¡Viva la madre de la novia! Capítulo 22
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Capítulo 22

Adriana

Durante todo el trayecto no pronuncié una palabra, pero él tampoco. El silencio era tan incómodo y había tanta tensión en el ambiente que se podía cortar con un cuchillo. Lo mismo estaba siendo injusta, como él había dicho, pero la situación me había superado.

En cuanto llegamos a mi casa, Mateo se bajó del coche y se ofreció a ayudarme a subir los paquetes, pero no se lo permití porque, si ponía un pie dentro de mi hogar, no saldría hasta por la mañana y no era eso lo que necesitaba.

—No hace falta, puedes llevártelos tú. Al fin y al cabo, los daremos todos juntos el día de Reyes, durante nuestra tradicional comida en casa de Susana y Manuel.

—¿Eso es todo? ¿Te vas a marchar así? De verdad que no te entiendo, Adriana.

—Precisamente porque no me entiendes, lo mejor será que me marche. Ya iremos hablando.

—Esto es la leche, de verdad. ¿Me puedes explicar qué coño he hecho para que estés así?

—No has hecho nada. Es solo que todo lo que ha pasado hoy me ha superado.

—Adriana, no puedo contarte mi vida entera en tan pocos días, pero tampoco tengo intención de esconderte nada, te lo juro.

—Mateo, sé que ahora mismo puedo parecerte una inmadura, y quizá lo sea, pero necesito pensar en todo esto. Me he sentido superada por la situación y tengo que analizar si quiero esto para el resto de mi vida.

Mateo no me dijo ni una sola palabra. Simplemente se montó en el coche, arrancó y se marchó, dejándome en el portal con los ojos llenos de lágrimas y un dolor en el corazón que me atravesaba el pecho.

Me di la vuelta y subí a casa. Me senté en el pasillo, apoyada contra la pared, y dejé que todas mis inseguridades salieran en forma de lágrimas. No sé cuánto tiempo había pasado desde que llegué, pero me sacó de mis pensamientos el timbre, que sonaba de manera insistente.

No me apetecía ver a nadie, pero tampoco quería que siguieran llamando de aquella manera, así que me levanté para abrir.

No esperaba encontrarme a Mateo detrás de la puerta. Os lo juro, era la última persona que imaginaba allí, sobre todo después de cómo nos habíamos despedido.

—¿Qué haces aquí?

—No puedes dejarme. No puedo permitir que una tontería sea la causante de nuestra ruptura. Te quiero, Adriana, y no quiero separarme de ti. Pregunta lo que quieras; te juro por mi vida que te lo contaré todo.

—He sido una imbécil. No debería importarme lo que hiciste antes de mí, pero me siento tan insegura… Todo esto me hace recordar mi historia con Javier y me duele.

—Juntos lo superaremos, te lo prometo.

Me cogió la cara entre las manos y me besó. No fue un beso pasional, sino lento y dulce, con todo el amor que merecía que me demostraran, y me gustó muchísimo.

—Ahora me marcho a mi casa y te dejo que pienses todo lo que necesites.

—No quiero que te marches, Mateo.

—¿Estás segura? No quiero que te veas obligada a hacer algo que no quieres, de verdad que no hace falta. Lo único que quería era dejarte claro que eres lo más importante para mí, nada más.

—Deja de decir tonterías y bésame.

Mateo cerró la puerta con el pie mientras me cogía en brazos y me besaba como si no hubiera un mañana. No es que pretendiéramos zanjar nuestras discusiones con sexo, ni mucho menos, pero necesitaba que me demostrara que seguía deseándome, que no había sido un capricho pasajero.

Por primera vez en mucho tiempo me planteé buscar ayuda psicológica, porque no podía seguir viviendo así, siempre alerta y viendo cosas donde no las había. Pero eso lo dejaría para cuando terminaran las fiestas.

