Capítulo 27
Mateo
Permanecí solo durante todos los días que estuve allí y terminé creándome una rutina, porque tampoco quería convertirme en una persona sedentaria cuando nunca lo había sido.
Me levantaba temprano y, antes de desayunar, salía a la playa. Paseaba por la arena, algunas veces corriendo y otras a paso ligero, hacía unos cuantos abdominales y, antes de volver, me metía en el mar.
Sí, era enero y podéis pensar que la temperatura del agua sería para cortarte la respiración, pero nada de eso. No es que estuviera caliente, no os voy a mentir, pero tampoco estaba tan fría como para impedirte entrar. Hacía unos cuantos largos y regresaba.
Una vez allí, me daba una ducha, me ponía ropa cómoda y me metía en la cocina para preparar la comida de ese día y dejar hecha también la cena. Después de comer, me sentaba en el sofá con mi libro electrónico y me sumergía tanto en las historias que lograba olvidarme de mi propia vida.
Uno de aquellos días, no sé si fue el primero o el segundo, se pasó por allí la dueña de la casa con la excusa de comprobar si todo iba bien, aunque su mirada decía que buscaba otra cosa. No os voy a decir que fuera una mujer fea, ni mucho menos, porque era guapísima y tenía un cuerpo de infarto.
En otro momento de mi vida no habría tenido ningún reparo en acostarme con ella, pero no ahora.
No quería fallarle a Adriana, aunque ni siquiera supiera si seguíamos juntos.
Pero esa no era la cuestión. Mi corazón me decía que luchara por ella y mi cabeza que me lo pensara bien, y no me parecía justo para ninguno de los dos hacer otra cosa.
—Lo siento, señora García. Espero no ser grosero, pero, si he venido hasta aquí, ha sido precisamente buscando estar solo. Si hubiera querido compañía, me habría quedado en casa, con los míos.
—Disculpe, pensé que querría pasar el día en el pueblo, con la cabalgata y demás, pero ya veo que no. Me marcho. Solo le rogaría que, antes de irse, me avisara para revisar la casa y comprobar que no haya ningún desperfecto. Es lo que solemos hacer.
—No se preocupe, la avisaré. Y gracias por entenderme.
La acompañé hasta la puerta, donde se montó en el coche y se marchó. Podéis pensar que fui un poco extremo, pero prefería cortar aquello de raíz antes de que la situación se complicara y tuviera que tomar medidas más drásticas.
Con Marcos hablaba a diario y aquel día me había contado lo ocurrido con Javier, el padre de Sofía, y la decisión que habían tomado respecto a Martina.
Le aconsejé que se asesoraran con un abogado, pero lo había enseñado bien, porque me contestó que ya habían acudido a uno antes de aceptar que la niña se quedara con ellos.
—Si vosotros estáis felices, yo lo estoy más que vosotros —le dije a mi sobrino durante una videollamada en la que estaban los dos.
—Tengo que contarte algo —me dijo Sofía.
—Adelante, soy todo oídos.
—Mi madre ha empezado a ir a terapia con Amelia Torres y le va genial.
—No sabes cuánto me alegro. Yo también he tomado una decisión que espero que os toméis bien.
—Siempre, tato. Mientras no decidas quedarte a vivir ahí, te apoyaremos en todo —me dijo mi sobrino, quitándole hierro al asunto con una broma.
—No te creas que no me lo he planteado. El único problema es que no podría trabajar porque esta casa está donde Cristo perdió la alpargata, pero, para desconectar, pienso venir una semana al año como mínimo.
—Bueno, tato, una semana te la podemos perdonar.
Los tres reímos, aunque en la cara de Sofía vi cierta preocupación. No sabía qué decisión había tomado ni de qué manera podría afectarles, pero no tenía nada que ver con ninguno de los dos.
—En fin, voy al grano. He decidido que, mientras Adriana no me demuestre que confía en mí, no pienso volver a tener contacto con ella de ningún tipo. Es más, he bloqueado su número para no tener la tentación de llamarla.
—¿Cómo quieres que te demuestre que confía en ti si tú le estás demostrando que no confías en ella? —me preguntó Marcos, mientras su mujer se quedaba sin palabras.
—No lo sé, pero necesito alejarme de todo este tema y centrarme en mí. Ahora mismo quiero y necesito tenerme como prioridad, quererme yo primero para después poder dar un amor verdadero a los demás.
—¿Y si durante este tiempo ella conoce a otra persona y se enamora de él?
—Entonces le desearé la mejor de las suertes, porque significará que no estaba lo suficientemente enamorada de mí.
Sofía no había dicho una sola palabra al respecto y no quería que se sintiera incómoda conmigo, así que me dirigí a ella directamente.
—Sofía, cariño, espero que esta decisión no provoque un distanciamiento entre nosotros porque, al fin y al cabo, eres la mujer de alguien a quien considero mi hijo y me gustaría seguir teniendo relación contigo y con mi nieta, si a vosotros os parece bien.
—Mateo, no te voy a decir que tu decisión no me ha chocado, sobre todo lo de bloquearla, pero, como le prometí a mi madre una vez, lo que ocurra entre vosotros es cosa vuestra. Yo voy a seguir teniendo el mismo trato tanto contigo como con ella.
