Capítulo 19
Mateo
En mi vida había tenido tantas ganas de que terminara la celebración de una boda, y no era precisamente porque me lo estuviera pasando mal. Todo lo contrario: nos lo estábamos pasando de miedo, bailando, comiendo, bebiendo y escuchando a la abuela Maruja hacer de las suyas.
Enlazamos la celebración de la boda con la cena de Nochebuena, que habíamos encargado especialmente para nosotros. Me resultaba muy curioso no estar celebrándola con los productos típicos de nuestra tierra, con mantecados, pavo y frío, pero no por ello me sentí peor, ni mucho menos.
Susana nos contó que había estado hablando con Manuel durante casi toda la noche y que habían sentado las bases de su nueva relación y de lo que ambos necesitaban.
Decidieron que él volvería a casa, pero que irían despacio y que, en cuanto hubiera algo del otro que no les gustara, no se lo callarían, sino que lo hablarían abiertamente.
—Susana, pero debes tener claro que, si lo perdonas, también tienes que dejar atrás lo que ocurrió.
No vale que se lo eches en cara cada vez que discutáis porque, entonces, solo estarás alargando la agonía de vuestro matrimonio.
Si ves que no vas a ser capaz de hacerlo, será mejor que no os deis otra oportunidad —le dijo Adriana, con toda la razón del mundo.
—Eso fue lo primero que hablamos, Adriana. Porque tienes razón: si no se deja atrás y se reprocha cada vez que se tiene oportunidad, no merece la pena que lo intentemos de nuevo, porque solo conseguiremos hacernos más daño —le contestó Manuel.
—Entonces, si ambos lo tenéis claro, brindemos por el amor verdadero, ese que continúa a pesar de los baches que pone la vida porque, juntos, se puede superar todo —dije, levantando mi copa.
Nos marchamos alrededor de las doce de la noche y hablé con Leo, que llevaba a Marta casi en brazos por la borrachera que tenía encima. Pretendía decirle que la llevara a nuestra villa, pero no me dio tiempo porque él ya lo tenía bastante claro.
—A ver si te crees que los demás no hemos visto el morreo que os habéis dado viniendo para acá.
—¿Qué dices? No mientas, porque me pasé ayer toda la tarde intentando encontrar el lugar idóneo para que no nos viera nadie.
—Pues te equivocaste, amigo, porque mira: desde donde estamos se ve a la perfección ese callejón, por llamarlo de alguna manera.
Me giré en la dirección que señalaba y, efectivamente, era cierto. Desde allí se veía perfectamente, aunque nosotros no hubiéramos podido ver a los demás.
Debí de poner una de esas caras que sirven para fabricar memes porque a Leo casi se le cayó Marta de los brazos de la carcajada que soltó. Hasta tuvo que sentarse para no acabar haciéndole daño a su chica.
Adriana, que lo vio riéndose, se acercó hasta nosotros, alertada también por la cara que yo había puesto, y no dudó en preguntarnos qué nos hacía tanta gracia. Leo no podía articular palabra de la risa y yo solo fui capaz de indicarle con la cabeza hacia dónde tenía que mirar.
—No me jodas.
—Eso más tarde, amiga. Porque no creo que os apetezca volver al rinconcito del beso, ¿verdad? —le dijo Leo sin parar de reír.
—Y tú querías encontrar un lugar donde no nos viera nadie y resulta que nos han visto todos. Dios, no quiero ni imaginarme la boquita de mi abuela, y eso sin contar con lo que estará planeando en esa cabecita suya.
—Ahora entiendo las miradas que me echaba y las veces que me ha guiñado el ojo.
Como si la estuviéramos invocando, la abuela Maruja apareció acompañada de aquel hombre, que no la dejaba ni a sol ni a sombra, igual que ella a él. Nos miró con una sonrisa de lo más pícara y se detuvo al llegar a nuestra altura.
—Mateíto, espero escuchar los gritos de placer de mi nieta desde mi habitación. Y no me vayáis a decir que lo dejaréis para más adelante, que tenéis tiempo, porque mi niña ya ha perdido demasiado de su vida —me dijo como quien me pedía que le cortara las uñas de los pies.
