¡Viva la madre de la novia! Capítulo 25
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Capítulo 25

Adriana

Los días fueron pasando y yo seguía sin tener noticias de Mateo. Sabía, por los chicos, que se había marchado a un pueblo para reflexionar sobre lo que quería y lo que necesitaba en su vida.

El mismo día que se marchó, mi hija y mi yerno llegaron a casa para dejarme los regalos que habíamos comprado Mateo y yo. Sofía habló muy claro conmigo sobre nuestra relación, pero sin tomar partido por ninguno de los dos, aunque con una certeza aplastante.

—Mira, mamá, no puedes seguir así. Tienes que pedir ayuda o no encontrarás nunca a nadie, porque tú misma te encargas de dinamitar cualquier conato de relación que puedas tener.

—Eso no es así. Yo sé lo que vi.

—Y nadie te dice que no. Pero… ¿le has preguntado qué lo llevó hasta ese punto? ¿Has dejado que se explique? No. Como si te estuviera viendo, te habrás puesto como una energúmena, aunque sin demostrarlo, y tu cabeza habrá inventado todo tipo de situaciones.

Tuve que agachar la cabeza porque mi hija tenía toda la razón del mundo. Pero no se quedó ahí, ni mucho menos. Siguió insistiendo hasta que me hizo prometerle que acudiría a un psicólogo para que me ayudara a superar mi inseguridad.

No esperó ni siquiera a que terminaran las fiestas y me consiguió cita para la mañana del día cinco con una compañera suya del hospital. Además, me acompañó para asegurarse de que no pusiera ninguna excusa que justificara mi ausencia en la consulta.

—Mamá, por favor, no te guardes nada. Lo necesitas y verás cómo, poco a poco, te sentirás mejor contigo misma. Y no quiero que pienses que haces esto por Mateo o por mí, para darme el gusto. Lo haces por ti, por nadie más.

—Lo sé, cariño. Pero entiende que llevo al menos veinticinco años soportando comentarios que han conseguido que mi autoestima esté por los suelos. No pretendas que cambie de la noche a la mañana.

—Ni lo pretendo, porque entonces no estarías superando nada, sino ocultándolo bajo una sonrisa que no sería verdadera.

Justo cuando estábamos a punto de entrar, nos cruzamos con la misma mujer que había encontrado a horcajadas sobre el regazo de Mateo y me tensé. Sofía, que ya conocía todos los detalles, me cogió de la mano, como diciéndome que no estaba sola, y le sonreí.

—Mira, pero si tenemos aquí a la lunática que se piensa que Mateo le es fiel, cuando todo el mundo en este hospital sabe que se tira a todo lo que se mueve —dijo con una risa de lo más falsa y maléfica.

—Eso era antes de conocer a mi madre, bonita. Y ahora, si no te importa, déjanos en paz y haz tu trabajo, si no quieres que vaya a hablar con la supervisora —le dijo Sofía, muy seria, aunque sin alzar la voz.

—¿Quién coño te crees que eres para decir eso? Como si la supervisora fuera a hacerte caso a ti, que llevas dos días en este hospital, cuando yo tengo una trayectoria que me avala, niñata —le contestó ella.

—Piensa lo que quieras, pero lárgate de aquí, haz el favor. No quiero tener que hacer algo que te dejaría muy mal.

—Ah, ¿sí? ¿Cómo qué?

—Como decirle a tu marido que te tiras a todos los enfermeros y médicos del hospital. Que le dices que estás de guardia cuando, en realidad, te vas de fiesta mientras él se queda con tus hijos… ¿Sigo?

La cara de aquella mujer se transformó y miró hacia todos lados. Me dio la impresión de que nadie en el hospital sabía de la existencia de un marido o de unos hijos, y sus siguientes palabras terminaron de confirmármelo.

—¿Cómo coño sabes tú eso? Si mi marido llega a enterarse de todo esto, no tendrás agujero donde meterte, porque te encontraré y acabaré contigo.

—No amenaces a mi hija, porque entonces la que va a saber cómo se las gasta una madre cabreada vas a ser tú. Coge el camino por donde has venido y lárgate, o yo misma me encargaré de que salgas de este hospital de la peor manera posible.

