¡Viva la madre de la novia! Capítulo 24
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Capítulo 24

Mateo

Mi sobrino llegó acompañado de su mujer y ninguno de los dos traía muy buena cara; se los veía bastante preocupados.

Entendía que Adriana era su madre, pero, antes de que empezara todo entre nosotros, ellos mismos habían acordado que no se meterían ni permitirían que nada de lo nuestro salpicara su relación, y se lo recordé antes de empezar a hablar.

—Antes que nada, recordad que nuestra relación ha sido solo nuestra.

—¿Ha sido? ¿Acaso ya no lo es? —me preguntó Sofía, preocupada.

—Si te soy sincero, no lo sé. Necesito tiempo, porque no puedo estar en tensión continua ni midiendo mis palabras o mis gestos por la inseguridad de tu madre, Sofía.

—Y te entiendo, pero ella tampoco tiene que estar pasándolo bien.

—Por supuesto que no, entre otras cosas porque saca conclusiones precipitadas y, lo que ella imagina que está pasando, se convierte en la verdad más absoluta.

—Sí, ese problema lo tiene. Mi padre, al igual que mis abuelos, dejó en ella una huella de desconfianza que le va a costar superar.

—Pues que pida ayuda, joder. Yo no puedo más. Mientras estamos juntos, todo va como la seda, pero, en cuanto nos separamos o aparece alguna mujer que ha formado parte de mi vida, todo cambia y siempre termino siendo yo el culpable.

—¿Qué ha pasado, tato? —me preguntó mi sobrino.

Tengo que decir que ninguno de los dos me estaba juzgando. Solo intentaban conocer todos los detalles que nos habían llevado hasta aquella situación. Por eso les conté todo, desde lo que había ocurrido la tarde anterior en el centro comercial hasta lo sucedido hacía apenas unas horas.

—Joder, ¿y se lo has explicado a mi madre? —me preguntó Sofía.

—No me lo ha permitido. Para ella, la única verdad era lo que había visto, sin matices.

—¿Qué piensas hacer ahora? Porque está claro que me has llamado por algo, no solo para contarnos todo esto —me preguntó Marcos.

—Voy a marcharme unos días, solo, para pensar y analizar lo que verdaderamente quiero.

—No puedes hacer eso, Mateo. ¿Qué vas a hacer solo en un día tan señalado? —me dijo Sofía, aunque mi sobrino parecía entenderme.

—Si es eso lo que necesitas, no seré yo quien te obligue a hacer lo contrario. Sofía, tienes que entenderlo. No debe de ser plato de buen gusto estar junto a tu madre si todavía no tiene claro lo que quiere.

—Sí lo entiendo, pero me da tanta pena no pasar ese día todos juntos…

—Bueno, necesito que os llevéis los regalos que compramos Adriana y yo y que sea ella quien los entregue. Me da igual si quiere decir que son solo suyos, porque yo no estaré el día de Reyes.

—Sabes que mi madre nunca diría eso. Puede tener muchos defectos, pero ese no es uno de ellos —sentenció Sofía.

—¿Dónde vas a ir, tato?

—A la playa. He alquilado una casita a pie de playa en un pueblecito perdido de la costa.

—¿No me vas a decir dónde es? —me preguntó mi sobrino, algo decepcionado.

—Me vas a permitir que me lo guarde para mí, porque sé que, si te lo digo, vas a ir hasta allí aunque solo sea para estar cinco minutos conmigo el día de Reyes, y quiero, necesito, estar solo.

—Está bien, pero quiero que tengas el teléfono encendido por si pasa algo. Además, voy a llamarte todas las noches hasta que vuelvas, para quedarme tranquilo.

Estuvimos un buen rato más charlando y en ningún momento noté hostilidad por parte de Sofía, ni mucho menos. Ella solo quería que tanto su madre como yo estuviéramos bien, ya fuera juntos o por separado, pero felices, y así me lo hizo saber tanto con sus palabras como con sus gestos.

Saqué todos los paquetes que tenía guardados en el armario de la entrada y los ayudé a llevarlos hasta el coche, donde los dejamos antes de que se marcharan. Nos despedimos en la puerta con un beso y un abrazo.

—Recuerda, tato, si nos necesitas para lo que sea, no dudes en llamar. Iremos a buscarte donde estés, aunque sea al fin del mundo.