—Abuela, hasta allí no creo que lleguen los gritos, pero te prometo que voy a dejarme la piel para que no olvide nunca esta noche —le contesté riéndome.
—¿Os estáis dando cuenta de lo surrealista que es todo esto? ¿Cómo puedes seguirle el juego a mi abuela con estas cosas? —me preguntó Adriana, negando con la cabeza.
—Porque, si no lo hago, es capaz de darme con el bolso en la continuación de mi apellido. ¿No lo recuerdas?
Soltamos una carcajada al ver la expresión pícara de la abuela, que levantaba las cejas a modo de advertencia. Los novios ya se habían marchado y Susana y Manuel también, así que solo quedábamos nosotros y no tardaríamos ni un minuto más en irnos.
En cuanto entramos en su villa, no le di tiempo a pensárselo ni a analizar si quería poner su corazón en riesgo, porque la aprisioné contra la puerta y empecé a devorarle la boca. No podía llamarse de otra manera.
Aquel beso fue encendiéndonos y, cuando noté sus manos agarrando el bajo de mi camiseta, me separé de ella solo el tiempo necesario para que pudiera sacármela por la cabeza. Después le di la vuelta, dejándola de cara a la puerta, y bajé los tirantes de su vestido.
Recorrí su espalda a besos hasta llegar a la cremallera, que deslicé hacia abajo. El vestido cayó a sus pies y la dejó únicamente con un diminuto tanga que tenía mucho peligro porque consiguió encenderme todavía más.
—Joder, Adriana, ¿lo has hecho a propósito?
—No sabía si terminaríamos así, pero, cuando he elegido la ropa interior, lo he hecho pensando en ti.
—Pues espero que siempre pienses en mí, en todos los aspectos de tu vida.
La giré para tenerla frente a mí y volví a besarla mientras mis manos recorrían sus nalgas y las suyas iban directas al botón de mi pantalón. No os podéis imaginar cuánto agradecí que hubiéramos ido descalzos, porque pude apartarlo de una patada con mis propios pies y mandarlo lejos.
La sujeté por el trasero y ella rodeó mi cintura con las piernas. Así la llevé hasta la cama, donde me senté con ella sobre mi regazo.
Sus pechos quedaron a la altura de mi boca y no dudé en besarlos, lamerlos y succionarlos, haciendo que se moviera sobre mí, dejándose llevar por el placer.
Después intercambiamos las posiciones y ella quedó tumbada en la cama, conmigo entre sus piernas. Me moría por estar dentro de ella, pero todavía no quería hacerlo. Antes quería dedicarle todo el tiempo que necesitara.
Continué recorriendo su cuerpo a besos hasta llegar a la parte baja de su vientre. Aunque ella decía avergonzarse de su cuerpo porque se notaba que allí había albergado una vida, lo cierto era que tenía una silueta impresionante.
Con dos dedos bajé aquel pequeño tanga. Os prometo que me entraron ganas de arrancárselo, pero quería conservarlo como recuerdo de nuestra primera noche juntos, como un objeto valioso que guardaría durante toda mi vida porque no pensaba devolvérselo jamás.
Abrí sus piernas y recorrí su sexo con la lengua, lentamente, haciendo que soltara un grito que no supe si había sido por placer o por sorpresa. Me dio igual, porque continué durante un buen rato, deteniéndome cada vez que notaba que estaba a punto de alcanzar el clímax.
—No pares, por favor.
—¿Quieres correrte?
—Sí, sí, sí…
—Dímelo. Dime lo que quieres.
—Quiero correrme y que luego me penetres fuerte. Quiero sentirte dentro.
Dios mío de mi alma. Aquello me puso como una moto y no tardé en demostrárselo. Adriana alcanzó el orgasmo entre gemidos y temblores, dejándose llevar por completo por el placer.
Mientras tanto, yo ya estaba preparado para entrar en ella.
Iba a buscar el preservativo que llevaba en la cartera cuando vi que el hotel había dejado una caja sobre la mesilla de noche, así que ni siquiera tuve que levantarme.
Me coloqué uno, acomodé sus piernas sobre mis hombros y la penetré con firmeza.
Os prometo que en mi vida había sentido algo así. Aquella sensación era tan adictiva que no quería que terminara nunca.