¡Viva la madre de la novia! Capítulo 20
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Capítulo 20

Adriana

Si os digo que pasé la mejor noche de mi vida, os prometo que no os estoy mintiendo.

Ese hombre sabía cómo tocarme, cómo conseguir que todo mi ser vibrara con un simple roce de su piel contra la mía.

Y no se quedó solo en aquella noche, porque todas y cada una de las que pasamos en ese resort las pasamos juntos.

A la mañana siguiente nos entregamos los regalos de Navidad. No eran más que simples detalles, pues en mi casa los regalos importantes se daban el día de Reyes, pero en Navidad siempre teníamos algo para los demás.

Lo que más me sorprendió fue el regalo de Mateo.

Me había comprado una pulsera preciosa, grabada con una frase que me llegó al alma: «Por siempre y para siempre».

Yo le regalé un bolígrafo, también grabado, aunque no con unas palabras tan contundentes como las suyas, porque me limité a poner su nombre.

Los días pasaron y, cuando llegó la hora de volver a casa, no podía negar que tenía miedo de que aquella burbuja en la que habíamos estado viviendo estallara por culpa de la rutina, de la aparición de otra persona o de cualquier otra cosa que pudiera alejarnos.

—¿Qué te ocurre, preciosa?

—Tengo miedo.

—¿A estas alturas te da miedo volar?

—No seas idiota, que sabes que no me refiero a nada de eso.

—Lo sé, y por eso intento quitarle hierro al asunto. No tienes por qué tener miedo, mi vida. Los sentimientos son los mismos aquí y en España.

—¿Y si, cuando llegues allí, te das cuenta de que no soy lo que quieres en tu vida?

—¿Y si la que se da cuenta de eso eres tú?

—Eso no va a pasar. Yo estoy muy segura de mis sentimientos, aunque puedas pensar que voy demasiado rápido.

—Pues esa misma seguridad que sientes tú la siento yo también, Adriana. Si ambos vamos a una y confiamos el uno en el otro, no tenemos por qué separarnos.

Aquello pareció tranquilizarme un poco, aunque no lo suficiente como para impedir que mi cabeza siguiera imaginando todo tipo de situaciones que pudieran provocar que termináramos separados. Y eso empezaba a agobiarme demasiado.

En los tres meses que habían pasado desde que los chicos se comprometieron hasta ese momento, Mateo se había comprado una casita con jardín y una pequeña piscina a las afueras de la ciudad para dejarle su casa a Marcos, que era el legítimo dueño.

Eso también me preocupaba, pero no me entendáis mal. No es que yo fuera una persona celosa ni controladora, pero, mientras su sobrino, ahora mi yerno, vivía con él, de alguna manera podía enterarme si alguna mujer iba por allí.

Uf, era muy complicado explicar lo que sentía. Confiaba plenamente en él y en todo lo que me había dicho, pero no confiaba en mi mala suerte ni en que el destino no me hiciera una de esas jugarretas a las que parecía estar acostumbrada y volvieran a romperme el corazón.

En aquella ocasión, mi abuela iba sentada con su amigo, que se llamaba Rafael, y no había dudado en cambiar su billete de vuelta para regresar con ella.

Me gustaba mucho la complicidad que había entre los dos y aquello me hizo plantearme que tendría que buscar algo para mí sola, un lugar que pudiera convertir en mi hogar.

Ni siquiera hizo falta que lo dijera porque mi abuela, que se percató de lo que estaba pensando, se acercó a mí en cuanto el avión despegó y pudimos quitarnos los cinturones; bueno, las correas, según ella.

—Adriana, hemos pensado que nos vamos a ir a vivir a casa de Rafael, porque no queremos perder el tiempo.

—Abuela, no hace falta. Esa es tu casa y, si alguien tiene que salir de allí, soy yo. Eso sí, dame unos días para encontrar algo que me guste.

—No, cariño, esa es tu casa. Además, así veo cómo se comporta este hombre en su hábitat. Pero ten clara una cosa: si no me gusta cómo actúa o veo algo que no me convence, volveré a casa contigo. Aunque creo que tú también tienes que volar sola, que ya va siendo hora.

Sabía que tanto mi abuela como Rafael, por mucho que ella dijera, buscaban a alguien con quien compartir aficiones, poder ir a bailar o al bingo de la asociación y sentarse juntos en un sofá a ver la televisión. Y parecía que lo habían conseguido, porque ambos tenían un carácter muy parecido.

