¡Viva la madre de la novia! Capítulo 26
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Capítulo 26

Adriana

Llevamos a la niña a un parque cercano. Al principio, tanto Sofía como yo nos tiramos con ella por el tobogán y la empujamos en el columpio mientras reía a carcajadas. Poco a poco, se fue abriendo a los demás niños hasta terminar jugando con unos cuantos de su edad.

Cuando vimos que se desenvolvía bien en aquel ambiente, Sofía y yo nos sentamos en un banco cercano, sin perderla de vista. Me quedé mirando a mi hija porque necesitaba que me contara con todo lujo de detalles qué había sucedido para que aquella niña hubiera terminado con ella.

—Sé que te vas a enfadar conmigo, pero no podía contarte nada.

—¿Se puede saber de qué coño estás hablando? Y, lo más importante, ¿qué hace esa niña contigo?

—Verás, mamá, hace unos días Javier se puso en contacto conmigo. Me dijo que teníamos que hablar y quedé con él.

—No se te ocurriría ir sola, ¿verdad?

—No, no fui sola. Sabía que mi padre tramaba algo, así que fui con mi marido, pero también con un abogado. No quería dejar nada al azar, ningún fleco suelto que le permitiera atacarme de alguna forma.

—¿Qué pasó? Y quiero que me cuentes la verdad, por favor.

—Pierde cuidado, te lo contaré todo. No me voy a guardar nada.

Sofía me contó que, cuando su padre la vio allí, acompañada de su marido y de un abogado, fue directo al grano. Le dijo que no quería tener ningún acercamiento con ella, sino que necesitaba alejarse de todo porque sus problemas económicos se habían complicado.

Aquello no me sorprendió. Mateo y yo ya sabíamos que Javier estaba metido en problemas y que las deudas podían estar detrás de su repentino interés por Sofía, pero ella no tenía conocimiento de nada de aquello.

—¿Y qué quería de ti? —le pregunté.

—Que Martina se quedara conmigo. Me dijo que quería que tuviera la vida que una niña de su edad debía llevar y que ni él ni su madre podían ni pensaban darle, porque tenían cosas mejores que hacer.

—¿Entonces? No entiendo nada, de verdad…

—Le pedí al abogado que redactara una cesión de custodia y patria potestad, además de una renuncia por parte de los dos. En cuanto ellos firmaran, Martina se quedaría conmigo y Marcos y yo nos haríamos cargo de ella.

—¿Y aceptaron? ¿Qué clase de madre hace algo así con una hija?

—Una que no la quiere, mamá, y que no la ha querido nunca. Para ella, la niña era solo un complemento más, como una muñeca a la que vestir y peinar a su gusto, pero que, cuando quería irse de fiesta, le molestaba y la dejaba sola.

—¿Eso te lo han contado ellos?

—No, eso me lo ha contado Martina, y nos rompió el corazón tanto a Marcos como a mí. Hoy se ha venido a vivir con nosotros, una vez formalizada la adopción, porque no quería tener problemas con ninguno de los dos.

—¿Qué piensa Marcos de todo esto?

—Mi marido, en cuanto vio la tristeza en los ojos de la niña, lo tuvo claro: Martina se vendría con nosotros. No íbamos a permitir que acabara en un sitio peor, no sé si me entiendes.

—Perfectamente. Y, por el tema económico, no te preocupes. Sabes que puedo ayudaros y, si en algún momento tenéis que dejarla conmigo, tampoco habrá ningún problema. La cuidaré encantada.

—Lo sabemos, mamá, pero de momento no queremos apartarla de nuestro lado. Si lo hacemos, podría pensar que somos como sus padres y que es un estorbo. Hasta que no confíe plenamente en nosotros, solo nos separaremos de ella para llevarla al colegio.

—Claro, os entiendo perfectamente. Pero bueno, aquí estoy para lo que necesitéis.

—Bueno, ahora tú. Cuéntame, ¿qué tal te ha ido en tu primera sesión de terapia?

—No me podía haber ido mejor. Amelia es una doctora increíble. Tengo cita la próxima semana para la siguiente sesión.

—Me alegro muchísimo, mamá. Es como si, con una sola sesión, te notara más liberada, menos cargada.

—Es que lo estoy. En otra ocasión habría montado un numerito y te habría echado en cara que no hubieras confiado en mí, pero ahora no. Entiendo perfectamente tu postura con tu hermana y no tengo nada que objetar.

