Capítulo 21
Mateo
La echaba muchísimo de menos y, por eso, en cuanto tuve un minuto, le envié un mensaje. No me aparecía el doble check, así que deduje que estaría durmiendo y tendría el móvil apagado.
Cuando menos lo esperaba, recibí una respuesta al mensaje que le había enviado una hora antes. No lo dudé y le hice una videollamada. Estuvimos hablando un buen rato, hasta que ambos decidimos irnos a dormir.
Esa noche soñé con ella, pero también con Marina.
Aunque no quería compararlas, me resultaba inevitable porque eran como la noche y el día.
Mientras Adriana era puro fuego en la cama y dulzura en el resto de los aspectos de su vida, Marina era todo lo contrario.
Tanto dentro como fuera del terreno sexual, era una controladora nata.
Quizá eso fue lo que me atrajo de ella en su momento, que mostrara una seguridad en todo lo que hacía que yo, en aquella etapa de mi vida, no tenía. Adriana, por el contrario, era insegura por naturaleza debido a todo lo que había tenido que pasar cuando era joven.
Por eso mismo quería que confiara en mí, porque no iba a fallarle ni muerto después de todo lo que me había costado que cediera y bajara sus defensas. En aquellos momentos, para mí suponía un desafío, un reto, conseguir que supiera que podía contar conmigo en cualquier momento.
Me resultó extraño que no se ofreciera a ayudarme cuando le conté que tenía todas mis cosas por medio en la nueva casa, pero no quise que se sintiera violenta ni obligada a venir conmigo.
Me habría encantado, la verdad, aunque entendía que necesitara su espacio, sobre todo después de haber pasado los últimos días prácticamente sin separarnos.
Habíamos quedado en que la recogería a las doce para ir al centro comercial a comprar los últimos regalos, comer juntos y pasar el día. Me moría de ganas de estar con ella y, por eso, en vez de a las doce, llegué a su casa a las once y media.
Para mi sorpresa, debía de tener tantas ganas de verme como yo de verla, porque ya estaba abajo, en el portal, esperando. Bajé la ventanilla del coche porque estaba tan sumida en sus pensamientos que ni siquiera se había dado cuenta de que había llegado.
—Morena, ¿esperas a alguien?
—Pues mira, sí. Y, si yo fuera tú, me quitaría de en medio lo antes posible, porque es cinturón negro de kárate y muy celoso.
No pude evitar soltar una carcajada porque lo dijo tan seria y metida en su papel que cualquiera que la escuchara pensaría que todo aquello era cierto y que yo estaba a punto de meterme en un problema.
—Creo que merece la pena arriesgarse. ¿Subes y lo dejas tirado?
—Sí, porque ya me estaba resultando un agobio.
Le abrí la puerta del copiloto y, en cuanto subió al coche, la cogí por el cuello y la besé, tal y como llevaba deseando hacer desde que me había levantado aquella mañana.
Menos mal que no había tenido que subir a buscarla porque, de haberlo hecho, seguramente estaríamos retozando en la cama en vez de ir de camino al centro comercial.
—¿Qué tienes pensado comprarles a los chicos? —le pregunté.
—Pues no lo sé, la verdad. Estoy hecha un lío.
—Yo había pensado en algo, pero no sé si estarás de acuerdo conmigo.
—Venga, suéltalo y a ver si me gusta la idea.
Le expliqué que, como habían pasado la luna de miel con nosotros y todavía les quedaban dos semanas de vacaciones, podíamos regalarles unos días en París o Roma, el lugar que más le gustara a Sofía, puesto que Marcos ya conocía las dos ciudades.
—Lo cierto es que Sofía siempre ha querido conocer Verona. ¿Qué le parecería a Marcos ese destino?
—Pues mira, no había pensado en esa ciudad y mi sobrino tampoco la conoce. Creo que le gustaría conocer el lugar donde se fraguó la historia de Romeo y Julieta.
—Entonces, ¿les regalamos eso? ¿Unos días de segunda luna de miel?
—Pues sí. Así que un regalo menos en el que pensar. Ahora vamos a centrarnos en los demás.
—Sí. Los siguientes más importantes de la lista son los hijos de Susana y Manuel. Sus padres les han comprado, en su mayoría, juegos educativos, pero yo no quiero caer en lo mismo porque los niños también tienen que ensuciarse y jugar con otro tipo de cosas.
—¿A qué te refieres? Porque me has dejado fuera de juego.
—A que no todo tiene que ser puzles o colores. Que no me vayas a malinterpretar, son buenos para su desarrollo, pero necesitan algo más.
—Ya te capto. Algo como una bicicleta o un balón, ¿no?
—Exacto. O un juego de experimentos, de fabricar cosas…
—Venga, aquí está la mejor juguetería de toda la ciudad y seguro que encontramos algo que les venga bien.
Empezamos por los niños porque la agencia de viajes estaba repleta de gente. Cogimos número para que nos atendieran y nos marchamos mientras tanto para no perder el tiempo. Cuando entramos en la juguetería, aquello parecía el paraíso de cualquier niño.
—¿Qué te parece este juego de química? —me preguntó.
—Pues, siendo sincero, me parece un poquito excesivo para la edad que tienen, ¿no?
—Uy, tú no conoces a Iker. A sus siete años te desmonta cualquier cacharro y te lo vuelve a montar en un plis.
—Entonces, mejor algo de mecánica, ¿no te parece?
—Me parece genial. No había caído en eso.
Al final salimos de allí con dos bicicletas y dos juegos, uno para cada niño. Según me contó Adriana, las bicicletas serían un regalo conjunto de ella y Marta, como hacían todos los años, y los juegos serían nuestros regalos, de los dos, como pareja.