En cuanto llegamos, ayudé a mi abuela a empaquetar todas sus cosas.

Como decía que no tenía sueño ni estaba cansada, prefería ir colocando todo en casa de Rafael cuanto antes.

Él era viudo y no tenía más familia, así que encontrar a mi abuela y que ella quisiera mudarse con él también había supuesto una tranquilidad para él.

Al final de la tarde me encontré sola en casa. Tanto mi hija como mi abuela se habían marchado cada una a su nuevo hogar y Mateo me había contado que tenía toda la ropa y sus cosas por medio porque no le había dado tiempo a ordenar nada.

No quería que pensara que era una metiche o una controladora, así que no le ofrecí ayuda ni nada por el estilo y preferí mantenerme al margen. Tengo que reconocer que, en un momento dado, sentí que el techo se me caía encima. Era como si me faltara algo o, más bien, alguien.

En mi vida había vivido sola, jamás había tenido toda la casa para mí y, aunque para algunas personas aquello pudiera suponer una bendición, a mí me provocó una sensación de soledad que hizo que rompiera a llorar sin ningún motivo aparente.

Cuando cayó la noche, me preparé algo de comer y me senté en el sofá a ver uno de esos programas de aventuras que emitían por televisión.

No es que me gustaran demasiado, pero estaba acostumbrada a verlos con mi abuela, a comentarlos con ella, y era como si de alguna manera la tuviera a mi lado. Sí, lo sé, era una reverenda tontería.

A las once preferí meterme en la cama, aunque no tuviera sueño, para ir acostumbrándome de nuevo al horario español, y cogí mi libro electrónico para leer un poco antes de que me venciera el cansancio.

Antes de apagarlo todo, cogí el teléfono, que no me había dado cuenta de que seguía apagado desde antes de subir al avión. En cuanto lo encendí, empezaron a llegarme notificaciones, pero las borré todas porque eran de las redes sociales. Todas menos un mensaje que había recibido de Mateo.

Mateo: Te echo de menos, preciosa, pero no quiero invadir tu vida ni tu espacio. Espero verte mañana y que comamos juntos. ¿Qué me dices?

Lo había enviado hacía una hora, así que quizá pensara que me había arrepentido o que me había quedado dormida. Seguramente él sí lo estaría ya, pero no quise quedarme con la cosa de no contestarle.

Adriana: Yo también te echo de menos, y perdona por no contestarte antes, pero no me había dado cuenta de que el teléfono seguía apagado hasta hace unos minutos. Seguramente, cuando leas esto, ya estarás dormido, pero sí, me apunto a la comida de mañana.

Contra todo pronóstico, mi teléfono volvió a sonar. Esta vez era una videollamada de Mateo y una sonrisa tonta se dibujó en mi cara. Me arreglé un poco el pelo, como si no me hubiera visto recién levantada, y contesté.

—Hola, preciosa. Pensé que estarías durmiendo y que por eso no me contestabas.

—Pues ya ves que no. Tengo los ojos como platos y estoy leyendo un libro que llevaba por la mitad.

—Yo tampoco tengo sueño, pero aquí estoy, metido en la cama.

Estuvimos un buen rato hablando de todo y de nada hasta que decidimos terminar la videollamada, porque, de lo contrario, nos darían las tantas despiertos y al día siguiente habíamos quedado para comer y comprar los regalos del día de Reyes.

Me quedé dormida con una sonrisa en los labios y las imágenes de todo lo que habíamos vivido en las Maldivas reproduciéndose en mi cabeza como si fueran una película.

Porque no solo habían sido los momentos de sexo, en los que me lo había pasado de escándalo, sino también aquellos instantes de bromas, risas y complicidad, tanto con Mateo como con el resto de nuestros amigos.

Esperaba que el destino no me puteara porque no era una mala persona, o al menos yo no me consideraba así, y ya me merecía poder vivir un amor en condiciones ahora que, por fin, me había decidido a abrir mi corazón.

Con esos pensamientos me quedé dormida, aunque desperté antes de que sonara el despertador, que había puesto a las diez. Mateo vendría a recogerme a las doce y quería estar lista para que no tuviera que esperarme.