Estuvimos un buen rato más en el parque, hasta que llegó la hora de comer. Según nos contó Martina, a ella solo le habían dado de comer verduras. Nunca había probado una hamburguesa, ni siquiera un filete o un plato de pasta.

¿Qué clase de vida le estaban dando a una niña de diez años? No es que yo fuera una fanática de la comida basura ni que le hubiera dado a mi hija ese tipo de alimentos todos los días, pero se podía comer de forma variada y sana sin tener que alimentarse únicamente a base de verduras.

Por eso, y por una vez, me salté mis propios protocolos y le pregunté qué era lo que más le apetecía probar en aquel momento.

—Pues no sé, Adriana. ¿Tú qué me recomiendas?

—Uy, yo soy muy mala para las recomendaciones porque me gusta todo, pero te voy a proponer algo.

—A ver qué nos propone mi madre, Martina, porque la mayoría de las veces tiene unas ideas fantásticas.

—¿Qué os parece si recogemos a Marcos y nos vamos a un restaurante italiano? Podemos pedir varias cosas y así las pruebas todas. Y esta noche, para cenar, te haré mi maravillosa tortilla de patatas.

—¿Podemos? ¿De verdad?

—Pues claro que podemos. Aunque eso no significa que no vayas a comer verdura nunca más, porque es muy sana, pero también hay que comer otras cosas, como un buen filete.

—Me parece que me va a encantar vivir con vosotras. Mi vida va a ser lo más, lo estoy viendo venir.

Lo dijo casi murmurando, pero ver la ilusión y la felicidad en los ojos de aquella niña era de lo más bonito. Además, aquella noche venían los Reyes, otra cosa que jamás había vivido. Como mucho, el día de Papá Noel le dejaban algo relacionado con el deporte o alguna prenda de ropa.

Sé que pensaréis que me estaba volviendo loca, pero pensaba darle a aquella niña el mejor día de Reyes de su vida. Por eso tenía pensado quedar con Marta después de comer e ir al centro comercial, porque no iba a permitir que Martina se sintiera en inferioridad con respecto al resto de los niños.

Marcos había ido aquella mañana a comprarle de todo para que, cuando llegara a su casa, pudiera sentirla como un hogar. Porque, excepto ropa, que tenía para llenar seis armarios, no poseía prácticamente nada más, ni una mísera muñeca.

También había ido al colegio al que acudían Iker y Sandra para hablar con la directora, explicarle la situación de Martina y formalizar su matrícula, una vez que la adopción había quedado legalmente formalizada.

A todos los efectos, Martina ya era hija de los dos e incluso le habían cambiado los apellidos, aunque ella todavía no era consciente de todo aquello.

Entramos en el restaurante italiano que nos encantaba a todos y donde Marcos ya nos estaba esperando.

Sofía y yo habíamos ido al hospital en taxi y, desde allí hasta la pizzería, fuimos dando un paseo.

Nos acomodamos en una de las mesas libres y pedimos un poquito de todo: una pizza familiar, un plato de pasta boloñesa y otro a la carbonara, para que Martina pudiera probar varias cosas.

La cara que ponía con cada bocado era un espectáculo, y ya no os podéis imaginar la expresión que se le quedó cuando probó el salami de chocolate. Le faltó llorar, porque todo lo demás lo expresó con sus gestos.

En un momento dado, Martina fue mirándonos uno por uno y permaneció un buen rato así, como si quisiera preguntar algo, pero no se atreviera. Hasta que ya no pudo aguantar más.

—Sofía.

—Dime, preciosa.

—Si, a partir de ahora, Marcos y tú vais a ser como mis padres…

—Venga, no te lo pienses tanto y pregúntalo ya —la animé.

—¿Os puedo llamar papá y mamá?

—Por supuesto, mi vida. Puedes llamarnos como quieras, como te salga del corazón —le contestó Marcos, mirando a mi hija, que asintió con la cabeza.

—Gracias, papi. Gracias, mami… ¿Y a ti, te puedo decir abuela? —me preguntó la niña.

—¿Qué te parece si me llamas yaya? A Maruja yo la llamo abuela, Sofía la llama güeli y tú puedes llamarme yaya. Así no nos confundimos con tanta abuela.

—Yaya… Me encanta llamarte así.