al final se puso en mi lugar y lo comprendió.
—¿Qué vamos a comprarle al bebé, mi niña? —me preguntó mi abuela.
—Pues las cosas de su habitación, que ya sabes lo que tardan en traerlas y no quiero que nazca el niño sin tener nada preparado.
—¿Sigues pensando que no debe enterarse su padre?
—Yo no he dicho eso, abuela. En primer lugar, en cuanto me enteré, fui a contárselo, y fue él quien me negó esa conversación, quien me cortó y me pintó como si fuera una ogra.
—No sé, hija, es que me parece todo tan extraño…
Mi barriga ya empezaba a notarse bastante, porque tenía muy poco espacio, tal y como me había sucedido durante el embarazo de Sofía.
Además, en aquella ocasión había optado por ponerme ropa ajustada, cómoda y de algodón.
No me vestía como un saco de patatas, como hice durante el embarazo de mi hija, cuando intentaba disimularlo todo lo posible.
Estábamos mirando un escaparate cuando, en el reflejo del cristal, vi a las dos personas que menos quería encontrarme en aquellos momentos. Sí, eran mis padres, que nos observaban como si estuvieran contemplando un horror. ¿El motivo? Mi abuela iba del brazo de Rafael y yo lucía mi embarazo.
Tengo que reconocer que pensé que seguirían de largo, ya que en todos aquellos años no habían dado señales de vida. El tiempo parecía haber pasado poco por ellos. Quizá mi padre tenía más canas, pero conservaba el mismo porte y la misma ironía de siempre, como demostró segundos después.
—Camelia, ¿han puesto el circo por aquí cerca? —le preguntó mi padre a mi madre con una sonrisa cargada de maldad.
—Debe de ser, porque yo veo aquí a dos payasos —le contestó mi abuela con toda la mala leche del mundo.
—Veo que has seguido los pasos de tu nieta, yendo de la mano de un hombre a tu edad…
—Por supuesto que sí. Nada mejor que seguir sus pasos porque, así, me aseguro de ser feliz. Lo mismo tú deberías hacer algo parecido, porque tu mujer lleva una cara de mal follada que no puede con ella.
—Doña Maruja, no voy a permitir que me hable de esa manera, por muy suegra mía que sea —le contestó mi madre, igual de estirada que siempre.
—Tú dejaste de ser mi nuera en el mismo momento en que este dejó de ser mi hijo. Porque yo no lo eduqué para que viviera pendiente del qué dirán, sino por y para su familia, y…
—Y eso hice, proteger a mi mujer de los comentarios que iban a provocar los malos actos de mi hija.
—¿Amar a alguien es un mal acto? Pues entonces más vale que te agarres los machos, porque vuelvo a estar embarazada, por si no te habías dado cuenta, y ni tengo marido ni tengo novio. Así que será mejor que os alejéis de nosotros, no vayan a decir algo malo —le dije a mi padre.
Era la primera vez que me atrevía a hablarle de aquella manera y me sentía tan bien que entendí que podía ser la primera, pero no sería la última. Sobre todo cuando se atrevió a hablar de mi hija. Ahí sí que saqué a la leona que llevaba dentro.
—Tan solo espero que le hayas dado la educación adecuada a tu hija y no la hayas convertido en una puta como tú.
No me dio tiempo a responder. Rafael, que hasta ese momento se había mantenido en silencio, dejando que fuéramos mi abuela y yo quienes les plantáramos cara, levantó la mano y le dio un bofetón a mi padre.
—Esta mujer no es ninguna puta. Es una luchadora de la que debería sentirse muy orgulloso. Poco le importó tener un bebé al que cuidar o pasar noches en vela para darle un futuro a su hija mientras sacaba una carrera alternando los apuntes con los biberones —me defendió Rafael.
—Además, para vuestra información, la niña, que se llama Sofía, está casada, tiene una hija adoptiva y está esperando a su segundo hijo. Se ha casado con un hombre maravilloso y trabajador, y ambos son muy felices tanto en su vida laboral como en la personal —añadió mi abuela.
No me apetecía seguir hablando con ninguno de los dos, así que cogí a mi abuela y a Rafael del brazo, me di la vuelta y los dejé allí con una expresión que no supe interpretar y que, sinceramente, me daba exactamente igual. Allá ellos y sus circunstancias.
Al final entramos en la tienda y salimos de allí con todo lo necesario para el bebé ya encargado. Mi abuela no me permitió pagar nada, igual que pensaba hacer con el hijo de Sofía, con quien hablaría después, durante la fiesta de revelación del sexo de mi nieto.