No sé si fue por el tono que empleé, por la seguridad con la que lo dije o por el fuego que debía de desprender mi mirada, pero lo cierto fue que agachó la cabeza y se marchó de la sala de espera en la que estábamos Sofía y yo.

Mi hija me miró con un orgullo y una admiración con los que no me había mirado en la vida.

—Así te quiero siempre, mamá, con esa actitud.

—Te prometo que no sé de dónde ha salido ese tono. Todavía me tiemblan las piernas.

—Pues esa seguridad es la que quiero que muestres en todos los aspectos de tu vida, no solo cuando se trata de defenderme a mí.

La doctora me llamó y Sofía me dijo que tenía que entrar sola, que debía enfrentarme a mis miedos sin testigos y sin nada que pudiera coaccionarme a la hora de contar ciertas cosas. Y eso hice, aunque me temblaban las piernas.

La doctora le explicó que estaría conmigo aproximadamente una hora y mi hija decidió ir a tomar un café mientras tanto.

Lo cierto es que aquella hora charlando con Amelia se me pasó volando. Me abrí a ella sin que me costara apenas esfuerzo y le conté cosas que pensaba que jamás compartiría con nadie, por lo que habían supuesto para mí en su momento y por la huella que habían dejado.

—¿Quieres que sigamos con la terapia, Adriana? —me preguntó cuando terminó la hora.

—Pero… ¿esto era terapia?

—Por supuesto que sí, aunque procuro que al principio no resulte demasiado invasiva, hasta que el paciente se siente cómodo y deja de percibir mis preguntas como una intromisión en su intimidad.

—Pues lo cierto es que me he sentido tan cómoda que te he contado cosas que no le había contado a nadie. Y sí, quiero seguir con la terapia. Quiero convertirme en una persona segura de sí misma y que sepa lo que quiere.

—Sé que esto que voy a decirte quizá lo veas como una contrariedad, pero no deberías empezar una relación con nadie hasta que te encuentres fuerte y con la suficiente seguridad como para sentir la confianza en tu pareja que te permita seguir avanzando.

—Lo sé y lo entiendo. Primero tengo que quererme yo para poder querer a los demás.

—Eso mismo es lo que pretendo que entiendas, y me alegro de que tú misma hayas llegado a esa conclusión. Eso no significa que no puedas hablarlo con la persona con la que compartes tu vida en este momento.

—Prefiero sentirme bien conmigo misma antes de enfrentarme a eso, la verdad.

La doctora Torres me acompañó hasta la puerta de la consulta y se despidió de mí después de darme cita para la semana siguiente y continuar con la terapia.

Busqué a mi hija por toda la sala de espera y también por los pasillos, pero no la encontré. Entonces sonó mi teléfono.

—Mamá, estoy en la cafetería. ¿Puedes bajar?

—Claro que sí, ahora mismo voy.

—Te espero aquí, no tardes.

Bajé a la cafetería y encontré a mi hija con una niña de unos diez años que era tremendamente parecida a ella. Cuando la miré, pude ver en sus ojos el mismo miedo que había visto tantas veces en los de Sofía cuando era pequeña y se enfrentaba a algo que no conocía.

—Pero bueno, ¿y esta niña tan bonita? ¿Quién es?

—Hola, soy Martina, y mi padre dice que esta es mi hermana.

—Hola, Martina. Yo soy Adriana, la mamá de Sofía. Encantada de conocerte.

Miré a mi hija y ella me hizo un gesto para indicarme que después me contaría todo, cuando la niña no estuviera delante. No quise que Martina percibiera mi preocupación, pero lo cierto era que no podía evitar preguntarme qué habría hecho su padre.

—¿Qué te parece si nos vamos un ratito al parque? —le pregunté.

—No lo sé, porque no he ido nunca.

—¿Cómo que no has ido nunca?

—Mi padre no me ha llevado, y mi madre decía que no iba a llenarse los zapatos caros de arena. Por eso, como mucho, iba a la terraza de mi vecina, que tenía unas cuantas plantas.

—Entonces no hay más que hablar. Vamos a tirarnos por el tobogán y, si te da miedo, yo lo haré contigo. Aunque supongo que en el colegio también tendréis alguno, ¿no?

—Tampoco lo sé. Tengo una profesora en casa porque mi madre decía que no se iba a levantar temprano.