Capítulo 23
Mateo
La mañana había sido un poquito intensa, entre otras cosas porque mi compañera Samara no paraba de insistir en que volviéramos a tener algo, un polvo rapidito, como decía ella, y parecía no entender el no que le estaba dando por respuesta.
Sí, era cierto que me había acostado con ella en varias ocasiones, pero hacía tiempo que no sucedía, concretamente desde que conocí a Adriana, aunque entonces todavía no hubiera empezado nada con ella.
Eran casi las cinco de la tarde cuando me senté en el sofá de la sala de enfermería y me quedé medio dormido, traspuesto.
En un momento dado sentí un peso sobre las piernas y, no me preguntéis por qué, pero, medio dormido como estaba, pensé que me encontraba en casa y que era Adriana. Así que puse las manos en sus caderas y la apreté contra mí para que sintiera lo duro que estaba.
Justo en ese momento escuché la voz de Adriana a mi espalda y un miedo atroz me recorrió todo el cuerpo.
—Perdón… —dijo en un susurro, pues apenas le salía la voz.
—Adriana, esto no es lo que parece, te lo juro —le contesté.
No sé ni cómo me quité a Samara de encima, pero lo hice.
—Mateo, por favor, no insultes mi inteligencia. Yo sé lo que he visto. Esta vez no hay confusión de ningún tipo —me respondió, visiblemente dolida.
En ese mismo instante empezó a sonar mi busca para que bajara a Urgencias y, cuando eso ocurría, era porque necesitaban que acudiera cuanto antes, así que no podía demorar más mi presencia allí.
—Ahora no me puedo marchar, me llaman de Urgencias, pero cuando termine mi turno…
—Cuando termines tu turno, te marchas a casa a descansar. No quiero volver a saber nada más de ti. Procuraré no coincidir contigo salvo en los actos imprescindibles.
Adriana salió de allí corriendo y ya no pude volver a verla hasta casi cuatro horas después, cuando Leo y yo terminamos en Urgencias. Al bajar, descubrimos que la paciente que había requerido nuestra atención no era otra que Sandra, la hija de Susana y Manuel.
Al parecer, había sufrido un shock anafiláctico y no estaba respondiendo bien al tratamiento. Su estado empeoró hasta el punto de que el equipo médico tuvo que intubarla y conectarla a ventilación mecánica, mientras nosotros colaborábamos en todo lo necesario para estabilizarla.
Fueron casi tres horas interminables hasta que consiguieron estabilizarla.
Tendría que quedarse ingresada al menos un par de días para mantenerla controlada y comprobar que podía volver a casa sin complicaciones.
Cuando salimos del box donde estaba Sandra, nos dirigimos a la sala de espera, donde se encontraban todos sus familiares.
—Leo, Mateo, decidme, por favor, que mi hija está bien, que ha salido adelante —dijo Manuel, llorando como un niño pequeño.
—No te voy a mentir, ha sido complicado, pero ahora está estable. El médico os explicará todo con detalle, aunque tendrá que quedarse ingresada un par de días para mantenerla controlada —le dijo Leo.
—Debéis tener mucho cuidado, chicos. Hoy ha salido adelante, pero en otra ocasión… —añadí, aunque mi mirada no podía apartarse de Adriana, que estaba sentada en una de las sillas con cara de querer romper a llorar.
—En cuanto lleguemos a casa, revisaremos todos y cada uno de los alimentos procesados que tenemos y, a partir de ahora, en mi casa no entrará nada que pueda contener trazas de nueces, como Manuel que me llamo —dijo su padre, con cierto alivio, pero también con culpa.
—Adriana, ¿podemos hablar un momento, por favor? —le pregunté directamente.
—No tenemos nada que hablar. Ya he visto todo lo que necesitaba ver —me respondió.
—No me jodas, Adriana. No es nada de lo que te estás imaginando.
—Ah, ¿no? ¿Qué pasa, que tenía algo atorado y tú intentabas que saliera empujando por otro lado?
—Espera, espera, ¿me he perdido algo? —preguntó Leo.
—No te has perdido nada. Estaba en la sala de descanso, sentado en el sofá, y me quedé medio dormido.
Ya sabes el por culo que me está dando Samara para acostarse conmigo y, cuando Adriana ha abierto la puerta, se la ha encontrado a horcajadas sobre mí —les conté a todos, porque no tenía nada que ocultar.