No os podéis imaginar la ilusión que me hizo eso de comprar algo como pareja, por muy tonto que pudiera parecer desde fuera.
De allí nos fuimos hasta la agencia de viajes y menos mal que volvimos en ese momento porque, si hubiéramos tardado dos minutos más, se nos habría pasado el turno.
Nada más entrar, una de las chicas que estaban atendiendo a los clientes empezó a ponerme ojitos y a sonreírme más de la cuenta, y aquello me hizo sentir incómodo. No quería que Adriana pensara que, antes de estar con ella, ligaba con cualquiera, porque era justo lo que parecía.
—Mateo, ¿verdad? —me preguntó la chica en un tono demasiado meloso.
—Perdona, ¿nos conocemos?
—Sí, hace unos seis meses coincidimos en una discoteca.
—Lo siento, pero no lo recuerdo.
—Claro, es lo normal. Los rollos de una noche no suelen recordarse. No pasa nada.
—¿Rollo de una noche? Lo siento, pero debes de estar confundida, porque hace más de un año que no salgo de ese modo.
—Bueno, pues será eso, que me he confundido. ¿En qué puedo ayudaros?
—Queríamos un viaje de cuatro días a Verona, justo después del día de Reyes —le dijo Adriana, intentando poner un poco de distancia entre aquella mujer y yo.
No le sirvió de mucho porque, mientras nos explicaba todo lo relacionado con el viaje, no hacía más que dirigirse a mí y mirarme directamente a los ojos, y aquello estaba haciendo sentir mal a Adriana.
Os prometo que, si el regalo hubiera sido para otra persona, no habría dudado en levantarme y marcharme de allí inmediatamente.
—Esta tía… ¿Qué coño se ha creído? Que se haya acostado contigo antes de que estuviéramos juntos no le da derecho a ignorarme como lo ha hecho.
—Eh, eh, Adriana, yo no me he acostado con esa mujer, te lo prometo.
—No es eso lo que ella ha dado a entender, pero vamos, que no me importa. Tenías una vida antes de que llegara yo.
—Pero es que no es cierto. No dudo que pudiera conocerla alguna noche en la que fuera pasado de copas, pero de ahí a que me haya acostado con ella va un mundo.
Alrededor de las tres de la tarde ya habíamos terminado de comprar todos los regalos. Los llevamos al coche y nos marchamos a comer, pero, para mi desgracia, las sorpresas todavía no habían terminado porque Marina volvió a aparecer en escena.
Lo hizo justo cuando entrábamos en el restaurante, como una diva, como si fuera la reina del lugar, tal y como hacía siempre desde que la conocía. Estaba tan segura de sí misma que pensaba que con desear algo le bastaba para conseguirlo, pero eso, conmigo, se había terminado.
—Vaya, Mateo, qué morenito estás. ¿Se celebró la boda o el buenorro de tu sobrino se arrepintió antes? —me dijo.
—Marina, deja de hacer la imbécil, por favor. Por supuesto que se celebró la boda. Un amor como el de ellos no podía terminar de otra manera.
—¿Celebrar el amor? Venga ya, Mateo. Eso es una sentencia de muerte, como poco. Celebrar el amor era lo que hacíamos nosotros cuando nos pasábamos horas en la cama, sin parar de practicar eso que tanto nos gusta y que tan bien se nos da hacer juntos.
—Eso no volverá a pasar. Ahora tengo pareja. Adriana, ella es Marina, mi ex —dije para que quedara claro que entre nosotros no había nada.
—Esa parte nunca ha sido un inconveniente. No sería la primera vez que compartiéramos a alguien.
Adriana, incómoda de cojones, se levantó de su asiento y se marchó hacia el baño, o eso me hizo creer, porque poco después la vi salir a la calle y tomar una fuerte bocanada de aire. Parecía que estaba sufriendo una crisis de ansiedad.
—Vete a la mierda, Marina, y desaparece de mi vida de una puta vez. Hazme ese favor.
Me levanté y fui detrás de Adriana. La encontré en el mismo lugar en el que la había visto al salir del restaurante, mientras Marina me observaba desde dentro con una sonrisa que destilaba maldad por los cuatro costados.
Solo esperaba que, por una vez en su puñetera vida, me hiciera caso y me dejara en paz.
—Preciosa, no quiero que te tomes a mal lo que ha pasado ahí dentro con Marina…
—¿Esto va a ser siempre así?
—¿Así cómo?
—Pues no sé, encontrándonos con mujeres que dicen haberse acostado contigo o que empiezan a soltar cosas que no sé siquiera si son verdad. Quizá deberías hacerme una lista para saber a qué atenerme.
—Entiendo que estés molesta, pero te prometo que con esa mujer de la agencia de viajes no he tenido nada. Y lo de Marina… no sé a qué coño ha venido eso.
—Ya sé que con Marina seguiste acostándote después de que lo vuestro terminara. Me lo contaste tú. Y tampoco me enfada que hayas tenido una vida antes de mí. Es solo que… no sé si estoy preparada para esto.
—¿Para qué?
—Para sentir que cada dos por tres puede aparecer alguien diciendo algo sobre ti y no saber qué parte es cierta y cuál no. Sé que es problema mío, Mateo, pero ahora mismo necesito pensar.
—Te contaré todo lo que quieras saber, pero no me apartes de tu lado, por favor.
—Me gustaría irme a casa. Se me ha quitado el hambre.
—Está bien, vayamos a tu casa…
—No me has entendido. Quiero irme a casa yo sola, sin nadie. Necesito pensar si esto es lo que quiero en mi vida.
—No nos hagas esto, por lo que tú más quieras. No es justo para ninguno de los dos.
—No sé si será justo, pero sí sé que es lo que necesito en este momento.