Por supuesto, Mateo me demostró durante toda la noche aquello que necesitaba. Perdí la cuenta de las veces que me hizo llegar al orgasmo y, cuando los dos quedamos completamente saciados, caímos rendidos, abrazados el uno al otro.

Mateo tenía que trabajar al día siguiente porque había cambiado aquel turno por el del día de Reyes, cuando le tocaba hacer un turno doble. Un compañero que no tenía familia y que iba a pasar ese día solo en casa no había tenido inconveniente en hacerle el cambio.

—Preciosa, me marcho. No salgo hasta las diez menos cuarto y no sé si tendré fuerzas para venir después o me iré directamente a casa a dormir doce horas seguidas.

—No te preocupes. Yo he quedado con Marta y Susana para comer y ya sabes cómo son nuestras comidas, que se alargan hasta bien entrada la tarde.

—Que tengas un buen día, bonita.

—Igualmente, guapo.

Mateo me dejó un beso en los labios y se marchó, pues tenía que pasar por su casa para cambiarse de ropa y por eso se fue con bastante tiempo.

Yo estaba agotada y, como seguía de vacaciones, me quedé en la cama durmiendo a pierna suelta.

No había quedado con mis amigas hasta las dos, así que pensaba aprovechar hasta bien entrada la mañana.

Cuando me desperté, tenía un mensaje suyo en el móvil. Una sonrisa se dibujó en mis labios, como si fuera una quinceañera a la que su primer amor acababa de escribir por primera vez.

Mateo: Me acabo de ir, como aquel que dice, y ya te echo de menos. Que lo pases bien con las chicas.

Adriana: Yo también te echo de menos. Estoy deseando que llegue mañana para volver a verte. Intentaré pasarlo bien. Que no se te haga demasiado pesado el turno.

Miré el reloj y vi que ya eran más de las doce y media, así que no tuve más remedio que levantarme si no quería llegar tarde a mi cita con las chicas. Me metí en la ducha y me lavé rápidamente, sin mojarme el pelo porque lo tenía limpio del día anterior.

Me vestí con unos vaqueros de pitillo, un jersey de hilo con escote de pico, unas botas y el abrigo, pues aquel día hacía especialmente frío. Me colgué el bolso y me dirigí al restaurante donde habíamos quedado para comer.

—Hola, chicas. Perdón por el retraso, pero me he quedado dormida.

—Adriana, no llegar la primera no significa llegar tarde, cariño. Es justo la hora a la que habíamos quedado —me dijo Marta, negando con la cabeza.

Nos sentamos a comer entre risas y anécdotas, sobre todo de Susana, que decía que, desde que Manuel había vuelto a casa, estaba muy cambiado, mucho más fogoso, y que le había propuesto unas cuantas cosas nuevas que había bicheado por internet y que a él le habían encantado.

—Chicas, nunca pensé que volvería a ser tan feliz con mi marido.

—Y nosotras nos alegramos, de verdad. Ya sabes que tu felicidad es la nuestra —le contestó Marta.

—Es como si todo lo que nos ha pasado nos hubiera hecho darnos cuenta de cuánto nos necesitamos. Además, Manuel está muy cambiado. Se implica muchísimo con los niños, en cosas que, antes de marcharse, eran impensables.

—Quizá se haya dado cuenta de que eso era lo que ambos necesitabais, Susana. Echar de menos a su familia puede haber sido un revulsivo para él —le contesté.

—Eso mismo pienso yo…

Continuamos charlando un buen rato y justo estábamos levantándonos de la mesa cuando el teléfono de Susana empezó a sonar. Era Manuel, así que pensó que llamaría para preguntarle algo relacionado con los niños. Lo que ninguno esperábamos era escuchar algo completamente distinto.

—Susana, es Sandra. No respira bien —le dijo Manuel, visiblemente preocupado.

—¿Qué ha comido? Sabes que es alérgica a las nueces.

—No lo sé, yo no le he dado nada, te lo juro.