—Te has dejado la mejor parte, cariño. La tenías agarrada de las caderas, empujando su cuerpo hacia abajo, como si quisieras que notara lo que ella misma había provocado —añadió Adriana.
—¿Es eso cierto? —me preguntó Leo, algo extrañado, pues minutos antes de que sucediera aquello le había dicho que iba a pedir un cambio de turno para no coincidir más con ella.
—¡Sí, es cierto, pero porque estaba medio dormido y pensé que estaba en mi casa y que se trataba de Adriana!
Estaba desesperado, os lo prometo. La sensación de que Adriana seguía dudando de mí empezaba a pasarme factura.
—Mira, Adriana, ya estoy cansado de justificar cada uno de mis pasos, cada uno de mis gestos. No ha pasado nada ni va a pasar nada con ella, pero, si no me crees, no voy a seguir insistiendo. Me rindo.
Adriana me miró como si no pudiera creerse lo que acababa de escuchar, pero no dijo nada más. Tampoco ninguno de los que estaban allí. Como mi turno había terminado, me di la vuelta y me marché al vestuario para cambiarme de ropa e irme a casa.
Me moría por darme una ducha y meterme en la cama, por quitarme de encima todo aquel mal rollo que me había dejado lo sucedido. No entendía cómo una mujer a la que la noche anterior le había demostrado todo lo que me importaba volvía a desconfiar de mí apenas unas horas después.
Necesitaba ayuda, mejorar esa autoestima que tenía por los suelos, sentirse más segura y dejar de comportarse como si todo el mundo quisiera hacerle daño, porque no era así. Y, sobre todo, necesitaba aprender a confiar un poco más en quienes estábamos a su alrededor.
Salí del hospital por la puerta trasera, la que utilizaba el personal desde los vestuarios, porque no me apetecía volver a encontrarme con nadie. Me metí en el coche y conduje hasta mi casa, donde pensaba acostarme en cuanto saliera de la ducha.
Me anoté mentalmente que, a la mañana siguiente, tendría que llamar a Marcos para que viniera a recoger los regalos que tenía en casa y que habíamos comprado el día anterior, para que se encargaran de entregarlos en la comida del día de Reyes, porque yo no pensaba acudir.
Leo me dijo que, si Sandra seguía evolucionando como hasta ese momento, probablemente estaría en casa antes de que llegaran los Reyes e incluso podría ver la cabalgata con su hermano y sus padres.
Me alegré mucho, porque pasar un día así ingresado en un hospital tenía que ser de lo peor para un niño.
Casi sin darme cuenta llegué a casa, abrí la verja y aparqué el coche, cerrándola de nuevo tras de mí. En cuanto estuve dentro, a salvo de miradas indiscretas, me derrumbé. Y lo hice por todo, no solo por lo ocurrido con Adriana.
Lloré porque, si mi hermano y mi cuñada estuvieran allí, me darían los mejores consejos.
Lloré porque parecía que había encontrado a la mujer ideal, pero sus inseguridades, al igual que mi antigua manera de ver la vida, estaban dinamitando nuestra relación.
En definitiva, lloré porque me sentía más solo que nunca.
Tomé una decisión: me iría unos días a la playa. Ya no tenía que volver a trabajar hasta el día diez, así que busqué una pequeña casa en un pueblecito medio perdido en el mapa donde pudiera estar tranquilo y no me molestara nada ni nadie.
Como pensaba marcharme al día siguiente en cuanto me levantara, cambié de planes y llamé a mi sobrino nada más salir de la ducha. Intenté parecer lo más normal posible, pero, si yo lo conocía bien a él, también ocurría al contrario.
—Marcos, necesito que vengas a mi casa cuanto antes, por favor.
—Tato, ¿qué te pasa? Y no me digas que no te pasa nada, porque te conozco y sé que no es así.
—Ven y, si quieres, hablamos en persona.
—¿Quieres que vaya solo?
—No hace falta. Sofía se va a enterar de todas maneras, tanto por ti como por su madre.
—En cinco minutos estoy allí.
Mi sobrino cortó la llamada y, mientras esperaba a que llegara, me puse un pantalón de algodón y una camiseta de manga larga y me preparé un bocadillo, pues mi intención era meterme en la cama en cuanto solucionara el tema de los regalos que todavía tenía en mi poder.