—Lo sé, pero no hará falta. Te prometo que hablaremos todas las noches.

Entré de nuevo en casa y me dispuse a preparar una pequeña mochila con ropa. Tampoco me llevaría demasiado, entre otras cosas porque no pensaba salir de allí, así que con ropa cómoda tendría suficiente.

La chica que me había alquilado la casa me aseguró que allí había de todo, desde menaje hasta toallas sin estrenar, que se encontraban en el armario del cuarto de baño. Por eso no necesité llevar demasiadas cosas.

Cuando vi que la mochila estaba lista, tomé una decisión.

Me quedaban unas cuatro horas de viaje por carretera y, a pesar de que estaba cansado, sabía que el estado de nervios en el que me encontraba no me permitiría dormir. Por eso decidí marcharme en ese mismo momento.

Metí la mochila en el coche, la dejé en el asiento del copiloto, me senté al volante, introduje la dirección en el GPS y arranqué. Me dolía hacer aquello, pero pensaba que era lo mejor para todos porque, hasta que no tuviéramos claro lo que queríamos, ninguno de los dos sería feliz.

La carretera estaba completamente vacía y eso me gustaba. No llevaba la presión de otros coches que quisieran correr ni de conductores que pudieran llevar alguna copita de más, dadas las fechas en las que estábamos y la hora que era.

Casi cinco horas después estaba entrando por el carril que llevaba hasta la casa que había alquilado. Me encantó nada más verla porque no había ninguna otra edificación en varios kilómetros a la redonda.

Estaba a pie de playa. Si abrías la cancela del patio, salías directamente a la arena de una pequeña cala privada a la que nadie más tenía acceso, pues solo se podía entrar desde la casa.

Era de una sola planta y contaba con un dormitorio, un baño completo y una cocina abierta al salón, desde el que se accedía a un jardín o patio trasero con un pequeño jacuzzi y una zona de barbacoa. A pesar de ser pequeña, era preciosa y estaba decorada de una manera elegante y funcional.

La chica me había dicho que dejaría la llave en la maceta de la entrada y la verja exterior abierta para que pudiera aparcar en la zona habilitada para dos coches que había delante de la casa.

Eran las cuatro de la madrugada, así que le envié un mensaje a mi sobrino para contarle que finalmente había decidido marcharme de inmediato y que acababa de llegar bien. También le dije que lo llamaría sobre las ocho de la tarde para hablar con él.

Después saqué la ropa de la mochila, la guardé ordenadamente en el armario, me di otra ducha calentita y me metí en la cama, porque se me cerraban los ojos y sentía que mi cuerpo estaba a punto de colapsar en cualquier momento.

Caí en brazos de Morfeo en cuanto apoyé la cabeza en la almohada. Fue como si mi cuerpo necesitara desconectar de todo, como si mi mente supiera que, o lo hacía, o terminaría en un hospital.

Cuando volví a abrir los ojos, miré el reloj y vi que eran más de las tres de la tarde.

Me levanté, me puse un chándal y fui hasta el supermercado a comprar algo de comida. No me apetecía salir de allí para comer en ningún restaurante y, además, cualquier lugar de ocio quedaba lejísimos de la casa.

Me subí al coche y, unos quince minutos después, llegué al centro del pueblo, donde encontré un pequeño supermercado. Aparqué en la puerta y entré dispuesto a comprar todo lo que necesitaba para no tener que volver a salir hasta el día nueve, cuando regresaría.

—Buenas tardes. Tú debes de ser Mateo, el chico que ha alquilado la casa de mi madre —me dijo una chica de unos veinte años que estaba en la caja del supermercado.

—Pues sí, soy Mateo. Pero… ¿cómo sabías que era yo?

—Muy sencillo. Aquí somos tan pocos que nos conocemos todos. Menos en verano, cuando el pueblo se llena de gente y nos saturan a todos. Así que, cuando en esta época del año viene alguien nuevo, todos sabemos quién es —me contestó.

—Es bueno saberlo. Gracias. Voy a coger lo que necesito.

—Si no encuentras algo, me lo dices y te indico dónde está.

No me miró con maldad, ni siquiera con deseo, pero era como si en su cabeza se estuviera maquinando algo, y eso no me gustaba un pelo porque lo último que quería en aquellos momentos era sumar más problemas a los que ya tenía.