—Eso me alegra y me tranquiliza muchísimo, la verdad. En cuanto llegue mañana, me pasaré a veros. Quiero salir de aquí al amanecer, así que sobre las doce o doce y media estaré en casa.
—Aquí te esperamos.
Corté la llamada bastante más tranquilo.
Quizá mi sobrino había reaccionado peor que su mujer, aunque no sabía si se debía a que ella todavía no había sido capaz de asimilar mi decisión o a que realmente estaba dispuesta a no permitir que nada de lo que ocurriera entre Adriana y yo afectara a nuestra relación. El tiempo lo diría.
Esa misma tarde llamé a la señora García. Quería marcharme antes de las ocho de la mañana, así que le pedí que viniera a revisar la casa con tiempo para que no tuviera que levantarse temprano al día siguiente.
Cuando la vi aparecer, no pude evitar quedarme con la boca abierta, porque llevaba un atuendo adecuado para cualquier cosa menos para inspeccionar una casa.
Os resumo: traía un vestido tan corto que, si se agachaba, se le veían hasta las ideas, y un escote que dejaba al descubierto buena parte de sus pechos.
—Creo que te he cogido en mal momento. ¿Ibas a cenar o de copas con las amigas, quizá? —No pude callármelo, fue superior a mí.
—¿Por qué lo dices?
—Hombre, por tu ropa. Normalmente, cuando uno viene a inspeccionar una casa, lleva algo cómodo, no va vestido como para salir de copas.
—Lo cierto es que no tengo nada que revisar. Sé que lo has cuidado todo al detalle, así que me preguntaba si te apetecería salir a tomar una copa y bailar conmigo.
—Pues lo siento, pero no me apetece. Solo quiero descansar lo suficiente para volver mañana a casa lo más temprano posible. Tengo una nieta a la que todavía no conozco y acabo de hablar con sus padres, que me esperan a media mañana.
—Chico, cualquiera diría que eres gay. Me ha faltado venir a verte en pelota picada y, aun así, estoy segura de que me habrías rechazado.
—Gay no soy, precisamente. Y oye, si lo fuera, tampoco pasaría nada. Pero lo siento, no me gustan las mujeres que se muestran en bandeja ante un hombre.
—No sé si es peor que me digas eso porque, lo mismo, es que eres un machista.
—Digamos que me gusta tener que conquistar a una mujer o que me conquisten a mí, porque de machista tengo poco. Pero no con un escote, sino con una manera de ver la vida que me deje con la boca abierta.
—Bueno, pues entonces me iré a buscar a un hombre de los de toda la vida, que me vea así, se le despierten los instintos primarios y me empotre contra una pared nada más entrar en su casa o en la mía.
—Que tengas suerte, entonces.
No podía entender a las mujeres que pensaban de aquella manera, que se trataban a sí mismas como si fueran un objeto. Pero bueno, allá cada cual con su forma de ver la vida. No era lo que yo estaba buscando y no iba a caer en su juego.
Salió de la casa y, como eran las ocho de la tarde y había dormido una buena siesta, decidí no esperar más. Guardé la mochila en el maletero, cerré todo, dejé la llave en el mismo sitio en el que la había encontrado y salí de allí.
En cuanto llegué al carril de salida, y como sabía que no pasaría ningún coche porque no había más parcelas alrededor, me detuve y envié dos mensajes. El primero a la dueña de la casa y el segundo a Marcos, para que supiera que ya había iniciado el regreso a la ciudad.
Mateo: Señora García, le he dejado la llave en el mismo lugar en el que me la dejó usted, puesto que ya he abandonado la casa. Gracias por todo.
No esperé a que contestara y entré en el chat que tenía abierto con mi sobrino. Me habían enviado una foto de ellos con Martina, que se parecía muchísimo a Sofía. Era como verla a ella con diez años.
Mateo: Marcos, he decidido salir ahora en vez de mañana por la mañana, pues se conduce más tranquilo a estas horas. Supongo que sobre las doce o doce y media de la noche estaré ya en casa.
Como si tuviera el teléfono en la mano, me contestó casi de inmediato, y lo hizo con la sensatez de siempre, con esa madurez que, en algunas ocasiones, hacía parecer que el adulto era él y yo un niño.
Marcos: Tato, ten cuidado en la carretera y, en cuanto llegues, sea la hora que sea, me envías un mensaje o me llamas, porque no me iré a la cama hasta que sepa que has llegado.
Mateo: No te preocupes, te lo haré saber. Un beso para todos.
Dejé el teléfono en la bandeja que había delante de la palanca de cambios, puse música en la radio y emprendí el camino de vuelta.
A mitad del trayecto vi que no tenía suficiente gasolina para llegar y, como las indicaciones de la carretera señalaban una gasolinera cerca, aproveché para parar, repostar, ir al baño y comer algo.
Con las prisas, ni siquiera había cenado antes de salir.
Eran casi las dos de la madrugada cuando entré por la cancela de mi casa.
Había hablado con mi sobrino desde la gasolinera y le dije que se fuera a la cama, que yo le enviaría un mensaje al llegar, porque había algunas retenciones y había decidido parar un rato hasta que se descongestionara la carretera.
Quedamos en que al día siguiente vendrían a mi casa y comeríamos juntos. Eso sí, le pedí, por favor, que no trajeran a Adriana, y decidieron que vendrían los tres solos.