—Móntala en un taxi y vete al hospital donde trabajan Leo y Mateo, que yo los aviso ahora —le dijo Marta, que le había quitado el teléfono a Susana.

Yo era quien tenía el coche más cerca y ya llevaba las llaves en la mano, así que salimos pitando hacia allí mientras Marta intentaba localizar a Leo, aunque sin éxito. De todas formas, una vez que llegáramos sería más fácil, porque estaba de guardia en Pediatría.

Diez minutos después ya estábamos allí y llegamos prácticamente al mismo tiempo que Manuel con Sandra. A Iker lo había dejado en casa al cuidado de una vecina. Manuel venía corriendo, llorando y con la niña en brazos mientras pedía ayuda.

A Sandra se la llevaron enseguida para atenderla por un shock anafiláctico y administrarle adrenalina, mientras nosotros nos quedábamos en la sala de espera. Yo sabía que Mateo trabajaba en la planta de Pediatría, así que quise subir para decirle que Sandra estaba abajo, en Urgencias.

Fui siguiendo las indicaciones hasta llegar a la planta y me dispuse a buscar la sala de enfermería. Como no me lo encontré por los pasillos, supuse que estaría allí, descansando, pero lo que vi no tenía absolutamente nada que ver con el descanso.

Al abrir la puerta, que estaba entornada, me encontré con Mateo sentado en el sofá mientras una de sus compañeras estaba a horcajadas sobre su regazo. Sus manos descansaban en las caderas de ella.

—Perdón… —dije en un susurro, porque apenas me salía la voz.

—Adriana, esto no es lo que parece, te lo juro —me contestó Mateo mientras apartaba a la chica y se levantaba.

—Mateo, por favor, no insultes mi inteligencia. Sé lo que he visto. Esta vez no hay confusión de ningún tipo —le dije, aguantándome las lágrimas.

—Ahora no puedo marcharme. Me llaman de Urgencias, pero cuando termine mi turno…

—Cuando termines tu turno, te vas a casa a descansar. No quiero volver a saber nada más de ti. Procuraré no coincidir contigo salvo en los actos imprescindibles.

Salí de aquella habitación con un dolor en el pecho que me partía por la mitad. Pero no hui. Mi amiga me necesitaba a su lado y ni siquiera pensaba contarle lo que me ocurría, así que me limpié las lágrimas como pude y regresé a la sala de espera.

—¿Te ocurre algo, Adriana? —me preguntó Marta.

—Nada, que estoy preocupada por la niña. A ver si ahora va a ser alérgica a alguna otra cosa y no lo sabemos.

—No. Mi vecina acaba de llamar y nos ha enviado una foto de un envoltorio que ha encontrado tirado detrás del sofá. Ha sido Iker quien le ha contado que estaba comiéndose un snack nuevo y que su hermana quiso probarlo —nos explicó Susana.

—Joder, si yo hubiera estado pendiente de ellos y no con el portátil mirando… —dijo Manuel, preocupado.

—¿Qué estabas mirando? Ya te he dicho que no tienes la culpa de lo que ha pasado, pero, si me dices que estabas viendo algo inapropiado, lo mismo cambio de opinión —le contestó Susana.

—Eh, eh, tu marido no ha tenido la culpa de nada. Aunque hubiera tenido los cinco sentidos puestos en ellos, ya sabes cómo es Sandra de inquieta. Habría encontrado la manera de hacerlo igualmente —le dije a mi amiga.

—Estaba mirando vuelos para llevar a los niños a Disney. Iba a ser mi sorpresa para el día de Reyes, un viaje en familia para los cuatro —contestó Manuel, agachando la cabeza.

—¿Lo ves? Deja de ver fantasmas donde no los hay. Tú misma nos has dicho hace un rato que Manuel estaba muy cambiado, así que sigue pensando lo mismo —le dijo Marta.

—Lo siento, Manuel. Son los nervios por todo lo que ha pasado.

—No pasa nada, cariño. Yo también estoy nervioso. Ven aquí, dame un beso.